CAPITULO 5
Tyler corre durante un par de minutos, hasta que se acerca a la casa de los Hill, donde ve a Zoe en el jardín, saltando una y otra vez encima de una caja de madera, al mismo tiempo que hace una flexión por cada salto.
—¿Estás entrenando para guerrero ninja americano? —bromea él deteniéndose, mientras se quita los auriculares.
—¡Ja-ja-ja! —exclama Zoe jadeando, dejando de saltar.
En ese momento, Tyler detalla como ella se ajusta la banda que tiene en el cabello, a la vez que mueve un par de mechones que están desordenados, y adheridos a su frente por el sudor, luego cuando ella posa las manos sobre su cintura, él nota el color rosa en sus uñas.
—¿Es que solo los chicos pueden entrenar? —cuestiona Zoe, mirándolo fijamente.
—No dije eso, pero esto —replica Tyler, señalando la caja de madera—, sin duda ese es un entrenamiento ninja, o no sé qué demonios, pero nunca antes te vi hacer eso.
—Es que me la trajo papá hace como dos semanas.
—Entonces… ¿lo haces obligada?
—No, claro que no. Yo le insistí tanto para que me la comprara, hasta que por fin lo hizo.
—¿Tú le insististe por esa caja? —pregunta Tyler, sorprendido.
—Obvio, es una máquina de quemar grasa.
—¿Y cuál grasa vas a quemar? ¿Es que estás ciega, loca o qué? ¡Mírate! —refuta Tyler, señalándola.
—Bueno… gracias, pero no estoy loca. En un mes compito, así que tengo que mantener el mismo peso —explica Zoe—. Y ya comí muchas porquerías este verano.
—Mmm… pensé que eso no afectaba. No es como que vayas corríendo, además la moto te lleva igual tengas dos kilos más, o dos kilos menos, ¿no? —inquiere él confundido y Zoe le sonríe.
—Pues sí, la moto te lleva igual, pero cuando tienes a otras seis chicas a tu lado, intentando ganarte, esos dos kilos de más, afectan el equilibrio en las curvas, el control en los saltos, incluso puede hasta alterar el perfil aerodinámico de la moto, lo que puede resultar en una mayor resistencia al aire —acota Zoe—.
Así que sí, por eso necesito esta máquina de tortura, porque no voy a dejar que ninguna de esas perras me gane —añade sentándose sobre la caja.
—¡Ay por Dios! —exclama Tyler, riéndose.
—¿Qué? —cuestiona ella, cruzando las piernas.
—Es que, nunca te había oído hablar de esa manera.
—Pero es la verdad, somos competitivas. Además, ellas también me ven como una perra que quiere ganarles. —aclara Zoe.
—No lo decía por eso, es que… no sabía que supieras tanto de motos. Es decir, me refiero a la técnica, o que lo vieras como un deporte real, pensé que lo hacías… no sé... —comenta Tyler, encogiéndose de hombros.
—¿Qué lo hacía por obligación? —pregunta ella y él asiente—. No Ty, a mí me encanta. Dime algo, ¿cuántas chicas conoces que practiquen motocross?
—Ninguna, solo tú.
—¡Exacto! ¡Soy única! ¡Como un puto diamante! ¡Eso me lleva a encabezar un montón de listas, de los idiotas que intentan cortejarme pero que no están a mi nivel! —comenta Zoe, sonríendo—. Además, sabes...
—¡ZOE! —interrumpe Zac con vehemencia desde la cochera.
En ese instante, Tyler traga grueso, mientras que ella voltea, viendo a su hermano de pie a varios metros, con los brazos cruzados.
—¡¿Qué demonios haces?! ¡¿Para qué demonios me pides que te entrene si vas a estar perdiendo el tiempo?! ¡No estés llorando cuando quedes de última! —exclama Zac, molesto.
—Oye… ya me voy, tú sigue. Yo también estoy pasado de peso, tengo que bajar tres kilos —comenta Tyler suavemente, mientras da un paso alejándose.
—¿Tres kilos? —murmura Zoe, evidentemente confundida—. ¿Por qué? ¿Estás ciego o loco? ¡Mírate! ¡Si estás hecho una piedra! ¿Es que quieres perder tres kilos de musculo?
—Gracias —responde Tyler sonríente, al mismo tiempo que corre de espaldas, alejándose finalmente.
—¡Ya deja de perder tu tiempo y el mío! ¿Qué mierda hacías? ¡Ya ponte a saltar o le digo a papá que no usas la puta caja! —reitera Zac con fuerza.
Desde la distancia, Tyler escucha las palabras de Zac con su hermana y niega con la cabeza.
—¡Maldita sea! —murmura para sí mismo, a la vez que se coloca los auriculares y continúa corríendo.
En casa de los Lambert, los chicos ya se encuentran dentro de la camioneta, ellos observan como Agata sale de la casa con Lucy, mientras que Lauren cierra la puerta.
—Bueno… ahí viene con su maleta, así que ya deja de preocuparte —murmura Charlie, sentado al lado de su hijo.
—Sí, Sami, cambia esa cara —añade Jhon, mirándolo por el retrovisor.
—Okey… responde él, soltando un suspiro, intentando relajarse.
Mientras que Lauren se monta en el asiento de copiloto, Agata coloca su maleta en la cabina trasera, a la vez que Lucy camina hacia la puerta, la abre y espera que ella se acerque para que se suba primero, y se siente en las piernas de Sam, quien se queda con la vista fija hacia afuera expectante.
—Mamá, súbete —dice Agata, haciéndole señas a Lucy con la mano.
Sam al notarlo, frunce el ceño mientras que piensa. «No entiendo… ¿qué está haciendo?»
—¿Qué? —replica Lucy, confundida—. ¿Quieres que yo me vaya en las piernas de Sam?
—No mamá Lucy, solo súbete, yo me voy en tus piernas —aclara Agata, mientras que Sam se cruza de brazos, aun con el ceño fruncido.
—Okey... —responde pausadamente Lucy, montándose en la camioneta, seguidamente, Agata también entra y se sienta sobre su regazo.
Todos se quedan en completo silencio, sin comentar nada al mismo tiempo que ven la escena, finalmente se cierra la puerta y Jhon conduce hacia el aeropuerto.
Durante el trayecto, los cuatro adultos van conversando jovialmente, mientras que Sam y Agata, no se dirigen la palabra, tanto así, que ni siquiera llegan a compartir una mirada, ya que ella tiene la vista fija en la ventana, y él se mantiene viendo hacia el frente.
«¿Ahora me rechaza? ¿No quiere que la toque?
Por eso se sentó con mamá y no conmigo...
Se pone en papel de víctima, cuando no lo es.
No es justo que yo sea el malo, ella no tiene derecho a molestarse, no después del infierno que me hizo vivir.
No cuando ella fue la que actuó como una tonta» Sam suspira y se agarra la frente, intentando entender el comportamiento de Agata.
«Él debería agradecer el hecho que yo no dejaría plantada a Lucy, si no fuera por ella…
no vendría a este estúpido viaje. ¡No es justo la forma en la que me trató!
¡Él no tiene derecho a regañarme, cuando sabe que odio que lo hagan!
Sami sabe que siempre lloré cuanto Tyler lo hacía, pero ahora…
es él quien lo hace. ¡Y frente a mis papás!
¡Se supone que es mi novio! Creí que un novio te apoyaba, no pensé que fuera él, quien me atacaría y destrozaría hasta hacerme llorar.
¡Yo no merezco esto! ¡Yo nunca lo traté mal!
» Piensa Agata resoplando, con la mirada fija en su ventana.
Después de unos minutos, Jhon se detiene en una estación de servicio para colocar combustible, en cuanto Sam nota donde están, baja la mirada, es el mismo sitio donde Agata le robó ese primer beso.
Él se cruza de brazos, en un intento de reconfortarse, al mismo tiempo que lo embarga, una tormenta interminable de recuerdos, de todos los eventos que se desencadenaron luego de ese beso.
Agata por su parte, se queda con la mirada perdida viendo hacia la ventana, mientras que ella también recuerda, como sentía que se iba a morir después de besar a Sam, y como luego se aferró a comer ese chocolate, usándolo como excusa, para no mirar a los ojos al chico que amaba en silencio.
Después de unos segundos, finalmente Sam decide girar su rostro con mucha sutileza, hasta que puede observar por el rabillo del ojo a Agata, notando que ella tiene la mirada gacha, él dirige la vista hacia el mismo lugar, y es ahí cuando detalla, que ella está tocando la pajuela de su pulsera con uno de sus dedos, justamente la que tiene grabada la fecha de ese primer beso.
Sin poder evitarlo, los ojos de Sam se humedecen, por lo que decide cerrarlos y evitar que los demás lo noten, luego apoya la cabeza en el respaldo del asiento.
Agata nota este movimiento, por lo que despacio, gira la cara hacia él, dándose cuenta que se encuentra con los ojos cerrados, además de tener los labios prensados.
Ella no puede evitar sentirse mal, y con lágrimas a punto de derramarse, decide regresar la mirada hacia la ventana, intentando con desesperación no llorar. Justo en ese momento, Jhon regresa a la camioneta, y continúan el trayecto en completo silencio, hasta que finalmente, llegan al aeropuerto.
Todos se bajan del automóvil para despedirse, Jhon y Lauren la abrazan con fuerza, aunque Agata no lo entiende, todos siguen con los sentimientos a flor de piel, después de haber pensado durante esas terribles horas, que no la volverían a ver nunca más.
—Tranquilos… estaré bien, los llamaré y escribiré en cada momento —afirma ella, intentando que sus padres dejen de mostrar tanta preocupación.
—Sí mi vida, mándame muchas fotos y videos. No me aburriré, tu envíame todo, quiero ver lo que te guste.
—Okey mami.
A un costado, Sam observa la manera como los Lambert genuinamente están angustiados, él comprende que no es porque su hija viaje sin ellos por primera vez, sino en cambio, es por esa sensación de miedo que aún queda en ellos, debido a lo sucedido.
—Tranquilo —murmura Sam, acercándose a Jhon y abrazándolo—. Te juro que no le quitaré los ojos de encima.
A pesar de hablar en voz baja, de igual manera Agata escucha la conversación.
—Gracias… confió en ti. —responde Jhon en otro murmullo, y Sam le asiente.
Finalmente, todos terminan de despedirse y luego de entregar las maletas, hacen el respectivo chequeo para abordar. Durante todo ese proceso, Agata se mantiene tomada del brazo de Lucy, quien va de primera, por lo que Sam y Charlie, avanzan detrás de ellas por el pasillo del avión.
—Es acá —dice Lucy, deteniéndose—. Son estos dos asientos de aquí y esos de adelante, son los de ustedes —explica viendo a Agata.
—Espera mamá Lucy… yo quiero sentarme a tu lado. ¿Me dejas ir contigo? —pregunta Agata, mientras que Sam escucha todo parado detrás de ellas.
Lucy que la observaba a los ojos, desvía un poco la mirada para ver la reacción de su hijo, nota como él se cruza de brazos, evidentemente frustrado, al mismo tiempo, que decide sentarse de inmediato, en la fila delantera junto a la ventana, sin esperar la respuesta.
—No sé cariño... ¿No es mejor que vayas con Sami? —pregunta Lucy—. Él tenía muchas ganas de viajar contigo.
Agata solo niega con la cabeza, mientras que Charlie al percatarse de la situación, y para evitar más drama, le asiente levemente a su esposa y toma el asiento al lado de su hijo.
—Bueno mi vida, entonces ve tú en la ventana.
Agata le hace caso y se sienta justo detrás de Sam, en completo silencio.
Minutos después, el avión despega y durante las tres horas de vuelo, los ojos de Agata enfrentan una batalla, entre mirar por la ventana u observar la parte trasera del hermoso cabello de Sam.
Ella mantenía la ilusión de que en algún momento, él decidiera mirar hacia atrás para verla, o que mejor aún, extendiera su mano para tomar la suya o incluso, que le acariciara el rostro.
«Pero no a mí no me pasan esas cosas. Sami tiene que saber que se equivocó, ¿por qué no se da cuenta que tiene que disculparse y buscarme?
No puede esperar a que sea yo la que se siente sobre sus piernas, o que decida sentarme a su lado, cuando yo no lo traté mal.
Solo quiero que él me busque y me trate como a su novia…
que me ame y que me consienta. ¿Es que aún no sabe que me encantan esas cosas? »
—¿Y qué opinas? —inquiere Lucy, haciéndola salir de su torbellino mental.
Sam al escuchar la voz de su madre, presta atención a la conversación, pero sin voltear.
—Ahhh… ¿sobre qué? —replica Agata, mirándola confundida.
—Sobre eso —aclara Lucy, señalando hacia la ventana.
Agata voltea y observa el paisaje, detallando toda la costa y el mar azul.
—¡Mamá Lucy! ¡¿Es Florida?! —exclama ella emocionada, provocando que Sam sonría—. ¡Yo no sé cómo se ve desde el aire!
—Bueno mi vida, ahora ya lo sabes. Así que… ¡Bienvenida a Florida! ¡Y felices dieciséis años! —comenta Lucy sonriéndole.
Agata mira entusiasmada por la ventana, sin darse cuenta, que Sam gira su cara y la observa en silencio, al mismo tiempo que sonríe emocionado, porque esa imagen, ya no es producto de su imaginación, finalmente, ella está con él, en su especial Florida.