Gato viejo, rata tierna
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Capítulo 1
Ciento ochenta y siete ovejas
Cuando el navegador anunció que había llegado a su destino, Adriana se encontraba en mitad de un camino de tierra, sin una sola casa a la vista y rodeada por ciento ochenta y siete ovejas.
Las contó porque era eso o bajarse del coche a gritar.
—Ciento ochenta y siete —murmuró, aferrada al volante—. Estupendo. Cuatro horas desde Madrid y me recibe un comité de ciento ochenta y siete vecinas.
El navegador, ajeno a toda responsabilidad, mostró una bandera de cuadros sobre un rectángulo amarillo que podía ser un campo, una parcela catastral o el dibujo esquemático de su desesperación. La voz insistió:
—Ha llegado a su destino.
—Pues mi destino huele a establo.
Había salido de la autovía siguiendo las indicaciones, había cruzado una carretera estrecha entre rastrojos dorados y, después, había obedecido el giro hacia lo que la aplicación llamaba «camino sin nombre».
Que un camino no tuviera nombre debería haberle parecido una advertencia.
En lugar de eso, pensó que le ahorraría siete minutos.
Ahora tenía ovejas delante, detrás y pegadas a las puertas. Una apoyó el hocico contra el retrovisor. Otra se rascó el lomo con el punto de carga del coche. Una tercera la observó a través de la ventanilla con la severidad de una inspectora de Hacienda.
Adriana bajó el cristal cinco centímetros.
—Perdone —le dijo—. ¿Para Valdebruna?
La oveja masticó sin responder.
El cencerreo llegaba en oleadas desordenadas, mezclado con balidos, polvo y el ladrido ocasional de un perro que no parecía alarmado por nada.
A lo lejos, sobre una loma parda, se recortaba la figura de un hombre.
Llevaba pantalones de trabajo, una camisa clara con las mangas recogidas y un cayado que, a esa distancia, parecía un accesorio puesto allí por el departamento de ambientación rural.
Él silbó. El perro salió disparado y el rebaño empezó a abrirse con una lentitud ofensiva.
El hombre se acercó por el lateral del coche.
Tendría cerca de cincuenta años, el pelo oscuro salpicado de gris en las sienes y la piel tostada de quien no necesitaba que ninguna aplicación le recordara cuánto tiempo llevaba al sol.
No era guapo de una forma pulida. Era peor: tenía una cara interesante, una mandíbula firme y unos ojos color miel que parecían encontrar muy divertida una situación que a ella le estaba costando la tapicería.
Adriana bajó un poco más la ventanilla.
—¿Es suyo el atasco?
—Depende. —Él apoyó una mano en el techo—. Si viene a multarme, no. Si se ha perdido, sí.
—No me he perdido. El navegador me ha traído por aquí.
El hombre miró el camino y luego la pantalla del salpicadero, como si ambos acabaran de confirmar una sospecha.
—Eso es una vereda.
—También es una línea gris en el mapa.
—Las líneas grises no siempre son carreteras.
—Una información muy útil hace diez minutos.
Él sonrió apenas. La sonrisa le marcó dos arrugas junto a los ojos y a Adriana le fastidió comprobar que mejoraba el conjunto.
—¿Va a Valdebruna?
—A la antigua casa de correos.
—Entonces ha dejado el pueblo atrás.
Adriana miró por el retrovisor. Solo vio lana.
—El navegador dice que faltan treinta metros.
—Pues pregúntele al navegador dónde piensa meter la plaza, la iglesia y quinientas personas en esos treinta metros.
El hombre se inclinó hacia la ventanilla. Olía a sol, a jabón y a campo; una combinación que Adriana no tenía intención de analizar.
—Tendrá que dar la vuelta en el ensanche —dijo—. Después sigue recto hasta la carretera y gira a la izquierda.
—¿Cuándo se aparten ellas?
—Si no tiene prisa.
—Tengo una reunión a las seis.
Él consultó un reloj antiguo de esfera arañada.
—Son las cuatro y veinte.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí. Solo que no es la respuesta que quería.
Adriana lo miró con la paciencia profesional que reservaba para clientes empeñados en hacer el logotipo más grande.
—Mire, señor…
—Mateo.
—Mateo. Llevo cuatro horas conduciendo, el coche tiene un cuarenta y dos por ciento de batería y una de sus ovejas está intentando desmontarme el retrovisor.
Necesito llegar a la casa, descargar y comprobar si allí existe internet o si también es una línea gris imaginaria.
Así que agradecería mucho que moviera el rebaño.
Él dirigió una mirada al animal pegado a la puerta.
—Rosalía, deja el coche de la señora.
La oveja se apartó.
—Señorita —corrigió Adriana por puro instinto.
—No me meto en la vida de la gente.
—Acaba de asignarme estado civil, pero siga intentándolo.
Mateo abrió la boca. Durante un segundo, pareció debatirse entre responder y reír. Eligió silbar de nuevo.
—Canelo, a la derecha.
El perro comenzó a reunir a los animales. La corriente de lana se desplazó poco a poco hacia el margen y dejó libre un pasillo estrecho. Mateo golpeó con los nudillos el techo del coche.
—Ahora. Despacio y sin tocar el claxon.
—Sé conducir.
—No he dicho que no.
—Lo ha pensado con mucho volumen.
Adriana avanzó un par de metros. En el asiento del acompañante llevaba el bolso, una carpeta con el contrato de La Hebra y un plano impreso que había sacado para no depender por completo del teléfono.
Al girar el volante, la carpeta resbaló.
El plano salió por la rendija de la ventanilla como si también quisiera huir.
—No, no, no.
Frenó y abrió la puerta. Mateo levantó una mano.
—Espere.
Demasiado tarde. Una oveja con un cencerro azul atrapó el papel antes que ella y arrancó una esquina de un mordisco.
—¡Eh! Eso no se come.
—A Rosalía le gustan los documentos oficiales —dijo Mateo, alcanzando al animal—. Tiene criterio.
La sujetó con una facilidad que no fue brusca. Le pasó la mano por el cuello, murmuró algo que Adriana no entendió y recuperó el plano húmedo y mellado. La oveja ni siquiera pareció ofendida. Se quedó junto a él, apoyándole el costado en la pierna.
Fue la delicadeza de aquel gesto lo que la desconcertó. El mismo hombre que hablaba como si ella acabara de inventar la desorientación sabía tocar a un animal grande sin imponerle fuerza.
Mateo le tendió el papel.
—Le falta Cuenca, más o menos.
Adriana examinó el agujero.
—Por suerte no iba a Cuenca.
—¿Quiere que le dé la vuelta al coche?
—¿Porque soy mujer o porque de verdad no hay espacio?
Él miró el ensanche, luego su coche y después a ella.
—Porque lleva tres maniobras intentando salir de un aparcamiento en batería.
—Es un coche de cuatro metros y medio.
—Y esto es una vereda de tres.
Adriana estuvo a punto de negarse solo por principios. Entonces calculó el barro seco, la pendiente y el precio de reparar una puerta abollada por ciento ochenta y siete ovejas. Salió del coche.
—Ni un comentario.
—No he dicho nada.
—También piensa con mucho volumen.
Mateo ocupó el asiento. Tuvo que echarlo hacia atrás y sus rodillas quedaron a ambos lados del volante. Observó los mandos del coche eléctrico con la atención de alguien que no despreciaba una máquina nueva, aunque quizá disfrutara fingiendo lo contrario.
—¿No hace ruido?
—Ese es uno de sus encantos.
—Para un rebaño, no.
Giró en dos movimientos limpios, sin rozar el margen. Adriana decidió no felicitarlo. Él bajó y le devolvió la llave.
—Siga mis huellas hasta la carretera. En el cruce verá Valdebruna.
—Gracias.
—De nada, señora sin estado civil conocido.
La sonrisa volvió a aparecerle en los ojos. Adriana se metió en el coche antes de que su propia boca cometiera la imprudencia de corresponderle.
El pueblo apareció diez minutos después, extendido sobre una loma baja.
Tenía tejados rojizos, fachadas claras y una torre de piedra que dominaba la plaza.
No era el decorado detenido que Adriana había imaginado al leer el encargo.
Había placas solares, una furgoneta de mensajería, dos adolescentes en patinete y un tractor enorme que ocupaba media calle.
También había macetas de geranios, persianas bajadas contra el calor de septiembre y una anciana que hablaba por videollamada desde un banco.
La antigua casa de correos estaba junto al ayuntamiento. Una mujer menuda, de pelo blanco corto y vestido azul, esperaba delante de una puerta verde con un manojo de llaves.
—Adriana Montes —dijo antes de que ella se presentara—. Soy Pilar Benítez. Presidenta de La Hebra, casera accidental y culpable de que vaya a pasar cuatro meses en un pueblo donde todavía se discute si el contenedor amarillo está demasiado lejos.
Adriana bajó la maleta.
—Encantada. He conocido a un pastor por el camino.
—¿Malhumorado, ojos claros y convencido de que las señales de tráfico deberían pedirle permiso?
—Ese mismo.
—Mateo Roldán. El Gato.
—¿El Gato?
—De pequeño se subía a todos los tejados. Ahora solo se sube a la paciencia de la gente.
Pilar abrió la puerta. Dentro olía a madera cerrada y a jabón de lavanda. En la pared del recibidor se conservaban unas casillas antiguas para cartas, pintadas del mismo verde que la fachada.
—La conexión funciona casi siempre —explicó—. Cuando no, se arregla abriendo la ventana del despacho, levantando el router y diciendo cosas feas sobre la compañía.
—Me habían prometido fibra.
—Y la hay. Pero aquí también tenemos viento, muros de medio metro y una relación complicada con las promesas.
Pilar le enseñó el resto de la casa. Detrás del antiguo mostrador de correos se abría un salón con vigas de madera, una cocina renovada y un patio estrecho donde una parra daba más sombra que uvas.
En la planta superior había dos dormitorios, un baño y una terraza desde la que se veía el límite del pueblo y, más allá, una sucesión de campos secos.
—La habitación pequeña puede servirte para guardar cosas —dijo Pilar—. El despacho está abajo porque ahí llega internet y porque los carteros de antes construyeron la única pared de la casa que no desafía a la tecnología.
Adriana asomó la cabeza al garaje.
—¿Puedo cargar el coche aquí?
—Hay una toma revisada por un electricista. Despacio, pero carga. Nada de alargadores cruzando el patio; no quiero que la primera baja del proyecto sea la diseñadora electrocutada.
—Estratega de marca.
—Eso ocupa demasiado en una esquela.
Pilar le entregó dos juegos de llaves: uno con una etiqueta que decía CASA y otro con una pieza de fieltro gris en forma de nube.
—La reunión de presentación es mañana a las cinco en La Parada. Esta tarde descansa.
—Puedo revisar la documentación.
—También puedes ducharte. No cobramos un suplemento por agua caliente.
Adriana se miró las zapatillas cubiertas de polvo y aceptó que Pilar tenía un argumento.
Había preparado la llegada como preparaba una campaña: calendario, archivos duplicados, listado de entregables y un margen de contingencia.
En ninguno de aquellos documentos había incluido «ser juzgada por una oveja» ni «discutir con un pastor atractivo antes de deshacer la maleta».
—La casa era de mis tíos —añadió Pilar—. Cuando cerraron la oficina postal, conservaron el mostrador y alquilaron el resto. No es un alojamiento rural de revista. Las puertas crujen y la cisterna de arriba necesita dos segundos entre una descarga y otra.
—Parece perfecta.
—No uses esa palabra el primer día. Dale tiempo para decepcionarte con confianza.
Adriana dejó la carpeta sobre una consola. El plano mordido asomaba por un lateral.
Pilar lo vio y alzó una ceja.
—Rosalía.
—¿Cómo lo sabe?
—Es la única oveja de la comarca interesada en urbanismo.
Pilar dejó sobre la consola una carpeta con teléfonos, horarios y una contraseña de wifi escrita en mayúsculas.
—Aquí tienes el consultorio, la farmacia, el taller de Sebas y dos números de taxi. El segundo solo trabaja cuando no juega el Albacete.
—¿Y si tengo una urgencia durante un partido?
—Llama al primero. Esto no es una aldea aislada, Adriana, pero las distancias tienen la mala costumbre de ser reales. Para ir al hospital, a una gran superficie o a una oficina que atienda después de las dos hay que coger el coche. Conviene no descubrirlo cuando ya lo necesitas.
Adriana agradeció la información. En Madrid podía pasar semanas sin calcular cuántos kilómetros la separaban de una farmacia abierta o de un técnico.
Todo estaba cerca porque otra persona sostenía la proximidad con turnos, tráfico y luces encendidas.
En Valdebruna, los servicios no desaparecían, pero obligaban a saber cuándo estaban y quién los hacía posibles.
Pilar le indicó también el grupo de avisos municipales, el canal de La Hebra y una carpeta compartida con documentos.
—No leas todo esta noche —advirtió—. Nuria sube cada prueba con nombres como «definitivo», «definitivo dos» y «este sí definitivo».
—Eso demuestra que es una profesional creativa.
—Demuestra que tiene tres años de trabajo y ninguna secretaria.
Cuando Pilar se marchó, Adriana descargó el coche.
La maleta ocupó el dormitorio; las cámaras, el despacho; las muestras de papel, media mesa.
Colocó el ordenador, el monitor portátil y un cuaderno nuevo con la eficacia de quien necesitaba convertir cualquier espacio desconocido en una oficina antes de sentirse tranquila dentro de él.
El teléfono mostró diecisiete correos. Respondió a los tres urgentes, aplazó dos reuniones y rechazó una llamada que llevaba por asunto «cinco minutos rápidos». Después abrió la carpeta de La Hebra.
Había fotografías de vellones, actas, facturas, pruebas de fieltro, hojas de costes y casi doscientas imágenes de productos. El proyecto no era una ocurrencia vestida de subvención. Tenía memoria, errores archivados y muchas horas sin una identidad común.
Adriana cambió el nombre de su primer documento. Había escrito Diagnóstico inicial . Lo sustituyó por Preguntas antes de tocar nada .
Solo entonces salió a la terraza. El sol bajaba sobre los rastrojos y una furgoneta de reparto se detenía frente a la farmacia. En la plaza, dos adolescentes cargaban sus teléfonos en un banco solar mientras una mujer mayor enviaba un audio a un volumen capaz de cubrir la provincia.
No había venido a desconectarse del mundo. Había venido a trabajar desde otra parte del mismo.
Adriana miró hacia la calle. A lo lejos llegaba un eco de cencerros. Pensó en Mateo inclinado junto a la ventanilla, en sus manos tranquilizando al animal y en la forma irritante en que había sonreído.
Había venido a Valdebruna a construir una marca, cobrar por un trabajo concreto y regresar a Madrid en diciembre con la vida exactamente igual que la había dejado.
Cuatro meses, se recordó.
Nada podía complicarse demasiado en cuatro meses.