28
Mira
Voy con el piloto automático y como flotando, aunque no en el buen sentido.
Regreso al bar con las piernas temblorosas, apenas controlando mi cuerpo, como si fuera una marioneta y otro manejara mis hilos mientras el universo se ríe de mí a carcajadas.
Hank y Nadia han debido de notar algo, porque ella se ha sentado en mi sitio y me miran, confusos.
Estoy acostumbrada a dar malas noticias, pero ahora mismo no sé ni qué decir, ni qué hacer ni cómo ocultar lo que ocurre.
—¿Va todo bien, Mira? —pregunta Hank con tono preocupado.
Nadia me mira con tristeza y frunce el ceño, preocupada.
—No. La verdad es que no. —Me limpio los ojos al darme cuenta de que están anegados en lágrimas que empiezan a correr por mis mejillas.
Hank se levanta y acerca otra silla, la coloca detrás de mí y me hace una rápida caricia en la espalda.
—Siéntate. Parece que vayas a caerte de un momento a otro.
Me siento, tensa, retorciéndome las manos en el regazo. Normalmente, cuando doy una mala noticia me consuela saber que he hecho todo lo que estaba en mi mano para evitar ese desenlace, pero esta noche no puedo decir lo mismo.
Podría haberlo llevado de otra manera, pero no sé si habría resultado mejor. No lo sé. Solo sé que me ahogo en la culpa y que el dolor en mi pecho es tan agudo que me estrangula la garganta y me roba la voz.
No me he portado bien con Stefan. Él ha hecho todo lo posible para protegerme y yo le he pagado ocultándole algo que se moría por averiguar. Pero es que pensaba que con eso también lo protegía yo a él.
Me recorre una oleada de vergüenza que me cala hasta los huesos.
—He cometido un gran error…
—Bueno. —Hank se remueve en el asiento y mira a Nadia—. Pues a ver qué podemos hacer para solucionarlo. —Me acerca la cerveza, pero ahora mismo no puedo ni pensar en beber algo.
—Yo… Hank… Yo no puedo… No sé si debo contártelo ya. Esperaba poder hablarlo contigo esta noche. Sospechaba algo, pero… Dios, esto me ha estallado en la cara.
—¿Hablarme de qué?
Nadia se está mordisqueando con sus blancos dientes los labios rosados con forma de corazón. No tengo ni idea de si está al tanto de todo esto. ¿Cómo he podido liarla tanto? ¿Cómo he metido tanto la pata?
Por si acaso, opto por hacer una pregunta muy genérica.
—¿Conociste a una mujer llamada Nora cuando trabajabas aquí?
Hank se aclara la garganta y yergue sus anchos hombros.
—Sí, así es.
Asiento, bajo la vista hacia mis manos y frunzo los labios. Siento náuseas.
—¿La conocías mucho? —susurro, bajando la voz una octava.
La sombra de un recuerdo lejano cruza el rostro de Hank. Su pecho asciende y desciende bajo la camisa de cuadros, ladea la cabeza y una sonrisa triste se dibuja en sus labios.
—Lo suficiente como para que siga pensando en ella a menudo.
Se me rompe el corazón y las lágrimas vuelven a brotar de mis ojos.
Vaya mierda . Esto es demasiado doloroso.
Parpadeo con rapidez y apoyo una mano en la rodilla de Hank.
—¿Estás hablando de mi madre? —pregunta Nadia en tono confuso.
Siento el latido de la sangre en la mano que tengo sobre los vaqueros de Hank. Sus ojos se clavan en los míos y la confusión se abre paso entre los tonos de verde cuando se da cuenta.
—Tienes que hablar con Stefan. No puedo decirte más. —Me levanto y lo estrecho en un abrazo de oso—. Te necesita de verdad —susurro para que solo él pueda oírme. Me arden los ojos y, sin añadir nada más, voy a la barra para pagar—. Vamos, Nadia, te llevo a casa.
No dice ni una palabra, pero cuando se pone de pie, me doy cuenta de que está intentando resolver el acertijo.
Cuando llego a la puerta principal me giro y veo a Hank dando vueltas a la pinta de cerveza, sin apartar la vista del líquido dorado, aunque no creo que lo vea en realidad: está perdido en sus recuerdos.