CAPITULO 2
Mientras toda su familia duerme, Agata se encuentra en su habitación, ya vestida con su pijama y finalmente termina de hacer su maleta, luego empieza a guardar los obsequios que recibió por su cumpleaños, recoge el resto de los envoltorios de papel del piso, y dobla un par de bolsas de regalo, cuando va por la tercera, su vista se queda fija en la lámpara de lava sobre su cama, y de inmediato se pone triste.
Ella la toma y la mete dentro de una de las bolsas vacías de regalo, para luego salir hacia el pasillo en silencio, camina hasta la puerta de Tyler y entra.
—Hey… te hacía durmiendo —comenta Tyler, volteando a verla.
—No, recién terminé de recoger el desastre que hice —aclara ella en voz baja, mientras que cierra la puerta— ¿Qué estás comiendo? —inquiere sentándose en la cama.
Tyler inclina el envase sobre su pecho para que Agata pueda ver adentro.
—¿Pepinillos?
—Sí, tenía antojos del algo ácido. ¿Qué traes ahí? —cuestiona él, señalando la bolsa de regalo.
—Ah… es para ti —responde Agata, a la vez que se acomoda y se cruza de piernas.
—¿Me compraste un regalo?
—Bueno, no, pero si quiero que lo tengas, porque la verdad creo que eso me haría más feliz.
—Okey... ¿qué es? —pregunta él confundido, a la vez que se sienta y hace a un lado, el envase con pepinillos.
Por su parte, Agata extiende el brazo y le entrega la bolsa, en cuanto Tyler la toma, siente la forma en sus manos y sin necesidad de mirar dentro, ya sabe lo que es, por lo que comienza a negar con la cabeza.
—No Kitty… no.
—Sí… por favor.
—No, es que no puedes dármela. Tú no entiendes —reitera él con la voz quebrada, llevándose una mano a la cara.
—Claro que puedo.
—No… no puedes. En verdad no lo entiendes —repite Tyler, tomando una almohada y tapándose el rostro con ella, para tratar de ocultar las lágrimas.
—Hey… tranquilo —murmura Agata, acariciándole el brazo—. No quiero que estés triste, pero la verdad es que, me sentiría horrible viéndola en mi habitación, porque sé lo mucho que te gusta esa lámpara.
—Pero es que no puedes devolvérmela, yo te la di —acota él, quitándose la almohada de la cara y la mira a los ojos—. Te la debí dar hace muchos años atrás. Sabía que debía hacerlo, pero… no fui capaz. Yo… tengo que dejar de ser egoísta, y pensar en tu felicidad y bienestar, no solo en el mío.
—Bueno… a mí me encantó que me la dieras, eso jamás lo voy a olvidar —confiesa ella, sonriéndole—. Gracias por pensar que eso me haría feliz, eso fue muy lindo, porque en realidad sí lo hizo.
—Perfecto, entonces tómala y llévatela, es tuya —afirma él, intentando devolverle la bolsa.
—No es mía, es tuya —replica ella, negando con la cabeza.
—Gata… es horrible que me devuelvas un regalo.
—No… espera. Es que no te la estoy devolviendo. No lo tomes así.
—¿Cómo quieres que lo tome? —cuestiona él, frunciendo el ceño—.
Me costó como ochos años decidir dártela, finalmente lo hice y me la estás devolviendo.
Ahora me siento una mierda de nuevo, es que no entiendes lo difícil que es para mí, yo…
necesito ser mejor, y no es justo que me la devuelvas, no quiero ser malo —explica mientras sorbe por la nariz.
—Hey… pero no eres una mierda, eres increíble, si no fuésemos hermanos, en serio amaría que fuéramos amigos, porque eres demasiado genial, siempre quise ser como tú —declara ella, sonriéndole—. Así que no digas que eres malo, no tengas ese concepto de ti, porque no es cierto.
—No me la devuelvas por favor —suplica él, limpiándose el rostro—.
—Es que no te la estoy devolviendo. Dime algo, ¿tú me la regalaste o no?
—Sí, claro que te la regalé, es tuya.
—¡Exacto! Y como es mía… entonces yo decido que hacer con ella, y resulta, que lo que yo quiero, es regalársela a alguien que me hizo muy feliz, dándome algo que es muy valioso para él —acota Agata—.
Esa persona, me dio una gran lección de amor ayer, yo jamás me había sentido tan amada.
Cuando veníamos en la camioneta y dijiste que fuiste al fin del mundo para encontrarme, en verdad…
me sentí como una idiota, arriesgando a mi único hermano, en medio de la noche en bicicleta, mientras que llovía, solo por ir a buscarme.
Así que por favor, no rechaces mi regalo.
—¿En verdad no prefieres tenerla tú?
—No Ty, claro que no, porque te la quiero regalar, así que… ¿me la aceptas? Por favor —insiste ella, en tono de súplica.
Tyler se queda pensativo durante unos segundos, para luego asentir, provocando que Agata lo abrace con fuerza, cuando ella se aleja, él saca la lámpara de la bolsa.
—¿Sabes algo? Amo verla, aunque si yo quisiera una, me la hubiese comprado hace mucho, pero no lo hice, porque a mí lo que me hace feliz, es verla encendida acá.
Cuando estabas en Florida, yo venía aquí, la encendía y me quedaba acostada, viendo las formas de lava en el techo y las paredes —comenta ella, sonriéndole—.
Para serte sincera… no me veo haciendo eso en mi habitación, me gusta hacerlo acá, porque sé que tú también lo haces.
Te he visto hacerlo por años, como cuando antes de dormir, con todo oscuro, enciendes la lámpara y al rato te da sueño.
—Sí… eso me ayuda a dormirme —afirma Tyler—. No sabía eso... que venías y estabas acá.
—Claro… es que no te iba a decir, sabía que te molestaría que viniera a tu habitación cuando no estabas, y que me regañarías.
—Perdón… se que no debí hacerlo antes, solo estaba viendo la lámpara. Eso estuvo mal y fui un idiota, en realidad era una estupidez, porque no me hacías ningún daño, con que te sentaras a mirarla —dice él suavemente, a la vez que le da un beso en la frente.
—Por cierto Ty… ahora no porque es tarde, pero… en la mañana si puedes, me gustaría que me presentes a la psicóloga. Quiero que la llames para conocerla, ¿cómo se llama?
—No te burles, no seas mala — responde él poniéndose de pie, y coloca la lámpara en su mesa de noche y la conecta al tomacorríentes.
—Te lo digo en serio —aclara Agata—. Tengo que agradecerle por haber estado para ti cuando te sentías mal, yo debería haberlo hecho. Ty… perdón por no darme cuenta que necesitabas ayuda, yo también fui muy egoísta, porque solo veía mi dolor, sin pensar en el tuyo.
—Gracias, por decir eso —murmura Tyler, con una pequeña sonrisa en el rostro—. En verdad… gracias por decírmelo. Y bueno, ella se llama Rose —añade acostándose de nuevo en la cama y se arropa.
—Ese es un lindo nombre, cuando la vuelvas a ver, quiero que me avises, te acompañaré, me gustaría llevarle unos cupcakes. Oye… creo que ambos fuimos unos completos idiotas, y ahora lo veo todo muy claro —comenta ella, riéndose.
—¿Por qué lo dices? —cuestiona él, confundido.
—Porque todo este tiempo, tú pensabas que yo era la favorita, mientras que yo sentía lo mismo hacia ti. Cuando la realidad es que… sé que mamá te ama y cuida como a un bebé, a la vez que papá te súper consiente, te da todo, y nunca te dice que no.
—Pero mamá también te ama y cuida demasiado a ti —interrumpe Tyler—. Además de que papá se desvive por ti.
—¡Exacto! Cada uno veía como amaban al otro, pero no reconocíamos, que en verdad nos amaban también a nosotros. ¿Me entiendes?
—Sí... tienes razón —murmura Tyler, asintiendo—.
Sabes… me sentí muy mal con lo que dijo papá, sobre las pesadillas que tenía con lo del secuestro de Nicole.
Es que no pensé que alguien como él, se asustara, pero…
no viste su cara y la de todos, cuando desapareciste, fue horrible —añade con la voz quebrada—.
Estoy algo traumado, creo que hubiésemos preferido morir, antes de que tú no volvieras más con nosotros.
—¡Ay no! ¡No me digas eso! —replica Agata, con los ojos aguados—. Me siento como una idiota, no debí haberme ido, eso fue una estupidez y estuvo mal. No pensé, fue impulsivo de mi parte, no debo ser así, yo jamás salí de casa, sin decirle nada a ellos, no me voy a perdonar haberlos angustiado así.
—Espera… no te lo dije para que te sintieras mal Kitty—aclara Tyler—. ¡Mírame! ¡Yo soy la definición de impulsivo! Mi cara debe estar en el diccionario, junto a esa palabra. La verdad es que… tú no eres así, en cambio, eres súper prudente. ¿Me enseñas a ser más de esa manera?
—No es algo que hago intencionalmente —acota Agata, encogiéndose de hombros—.
Yo creo que eres genial, y pienso que no debes cambiar nada, pero si tienes duda, sobre si una acción es impulsiva, solo te puedo recomendar hacer algo, que justamente yo no hice ayer cuando me fui —añade riéndose suavemente—.
No pensé en el daño que esa acción tendría en los otros.
Entonces… si un día te enojas con alguien, antes de explotar, piensa si eso le haría daño a esa persona, si la respuesta es sí, en vez de explotar, solo explica lo que te molesta, con buenos argumentos y sin gritos.
—Okey… ese es un gran consejo.
—Hubiese sido bueno que me lo preguntaras ayer, porque fui una idiota —comenta ella, riéndose de sus propias decisiones—.
Oye… solo quiero que sepas, que yo jamás te voy a quitar a tu hermano, él es todo tuyo, lo digo en serio —afirma tomándole la mano—.
Yo nunca vi a Sami de esa manera, porque te tengo a ti, pero entiendo cómo te sientes, porque yo tampoco quisiera que nadie te aparte de mi lado.
De hecho… esa fue la razón por la que golpeé a la zorra de la gemela, porque no quiero que nadie te irrespete, ni te haga daño.
Me sentí muy mal por lo que ella hizo, no permitiré que nadie te humille, así estés borracho, o lo que sea, y no puedas pensar con claridad, yo te voy a defender.
—Gracias, haré una lista con los nombres de las dos docenas de “idiotas” que están detrás de mí y que no me interesan. ¿Te puedes encargar de ellas? —bromea él, a la vez que acomoda la almohada en su cabeza.
—Ja-ja-ja —responde ella, al mismo tiempo que se arropa, y se acurruca junto a su hermano.
—No sé cómo haré —exhala Tyler, preocupado—. Gata… te queda un año de prepa.
—No seas bobo, no saldré con nadie. Por Dios… tengo a Sami, no lo voy a traicionar.
—Es que no lo digo por ti, tienes que saber que los chicos son todos unos imbéciles.
—¿Todos? —reitera ella, sonríendo.
—Sí claro, bueno… menos Sami y yo.
—Okey, entonces soy muy afortunada, de que los únicos dos chicos que sí amo, no sean unos imbéciles.