31
Stefan
No tengo ni idea de lo que voy a encontrarme, pero sé que no es bueno. He podido ver el resplandor en mi propiedad desde la carretera, cuando volvía del juicio al que he ido a Vancouver con toda la intención de enterrar para siempre a ese baboso de Patrick Cassel.
Cuando atravieso las puertas de hierro con el corazón en un puño, me recibe el caos. Las luces parpadean y los caballos andan sueltos por toda la propiedad. Dejo escapar un suspiro de alivio al ver a Farrah y Loki encerrados en el corral más cercano a la casa. Gracias a Dios.
Menos mal que la camioneta de Mira está aquí: sospecho que vamos a necesitar ayuda, y estoy dispuesto a aguantar el daño que me va a hacer estar cerca de ella si eso supone salvarles la vida a mis caballos.
Nadia viene corriendo hacia mi coche, agitando las manos vendadas, con churretones de rímel decorándole las mejillas. Para ser una chica que siempre va muy arreglada, está hecha un desastre.
Me quedo congelado, en absoluto seguro de que vaya a ser capaz de afrontar lo que estoy a punto de encontrarme. Mi propósito está envuelto en llamas, literalmente. He pasado los últimos años persiguiendo una venganza, y aquí estoy, viendo cómo se convierte en cenizas. Ni siquiera sé cómo sentirme.
Nadia abre de un tirón la puerta del conductor y grita como una loca, pero no soy capaz de entender lo que dice. Estoy demasiado obsesionado con el fuego, con lo que representa. Es casi hipnótico.
La mano de Nadia aterriza con fuerza en mi mejilla y me obliga a prestarle atención.
—¡Despierta, joder! Mira está ahí dentro, ¡no ha salido! —vocifera, angustiada.
Y de golpe, me alcanza toda la ansiedad, todo el horror. Me pongo en marcha sin pensarlo siquiera; dejo la puerta abierta y corro hacia los establos, consciente de lo devastador que es el incendio.
—¡Stefan! ¡Han dicho que no podíamos entrar, pero ella está ahí dentro! ¡Me ha echado y ha entrado ella! ¡Quería sacar a Loki y a Farrah, pero ya han salido! ¡Son los últimos que han salido, pero ella no venía detrás!
El dolor de mi hermana me alcanza en oleadas. Todo el mundo se queda atrás, mirando.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Mira?
Es la voz de Billie, a mis espaldas, junto a Hank. Sus ojos dorados recorren la multitud mientras que los de Hank están anegados en pura agonía; abraza a Billie por la cintura para retenerla.
En un pueblo pequeño las noticias vuelan, e imagino que habrán visto el fuego desde su propiedad. Han debido de llegar unos instantes después que yo, y estoy seguro de que han oído a Nadia.
Estoy furioso con la inacción. Estoy furioso conmigo mismo. Le dije a Mira que solo actuaba en su propio beneficio y ahora está en mi establo en llamas, salvando a mis caballos, salvando a mi hermana.
Eso fue lo que le dije, pero debería haberle dicho que la amaba, que solo necesitaba algo de tiempo para lamerme las heridas, pero que iba a volver junto a ella, que íbamos a estar bien. Que jamás había sentido nada parecido por nadie y jamás volvería a sentirlo.
La necesidad de decírselo me abruma y el instinto supera al sentido común. Solo sé que la necesito, que necesito que sepa que la quiero.
Cruzo la mirada con el que creo que es mi padre y entre nosotros surge un acuerdo, un entendimiento. Acabo de encontrarlo y ahora podría perderlo, pero si no intento sacar a Mira de ahí, seré yo el que se pierda. Me hace un gesto con la cabeza y, con su bendición, me abro paso entre los bomberos.
—¡Señor! ¡Señor, deténgase! ¡La estructura no es estable!
Una mano intenta frenarme, pero yo soy más fuerte: estoy repleto de adrenalina.
Me zafo de él y me tapo la boca con un brazo para protegerme del humo.
En cuanto cruzo el umbral, me doy cuenta de que las llamas están en el exterior del edificio, pero el humo del interior es sofocante: está atrapado como el vapor de la ducha en un cuarto de baño cerrado.
En el fondo, sé que estoy haciendo una estupidez al entrar en un edificio en llamas, pero, más que eso, sé que es la decisión acertada. La única decisión posible.
Corro por el pasillo para ver dónde puede estar.
Las puertas de todos los boxes están abiertas, y me inunda el pánico cada vez que me asomo a uno y no la veo.
Puedo soportar el humo, pero no sobreviviré a perderla ahora que acabo de encontrarla.
Es lo que me atenaza la garganta y hace que me escuezan los ojos.
Las llamas, avivadas por el heno del fondo, atraviesan el humo. El calor es insoportable, y se me pasa por la mente la idea de dar media vuelta, pero me la quito de la cabeza.
Y entonces veo un bulto oscuro en el suelo. Mira .
Me abalanzo sobre ella, me quito la chaqueta y le cubro la cabeza con ella. Tiene las puntas de su largo cabello chamuscadas por las llamas; se las saco de la chaqueta y recojo su cuerpo inerte.
—Stefan… —Apenas puedo oírla—. Los he sacado para ti.
Sus palabras hacen que me flaqueen las piernas. Esto es culpa mía. Le dije algo tan cruel que ha entrado en un edificio en llamas para demostrarme que estaba equivocado.
—Mira, te quiero. —Pero no me oye. Su cuerpo es un peso muerto en mis brazos.
Flácido. Sin vida.
No responde, pero sigo entonando esa confesión mientras me doy media vuelta y corro hacia la puerta.
Te quiero, te quiero, te quiero mucho.
Hace unos meses saqué a un potro sin vida de este establo, de este preciso lugar, y ella cavó un hoyo conmigo bajo la lluvia para él, aunque no tenía por qué hacerlo.
No sé por qué lo hizo ni cómo supo que necesitaba su compañía tranquila y serena esa mañana, pero pienso pasarme la vida compensándoselo.
Por aguantarme, por no rechazarme, ni odiarme ni pensar lo peor de mí a pesar de que todos lo hacían.
Por protegerme.
Y ahora me toca a mí protegerla.
Salgo corriendo del establo, agachado y estrechándola contra mi cuerpo lo más fuerte posible. Sus extremidades se balancean cuando la pego a mí, y rezo a cualquiera que esté escuchando para que, por favor, no permita que esto sea todo. Se lo repito una y otra vez, con la esperanza de que me oiga.
Te quiero, te quiero, te quiero mucho.
Salgo tambaleándome al aire fresco, jadeando para conseguir llevar un poco de aire a mis pulmones.
—¡Socorro! —Toso, alejándome lo más posible del edificio en llamas—.
¡Necesita ayuda! —La gente se agolpa a nuestro alrededor; caigo de rodillas y la dejo con cuidado sobre la grava—.
Mira. —Le aparto el pelo quemado de su hermoso rostro, dejando un rastro de cenizas al paso de mis dedos—.
Mira. —La sacudo con suavidad, pero su cuerpo no ofrece resistencia.
Los bomberos se agachan junto a nosotros, pero yo no puedo apartar la vista de ella—. Te quiero.
¿Y si lo último que le dije fue esa frase tan dura? ¿Y si lo último que hice fue hacerla llorar?
—Señor, tiene que moverse. —Me agarran unas manos para alejarme de ella, cuando lo único que deseo en este mundo es cubrir su cuerpo con el mío, darle todo lo que necesite: pulmones, piel, la vida. Todo es suyo.
Te quiero, te quiero, te quiero mucho.
—Stefan, necesitan un poco de espacio. —La voz tranquilizadora de Hank se impone al caos y su mano me aprieta la nuca para instarme a que me aleje de ella—. Retrocede y déjales hacer su trabajo.
¿Y si no vuelvo a verla nunca? Jamás me lo perdonaré.
Me entran náuseas y, por segunda vez en una semana, me levanto y corro hacia el lago, donde puedo vaciar el estómago en paz.
Los sanitarios se cruzan conmigo, llevando sacos de lona y oxígeno.
Hay un gran estruendo a mi alrededor, pero solo puedo oír el rugido de la sangre en mis oídos y el acelerado latido de mi corazón; me apoyo en un árbol y me rindo a la debilidad.
¿Y si se muere por haber salvado lo que creía que más quería sin saber que ella lo es todo para mí?
Te quiero, te quiero, te quiero mucho.
La culpa me corroe, me desgarra el corazón. Es como si me arrancaran la piel a tiras. Jadeo y me quedo mirando el lago, deseando que mi madre estuviera aquí. Una mano cálida se desliza por mi hombro.
Hank no dice nada, pero sé que es él. Hemos conectado, aunque apenas nos conocemos. En el fondo, sé que es mi padre. Sí, una prueba de adn lo demostrará, pero yo ya lo sé: me lo dice el corazón.
Su mano firme sobre mi hombro me tranquiliza, e intento recuperar el control.
—Ella respira. Va a ponerse bien.
Miro por encima de mi hombro y me inundan al mismo tiempo el alivio y el arrepentimiento.
—No puedo perderla.
Asiente con solemnidad.
—Lo sé.
—La amo.
—Sí, hijo —suspira—. Lo sé.
Vuelvo a mirar el lago, orando en silencio a mi madre para que nos envíe un poco de su fortaleza, de esa fuerza que la ayudó a soportar años de tortura para mantenernos a salvo. Ahora soy yo el que necesita esa fuerza para mantener a salvo a Mira.
—Estaría orgullosa de ti. Yo lo estoy.
Mi respiración se convierte en un jadeo y me escuecen los ojos; me encantaría ser lo bastante hombre como para responder a eso, a lo que he querido oír toda mi vida, pero solo puedo pensar en Mira.
Le aprieto la mano.
—Gracias.
—Ve con ella. Te necesita.
No me gusta su tono, suena demasiado… definitivo. Me siento como un imbécil por haber perdido un tiempo precioso vomitando cuando podía haber estado con ella, aunque lo que necesita es atención médica.
Me apresuro a través del césped y veo cómo cargan su cuerpo inconsciente en la camilla, con una máscara de oxígeno colocada sobre su delicado rostro.
Billie y Nadia están acurrucadas una junto a la otra, con las lágrimas brillando en sus mejillas.
Las puertas traseras de la ambulancia se abren y Billie sube con Mira.
—No —digo—. Voy yo.
Me fulmina con la mirada: sus ojos brillantes por la luz de las llamas me evalúan, y creo que no doy la talla.
—No sé qué ve en ti. No sé qué la lleva a defenderte, a apostar por ti cuando podría tener a cualquiera.
No sé qué la ha llevado a adentrarse en las llamas por ti.
—Me clava el dedo en el pecho—. Pero esta es tu oportunidad para demostrar lo que vales.
Y si vuelves a hacerla llorar, tengo un terreno enorme a mi disposición para enterrar tu cadáver.
Siempre he pensado que Billie estaba chalada, pero ama con desesperación. Me encanta que Mira tenga una amiga así; yo jamás la he tenido. Y acepto encantado el desafío.
Asiento, mirándola a los ojos.
—¡¿Quién va con ella?! —grita un sanitario desde la parte trasera de la ambulancia.
—Yo —digo sin detenerme un segundo. Me agarro al asa y me siento en el pequeño banco que hay junto a Mira.
Un segundo después, veo cómo varios pares de ojos se clavan en mí: su amiga; mi hermana; mi padre. Y entonces las puertas se cierran y solo quedamos nosotros.
Le agarro la mano y reposo la cabeza sobre su pecho. Quiero que lo nuestro dure para siempre.
Las horas en el hospital están borrosas. He pasado la noche dormitando en una silla muy incómoda, demasiado nervioso para dormir, pero demasiado agotado como para tener los ojos abiertos. Entra y sale gente y, cuando los padres de Mira atraviesan la puerta, me pongo de pie.
Su madre se derrumba entre mis brazos y sus lágrimas me empapan la fina tela de la camisa de vestir.
—Gracias. —Si supiera las cosas que le dije a su hija, no me daría las gracias—. La has salvado. Gracias.
Se aferra a mí como si fuera un salvavidas: es más que un abrazo, es algo más profundo. Su gratitud me envuelve mientras estrecha mi cuerpo, temblando entre mis manos. El padre y la abuela de Mira están detrás de ella, estoicos.
Cuando Sylvia se aparta, el padre de Mira me estrecha la mano, lloroso, incapaz de hablar, y me parece bien.
Pero su nana se acerca y me agarra la barbilla con fuerza con sus dedos huesudos. Y sonríe.
—¿Cómo te sientes?
—Culpable —confieso con sinceridad, porque a esta mujer no hay quien le mienta.
Ladea la cabeza, con los ojos brillantes.
—¿Por qué?
Me paso las manos por la cara.
—Me siento responsable de que esté aquí, herida. Dios sabe que… —Se me quiebra la voz y aparto la mirada.
Me da unas palmaditas en el pecho, sacudiendo la cabeza.
—No seas tonto. Ella iba a ir a por ti. ¿Es que no la conoces lo suficiente como para saber que no se rinde jamás?
Y ha entrado en el granero porque así es ella.
Un poco irritable pero leal hasta la muerte cuando te la ganas.
Y no te preocupes: te la has ganado. Más bien creo que estás atado a ella para siempre.
El llanto me atenaza la garganta. Sé que solo quiere que me sienta mejor, pero la culpa sigue ahí, magnificada por el anhelo de estar con ella. Solo quiero abrazarla y, cuando despierte, no volver a alejarme de ella jamás. Voy a disfrutar pegándome a ella cueste lo que cueste.
Y voy a decirle que la quiero. Una y otra y otra vez.