26
Mira
Miro la puerta de Stefan, retorciéndome los dedos. Hace más de un día que no lo veo , y he tenido mucho tiempo para pensar. Para pensar demasiado.
Además, esta noche he quedado con Hank para cenar y quiero seguir indagando. Tengo el cerebro saturado por las preguntas y la confusión.
¿Cómo ha pasado todo tan rápido? ¿Cómo puede ser que él esté interesado en mí?
Es más, ¿cómo es que yo estoy interesada en él?
¿Estoy a punto de echar a perder mi vida por un hombre?
¿Es una relación exclusiva? Después de pasarme años con la nariz metida entre los libros de texto y luego sacar adelante una carrera profesional, para mí el sexo siempre ha sido solo sexo.
Soy consciente de que nunca he sabido lo que era experimentar una conexión íntima cuando me iba a la cama con un hombre porque se suponía que era lo que tenía que hacer.
Y es ahora cuando me doy cuenta de lo que me he estado perdiendo.
Stefan Dalca me ha dejado llena de dudas: sobre lo que somos, sobre a dónde va nuestra relación y sobre qué significa todo esto, porque está claro que es algo más que sexo.
El teléfono vibra en mi bolsillo y lo saco, agradeciendo la distracción. Hasta que veo que es Stefan quien me ha mandado un mensaje.
Stefan: ¿Vas a entrar? ¿O piensas quedarte ahí retorciéndote las manos?
Miro a mi alrededor por si me está vigilando a través de la ventana o algo así. Como no lo veo, le devuelvo el mensaje; debe de tener una aplicación en el móvil que conecta con la cámara de seguridad.
Mira: Das miedo.
Stefan: Forma parte de mi encanto natural. Y lo amas.
La palabra con A me provoca ansiedad. Lo único que he amado en los últimos tiempos es mi trabajo y a mis amigas del rancho.
Quizá a algún caballo. Amar ocupa demasiado tiempo y es una distracción, un riesgo.
Y yo no soy de las que se arriesgan, sobre todo cuando todo aquello por lo que he peleado está en peligro: mi carrera, mi independencia, mi cordura.
Inspiro hondo para centrarme y respondo al mensaje.
Mira: Voy a entrar.
Stefan: La puerta está abierta. Estoy en mi oficina, al lado de la cocina.
Asiento, giro el pomo y entro en la impresionante casa. Me quito las botas de una patada y voy al despacho de Stefan, al que eché un vistazo la última vez que estuve aquí. Se me seca la boca cuando entro.
Está reclinado en la silla, con las piernas cruzadas y ojeando una carpeta marrón; a su espalda, hay una estantería repleta de libros.
Lleva una sencilla camisa de vestir blanca, con unos gemelos que relucen al darles la luz; las venas resaltan en sus manos de una forma de lo más apetitosa.
A veces, cuando follamos, me pierdo mirándole las manos: cómo se flexionan cuando se agarra a las sábanas y me penetra con más fuerza.
No sabía que una parte tan tonta del cuerpo de un hombre pudiera fascinarme tanto.
Oigo el sonido sordo de una risita y lo miro a la cara, que, a decir verdad, no desmerece para nada el conjunto. Me estudia con la cabeza ladeada y los dedos doblados sobre sus suaves labios. Y lleva esas puñeteras gafas, como si supiera que siempre he tenido la fantasía del profesor sexy.
Me mojo al instante. Estoy jodida. Debería decirle que ha sido un placer conocerlo y largarme a toda prisa antes de sufrir una combustión espontánea por culpa de la obsesa sexual en la que me he convertido.
—¿Qué está pasando por esa preciosa cabeza tuya, Mira?
—Hace casi dos días que no sé nada de ti.
—He tenido varias reuniones en el hipódromo. ¿Me necesitabas para algo? —Esboza una sonrisa torcida cargada de complicidad. Cabrón .
—No.
Nos enfrentamos en un duelo de miradas. Me niego a bajar la vista, pero es raro quedarnos así, retándonos en silencio.
Sobre todo, cuando tiene ese aspecto.
—Vale. Entonces, ¿a qué has venido?
—¿Me tomas el pelo? —siseo, y me acerco hasta que mis muslos chocan con el enorme escritorio de roble—.
Me has dejado sin neuronas. Es oficial: soy una descerebrada.
Me dijiste que mis manos debían estar entre las tuyas, por el amor de Dios.
No puedo dejar de pensar en eso. En ti. Y me estoy volviendo loca.
¿Qué se supone que debo hacer? No he sabido nada de ti, y tengo que enterarme de qué es esto para poner en orden mi vida.
Y eso es lo que he venido a preguntarte, pero estás ahí sentado, como si fueras el Profesor Porno y…
La expresión de Stefan pasa de divertida a seria y, por fin, a acalorada cuando llego al final de mi discurso.
—Me has dejado claro que no quieres a un niñato pegajoso en tu vida.
Lo cual es perfecto, porque no quiero ser tal cosa y porque me encanta lo independiente que eres.
Has estado trabajando estos dos últimos días y yo también, pero tenía la intención de llamarte cuando acabara con lo que estaba haciendo.
Suelto un resoplido; me siento tonta porque tiene razón, se lo dije: quiero una relación en la que conservemos la independencia. La quería. No sé, me ha dejado sin cerebro y ahora estoy obsesionada.
—Bueno. —Pongo los ojos en blanco—. Pero podías haber dicho algo, sobre todo después de lo que pasó el fin de semana.
¿Cómo voy a saber si no lo que hay entre nosotros?
¿Cómo voy a saber si ves a otras mujeres?
—Suspiro y levanto la vista hacia el techo; detesto lo inexperta que parezco—.
Esto es de lo más irritante. Me has hechizado y solo puedo pensar en ti.
Se ríe, apoyando los codos en el borde de su escritorio.
—Mira.
Frunzo el ceño y evito su mirada, pero el silencio se prolonga porque está esperando a haga contacto visual, y cedo. Parece divertido otra vez, y, la verdad, me cabrea un poco.
—¿Qué?
—¿Cuándo se supone que he tenido tiempo para ver a otras mujeres?
En las últimas semanas he pasado contigo todos mis ratos libres.
—Parpadeo—. Duermo, trabajo, hago ejercicio, dirijo el rancho, controlo obsesivamente a Loki, intento que mi hermana no se aparte del buen camino…
Y luego paso mi tiempo libre contigo o pensando en ti.
Tú eres la que me ha hechizado. Solo pienso en ti.
El corazón me da un vuelco en el pecho.
—Yo… Yo… no había pensado en eso. Todo parece tan… incierto…
Esboza una malvada sonrisa de listillo.
—Eso es porque follamos hasta la inconsciencia.
Aprieto los dientes; no entiendo por qué oírle hablar así me provoca tanto. Me vuelve loca cuando dice palabrotas, cuando pasa de ser correcto y formal a sexy y malhablado. Es esa dicotomía lo que me excita; se le da genial.
Se levanta, se desabrocha el botón superior de la camisa y se concentra en los gemelos, que suelta, con sus dedos callosos, con una destreza fascinante. El repiqueteo del metal cuando los deja caer sobre la mesa resuena en el despacho silencioso.
—Y ahora voy a bajarte esos vaqueros ajustados y vamos a follar hasta que no te queden dudas —dice, acabando con el silencio. Ahogo un gritito y se me acelera el corazón cuando él se acerca—. Pareces complacida. Y yo que pensaba que no era tu tipo…
—Los hombres que se regodean no son mi tipo. —Pongo los ojos en blanco.
Una carcajada retumba en su pecho y se remanga, como si estuviera a punto de ponerse a trabajar.
—Pero ¿te aburres?
Ojalá dejara de restregármelo. Sabe de sobra que no me aburro. Ni una sola mujer del planeta podría aburrirse con él. Y no entiendo cómo alguna estuvo con él y lo dejó marchar.
—¿Fantaseabas con tu profesor, Mira?
Se ajusta las gafas. Joder. Joder. Estar tan bueno debería ser ilegal. Esos antebrazos, la camisa de vestir, las gafas… Es que… Joder.
Abro los ojos de par en par.
—¿Con mi profesor?
—Sí. —Se aproxima más a mí y me obliga a alzar la vista. Esta conversación no le incomoda en absoluto, pero yo estoy abochornada—. Has sacado el tema como si fuera algo en lo que has pensado ya. ¿Cuando estabas en el instituto? ¿Y ahora?
Pero qué… ¿Aprendió a ser vidente en Rumanía?
—Es… —Yergo los hombros. No pienso avergonzarme por tener una fantasía. Me niego. Me gusta—. ¿Y qué si es así?
La sonrisa que se apodera de su rostro es tan ávida que una mujer más inteligente saldría corriendo, pero a mí solo me cosquillea el estómago y se me acelera el corazón. Y me doy cuenta de que confío en Stefan con todo mi ser. Me muerdo el labio inferior y le dedico mi mejor mirada seductora.
Se da cuenta del cambio en mi actitud al instante.
Me agarra la coleta.
—¿Quiere decirme a qué ha venido a mi despacho, señorita Thorne? —pregunta; se cierne sobre mí y su aliento acaricia el punto sensible bajo mi oreja—. ¿Está preocupada por sus notas?
Una pequeña parte en mi interior quiere echarse a reír.
Esto es una tontería impropia de mí, pero cuando me tira de la coleta y me obliga a levantar la cabeza, me topo con sus brillantes ojos verdes y se esfuma cualquier rastro de hilaridad que hubiera podido albergar.
No se me da bien decir guarradas, pero me encanta cuando él lo hace, así que allá vamos.
—Sí —susurro.
—¿Tiene alguna sugerencia sobre cómo podría mejorarlas?
Jadeo; sus labios se deslizan por mi cuello hasta mi pecho, y el frío material de sus gafas me roza la piel.
—Esperaba que pudiera decirme qué debo hacer.
—Una elección peligrosa, señorita Thorne.
Es un cambio sutil, pero ya no me llama «doctora Thorne». Adoro su inteligencia. Incluso durante el sexo, Stefan piensa. Me pone de cara al escritorio con un rápido movimiento y me echa sobre él, con mi coleta aún en la mano.
Me pone la mejilla contra la mesa y su mano libre me recorre la espalda hasta agarrarme el culo.
—¿Cuánto está dispuesta a trabajar?
—Tan duro como quiera. —Deslizo las manos sobre el pulido escritorio intentando encontrar un sitio donde agarrarme.
Estoy en caída libre, fuera de control. Fuera de mí.
—Joder, eres perfecta. —Su cuerpo se cierne sobre el mío cuando me besa con suavidad en la nuca—. Quédate quieta donde estás, o no te subiré la nota.
Contengo un gemido al sentir cómo el calor de su torso abandona mi espalda.
Sus manos se deslizan por mis costados, acariciándome con una reverencia que jamás había sentido.
Cuando llega a las caderas, me rodea con los brazos y me desabrocha los vaqueros.
Me los baja poco a poco y me deleito con el roce de la tela sobre mi piel.
Me desenvuelve como si fuera el regalo que siempre ha deseado y que jamás va a olvidar.
Me separa las piernas con uno de sus pies en los que lleva unos zapatos de vestir, y me baja las bragas hasta los muslos; estoy apoyada en el escritorio y desnuda ante él.
—Estás hecha para mí.
Esa afirmación se me clava en el pecho. Suena tan sincera…, como si de verdad estuviéramos hechos el uno para el otro.
Lo miro por encima del hombro. El aire entre nosotros se ha vuelto más espeso: crepita y se calienta cuando su mirada me recorre el cuerpo, chispeante de… ¿amor?
—Voy a buscar un condón. Ahora vuelvo. No te muevas.
Trago saliva y asiento, temblando por la expectación.
Se va, y yo hago lo que me ha pedido, mojándome más y más con cada segundo que paso esperando.
Cuanto más tiempo transcurre, más lo deseo.
Cuando vuelve, ya no tiene el autocontrol necesario para tomárselo con calma.
Al tintineo del cinturón le sigue el ruido del envoltorio del condón al desgarrarse.
Se coloca detrás de mi culo y me desliza un dedo entre las nalgas.
—La próxima vez que necesites aclarar algo, te traeré aquí.
Tiemblo de pura necesidad. No me importa dónde me lleve, lo único que sé es que lo quiero dentro de mí. Ya.
—Vale —murmuro, y miro por encima del hombro cuando se clava en mi resbaladiza entrada.
La mirada que compartimos lo dice todo, responde a todas las preguntas que me he hecho estas cuarenta y ocho últimas horas, se convierte en una promesa.
Entra en mí con una brusca embestida que hace que me tambalee.
Se aferra a mis caderas con tanta fuerza que mañana tendré cardenales.
Y disfruto de la pasión en estado puro, de la intensa necesidad, del modo en que sacamos a relucir los más bajos instintos del otro; de cómo los dos somos tan correctos en público y tan inapropiados a puerta cerrada.
—Tómelo todo, señorita Thorne —dice; ha abandonado su autocontrol y su voz resuena como un gruñido sordo—. Cada centímetro.
Los sonidos húmedos del sexo inundan la estancia y se entremezclan con los de su respiración agitada y mis gemidos desesperados. Se echa sobre mi cuerpo y pasa la mano por debajo para encontrar mi clítoris.
Me acaricia mientras sigue penetrándome como un salvaje, jadeando en mi oído.
—Si tenías alguna duda sobre nuestra relación, voy a aclarártela. —Ralentiza sus embates, se retira y vuelve a penetrarme con fuerza, reclamando mi cuerpo—. Eres mía. —Mis manos se deslizan sobre el escritorio y me tiemblan las piernas—. Y yo soy tuyo.
Y cuando me deshago bajo ese cuerpo firme que se mueve en mi interior, sé que estoy donde debo estar.
Ya no hay más incertidumbre.