Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 29
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Stefan

Me he despertado con el olor al champú de miel de Mira impregnado en la almohada. He deshecho la cama y he metido las sábanas en la lavadora —agua caliente y una cápsula extra de detergente— como si lavarlas fuera a ayudarme a borrarla de la memoria.

Ahora estoy sentado junto a la encimera de la cocina, mirando el vapor que desprende el café, que no ha conseguido despejarme después de una noche larga y agitada.

Le he estado dando vueltas a que, quizá, por fin he encontrado a mi padre, y ahora no sé qué hacer.

Ni siquiera sé si hacer algo o si es mejor dejar las cosas como están y no levantar la liebre.

No sé si ese hombre tiene familia o si estoy metiéndome en donde no me llaman. No sé absolutamente nada, joder.

Pero Mira sí lo sabía, y escogió dejarme a ciegas. Dejó que me desahogara con ella, que le contara mis miserias, y no se dignó a ayudarme.

Hizo que me preocupara por ella, entró en mi vida y me hizo desear algo más, algo que no estaba seguro de querer. Y luego se dio media vuelta y lo echó todo a perder con sus mentiras.

Debería ser fácil dejarla marchar. Una elección obvia, una respuesta evidente a todo esto. Pero al pensarlo me siento como si estuvieran amputándome una extremidad.

Duele . Mucho más de lo que pensaba que podría doler algo.

El sonido los pasos suaves de Nadia me arranca de mi abatimiento cuando entra en la cocina y va hacia la cafetera.

—Siento haberte dejado plantada anoche —digo a sus espaldas.

—No pasa nada. Me trajo Mira.

Suspiro y me paso las manos por la cara.

—Siento tener la horrible costumbre de abandonarte.

Mi hermana se vuelve hacia mí; lleva los rizos, alborotados, en un moño suelto.

—Ojalá te perdonaras a ti mismo. Me encantaría que dejaras de culparte por todas las cosas malas que nos han pasado en la vida.

No merecen ni un poquito la pena. No les des ese poder.

No te guardo rencor, y solo quiero que seas feliz.

Sí, me quedé atrapada junto a ellos más tiempo que tú, pero tú sigues atrapado en esa casa aunque ahora estés aquí delante de mí.

Trago saliva. Es verdad. Sigo viviendo en esa casa todos los días de mi existencia, evocando lo que ocurrió, y he dedicado mi vida a deshacerlo, pero ¿a qué precio? ¿A quién perjudico en realidad? Constantin yace bajo tierra al otro lado del mundo y mi madre reposa junto al lago.

Y Nadia está aquí sentada, dándome un consejo demasiado sabio para su edad.

—Sé que no tenemos el mismo padre.

—¿Cómo dices?

—Míranos, Stefan. Yo soy idéntica a mamá, pero tú pareces hijo del cartero. O, para ser más exactos, del encargado del rancho que hay al final de la carretera.

—Dios, no piensas antes de hablar, ¿no?

Esboza una enorme sonrisa melindrosa, en absoluto incómoda con la conversación.

—Sinceridad brutal. Deberías probarla.

—Joder —gimo, y me rasco la cara con más ganas.

—Ay, vaya… —Se lleva la taza humeante a los labios y pestañea—. Las cosas deben de estar fatal si el Señor Bien Educado se pone a decir tacos.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por… —Dios, no sé ni por dónde empezar—. Por cómo ha sido tu vida.

Frunce el ceño y sacude la cabeza como si yo hubiera dicho la tontería más grande del mundo.

—Yo no lo siento. No todo tiene un motivo. Algunas cosas ocurren porque tomamos la decisión consciente de no seguir tragando mierda. Y pase lo que pase, eres mi hermano. Somos familia. El adn me importa una mierda.

Mi hermana pequeña suele ser un grano en el culo, indiferente y despreocupada, pero hoy parece la mayor y está ahí, soltándome todo lo que debo oír.

—No la cagues con Mira.

Excepto eso. Eso no quiero oírlo.

—No sé de qué me estás hablando.

Enarca una ceja.

—Para ser alguien que dice valorar tanto la sinceridad, te mientes un montón a ti mismo.

—Yo…

Levanta una mano para interrumpirme.

—Stefan, basta. Sé que estáis juntos. Ella nos lo contó.

Me da un vuelco el estómago.

—¿Qué?

—Sí, la noche de chicas. Billie soltó algo feo sobre ti y Mira no se lo consintió. Nos dijo que estabais liados o lo que sea. Dejé de escuchar porque eres mi hermano y era asqueroso. —Se estremece.

Se lo dijo . Estaba convencido de que había mantenido en secreto lo que había entre nosotros, pero Mira sabe cómo esconder sus cartas. ¿Por qué no me lo contó? Esa fue la noche que me presenté en su apartamento porque me confesó que me echaba de menos.

—Sea como sea, no la dejes escapar —continua mi hermana—. Es lo mejor que te ha pasado en la vida. Y tú tiendes a no permitir que te pasen cosas buenas.

El sonido del timbre interrumpe la conversación, y me parece estupendo porque sigo enfadado con Mira aunque sea algo irracional. Todavía no estoy listo para perdonarla, y ni siquiera sé si podré.

Pero todos mis pensamientos sobre Mira se me escapan de la mente cuando abro la puerta principal y me quedo mirando unos ojos idénticos a los míos.

Nunca me había fijado en Hank, en el pelo dorado oscuro que se peina hacia atrás, en las arrugas de su piel bronceada por el sol, en sus hombros anchos y su estrecha cintura.

Está en forma para su edad, sea la que sea.

Es fuerte como solo puede serlo alguien que ha pasado la vida haciendo un trabajo físico.

—Creo que tú y yo deberíamos hablar. —Sonríe, nervioso, no con la típica expresión alegre que suele lucir. Este hombre no podría ser más diferente de Constantin ni aunque lo intentara. Ni en su aspecto, ni en su personalidad ni en su vida. Y eso me encanta.

Le devuelvo otra sonrisa nerviosa de mi cosecha.

—Entra. —Abro la puerta de par en par y le hago un gesto para que pase—. ¿Quieres un café? —pregunto; voy hacia la cocina intentando recuperar el aliento. Necesito tomar algo para aliviar la sequedad de garganta.

—¿Tienes algo más fuerte? —bromea Hank.

Es la mejor idea que he oído en mi vida. En lugar de poner unos cafés, abro el armario que hay sobre el fregadero y saco una botella de bourbon y dos vasos.

—En algún sitio son las cinco de la tarde. —Levanto los vasos ante el hombre que, casi con seguridad, es mi padre.

Ríe de nuevo. Es un sonido cálido, reconfortante y auténticamente feliz; el sonido que echaba de menos cuando era pequeño.

Y cuando me guiña un ojo, me inundan los recuerdos de los momentos de mi vida en que también eché de menos una mirada así: mi graduación, las competiciones de natación… Podría haber disfrutado de ella.

Me aclaro la garganta para alejar la emoción que me nubla la vista.

—Vamos al salón.

Cuando nos sentamos en los lujosos sofás de piel con los vasos de whisky entre las manos, Hank se reclina en su asiento y me estudia con la mirada. Puedo ver cómo me analiza, cómo cataloga nuestras similitudes con una triste sonrisa en los labios, y me pregunto qué estará sintiendo.

Estoy a punto de preguntárselo cuando habla.

—Bueno, Stefan, háblame de tu vida.

Y lo hago. Empiezo por el principio y no me dejo nada.

Estoy borracho. Son las once de la mañana de un miércoles y estoy borracho.

Con mi padre.

Jamás pensé que esto iba a ocurrir. Los dos estamos seguros de que es mi padre, pero vamos a hacer una prueba de adn para confirmarlo.

Ahora todo encaja, todo tiene sentido, menos las decisiones que tomó mi madre.

Jamás lograré entenderlas. Hank me ha dicho que le suplicó que se quedara. Me ha dicho que la amaba.

Ha sido difícil escucharlo.

Y estoy seguro de que a él le ha resultado difícil escuchar cómo fue mi vida. No me importa admitir que hemos derramado bastantes lágrimas en las dos horas que ha durado nuestra charla. Supongo que también tenemos eso en común.

Y ahora vamos por el camino que lleva a los establos, un poco achispados, porque Hank quiere ver a Loki.

—¿Ves ese lago? —Señalo la pequeña extensión de agua en el valle—. ¿O es un estanque? Yo lo llamo lago, pero a lo mejor es muy pequeño para eso.

—Es lo que quieres que sea. —Hank se mete las manos en los bolsillos y se ríe con expresión ebria.

—Ahí fue donde esparcí sus cenizas —digo, y esa sonrisa desaparece.

Veo cómo se le mueve la nuez en el cuello; contempla el reflejo de las nubes en el agua.

—Creo que le habría encantado este lugar —dice, con la voz cargada de emoción, y al instante me arrepiento de habérselo contado.

Miro al suelo y me pregunto por qué lo he hecho, cuando suelo andar con pies de plomo con los demás.

Me sobresalto cuando una mano cálida se posa sobre mi hombro—.

Gracias por decírmelo. —Esboza una auténtica sonrisa—. Me gusta saber dónde está.

Me siento como un niño pequeño, un niño triste con problemas no resueltos con su padre, que disfruta de la calidez de alguien con manos amables y mirada amistosa.

He pasado muchos años soñando con este momento, pero, de algún modo, todavía no termino de creérmelo.

Me siento como si estuviera flotando fuera de mi cuerpo.

Y no solo por culpa del whisky.

Caminamos codo con codo en un silencio agradable hasta llegar al aparcamiento de los establos, donde nos damos de bruces con la camioneta de los servicios veterinarios del Gold Rush Ranch de Mira, que está aparcada delante de las enormes puertas correderas.

Me tenso y me freno en seco. Tengo demasiado en lo que pensar y aún no estoy preparado para verla. No estoy preparado para disculparme por un montón de cosas. Para ser sincero, ni siquiera sé si tengo que disculparme.

Aún no me puedo creer que se guardara esa información para sí.

Está en el prado, haciendo su visita diaria a Farrah y a Loki, agachada junto a su caja de trabajo, repleta de agujas y botellitas.

—Deberías hablar con ella —dice Hank.

—Yo… —Pierdo el hilo al ver la expresión concentrada en su rostro, el modo en que mueve sus hábiles manos, cómo se muerde el labio inferior mientras busca algo. Mi primer instinto es salir corriendo hacia ella, y me pregunto si esa necesidad desaparecerá algún día—. Creo que no estoy preparado.