Gatita 3 (Saga Gatita 3) CAPITULO 4
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CAPITULO 4

En casa de los Meyer, Charlie sale de su habitación llevando consigo dos maletas, y se acerca a la puerta de su hijo.

—Oye cariño, en media hora nos vamos, ve aprontándote.

—Okey papá, me daré un baño rápido… es que aún estoy con sueño —responde Sam, sentándose en la cama.

—¿Se te pasó el dolor de cabeza? —inquiere Charlie suavemente, al notar el malestar en su rostro.

—Sí… un poco, pero estoy estresado. Kitty está enojada conmigo, empezó a llorar y me gritó —explica él encogiéndose de hombros para luego quitarse la camiseta.

—Espera… ¿por qué? ¿Cuándo pasó todo eso? Si ustedes estaban de amores anoche —indaga Charlie evidentemente confundido, y suelta las maletas.

—Hace como unos diez minutos. Es que… la regañé por lo que hizo.

—¿La regañaste? —cuestiona Charlie, cruzándose de brazos.

—Claro papá, es que yo necesitaba que ella entendiera, que lo que hizo fue algo muy grave. No puede ser tan inmadura y hacernos eso, ella no comprende todas las mierdas horribles, que le pudieron haber pasado esa noche. Así que le dije que yo no podría revivirla si aparecía muerta en una zanja.

—¡Ay por Dios! ¡Sami! ¿En serio le dijiste esa frase?

—Sí… porque yo de verdad necesito que entienda mi nivel de angustia, ella no vio todo lo que sufrimos esas horas, toda la mierda que pasamos. Así que no es consciente del infierno que fue, no sabe lo mal que yo estaba.

—Oye hijo… obvio que lo entiendo, pero… estamos hablando de la Gata. Sí fuiste duro con ella, pues... ¿si sabes que debe estar llorando a mares?

—Si… pues que llore bastante —afirma Sam, levantándose de la cama—.

A ver si también se asusta lo suficiente, como para que ya no le queden ganas de volver a salir de casa sin decirle a alguien a donde va.

Papá… es que yo no puedo estar tranquilo, sabiendo que en cualquier rabieta o arrebato que tenga, pueda volver a actuar así —añade entrando al baño.

Charlie se queda unos segundos pensativos, para luego tomar las maletas y bajar las escaleras.

—Amor… me encanta como te queda esa camiseta —comenta Lucy, mientras que toma una taza de té en la cocina.

—¿Sí? Gracias mi vida —responde Charlie, sonriéndole—. Me la pondré más seguido entonces.

—Es que te ves muy fuerte, eso me gusta —añade ella, con picardía.

Charlie deja las maletas, se acerca para abrazarla y luego le da un beso en los labios.

—Y tú estás muy hermosa —dice él sonriéndole, dándole un beso en la frente—. Oye amor... Sami me dijo recién, que discutió con Agata, y por lo que entendí, ella se quedó llorando.

—¿Qué? ¿Cómo que discutieron? ¿Pero por qué? ¿Y justo ahora que ya nos vamos? —cuestiona Lucy preocupada, mirando el reloj en su muñeca.

—Sami me contó que la regañó por haberse ido de casa, le dijo que era una inmadurez o algo así, también que le pudieron pasar cosas horrible y que… él no podía revivirla, si la encontraban muerta en una zanja —comenta Charlie, en voz baja, Lucy queda boquiabierta.

—¡Ay por Dios! —exclama Lucy, boquiabierta—. ¿Le dijo eso? Pero… eso no fue nada sutil.

—No cariño, ya lo sé. Es que Sami dice, que necesitaba asustarla lo suficiente para que no volviera a hacerlo.

—Entiendo... De hecho, yo supuse que Jhon le daría el regaño de su vida junto con un castigo ejemplar, pero obvio no lo iba a hacer ayer, porque ella estaba de cumpleaños.

—Amor… ¿por qué mejor no vas a verla? Como ya casi nos vamos, pues... al menos así miras como está el panorama por allá.

—Sí claro, iré a ver. Ven conmigo y trae las maletas de una vez, para que las metas a la camioneta de Jhon —dice Lucy y ambos toman el equipaje para salir.

Mientras tanto en casa de los Lambert, Tyler sale al porche, vestido con ropa deportiva y sus auriculares puestos, en cuanto ve a los Meyer acercarse, se detiene.

—Hola cariño… ¡Ay por Dios! ¡Te ves hermoso vistiendo así! ¡Tienes todo el porte de atleta!

—Gracias mamá Lucy —sonríe Tyler, quitándose los auriculares.

—¿Te vas al gimnasio o solo a correr? —pregunta Charlie.

—Ambas, correré hasta el gimnasio —responde Tyler.

—¡Carajo! ¡Eso está lejos! —acota Charlie.

—Sí ya lo sé —afirma Tyler, riéndose—. Oigan… ¿ustedes me ven gordo?

—No mi vida, nada que ver —comenta Lucy—. Estás precioso, súper fuerte.

—No… ¿por qué dices eso? —inquiere Charlie—. Mírate, es que no tienes nada de barriga —añade jocosamente.

—Es que tengo tres kilos de más y una competencia en dos días. ¡No sé cómo demonios subí todo eso en una semana! —exclama Tyler, frustrado.

—Ay hijo, pero es que ayer bebieron mucha cerveza. Quédate tranquilo, seguramente es por eso, solo suda, toma mucha agua y ve al baño —indica Charlie.

—¿Será? —cuestiona Tyler, al mismo tiempo que con la mano, estira una de sus piernas.

—Sí, de todas maneras ven, vamos adentro, para que te tomes una cucharada de vinagre de manzana con agua, antes de que te vayas —dice Lucy.

—¿Vinagre de manzana? —reitera Tyler, confundido.

—Sí cariño, es un diurético, te ayudará a ir al baño y a digerir más rápido lo que comas.

—Ay mamá Lucy, ¿por qué no me dijiste antes eso? —inquiere él tomándola del brazo y regresando a la casa.

—Es que yo no sabía que lo necesitaras, pero hay muchas chicas que lo tomamos.

—¿Tú lo tomas? —indaga Tyler, justo cuando entran a la cocina.

—Claro cariño, lo hago todas las mañanas antes de comer. ¡Hola chicos! —saluda Lucy a los Lambert y ellos le devuelven el saludo—. Jhon, ya Charlie está montando las maletas.

—Okey, ya voy —responde él levantándose del comedor y saliendo al jardín.

—¿De qué hablan? —pregunta Lauren, mientras que ordena los platos.

—Del vinagre de manzana, mamá. ¿Tú sabias que ayuda a ir al baño y esas cosas?

—Sí, yo lo tomo.

—¡Mamá! —exclama Tyler, indignado

—¿Qué? —replica Lauren, riéndose.

—¿Cómo no me vas a decir? Esa es la clase de información que necesito —añade él, al mismo tiempo que busca el vinagre en la alacena.

—Bueno… es que no pensé que te gustara la idea de tomar vinagre, porque no es rico —aclara Lauren—. Así que no creas que sabe a jugo de manzana, es que si no te gusta el pan integral, entonces dudo que esto sí.

—No importa mamá, si me ayuda a digerir más rápido y no sentirme hinchado, me lo tomo —dice Tyler, colocando el frasco en el mesón—. Bueno… ¿cómo es el asunto?

—Toma un vaso de agua y le pones una cucharada, luego lo revuelves y te lo tomas —indica Lucy, sonríendo.

—Okey… —murmura él, procediendo a mezclar los ingredientes.

—Tengo que ver tu reacción. Si vas a vomitar o escupir, hazlo en el fregadero, no en el piso —bromea Lauren.

—No lo escupiré —replica Tyler, riéndose.

Él toma el vaso, lo acerca a su boca y bebe un pequeño sorbo de prueba, después mira a ambas madres y nuevamente bebe.

—Me gusta.

—¡Sí claro! —refuta Lauren con sarcasmo.

—No mamá, en serio me gusta.

—Cariño… es ácido, eso no es agradable. No importa que no te guste, solo bébelo rápido, luego tomas más agua para que puedas pasar el sabor —agrega Lucy.

—Es que no miento —afirma Tyler sonríendo, bebiendo otro sorbo—. En serio me gusta, es ácido y saben que amo los pepinillos. Me encanta todo lo cítrico y agrio, así que es genial.

Tyler termina de tomarse el resto del vinagre tranquilamente, sin ninguna muestra visible de desagrado, mientras que las chicas, se miran entre si sonríendo impactadas.

—Okey… esa es una gran noticia —añade Lucy.

—Sí, entonces… ¿cada cuánto tengo que tomar esto?

—Pues dos cucharadas al día. Nosotros las tomamos solo en ayunas, pero como tú comes mucho en la noche, mejor bebe una antes de desayunar y luego antes de cenar —indica Lauren.

—Pero… ¿creen que me pueda tomar las dos cucharadas de una vez ahorita? —cuestiona Tyler—. Es que necesito digerir rápido la hinchazón que tengo.

—Claro cariño, eso no hace daño, pero ya mañana las tomas separadas —responde Lauren.

—Bien… entiendo —murmura Tyler, al mismo tiempo que diluye otra cucharada de vinagre en el vaso con agua.

—Oigan, iré a ver a la Gata, ya casi nos vamos y Charlie me dijo que Sami y ella discutieron, o algo así —comenta Lucy.

En ese momento, Tyler y Lauren comparten una mirada que dura unos segundos.

—Discutieron no, mamá Lucy… él la regañó, pero lo que se llama bien regañada.

Es más… hasta yo sentí pena por ella, imagínate el nivel de cosas que le dijo —afirma Tyler—.

Pero está bien, porque la Gata no puede seguir haciendo esas mierdas, así que Sami tenía que ser así de duro con ella.

Si no le tuvo miedo a papá y se atrevió a hacer lo que hizo, entonces ahora, sí tendrá miedo de molestar de nuevo a Sami.

—Espera… ¿tú los oíste discutir? —inquiere Lucy.

—Los oímos —aclara Lauren—. Es que Sami la increpó acá en la cocina, mientras que todos comíamos.

Y coincido con Tyler, por cómo él le dijo las cosas, dudo que ella, se atreva a volver a hacer una cosa estúpida e irresponsable otra vez.

En serio, ella tenía pavor de que Sami la dejara de querer y de que la siguiera regañando, incluso le juró que nunca saldría de casa, sin decirle a él, o a nosotros a donde va.

—¿Se lo juró? —murmura Lucy, sorprendida.

—Mejor dicho, Sami se lo hizo jurar como diez veces —acota Tyler—. Ella lo dijo tanto, que obviamente ya no sabía que más hacer para que él le creyera y la perdonara, por haberse ido así.

—¡Ay por Dios! ¿Y se puso a llorar? —indaga Lucy, preocupada.

—Uff… claro que lloró, es que incluso hasta a mí, se me aguaron los ojos —confiesa Tyler—.

Es que Sami tiene razón, obviamente yo no dije nada cuando eso pasó, pero cuando la Gata se desapareció…

yo también pensé cosas horribles, solo que no quería asustarlos y por eso no dije, ni opine nada.

Pero hoy Sami, sí se lo dijo todo, que la pudieron secuestrar, que la podían haber matado y además que la pudieron dejar tirada en una zanja —añade para después tomarse placenteramente, el vinagre de manzana diluido en agua.

—Lauren… ¿ya tú la viste? —pregunta Lucy, llevándose las manos a la cabeza.

—No, es que eso paso recién, hace unos pocos minutos. Estoy dejando que se calme, igual ella sabe que ya tiene que bajar su maleta, así que no puede pasar mucho más tiempo encerrada —comenta Lauren.

—Bueno… déjenme ver como está, con la excusa de que ya tiene que bajar el equipaje.

—Oye mamá Lucy, ya me voy a correr, te voy a extrañar.

—Chao mi vida, yo también —añade Lucy, abrazándolo—. Me cuentas como te va con el vinagre.

—Pues espero que no sea un placebo de mierda y que sí me haga efecto.

—¡Obvio que te hará efecto! ¡Lo sentirás al ir al baño! —bromea Lauren, riéndose.

—Pues… te oyes muy segura —acota Tyler, mirándola con los ojos entrecerrados.

—¿Hijo crees que te estábamos mintiendo? —inquiere Lauren, entre risas—. Si no sirviera para nada, ¿por qué razón Lucy y yo lo tomaríamos? Ya te dijimos que no nos gusta el sabor.

—No lo sé… por consumismo —bromea Tyler encogiéndose de hombros—. ¡Chao chicas! ¡Me voy a bajar estos malditos tres kilos! —añade dándole un beso a su madre y luego vuelve a abrazar a Lucy—. No voy a dejar que me descalifiquen, por haberme tomado solo unas cervezas de más.

En cuanto Tyler sale de la casa, se estira un poco en el jardín, se despide de su padre y Charlie, quienes están junto a la camioneta, luego se coloca los auriculares y se aleja corríendo.

Por su parte, Agata se ha mantenido arriba en su habitación desde la discusión con Sam, ella está acostada en su cama, llorando aunque más calmada, mientras que abraza su peluche de gato. Cuando de pronto, escucha que tocan la puerta y se seca las lágrimas rápidamente con el dorso de su mano.

—Gata… cariño soy yo.

—Pasa, mamá Lucy —responde ella sentándose en la cama, al mismo tiempo que observa cómo se abre la puerta—. ¿Ya nos vamos? —pregunta visiblemente triste.

—Sí mi vida, ya estamos guardando las maletas —indica Lucy, sentándose a su lado—. Amo que aun tengas el gato, recuerdo tu cara cuando estábamos comiendo pizza, y nos dijiste que Sami te lo había regalado. Te sentías tan feliz, que lo abrazaste durante todo el camino de regreso a casa.

—Lo recuerdo… —murmura Agata, limpiándose el rostro.

—Ya no estés triste cariño… ya sé que discutiste con Sami. Recuerda lo que les dije ayer, es normal que discutan, pero luego tienen que hacer las paces y arreglar el mal entendido.

—Mamá Lucy es que yo no discutí con él —aclara Agata—. Sami fue quien me atacó y regañó horrible. Él nunca me había hecho sentir así, y encima de eso, me trató como una idiota delante de mis papás. ¿Y sabes que fue lo peor?

—Lo sé, que te dijo lo de la “zanja”.

—No… aunque eso también fue espantoso —acota Agata—.

A lo que yo me refiero, es que me llamó “Agata” y Sami nunca me dijo así, fue horrible que me tratara de esa manera, se sintió feo, como si discutiera con cualquier desconocido, como…

si no me quisiera —confiesa con la voz quebrada—.

Yo le pedía que parara de regañarme, pero no lo hizo, Sami solo seguía atacándome sin parar, por más que yo ya le había pedido perdón —añade entre lágrimas.

—Ya mi vida, no llores más —murmura Lucy, abrazándola—.

Entiendo que obviamente te duela ese trato, y no lo justifico, pero…

tanto Sami como nosotros, estábamos muy angustiados por ti.

Yo pienso que él tiene mucho miedo de perderte, y por eso fue tan duro contigo, no porque no te quiera, sino todo lo contrario cariño.

Quizás ahora, como estás dolida, no lo notas, pero cuando amas mucho, a veces se pierde un poco el juicio y se dicen cosas hiríentes, aunque esté mal.