Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 30
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Mira

Ha sido la semana más larga de mi vida. No soy más que una sombra de mí misma , y ni me esfuerzo por ocultarlo: llevo la angustia pintada en la cara , y cualquiera podría verla.

Creía que la temporada de partos era horrible, pero superar lo que pasó entre Stefan y yo es el peor tormento que he conocido.

No he sabido nada de él en toda la semana. No ha llamado ni me ha enviado un mensaje, y yo tampoco lo he hecho. Darle un poco de tiempo parece el enfoque más adulto que puedo adoptar ante esta situación.

Ojalá pudiera hacer que viera las cosas a mi manera, pero no soy de las que intentan imponer su punto de vista.

Si me pareciera más a Billie, iría a su casa y lo machacaría hasta que cediera, pero yo soy más de vivir y dejar vivir.

Si esto es lo que quiere, si quiere apartarse, está bien. Lo superaré.

Con el tiempo.

Y no va a ser pronto, porque esto me duele muchísimo. Es como si nos hubiéramos pasado meses montando juntos un puzle complicadísimo y él hubiera escondido la última pieza. Es muy incómodo: lo mire como lo mire, le dé las vueltas que le dé, el puzle está incompleto.

Yo me siento incompleta.

No sé cómo ha sucedido. Supongo que por todas esas noches juntos en el suelo de los establos, por todas las bromas inapropiadas o todas las veces que me pidió que saliera con él y yo lo rechacé.

He perdido un tiempo precioso en el que podíamos haber estado juntos.

Si le hubiera dicho que sí, habríamos pasado más tiempo juntos antes de que todo esto ocurriera o, quizá, no habría sucedido. Tal vez habría salido todo de forma más natural si no hubiera sido tan terca.

Pero en lugar de eso, aquí estoy, en mi oficina, rememorando nuestras interacciones, las noches que hemos pasado juntos, con sus manos deslizándose sobre mi piel y las palabras sucias brotando de sus labios.

Lo echo de menos como una loca, aunque intento fingir que no es así.

Nadia me mira de forma especulativa de tarde en tarde porque las dos sabemos que hablar de mi relación con su hermano sería muy raro.

Y es su hermano, así que lo lógico sería que se pusiera de su parte en esta pesadilla.

Suponiendo que haya tal cosa como «partes».

Además, sé que él la quiere más que a nada en este mundo, así que me parece mal quejarme de él con ella, aunque se haya convertido en una amiga.

Es lamentable. Me pregunta cómo estoy con una voz rara que me dice que no me cree cuando le respondo que estoy bien. Porque no estoy bien. Estoy jodida.

—¿Qué miras? —pregunta Billie a mis espaldas; estoy mirando a través de los ventanales de la parte delantera de la clínica y me doy la vuelta, sorprendida por su presencia. Debe de haber entrado por la puerta que está junto a los establos.

—Un águila —miento.

—Ah. —Mira hacia el cielo con un gesto sobreactuado—. Debo de habérmela perdido.

Las dos sabemos que no se ha perdido una mierda.

—Seguramente.

—¿Cómo lo llevas, Mimi?

—Dios, ¿podrías no hacer eso? —Me cruzo de brazos, sacudiendo la cabeza.

Se lleva las manos al pecho, alarmada.

—¿El qué?

—El apodo. Me he librado de tus apodos hasta ahora. Pensé que ya lo había conseguido y ahora me vienes con «Mimi».

Ella suelta un resoplido.

—La verdad es que no te pega.

—Sí. Lo sé. Gracias.

—Pero por eso me gusta.

Gimo y agacho la cabeza.

—A veces me pregunto por qué te quiero tanto.

—Porque soy muy sincera.

Ag. De ninguna manera quiero hablar de sinceridad.

Según Stefan, soy una mentirosa, y eso también me hace daño, porque no creo serlo. Para nada. Estos meses me he liado un poco, pero no soy una mentirosa. Y no me gusta que me lo llamen.

—Ajá… —Miro a Billie de reojo, preguntándome qué va a decir a continuación.

—Estoy aquí para decirte que te pongas las pilas. Es un niñato y tú eres una puta diosa.

Esta conversación es justo el epítome de lo que no quiero hablar.

—Gracias —respondo, escueta.

—Así que Dalca el capullo es un capullo de verdad, ¿eh? —rezonga.

Sé que solo intenta hacerme reír, pero no me provoca gracia. Es como si estuviera haciendo de menos lo que ocurrió entre nosotros. Y cuanto más tiempo paso alejada de Stefan, más creo que lo que teníamos era amor. O algo muy parecido.

—Qué graciosa. —No me río.

Sus ojos color ámbar se clavan en los míos.

—No intentaba ser graciosa, Mira. Tengo razón: ese tío es un capullo y tú te mereces algo mejor.

¿Cuáles eran las etapas del duelo? Porque estoy convencida de que mi mejor amiga acaba de catapultarme a la de la ira.

—¿Sabes qué, Billie? Que te jodan. Ahora mismo no quiero que tengas razón. Quiero que te equivoques.

Se me revuelven las tripas y me doy media vuelta para largarme. Tengo que salir de aquí, pero me doy de bruces con Nadia, que tiene los ojos abiertos de par en par.

—¿Puedes cerrar, Nadia? Te veré mañana.

Solo ha pasado una semana desde que Stefan me preguntó si solo hago las cosas cuando puedo obtener un beneficio, y aún no lo he superado. No lo he superado.

Y no creo que vaya a superarlo jamás.

—¿De verdad te has quedado sin ellas? —Mi nana no se ha tragado que he venido a verla porque me he quedado sin samosas —. Porque parece que no has comido.

Y no lo he hecho.

—Sí. ¿Podemos hacer unas cuantas?

Doblar samosas con mi abuela es terapéutico, tranquilizador, y ahora mismo necesito algo que me calme. Incluso su suave acento me serena, hasta que me recuerda el de Stefan y cómo se vuelve más evidente cuando está excitado. Un escalofrío me recorre la espalda.

Entra cojeando en casa —la casa de mis padres—, sacudiendo la cabeza.

—Tus padres no están.

Se mudó aquí hace un par de años, después de que falleciera mi abuelo. Dice que es porque soy su nieta favorita, pero estoy convencida de que lo ha hecho porque mis padres tienen una suite independiente para ella.

La sigo hasta la cocina e intento ayudarla, pero estoy abatida y no quiero estorbar. Me siento sombría, deambulando como un alma en pena.

Mi abuela me señala primero a mí y luego a la mesa.

—Siéntate.

—Vale —digo, con el rabo entre las piernas, y me dejo caer en una silla, aliviada del descanso y de estar lejos de miradas indiscretas, caras de desaprobación y conversaciones incómodas con Hank.

Dios, siempre son incómodas: se esfuerza muchísimo por mostrarse amable y, al mismo tiempo, no sacar a relucir la patata caliente.

Es deprimente, y no me avergüenza reconocer que estoy evitándolo.

—¿Dónde está el chico rubio?

Mi nana rebusca en la nevera y saca los ingredientes que necesita.

—Debe de estar trabajando.

—¿Te ha roto el corazón? —Se me hace un nudo en la garganta, pero no respondo. Ella niega con la cabeza y se agacha para sacar un cuenco del armario bajo; su sari de algodón se desliza con el movimiento—. ¿A que sí? Sabía que iba a pasar.

—Dijiste que no era mi tipo.

Me mira con ojos fieros y me señala con el índice.

—Exacto. Tu tipo no funcionaba, así que supuse que él sí. Tan inteligente, sexy y formal… ¿Cómo no iba a hacerlo?

¿Mi abuela acaba de llamar «sexy» a Stefan Dalca?

Me aclaro la garganta y hurgo en una grieta de la vieja mesa de madera.

—¿Y? —insiste.

—¿Y qué?

—¿Te ha roto el corazón?

Me tiembla el labio inferior.

—Sí.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —pregunta; sigue organizando los ingredientes y los utensilios de cocina.

—No sé… ¿Nada? No creo que vaya a perdonarme, y yo no soy de las que se arrastran. Ni siquiera estoy segura de haber hecho algo mal. Es… complicado.

—Mira, Mira, Mira. —Sacude la cabeza y chasca la lengua—. Has trabajado muy duro para alcanzar tus metas: el colegio, la carrera, tu independencia… Y lo has hecho sin que te importara la opinión de los demás. ¿Por qué esto es diferente? ¿Qué te hace pensar que no vas a tener que esforzarte?

—Yo…

Me interrumpo porque no tengo una buena respuesta.

Lo único que se me pasa por la cabeza es la imagen de Stefan preguntándome si alguna vez he hecho algo que no me beneficiara.

Supongo que tener la temeridad de perseguirlo contaría, pero ¿y si le molesta?

Es como si su frase me persiguiera, porque sospecho que es bastante acertada.

Me hice veterinaria para ayudar a los animales, para dar voz a los que no la tienen, y sé que he ayudado a mucha gente en el camino.

Por lo general, la gente adora a sus animales y valora mi trabajo.

Pero tal vez no hago nada a menos que me ayude de algún modo.

¿Solo salvo animales porque me hace sentir bien? Y si es así, ¿qué tiene de malo?

—¿Lo quieres?

No necesito pensar la respuesta.

—Sí.

—Entonces ve a por él. Vi cómo te miraba embobado cuando estuvo aquí. A lo mejor los demás pensaron que intentabas engañarnos con una cita falsa para evitar el interrogatorio sobre tu vida, pero yo no. Nada de ese día fue falso para él.

Está intentando tranquilizarme, pero no lo consigue. El peso en mi pecho es tan grande que apenas puedo respirar.

—Vale. —Se me entrecorta el aliento y la cabeza me da vueltas.

¿Qué he hecho? ¿Cómo he descartado tan fácilmente lo nuestro, como si fuera algo pasajero? ¿Por qué he renunciado a él cuando jamás he renunciado a nada que me importara? A lo mejor no es tan malo que solo actúe en mi propio beneficio.

Tal vez mi error sea no convertir a Stefan en una de esas cosas a las que no renuncio.

—¿Y bien? —Pone los brazos en jarras—. Entonces, ¿qué estás haciendo aquí, fingiendo que te has quedado sin samosas ? — ¿Cómo puede ser tan lista? —. Fuera de aquí. Ve a por él. Nadie se aleja de mi nieta favorita a no ser que ella quiera.

Estaba tan preocupada por la opinión de los demás que no me he dado cuenta de que ese gran hombre me adora y es perfecto para mí, y le he hecho daño.

Me da igual quién tenga la razón. Aquí no hay culpables.

No importa nada más que el daño que le he hecho a un hombre que se ha preocupado por mí como nadie antes.

Ni siquiera le respondo a mi abuela. No tiene sentido negar que mi congelador está repleto de samosas y que pensaba regalárselas a Billie y a Violet. Asiento, cojo las llaves de la encimera y salgo por la puerta principal.