Gatita 2 (Saga Gatita 2) CAPITULO 1 #2
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CAPITULO 1 #2

—¡Hey! —comenta Zac, dándole la vuelta a la isla de la cocina y se le acerca—. ¿Y ese moretón? Está feo… ¿Qué te pasó?

—Una idiota me golpeó.

—¡Rayos! Ya estaba más que sorprendido con verte acá y ahora resulta que te metes en peleas de gatas —dice él, tomando un cubo de hielo de la heladera, para luego acercar su mano y colocarlo en la mejilla de ella—.

Perdón si te quema, pero… es que si no, se te inflamará. —explica mirándola a los ojos.

—Gracias —murmura ella, haciendo una mueca al sentir el frío.

—Entonces… ¿Me dirás por qué te peleaste? ¿Y por qué estás mojada? ¿Por qué gritaste? Etcétera, etcétera, etcétera —cuestiona él, con una leve sonrisa pícara.

—Es una larga historia —murmura Agata, soltando un suspiro.

—Bueno… eso se ve mal —afirma Zac, sosteniéndole el hielo y señalando el teléfono en la mano de ella.

—Lo sé… voy a enloquecer. Tengo demasiadas cosas importantes aquí —agrega ella, angustiada.

—¡Mételo en arroz!

—¿Eso si sirve? —inquiere ella, con seriedad.

—No boba, claro que no, solo bromeo contigo. Sostenlo tú un momento —indica él, colocándole el hielo en la mano, seguidamente toma el teléfono de ella.

Zac de inmediato lo apaga, le quita la funda, luego comienza revisar las gavetas de la cocina, hasta que consigue un rollo de servilletas de papel, toma una par y empieza a secar el teléfono lo más que puede.

—Gracias... parece que sabes lo que haces —comenta Agata, apoyando el hielo de nuevo sobre su mejilla.

—Pues, es que mis teléfonos se me han mojado más de una vez, cuando estoy en la pista de cross, al igual que a mi papá y a algunos amigos. Es que hasta en charcos de lodo se nos han caído.

—Entiendo —susurra ella, a la vez que se queda inmóvil y confundida cuando él acerca las manos a su oreja.

—Necesitaré esto un momento —explica él, quitándole el arete.

—Okey…

—Lo primero es apagarlo, porque el equipo se encuentra mojado por dentro y se dañará si no lo apagas, luego tienes que secarlo lo más que puedas, y también es importante quitarle la tarjeta SIM —indica Zac, mostrándole como introduce la varilla del pendiente en el orificio del teléfono, despliega la bandeja y saca el chip—.

Listo, acá lo tienes. Ahora viene el paso más complicado e importante, abrirlo, sacarle la batería y asegurarnos de que quede completamente seco por dentro, para dejarlo que se airee.

—Entiendo... ¿lo harías? —pregunta ella, con voz suave—. Por favor.

Zac aparta un mechón del rostro de Agata con delicadeza, lo coloca detrás de su oreja y le vuelve a colocar el arete.

—No puedo —responde él, mirándola fijo a los ojos.

—¿No? —replica ella, sorprendida—. Por favor… es que tengo cosas valiosas ahí, mucha información de mis pedidos. Además de demasiadas fotos y videos. ¡Zac por favor! No me digas que no, odio cuando me dicen que no.

—Yo también odio eso —afirma él, sonriéndole con picardía.

—¡Ves! ¡Entonces sí sabes cómo me siento! ¿Por qué me dices que no?

—Gata, porque necesito herramientas para poder abrirlo y cómo te imaginarás… no son cosas que cargo conmigo todo el tiempo.

—¿Es solo por las herramientas?

—Claro preciosa, ¿por qué otra razón te diría que no?

—Ah… Okey.

—¡Entonces vámonos! Primero secamos tu teléfono por dentro y luego te dejo en tu casa.

—¿Me llevarías hasta allá? —cuestiona ella, sorprendida.

—Por supuesto preciosa, y no lo digo porque seamos vecinos. Incluso si vivieras al otro lado de la ciudad, igual te llevaría encantado. ¿Somos amigos o no?

Agata se queda callada por unos segundos mientras piensa, luego le asiente con una sonrisa, por su parte, Zac la toma del hombro y ambos comienzan a caminar hacia la puerta de la casa, una vez que atraviesan el jardín, se detienen frente a la motocicleta de él.

—¿No andas en el auto?

—No, porque mi mamá iba a salir con Zoe, yo solo uso el coche cuando tengo que llevar más cosas —explica él, mientras que se coloca el casco—. Además, es más divertido manejar la moto —añade entregándole el otro a ella.

—Pues… me tendré que ir caminando —responde ella, cruzándose de brazos sin tomarlo.

—¿Estás loca? ¡Son más de diez kilómetros!

—Zac… yo jamás me he montado en una moto. Estoy segura de que me caería o algo peor.

—¿Algo peor que caerte? —inquiere él, entre risas.

—¡Mucho peor! Por ejemplo… que mi papá se entere, no solo me mataría a mí, sino que a ti también.

—Mmm... —murmura él, tragando grueso—. Bueno, con respecto a lo primero, no te caerás, yo tengo catorce años conduciendo motos y jamás he dejado caer a nadie. Y con lo otro, pues… no soy suicida, si tú no le dices nada a Jhon, pues obvio que yo no se lo diré.

—No lo sé…

—Hey, ni creas que te voy a dejar acá toda mojada y con el teléfono a punto de dañarse —afirma él, con seriedad—.

Tampoco dejaré que te vayas sola en medio de la noche, pero si quieres…

nos vamos caminando juntos, aunque estimo que demoraremos como dos horas en llegar.

Eso sí, honestamente no creo que tu teléfono sobreviva luego de estar empapado durante tanto tiempo.

—¡No! ¡No puedo dejar que se me dañe! —exclama ella, preocupada—. Zac… ¿por favor puedes ir muy lento? Sé que no te gusta, pero… de verdad es que me da mucho miedo caerme.

—No te preocupes preciosa, iré lento —responde él, mientras que le coloca el casco con sutileza, luego se sube en la motocicleta, y voltea a verla con la mano extendida—. Vamos… súbete.

—¡Santo cielo! ¡No sé qué demonios hacer! —confiesa ella preocupada, a la vez que se acomoda en el asiento.

—Solo abrázame fuerte con ambos brazos Gata, y en ningún momento bajes los pies de los soportes —indica él, con seriedad encendiendo la moto—. No tienes que hacer nada más.

—Okey —susurra ella, abrazándolo alrededor del torso de él.

—¡Espera! ¡Me olvidaba de que sí hay algo más que debes hacer! ¡Algo muy importante!

—¿Qué cosa? —pregunta ella, preocupada.

—¡Disfrutarlo! —responde él, entre risas y arranca.

—¡Ay por Dios! —grita ella cerrando los ojos, y se aferra aún más al cuerpo de Zac, como si su vida dependiera de ello, mientras que se alejan del lugar.

Los chicos siguen la búsqueda por toda la casa, desesperados de no conseguir a Agata.

—En los baños de arriba tampoco está —comenta Tyler, bajando las escaleras— ¿La estás llamando?

—Sí, pero aún sigue apagado. ¡Mierda! ¡¿Dónde carajos se metió?! —exclama Sam angustiado, mientras que sigue intentando localizarla.

—¿Y qué demonios hacía ella acá? ¿Será que se escapó de la casa? —cuestiona Tyler, frunciendo el ceño.

—No lo sé, pero… si le preguntamos a tu papá, se volverá loco. No podemos decirle que no sabemos dónde está la Gata.

—Sam… vámonos. Si ella no está acá, entonces es porque ya se fue.

—¿Pero cómo se iría? No creo que sepa llegar a casa desde aquí, estamos lejos.

—Bueno… ella tiene dinero, de seguro pidió un taxi —responde Tyler, encogiéndose de hombros.

—¡No! ¡¿Un taxi?! A esta hora de la noche, sola y siendo menor de edad. No… ella sabe que tus papás no la dejarían hacer eso, porque es peligroso —aclara Sam, mientras que ambos caminan hacia el jardín.

—Pues... o se fue en un taxi o caminando, porque no hay más opciones —puntualiza Tyler, observando todo a su alrededor—. Tenemos que decidir qué hacer, pero no llamaré a papá para contarle, porque aunque ella se haya fugado de casa, te aseguro que me culparán a mí por haberla perdido.

—Oigan… ¿de casualidad ustedes vieron a una chica de pelo negro y camiseta blanca, con un cupcake enfrente? —pregunta Sam, a dos chicas que están fumando en el jardín, pero ambas niegan con la cabeza.

—¡Carajo! ¡Es un puto dolor de cabeza! —se queja Tyler, frustrado—. ¿Por qué se pone a inventar? Además… ¿por qué le pegó a mi gemela? —añade molesto.

Sam exhala angustiado, a la vez que ignora el comentario de su amigo, y avanza un par de pasos más, acercándose a otros invitados.

—Oigan chicos… ¿ustedes no vieron por acá a una chica de camiseta blanca con un cupcake adelante?

Uno de ellos asiente, mientras que toma un sorbo de cerveza.

—¿La viste? ¿Estás seguro? —cuestiona Sam, nervioso.

—Sí, pelo negro y estaba toda empapada —responde este, tomando otro trago de su cerveza.

—¡Sí! ¡Esa misma es! ¿Dónde está?

—Ella ya se fue

—¿Por dónde?

—Por allá —indica el chico, señalando con su mano hacia la derecha.

—¡Tyler! ¡Vámonos! —exclama Sam, y ambos arrancan a correr.

—¡No la alcanzarán! ¡No sean idiotas! —grita el chico riéndose, causando que ambos se detengan y voltean a verlo.

—¿Por qué? —pregunta Tyler, confundido.

—Porque ella se fue en una motocicleta —explica el muchacho, entre risas.

—¿En una moto? —cuestiona Sam, acercándose de nuevo a él, viendo como este le asiente—. ¡Qué mierda! —expresa exaltado.

—¡No! ¡Imposible! Ella no se iría en moto. Tú estás borracho y nos estás diciendo cosas solo por decir —comenta Tyler, mirándolo.

—Sí estoy bebiendo, pero yo sé bien lo que vi.

Ellos estuvieron ahí parados un rato, hablaron, luego él le puso el casco a ella y se fueron —afirma el chico, encogiéndose de hombros—.

Y aunque ustedes se fueran en otra moto, aun así no lo alcanzarían, MotoHill ya debe haber llegado a donde sea que fueran.

En ese instante, las caras de Sam y Tyler cambian por completo, la preocupación que sentían, ahora es reemplazada por una furia incontrolable.

—¡Voy a matarlo! ¡Te juro que lo voy a matar! —grita Sam, descontrolado.

—¿MotoHill? ¿Estás seguro? —cuestiona Tyler, cerrando los puños, a lo que el chico le asiente—. ¡Carajo! ¡Maldición! ¡Lo mataré! ¡Acabaré con el! ¡Nadie tocará a mi hermana!

Por su parte, Zac y Agata, ya se encuentran a mitad de camino, él va conduciendo más lento de lo que acostumbra, ya que sabe que ella está asustada, lo deduce no solo por la fuerza con que la que se sujeta de la cintura de él, sino porque siente como las manos le tiemblan, razón por la cual, decide detener la moto un momento.

—Hey… ¿Vas bien? —pregunta él, volteando hacia atrás y Agata le asiente—. ¿Segura? —insiste colocando sus manos sobre las de ella.

—Sí —susurra ella, apretando su agarre en la cintura de Zac.