Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 27
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Stefan

Estoy sentado junto a la isla de la cocina con la mirada perdida, intentando tanto poner en orden mis pensamientos como recomponerme.

Quería hacerlo otra vez. Quería a Mira en el piso de arriba, en mi cama, rogando por obtener más. Quería mi piel sobre la de ella y sus gemidos en mi oído. Quería pasarme la vida entre sus muslos.

Por desgracia, ella tenía otros planes. Algo con Hank, el encargado del Gold Rush Ranch.

Así que he dejado que se fuera, aunque me moría por rogarle que se quedara.

Su independencia es una de las cosas que más me gustan de ella; a pesar de lo que pueda sentir, no es pegajosa ni está obsesionada.

Solo está ilusionada, y yo también. Esto que ha surgido entre nosotros parece que va a llegar a alguna parte, y no tengo que preocuparme por pasar más tiempo con ella, porque vamos a tener todo el del mundo.

Tengo un buen presentimiento.

Apoyo los codos sobre la encimera, sonriendo.

Dejo vagar la mirada por las líneas oscuras que se entrelazan en el mármol y revivo nuestra conversación, la que ha tenido lugar justo después de que hayamos follado sobre el escritorio y la haya reclamado tal y como necesitaba.

Se ha subido los pantalones sobre ese culo deliciosamente redondeado y me ha preguntado en voz baja si lo nuestro era exclusivo, con la vulnerabilidad a flor de piel.

La he estrechado entre mis brazos y se lo he asegurado.

—Por supuesto.

—¿Estamos saliendo?

Me he reído y ella ha fruncido el ceño.

—Me importa una mierda cómo lo llames mientras seas mía.

Y lo he dicho en serio, porque para mí es obvio.

Y ahora, aquí sentado, me doy cuenta de que lo estoy arriesgando todo por ella, que estoy superando mi miedo a preocuparme demasiado por otra persona, mi arraigado miedo a la traición.

Intento ignorar que las personas a las que más he querido han sido arrebatadas de mi lado.

Y debo reconocer que tengo un historial terrible a la hora de protegerlas.

Pero la mirada que me ha dedicado cuando le he dicho que era mía ha merecido la pena.

Siempre va a merecer la pena, porque me ha mirado como si yo fuera un regalo para ella, tanto como ella lo es para mí.

Es demasiado pronto para estar enamorado, e incluso me siento un poco infantil al pensarlo, pero quizá es eso: quizá los niños saben lo que sienten y lo admiten libremente. No tienen años de bagaje para decirles que ignoren lo que ya saben.

Sacudo la cabeza y opto por distraerme prestándole atención a la otra mujer de mi vida.

—¡Nadia! —la llamo desde las escaleras.

Ha llegado a casa poco después de que Mira se haya ido, y me he maldecido por no ser más discreto.

A veces me resulta difícil recordar que vivo con alguien más porque Nadia hace su propia vida: le encanta trabajar en la clínica y dedica el resto del tiempo a hacer los deberes. Parece más feliz que nunca.

Sé que sale con chicos. Con un montón de chicos, quizá.

Pero, aunque soy su hermano mayor, no tengo una relación supercercana con ella, así que no sé qué decir al respecto.

Solo espero que se cuide y tome buenas decisiones porque, le guste o no, es todo un partido.

Aunque me consuela saber que trata con las mujeres del Gold Rush Ranch; no aguantan mierdas, y eso es justo la clase de influencia que Nadia necesita: mujeres fuertes.

Es un papel que nadie ha desempeñado en su vida, y yo tampoco puedo representarlo.

—¿Sí? —Cuando baja corriendo las escaleras, parece la viva imagen de nuestra madre.

Me alegro de que no se parezca a él. Aunque yo no me parezco a ninguno de los dos, y no dejo de preguntarme sobre eso.

—¿Quieres ir a tomar algo?

Frunce el ceño.

—¿Por qué? ¿Pasa algo?

Suelto una sonora carcajada.

—No, no pasa nada. Solo quería pasar un rato con mi hermana pequeña. ¿Tiene algo de malo?

Sonríe, divertida.

—Deja que me cambie. Enseguida vuelvo.

Veinte minutos después, atravesamos la mugrienta puerta principal del Neighbor’s Pub.

Lo ha elegido Nadia, no yo. Por lo visto, aquí es donde viene la gente «más guay» del pueblo, y no puedo evitar preguntarme si tenemos conceptos distintos de lo que es «guay».

El lugar huele a cerveza rancia, pollo frito y mantequilla.

Hay una máquina de palomitas de autoservicio en una esquina, que desprende un fuerte aroma.

La idea de meter la mano para coger un cuenco de palomitas frías que ha tocado todo el mundo no me parece atractiva en absoluto.

Pero Nadia está muy a gusto, y me doy cuenta de que ha debido de pasar bastantes noches aquí aunque no beba.

El lugar tiene cierto encanto, lo reconozco.

La barra está repleta de lugareños aferrados a sus pintas de espumosa cerveza dorada y por los altavoces suena Hotel California, coreado por el sonido de los billares.

Parece sacado de una película. Supongo que nunca me he sentido lo bastante bienvenido en Ruby Creek como para venir aquí.

Soy el forastero, y jamás me he esforzado por cambiarlo.

—¿A que es un sitio genial? Tan canadiense… —Nadia sonríe y se desliza sobre un taburete alto, junto a la mesa de billar—. ¿Te apetece jugar?

Me encanta mi nueva hermana pequeña: ya no es la joven huraña que bajó del avión. Ahora es fuerte, fuerte de cojones. Se me encoge el corazón al pensar en cómo tuvo que salir adelante ella sola. En cómo la dejé colgada para ocuparme solo de mí mismo. Espero que algún día pueda perdonarme.

—Sí, me encantaría. —Le devuelvo la sonrisa y sacudo la cabeza para frenar el tren de mis pensamientos y la culpabilidad que me provoca.

—Genial. Vuelvo ahora mismo. ¿Quieres tomar algo?

—Sí, quiero…

—No digas «vino», Stef. Sé que te gusta el vino, pero aquí no pega —bromea. No me trata como al aburrido hermano mayor que parezco a veces por culpa de la diferencia de edad entre nosotros. Y eso es lo que quiero que haga.

—¿Qué tal un Cosmopolitan?

—Ay, dios —resopla—. Mira que eres remilgado.

Una risa profunda me retumba en el pecho.

—Bromeaba. Tomaré una cerveza.

—¿Qué has hecho con mi hermano? —Enarca una ceja y se echa a reír.

Va hacia la barra y me estremezco al ver cómo se vuelven a mirarla. Me encantaría arrancarles la cabeza por mirar a mi hermanita de ese modo, pero jamás he interpretado ese papel en su vida, y no voy a empezar ahora.

En lugar de eso, aparto la vista y miro a mi alrededor hasta llegar a un culo que reconocería en cualquier lugar: un culo tapado por los vaqueros que he bajado hace apenas unas horas.

Mira está junto a esa máquina de palomitas dejada de la mano de Dios, con un cucharón en una mano y una cesta en la otra.

Voy a tener que cuidar de ella cuando enferme después de comerse eso. Esa mujer me gusta tanto que hasta me encantaría sostenerle el pelo mientras vomita.

Me pregunto por qué demonios está aquí si me ha dicho que había quedado con Hank. No habrá venido con otra persona, ¿verdad? ¿Después de todo lo que hemos hecho, de todo lo que hemos compartido?

No lo creo, pero aun así se me revuelven las tripas y se me acelera el pulso. Si Mira no estuviera conmigo, ¿con qué clase de hombre estaría? Escudriño el bar con la esperanza de que no me haya mentido.

Puedo soportar cualquier cosa, pero no que me mientan. Con lo que ha sido mi vida, es algo que no acepto. La ansiedad se me clava en el pecho y me dejo llevar por la paranoia.

Algo va mal, aunque no sé bien qué es.

Y entonces encuentro a Hank, sentado solo a una acogedora mesa para dos personas, junto a la chimenea que crepita al fondo. Me relajo al ver que Mira sonríe en su dirección y va hacia ahí.

Casi ha llegado a la mesa cuando Nadia la intercepta. Ella se tensa, y veo que mueve los labios para preguntar con quién está mi hermana, echando un nervioso vistazo a su alrededor.

Está claro que algo va mal.

Nadia saluda a Hank y él le devuelve la sonrisa con un rápido guiño, y es entonces cuando me señala y Mira se vuelve en mi dirección. Sonríe, pero con timidez. Me saluda con la mano, pero es apenas un gesto diminuto.

Como no soy de los que huyen de las situaciones incómodas, me levanto y atravieso el bar para acercarme a su mesa. Los ojos de Mira se abren más y más con cada paso que doy en su dirección. Nunca me había mirado así, y el suelo se abre poco a poco bajo mis pies.

—Hola, Stefan. —Se pone detrás de la oreja un mechón que ha escapado de su coleta y toma asiento frente a Hank.

—Señor… —Me acerco a él y le tiendo la mano.

Sonríe y me la estrecha.

—Por favor, no me llames «señor», hijo. Tengo que darte las gracias por haberte ocupado tan bien de nuestro potro. Mira me ha dicho que lo has llamado Loki.

Mira se sonroja y aparta la vista. Al parecer, alguien ha estado hablando de mí…

—Sí. Ese nombre le queda genial: es muy travieso. Vas a estar muy ocupado con él.

Hank sacude la cabeza.

—No, yo no. Lo estará Billie. Yo soy demasiado viejo para entrenar a un caballo así. Que sea Billie quien juegue al rodeo. —Sonríe—. Loki, el dios de las travesuras. Me gusta. Y lo más gracioso es que creo que a Billie también.

Todos soltamos una carcajada.

—Hank y yo tenemos la costumbre de quedar aquí todos los martes por la noche —explica Mira—.

Ya sabes, los dos solteros del rancho. —No sé por qué parece tan nerviosa, como si fuera a enfadarme porque saliera con un hombre que podría ser su padre—.

He fallado un par de veces, así que aquí estoy, compensándoselo.

—¿Y para compensárselo lo traes a este antro?

Mira se sonroja y levanta la jarra de cerveza para dar un largo trago.

Frunzo el ceño. Sé que está pasando algo y tengo la sensación de que quiere que me vaya, pero antes de que pueda hacerlo, Hank vuelve a hablar.

—Ah, no, me encanta este sitio. ¿Te ha contado Mira que fui camarero aquí?

Mira se queda congelada, con la jarra levantada y sus ojos clavados en mí por encima del borde. Todos los sonidos que nos rodean se convierten en ruido blanco, y yo aparto la vista de esa mujer en la que creía que podía confiar para volverme hacia el hombre que está sentado frente a ella.

Sus rasgos se estrellan contra mi consciencia como insectos contra el parabrisas: ojos, plaf; pelo, plaf; mandíbula cuadrada, plaf.

No puedo respirar. Me siento como si me hubieran echado encima un caldero de agua hirviendo, y el sentimiento de traición me inunda las venas. Toda mi compostura se desvanece. Mira ha dejado ya la jarra en la mesa y su expresión es triste y suplicante cuando se limpia los labios, nerviosa.

Ella lo sabía. Lo sabía.

Y no me lo ha dicho.

Nunca lo ha mencionado.

Me quedo en shock . Es tan doloroso que siento náuseas. Tengo que salir de aquí. Debo calmarme antes de decir o hacer algo de lo que me arrepienta.

Hank ladea la cabeza y sus ojos esmeralda, tan parecidos a los míos, están llenos de preguntas.

—¿Estás bien, hijo? Parece que hayas visto a un fantasma.

Hijo . La palabra se cuela en mi mente y flota ante mis ojos. Todo este tiempo ha estado delante de mis narices, y la mujer de la que creía que podía enamorarme lo sabía.

Joder .

He sufrido muchas traiciones en mi vida, más que la mayoría, pero esto es muy distinto. Hasta ahora, solo me había traicionado gente que ya me había decepcionado antes de un modo u otro.

Mira me tenía encandilado porque era perfecta para mí, y no lo he visto venir. Ni siquiera he tenido esa sensatez.

—Sí, estoy bien. —Se me quiebra la voz—. Disfrutad de la cena.

Doy media vuelta y me dirijo a la pesada puerta principal del mugriento pub .

Necesito aire fresco. Debo apartarme y tomarme un tiempo para procesar todo esto. No puedo hacerlo con los suplicantes ojos de cervatillo de Mira clavados en mí. Ni delante de los de Hank, que son un perfecto reflejo de los míos.

Me adentro en el aire fresco de la noche y voy a mi todoterreno con zancadas firmes y controladas. Rodeo la parte delantera hasta llegar a la hierba y me pongo a vomitar Hace horas que no como, así que no echo nada. Solo son arcadas y los sonidos ahogados que las acompañan.

Cuando pasan, sigo agachado, con las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento y la cordura.

—¿Stefan? —Su voz suena como un murmullo inseguro y cargado de dolor.

—Ahora mismo no tengo ganas de hablar. —Y es la verdad. Ahora mismo no tengo nada que decirle a la doctora Mira Thorne.

Cuando se acerca, no hay vacilación en sus pasos.

—Deja que te lo explique…

Me vuelvo hacia ella, hirviendo de rabia y con el corazón desbocado.

—¿Qué tienes que explicarme, Mira? ¿Cómo no me hablaste de esto, después de todo lo que te he contado?

—Yo…

—Confiaba en ti —la interrumpo con dureza—. Te he contado cosas que no le había contado a nadie.

—Pensaba decírtelo…

—¿Cuánto tiempo hace? —Su rostro adquiere una palidez sobrenatural: se vuelve casi azul bajo el cielo oscuro—. ¿Cuánto hace que lo sabes?

—Escucha… —Levanta los manos para pedirme que frene un poco, pero no puedo. La cabeza me da vueltas. Llevo años muriéndome por descifrar ese secreto, y ella habría podido ayudarme desde… ¿desde cuándo?—. ¿Lo sabías antes de que estuviéramos involucrados en esto?

—Define «involucrados». —Y ahí está mi respuesta. La rabia me revuelve las tripas y enarco una ceja con un gesto burlón—. Todo esto ha pasado muy rápido. Deja que me explique antes de que me interrumpas de nuevo…

—¿Ahora es culpa mía que no puedas explicarte? No, Mira, has tenido muchas ocasiones de plantear esta conversación. Ahora ya no importa.

Permanece en un silencio estoico mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que… Yo… ¡Joder! —grito, mesándome el cabello. Así no es como tenían que ir las cosas entre nosotros—. No creo que pueda estar con alguien tan poco sincero. De hecho, estoy seguro de que no puedo.

Un grito ahogado sale de sus labios, y se tapa la boca con la mano.

—Stefan, solo…

Levanto una mano para frenarla.

—No, gracias. Ya puse en un pedestal a otra mujer a la que amaba, y me mintió.

No voy a volver a pasar por esto. No me sorprende que quisieras mantener lo nuestro en secreto.

—Sacudo la cabeza y voy hacia la puerta del conductor—.

En serio, Mira, ¿alguna vez haces algo que no sea en tu propio beneficio?

—Responde con un gemido gutural—. Dile a Nadia que he tenido que irme.

Me niego a mirarla cuando entro en el coche.

No puedo hacerlo.

Por muy enfadado que esté, sé que, si la miro, mi determinación de protegerme se vendrá abajo.

Se encoge en la oscuridad cuando me alejo, y me doy cuenta de que ya he fallado a la hora de protegerme porque acabo de admitir que estoy enamorado de ella.