32
Mira
Nada tiene sentido. Un pitido constante cala en mi consciencia; los párpados me pesan una tonelada y me duele todo el cuerpo. Me paso la lengua por los labios para aliviar la sequedad, pero mi garganta parece papel de lija; la siento tan irritada y dolorida que no puedo reprimir un gemido.
Alguien me aprieta un antebrazo, y siento unos dedos firmes en la otra mano. Me obligo a parpadear. Noto los ojos como si estuvieran llenos de arena. Estoy en una habitación en penumbra, apenas iluminada por unas tenues luces que derraman un resplandor amarillento. Debe de ser de noche.
—Hola. —Miro a mi mejor amiga, que me contempla con ansiedad.
—Hola. Dios. —Le tiembla la voz—. Es la hostia de bueno verte.
Intento sonreír, reconfortada por los tacos de Billie: me devuelven a la realidad.
—¿Estoy…? —Dios, la garganta me está matando.
—Estás en el hospital. —Me acaricia el antebrazo y señala al otro lado con un gesto de la cabeza.
Me vuelvo lentamente; alguien me sujeta la mano, pero no es mi amiga y, al mirar hacia abajo y a mi izquierda, me topo con una figura desplomada sobre una silla y una hermosa mata de cabello dorado descansando sobre la cama, junto a mí.
Está aquí .
Suspiro; me duele el pecho y me arden los pulmones.
Está aferrado a mi mano como si le fuera la vida en ello, sentado en esa incómoda silla de hospital, con la cara apoyada junto a mi muslo.
Parece agotado, pero me embebezco de su rostro como si fuera el sol y yo no hubiera estado bajo su luz durante años.
Tiene los altos pómulos cubiertos por una sombra de barba mucho mayor que de costumbre y los labios carnosos entreabiertos. Unas enormes ojeras rodean sus ojos.
No estoy segura de nada, salvo de él: nunca he estado más segura de nada en toda mi vida.
—No se ha separado ni un momento de ti —susurra Billie—. Nadia tuvo que traerle ropa limpia porque la que llevaba apestaba a humo, pero se ha negado a dejarte.
Se me llenan los ojos de lágrimas al mirar al hermoso hombre que duerme a mi lado, y solo quiero que me abrace y me diga que todo va a salir bien.
—Entró en el establo en llamas, a pesar de que todos le dijeron que no lo hiciera, y te sacó de ahí.
Si no fuera por él, dudo que ahora estuviéramos aquí.
Quiero decir: literalmente, atravesó un infierno por ti.
—Las lágrimas caen por mis mejillas y Billie se levanta para enjugármelas, desviando mi atención de Stefan por un momento—.
Este tío es una pesadilla. —Se le quiebra la voz, parpadea y continúa—: Pero no como yo pensaba.
No ha mencionado ni una vez sus establos, y casi echa abajo el hospital para conseguirte la mejor atención posible y lo que, fijo, es una vigésima opinión.
—Su risa es llorosa, y le devuelvo la sonrisa—.
Oye, Mimi. —Suelto un gemido y sacudo la cabeza.
Billie está loca, pero es la mejor—. Me equivoqué, y lo siento.
Cualquier hombre que te quiera tanto como él merece la pena.
—Gracias —ronroneo. No necesito su permiso, pero saber que lo acepta, que acepta lo nuestro, me alegra el corazón—. ¿Habéis hablado?
Ella resopla y pone los ojos en blanco.
—¿De qué? ¿De que Hank es su padre o de que le ha puesto nombre a mi caballo?
Asiento.
—Sí, es toda una noticia. Sé que Hank ha sido como un padre para ti desde hace mucho tiempo. —La señalo—. Y sabes que el nombre es genial.
—Sí, lo reconozco. —Ríe entre dientes—. Y, vaya, Hank es muy feliz.
Es hasta contagioso, así que no puedo no alegrarme por ellos.
La vida tiene sus propios planes, Mimi. —Me guiña un ojo, intentando dominar la emoción—.
A ver, necesito otro hermano tonto tanto como una bala en la cabeza, pero es lo que hay.
—Hace un gesto hacia la figura dormida de Stefan.
Se remueve en el asiento como si le pitaran los oídos. Le doy un rápido apretón en la mano y levanta la cabeza. Sus ojos se clavan en los míos al instante.
—Me voy —anuncia Billie; me da un apretón suave en el brazo y un beso en la coronilla. Ni la miro—. Vale, adiós.
No puedo apartar la vista de Stefan, de sus fascinantes ojos verdes, de esa nariz un poco torcida. Me lo bebo, intentando no pensar en cómo casi lo dejo escapar.
—Hola. —Sonrío, incapaz de interpretar su expresión cuando se cierra la puerta. Parece casi enfadado.
—¿Cómo estás? —Sus dedos se deslizan entre los míos.
—Dolorida. —¿Para qué mentir? Me duele todo el cuerpo.
—Has inhalado humo y has sufrido una conmoción cerebral al desmayarte. Llevas inconsciente casi un día.
—Vaya…
Su voz es profesional.
—El médico ha dicho que la tráquea y los pulmones sanarán por completo, pero estoy esperando una segunda y una tercera opinión. —Se tensa—. No voy a arriesgarme a que se les haya pasado algo por alto.
—Vale. —Estoy segura de que me pondré bien, y soy perfectamente capaz de entender el diagnóstico, pero si manejar la situación hace que se sienta mejor, no voy a interferir—. ¿Cómo estás tú?
Le acaricio el dorso de la mano con el pulgar, deleitándome con el tacto de su piel, y un calambre me recorre el brazo solo con ese sencillo roce.
Este hombre me vuelve loca. Quizá por eso salí corriendo sin pensar en mi seguridad.
Con él ya había experimentado más calor del que podía imaginar, así que lo del establo no podía ni comparársele.
—Mira, no debiste entrar en los establos —dice, con la mandíbula tensa.
—Tú tampoco.
—No podía dejarte ahí. —Su voz se quiebra cuando desliza la vista hacia nuestras manos entrelazadas.
Levanto la mano y le acaricio el pelo, disfrutando de la sensación de los mechones al deslizarse entre mis dedos. Algo que creí que jamás volvería a experimentar.
—Amas con locura, igual que yo. No me lo pensé dos veces antes de entrar.
Su mirada encuentra la mía; más que eso, se clava en la mía como si pudiera leerme el alma.
—¿Amor?
Mi mano se desliza por su mejilla y el tacto de su barba contra mi palma me pone la carne de gallina.
—Sí, me quieres.
Es tan intenso que me envalentono: un hombre que hubiera roto conmigo no me miraría así.
—¿Quién te ha dicho semejante cosa?
Mira hacia el otro lado de la cama, donde estaba sentada Billie, pero le agarro la barbilla para que vuelva a enfocarse en mí.
—Me lo has dicho tú.
—¿Me oíste cuando estábamos en el establo? —Su voz suena enronquecida y su acento es un poco más fuerte de lo habitual; posa la mano libre en mi rodilla y me la acaricia.
Muevo la cabeza porque sé que he dado con fibra sensible.
—No. Pero ¿te has metido de cabeza entre las llamas por alguna otra mujer últimamente, Stefan?
Sonrío, pero sus muros se derrumban ante mis ojos.
Se le descompone la cara y un sollozo estremece su cuerpo cuando pierde el control.
Se tumba en la pequeña cama de hospital que hay a mi lado y vuelve mi cuerpo hacia él con sumo cuidado, con una delicadeza desgarradora.
El suave aroma de su colonia me envuelve cuando entierro la cara en su pecho.
Me regocijo al sentir sus fuertes brazos a mi alrededor y su cálida piel contra la mía.
Respira de forma entrecortada y me ahueca la cabeza amorosamente.
—No puedo perderte. Siento mucho haberme alejado. —Su aliento me acaricia el cuero cabelludo—. Te quiero demasiado, joder.
—Lo sé —respondo, acariciándole el pelo—. Yo también te quiero, Stefan.
—No me importaba nada más cuando pensé que podías morir. Nada. Y no hay nada que puedas hacer para que me aleje de ti porque jamás me perdonaré haberlo hecho una vez.
Asiento, al abrigo de su pecho, y mis ojos se anegan en lágrimas de nuevo.
—No sé si seré capaz de mantenerte a salvo, pero, si me dejas, voy a pasarme la vida intentándolo.
—Ay, Stefan, ya lo haces —digo con la voz quebrada, acariciándole la espalda—.
Me salvaste anoche. Crees en mí, me escuchas, me defiendes.
Te enfrentaste a mi familia por mí, Stefan.
¿Y Patrick? Te lo has cargado por mí. —Rio a través de las lágrimas—.
Mierda, si hasta le mentiste a la policía por mí cuando Nadia y yo lanzamos huevos al coche del director…
—Ese tío se lo merecía.
Vuelvo a reírme, pero mis carcajadas se frenan en seco cuando él se separa un poco y me levanta la barbilla.
—Te quiero, Mira. —Su confesión es serena y profunda, íntima, solo para nosotros.
Y aunque ya me lo ha dicho, esta vez sí cala en mí—.
Me haces ser un hombre mejor. Un hombre más feliz.
Ya te lo dije una vez: eres mía y yo soy tuyo.
Descenderé a los infernos por ti. Adoraré tu cuerpo.
—Sus ojos se posan en mis labios, e incluso ahora, que estoy hecha polvo en la cama de un hospital, me siento la mujer más hermosa del mundo—.
Volvería a meterme de cabeza entre las llamas por ti una y otra vez. Siempre.
Y sus labios descienden sobre los míos, suaves y exploradores. Es un beso tan perfecto que se me caen las bragas. Sus manos me acarician como si fuera un tesoro.
Y me derrito. Me derrito por él, por nosotros.
Gimo, embargada por la emoción, embelesada por su contacto, por cómo me abraza. Me siento infinitamente segura entre sus brazos.
—¿Te duele? —Se echa hacia atrás, con la preocupación pintada en su hermoso rostro.
Me aferro a su camiseta y la estrujo entre los dedos; nuestras piernas se entrelazan sobre la diminuta cama del hospital.
—No —murmuro—, por favor —suspiro—, no pares nunca —imploro.
Apoya su frente en la mía.
—Me encanta cuando suplicas, doctora Thorne.
Me da un beso infinitamente dulce en la mejilla.
—Te quiero. —Pasa a la otra y un cosquilleo feroz me recorre el vientre—. Te quiero. —Nuestros labios se unen en un beso perfecto y desgarrador, y él repite por tercera vez—: Te quiero.
Y nunca había sentido nada más auténtico.
Lo quiero, lo quiero, lo quiero.