Gato viejo, rata tierna Capítulo 2
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Capítulo 2

El hombre que conocía todos los caminos

Mateo sabía, por el sonido de los cencerros, que Rosalía volvía a alejarse del rebaño.

No necesitó girarse. El suyo tenía un golpe más agudo que los demás, con un tintineo doble porque el badajo estaba ligeramente torcido. Lo había enderezado dos veces. Rosalía lo torcía de nuevo en cuanto encontraba una encina baja, una valla o cualquier objeto que ofreciera resistencia.

—Ni se te ocurra —dijo.

La oveja se detuvo junto al camino y lo miró.

—Sabes perfectamente de qué hablo.

Rosalía se dio la vuelta con una parsimonia culpable.

Mateo llamó a Canelo y condujo el rebaño hacia los rastrojos de la finca de los Olivares.

El sol empezaba a bajar, pero el calor seguía pegado a la tierra.

Septiembre era así: por la mañana obligaba a buscar una chaqueta y, a las cuatro, recordaba que el verano todavía no había entregado las llaves.

La mujer del coche eléctrico ya no estaba a la vista.

Mejor.

Tenía el pelo castaño recogido de cualquier manera, unos ojos oscuros que parecían afilarse cuando se enfadaba y una boca demasiado rápida.

No había chillado al verse rodeada, no había tocado el claxon y, después de discutir cada indicación, había hecho exactamente lo necesario.

Mateo reconocía la competencia cuando la veía, aunque viniera dentro de un vehículo sin motor audible y con matrícula de Madrid.

También había contado las ovejas. La oyó decir ciento ochenta y siete, lo que significaba que le faltaban trece.

Las trece iban delante con Julián, separadas porque dos tenían que recibir un tratamiento y las otras no dejaban de molestarlas.

No se lo había explicado. Sospechaba que ella no habría agradecido la corrección.

Cuando terminó de encerrar el rebaño, limpió los bebederos, dejó preparado el pienso de las que estaban en observación y revisó a una cordera que había amanecido coja. El teléfono vibró tres veces en el bolsillo.

Antes de mirar los mensajes, Mateo acercó el lector electrónico a la identificación de la cordera.

El número apareció en la pantalla junto con su ficha sanitaria.

Registró la cojera, añadió una fotografía y programó una revisión para la mañana siguiente.

Después consultó el nivel del depósito de agua en una aplicación que fallaba justo los días de más calor y abrió la previsión de viento por parcelas.

Sebas decía que aquello no era pastorear, sino jugar a las naves espaciales. Sebas también llamaba a Mateo a cualquier hora cuando se le perdía una factura en el correo electrónico.

La explotación conservaba muros de piedra, herramientas heredadas y rutas trazadas antes de que existiera la carretera.

También tenía crotales electrónicos, trámites telemáticos, grupos de compra, alertas meteorológicas y una cámara alimentada por placa solar para vigilar una zona de partos.

La imagen del pastor incomunicado pertenecía a personas que visitaban el campo los domingos y esperaban que el paisaje se hubiera quedado esperando su fotografía.

Mateo no rechazaba la tecnología. Rechazaba la que no funcionaba y, en su experiencia, esa categoría era muy numerosa.

Comprobó el parte. Viento moderado el viernes, como había supuesto por la forma de moverse las nubes sobre la sierra. Le gustaba que la aplicación coincidiera con él; lo consideraba una señal de que el satélite estaba aprendiendo.

El primer mensaje era de su hermana.

Te falta firmar la autorización del saneamiento. Está en casa de mamá. NO la pierdas.

El segundo, de su madre.

Hay tortilla en la nevera. Tu padre tiene trauma el jueves a las 10. Ángela te dirá quién lo lleva.

El tercero era de Sebas.

Charo dice que ha llegado la de Madrid. Ven y hacemos inspección técnica.

Mateo respondió al segundo con un pulgar hacia arriba y guardó el móvil. A Ángela ya la vería. A Sebas no pensaba contestarle porque contestar era dar ánimos.

Media hora después entró en La Parada y lo encontró sentado junto a la barra con una cerveza y la expresión satisfecha de quien había logrado exactamente lo que quería.

—Mira quién viene a no hacer inspecciones —dijo Sebas.

Charo dejó una copa limpia en la repisa.

—Como empecéis, os echo a los dos. La chica viene a trabajar.

—Eso habrá que verlo —repuso Sebas—. Cuatro meses para ponerle un nombre bonito a una manta. Si me pagaran a mí por eso, la llamaba manta y terminaba antes.

Mateo se apoyó en la barra.

—Ponme una sin alcohol.

—¿Tú has hablado con ella? —preguntó Charo.

—Se metió con el coche por la vereda de la Cañada.

Charo cerró los ojos.

—Otra vez el navegador.

—Pilar lleva un año diciendo que hay que marcar ese desvío —comentó Sebas.

—Y vosotros lleváis un año diciendo que siempre lo ha conocido todo el mundo —replicó Charo—. Hasta que viene alguien que no.

Mateo bebió. La cerveza estaba fría y el bar olía a café, a madera encerada y al guiso que Charo preparaba en la cocina.

Sobre la pared colgaban fotografías del pueblo: equipos de fútbol, fiestas patronales, una nevada de hacía veinte años y una cuadrilla de segadores que miraba a la cámara como si sonreír fuera un lujo.

—¿Y qué tal? —insistió Sebas—. ¿La madrileña sabe distinguir una oveja de una cabra?

—No se lo he preguntado.

—¿Guapa?

Mateo dedicó toda su atención a la etiqueta de la botella.

—Tenía prisa.

—Guapísima, entonces —concluyó Charo.

—Tiene carácter.

—Eso dicen los hombres cuando una mujer no les ríe las gracias —dijo Charo.

—No le he contado ninguna.

—No hace falta. Tú tienes una presencia cómica natural.

Sebas soltó una carcajada. Mateo lo ignoró.

La puerta se abrió y entraron Pilar y la mujer del coche.

Adriana se había soltado el pelo y llevaba unos vaqueros, zapatillas blancas y una camisa color teja.

Sin el cristal entre ambos, parecía algo más baja de lo que había imaginado.

También más segura. Miró el bar con atención, no con esa curiosidad excesiva de algunos visitantes que fotografiaban hasta las cortinas como si Valdebruna fuera una reserva etnográfica.

Pilar señaló las mesas del fondo.

—Mañana reuniremos allí al comité. Si sobrevivimos, podremos organizar cualquier feria.

—No la asustes el primer día —dijo Charo.

Adriana reparó entonces en Mateo.

—El hombre que conoce todos los caminos.

—Y usted la mujer que no cree en ninguno.

—He comprobado el mapa. Era una vía pecuaria reconocida.

—Exacto. Pecuaria.

—El coche no protestó.

—Las ovejas sí.

—Mentira. Una intentó venirse conmigo.

Mateo no pudo evitar sonreír.

—Rosalía se habría comido los asientos antes de llegar a la carretera.

Pilar los miró a los dos y después miró a Charo. Charo respondió con un movimiento mínimo de cejas que a Mateo no le gustó nada.

—Adriana —dijo Pilar—, este es Mateo Roldán, uno de los ganaderos que aporta la lana. Mañana tendrá que enseñarte el proceso y procurar no explicarte tu propio oficio. Mateo, Adriana Montes, la profesional que hemos contratado para desarrollar la marca, la tienda y la feria.

Mateo dejó la botella en la barra.

—¿Usted es la de La Hebra?

—La misma que no distingue una carretera —intervino Sebas.

Adriana lo miró.

—Todavía no nos conocemos y ya me ha subestimado dos veces. Es una eficiencia impresionante.

—Sebas Córcoles —se presentó él, encantado—. Mecánico. Si el coche silencioso se rompe, te recomiendo uno que haga ruido.

—Si se rompe, llamaré a un taller que no diagnostique por género.

Charo tosió para ocultar una risa. Mateo tuvo que morderse el interior de la mejilla.

—No se preocupe —dijo, y quiso que sonara conciliador—. Sebas habla mucho, pero no representa a los ganaderos.

—¿Y usted sí?

—En el proyecto, sí.

Adriana asintió lentamente.

—Entonces nos veremos mañana.

Pilar pidió dos infusiones y ambas se instalaron en una mesa. Sacaron carpetas. No habían ido a tomar algo: iban a trabajar. Mateo contempló los papeles extendidos, las muestras de color y un pequeño cuadrado de fieltro gris que Pilar dejó sobre la mesa.

—No parece una de esas que vienen a hacerse fotos —admitió Sebas en voz baja.

—Pilar no habría contratado a una inútil.

—Ya. Aunque estas cosas de internet y de ponerlo todo bonito se les dan mejor a las mujeres. Tienen más paciencia.

Mateo asintió por inercia.

—Para eso está. Nosotros tendremos que vigilar que salgan las cuentas y que no regalen la lana.

Charo se volvió desde la cafetera.

—¿Nosotros quiénes?

—Los ganaderos.

—Nuria lleva tres años calculando costes y Pilar administró una escuela durante treinta y cinco. Pero menos mal que vais a venir vosotros a descubrir los números.

—No he dicho eso.

—Lo has dicho con palabras distintas.

Mateo frunció el ceño. No veía qué tenía de malo señalar que cada cual debía ocuparse de lo que conocía.

Él sabía cuánto cobraban por un kilo de lana, cuánto costaba esquilar y qué parte se perdía.

Adriana sabría de páginas web, tipografías y esas fotografías en las que una manta parecía costar el doble por estar doblada sobre una silla blanca.

Podían entenderse perfectamente si nadie se empeñaba en convertir una división lógica del trabajo en un debate.

Adriana levantó la vista desde su mesa. Sus ojos se cruzaron con los de él apenas un segundo. Mateo no supo si había oído la conversación.

Pilar le enseñó una funda de fieltro y Adriana la giró del derecho y del revés.

No dijo si era bonita. Preguntó cuánto tiempo tardaban en hacerla, dónde se rompían las agujas y por qué la costura cambiaba en una esquina.

Charo se acercó para responder algo. Las tres inclinaron la cabeza sobre la pieza y Mateo descubrió que no entendía la mitad de lo que señalaban.

—Parece que sabe —murmuró.

Sebas siguió su mirada.

—A ti lo que te parece es otra cosa.

—Tiene cuarenta años, no quince. Si quieres decir que es guapa, dilo sin poner cara de adolescente.

—Mira quién se ha vuelto defensor de las mujeres en media cerveza.

Mateo dejó la botella con cuidado.

—No defiendo a nadie. Me molesta que hables como un idiota.

Charo apoyó los codos en la barra.

—Ese es el primer paso, Gato. El segundo es detectar cuándo hablas tú como un idiota.

—Hoy habéis decidido todos meteros conmigo.

—No. Hoy ha llegado una mujer nueva y estás más pendiente de ella que de la cerveza. Es un fenómeno poco frecuente y merece observación.

Mateo miró de nuevo hacia la mesa. Adriana había dibujado algo en una hoja y escuchaba a Pilar sin interrumpirla.

Cuando Charo regresó con una caja de etiquetas antiguas, le hizo sitio en vez de tomar el objeto de sus manos.

No estaba exhibiendo atención; parecía formar parte de su manera de trabajar.

Él, que llevaba toda la vida creyéndose observador, tuvo la desagradable intuición de que quizá había formas de mirar que desconocía.

El teléfono vibró de nuevo.

La autorización, Mateo , insistía Ángela. Y contesta lo de papá.

Tecleó deprisa.

Luego paso. Dime quién puede llevarlo.

La respuesta apareció casi de inmediato.

Yo puedo hacer muchas cosas. Lo que no puedo es partirme en cuatro.

Mateo guardó el móvil. Ángela estaba nerviosa con el cierre del trimestre y se le pasaría. Siempre se organizaba mejor que nadie; si hubiera un problema de verdad, se lo diría.

—Mañana a las cinco —anunció Pilar desde el fondo—. Aquí. Y necesito puntualidad, no horario de ovejas.

—Las ovejas no llevan reloj —dijo Mateo.

Adriana cerró su carpeta.

—Qué suerte. Así nunca llegan tarde.

Él sostuvo su mirada. Había algo en aquella mujer que convertía cualquier frase en un reto. No pensaba dejar que una forastera temporal le explicara cómo funcionaban su pueblo, su rebaño o un proyecto que dependía de la lana de todos.

Pero, al salir del bar, recordó que había contado ciento ochenta y siete ovejas en medio de un ataque de nervios.

Y, aunque no quisiera admitirlo, aquella cifra le pareció una forma bastante seria de prestar atención.