Gatita 2 (Saga Gatita 2) CAPITULO 22 #2
60%

CAPITULO 22 #2

—Es que de seguro siente el olor allí, porque luego de buscar la caja arriba, yo la deje sobre la mesa, mientras que fui a al baño. Oficial, yo la apoyé ahí, antes de guardarla en mi bolso.

—Okey cariño. Chicos… esperen afuera, démosle espacio para que los perros busquen bien —indica Jhon.

Los chicos regresan al porche y esperan ansiosos, a medida que pasan los minutos, ellos escuchan como dos perros ladran al mismo tiempo, se dan cuenta que los ladridos provienen de arriba y se esperanzan.

—¡Maldición! —exclama Tyler, frustrado—. ¡Solo le ladran a la peinadora o al joyero! —añade sentándose en las escaleras.

—¿Cómo estás tan seguro? —inquiere Sam.

—¡Por que sí! Es que si lo hicieron con el bolso de la Gata… ¿por qué no lo harían con el joyero? —replica Tyler, soltando un resoplido.

Al escuchar esa respuesta, todos se cruzan de brazos mientras que siguen esperando, a medida que pasan los minutos, los chicos comienzan a desesperarse, ya que no se escuchan más ladridos, así como tampoco, ninguna confirmación por parte de Jhon, de que hayan conseguido algo.

«Tienen que traerlos aquí afuera… deben buscar en todo el jardín… Ahí es donde están.» Piensa Tyler, desesperado.

Finalmente, después de media hora, ven salir primero al labrador con su oficial, y luego al beagle.

—¡Sí! —exclama Tyler levantándose, a la vez que se lleva las manos a la cintura, mientras observa a los perros, olfateando el pasto.

Por su parte, Jhon sale acompañado del último oficial, quien viene con el dálmata, una vez más, le acercan la caja al hocico del perro, luego el policía, camina entre las macetas de las plantas, para que olfatee.

Todos alrededor, observan como la brigada canina, recorre el jardín, mientras que los oficiales, los guían y les señalan puntos en el suelo, para que olfateen lugares específicos, luego de varios minutos, oyen como el beagle comienza a ladrar.

—¡El chiquito Tyler! ¡Es el chiquito! —comenta Zoe emocionada, mientras que Tyler, le sonríe y se lleva las manos a la cabeza.

Los demás, observan como el oficial se agacha en el borde del seto que sirve como cerca, el cual divide el jardín con el del vecino. El policía busca con detenimiento, pero después de unos segundos, se pone de pie, mira a Jhon y niega con la cabeza, provocando que todos se vuelvan a preocupar.

En ese instante, el oficial avanza, para que el perro siga oliendo otra parte del jardín, pero el beagle, vuelve a ladrar, sin querer avanzar.

—Vamos Rocky, busca acá. Ahí no hay nada —dice el policía, pero el perro continúa ladrando, casi de manera desesperada.

De repente, se levanta en dos patas, y se apoya sobre las piernas del oficial, completamente exaltado, los otros dos compañeros lo notan, y ellos, que ya conocen esa reacción del perro, saben que solo se desespera de esa manera, cuando consigue algo, por lo que nuevamente, el policía revisa el área.

—Rockie, no hay nada —repite él, pero el beagle sigue saltando, a la vez que ladra sin parar—. Bueno… —murmura el oficial, soltándole la correa—. ¡Busca! ¡Busca!

En ese momento, el perro salta como un loco, incrustando la cabeza entre un seto, el cual es una planta, densa y tupida, pero haciendo fuerza con sus patas traseras, y como si fuera un pequeño tractor, con energía inagotable, desaparece dentro.

Al cabo de unos segundos, se empiezan a escuchar sus gemidos desesperados, el cual, es el clásico sonido que emiten los perros cazadores, cuando persiguen a una presa, por lo que, los otros oficiales, se acercan de inmediato, sabiendo sin duda alguna, que encontró algo.

—¡Vamos Rockie! ¡Tráelo! ¡Tráelo! —exclama el policía, mientras que Tyler salta emocionado, agitando sus manos.

Zoe a su lado, observa su reacción y lo toma del brazo, con la misma efusividad, también celebrando.

El lloriqueo del perro, se intensifica, conforme todos observan que el seto se mueve sin parar, la planta se sacude de un lado a otro, hasta que de pronto, el sonido cesa y ven la cola del beagle asomarse entre las hojas, intenta retroceder, pero se queda atascado, por lo que el oficial se agacha, y con sus manos, aparta las ramas para facilitar la salida del canino.

Cuando finalmente, saca la mitad del cuerpo, logra desatascarse por completo y asoma la cabeza, se sienta de inmediato, mirando a su oficial, quien le sonríe, extendiendo la palma de la mano, y el beagle acerca su hocico, entregándole la figura.

—¡Bien hecho Rockie! —exclama con mucho entusiasmo el oficial, a la vez que mete su mano al bolsillo, toma la pelota preferida del perro y la lanza con fuerza al otro lado del jardín, provocando que este, salga corriendo extasiado detrás de su premio.

—¡Ay por Dios! —comenta Jhon, mirando a todos los chicos, quienes de inmediato, corren atónitos hacia donde se encuentra el policía, para ver qué fue lo que consiguió el canino.

—¡¿Sí son los novios?! —grita Sam, mientras que se acerca.

El policía lo escucha y sostiene la figura, entre su pulgar y dedo índice, enseñándoselas, causando que los chicos comiencen a aplaudir y celebrar con júbilo.

—¡Ay Dios mío! ¡Gracias! —dice Sam, agarrando a los novios, los cuales están intactos, a pesar de que están por completo, cubiertos con la saliva del perro—. Gracias oficiales, y sobre todo a los perros.

—¿Puedo abrazar a Rockie? ¿Es manso? —cuestiona Tyler.

—Sí claro, él es muy juguetón. ¡Rockie ven! —indica el policía.

Todos ven al beagle correr con la pelota en la boca, cuando llega a donde Tyler, este se agacha y comienza a acariciarlo.

—Rockie gracias, gracias chiquito, me salvaste —murmura Tyler, abrazándolo.

—¡Ay Rockie! ¡Eres tan listo! —comenta Agata, agachándose al lado de su hermano, y dándole besos al perro.

—Sami, entrégales la figura a los oficiales, es que ellos tienen que terminar el ejercicio con los otros dos perros, así también obtienen su recompensa —explica Jhon, a la vez que este le asiente y la entrega.

Con todos aliviados, se quedan observando como los policías, esconden la figura, en un lugar diferente, mientras que juegan a tirarle la pelota a Rockie.

Después de unos minutos, los chicos están relajados viendo como el labrador busca a los novios, mientras que juegan a tirarle la pelota a Rockie, y las chicas acarician al dálmata a su lado.

—¡Jhon! —exclama Zoe.

—Sí… dime —responde él, volteando a verla.

—¡Esto ha sido la cosa más genial que visto en toda mi vida! ¡Fue emocionante, divertido y gratificante! ¡En verdad lo amé! ¡No tienes ni idea!

—Sí cariño, es exactamente todo eso que dijiste —afirma Jhon sonriéndole, al igual que los dos oficiales—. Y es más gratificante, cuando logras resolver un caso, solo gracias a los perros.

—Entonces… ¿Hay que ser hombre para ser oficial que entrena perritos? —indaga Zoe suavemente, al acercarse a ellos.

—No cariño, no tienes que ser hombre, y se llaman guías caninos o agentes K9 —responde Jhon, mientras que los oficiales se ríen por las preguntas de ella.

—¿Y qué hay que estudiar para ser un guía canino? —insiste Zoe, con tono serio.

—Pues… primero tienes que ser policía, después debes tomar una especialización canina. Donde aprendes adiestramiento, obediencia, técnicas de detención y búsqueda, entre otras cosas —explica Jhon—. Ahí es donde te asignan un perro.

—¿Y cuánto dura esa especialización?

—Alrededor de unos seis meses.

—¿Y el perro que me dan es mío o de la policía? —pregunta Zoe, completamente interesada.

—Legalmente es del cuerpo de policías, pero en la práctica, si lo que quieres saber es sobre su rutina diaria, los caninos viven con los oficiales, en sus casas y con sus familias, como si fueran una mascota y un compañero de trabajo.

Las dos cosas en uno, son inseparables, y cuando los perros se jubilan, obviamente su oficial lo adopta y deja de ser de la policía, para seguir viviendo con ellos, pero sin trabajar.

—¡Ay por dios! ¡Gata! ¡Ven acá! —grita Zoe, emocionada.

—¿Qué pasa? —inquiere Agata, quien deja de acariciar al dálmata y se acerca a ella.

—¿Cómo me vería vestida así como ellos? —cuestiona Zoe, señalando a los oficiales—. ¿No sería una sexy guía canina? —añade, causando que los oficiales exploten de risa.

—¡Sí! ¡Esa es una gran idea! —replica Agata, sonriéndole—. ¡Tú amas los perros!

—¡Eso es totalmente cierto! Pero… no me gustaría tratar con ladrones, ni nada de eso, es que me da miedo Jhon —acota Zoe, volteando a verlo—.

Me gustaría entrenar un perro y que consiga a gente perdida o drogas, algo así, nada que implique tiroteos, ni lidiar con gente violenta —agrega cruzándose de brazos.

—Okey cariño… por ahora, sigue estudiando, gradúate, y cuando lo hagas, te ayudo para que seas “una oficial de policía que entrena perritos” —afirma Jhon sonriéndole, a la vez que hace comillas con los dedos.

—Pero ya sabes, una donde no hayan tiroteos —insiste Zoe.

—Papi, ¿nos puedes llevar un día a verlos como entrenan a los perros? —inquiere Agata.

—¡Sí! ¡Sí! ¿Puedo ir? ¡Llévenme! ¡Por favor! ¡Jhon puedes llevarnos! ¡Por favor! —exclama Zoe, haciendo puchero.

—Sí chicas, iremos. Así también les llevamos unas galletas, por haber venido a ayudarnos —comenta Jhon.

—Espera… ¿pero unas galletas para los oficiales o para los perros? —cuestiona Agata, confundida.

—Pues… me refería a ellos, los oficiales —aclara Jhon, señalándolos.

—Ahhh, pero… es que yo puedo hacerle también galletitas a los perros —dice Agata.

—¿Haces galletas para perros? —indaga uno de los oficiales, extrañado.

—Sí, de hecho tengo un cliente, que tiene una clínica veterinaria y siempre me encarga —responde Agata—. Son todos ingredientes naturales, nada de azucares.

—¡Kitty! —dice Sam, acercándose—. ¡Ya está todo listo! ¡Ya tengo la figura! ¡Solo tenemos que lavarla y ya!

—¡Bien! ¡Vámonos! —replica Agata, sonriéndole.

—Espera… Jhon, ¿nos puedes llevar? Es que no quiero conducir el auto de Lauren de noche, no estoy acostumbrado a él —explica Sam.

—Claro, yo los llevo —responde Jhon, despidiéndose de los oficiales, para luego trasladar los pasteles a su camioneta, e irse con Sam y Agata, al restaurante..