25
Stefan
—Háblame de tu madre.
Menudo bajón: acabo de echar el mejor polvo de mi vida, la mujer de mis sueños está desnuda sobre mi pecho… ¿y quiere que le hable de mi madre muerta? Los dedos con los que estaba recorriendo su columna se frenan en seco.
—Si quieres —añade—. Solo es curiosidad. No hace falta.
—Tranquila. No pasa nada. No hay nada que no puedas preguntarme o decirme.
La sinceridad es lo más importante para mí.
—Se tensa, así que vuelvo a acariciarle la espalda para ver si podemos recuperar el relax del que disfrutábamos hasta hace un momento—.
Nora era… —no sé ni qué decir de mi madre— una ingenua.
Se enamoraba a toda prisa, siempre necesitaba atención y siempre la buscaba en los lugares menos indicados.
Creció en un pueblo pequeño, pero tenía alma de trotamundos, y supongo que por eso empezó a viajar.
—Intento imaginar a mi madre viviendo en Ruby Creek y no soy capaz. Este no es su sitio.
Mira pasa una uña por las líneas de mis abdominales con un gesto cargado de ternura.
Se me endurece un poco la polla, pero no pasa nada: pronto podremos volver a follar.
Disfruto hablando con ella, aunque sea de algo que rara vez le he contado a nadie.
Me hace sentir seguro, como si de verdad quisiera escucharme y no solo me siguiera la corriente para conseguir algo.
Disfruta con nuestras charlas, y eso es más halagador que cualquier otra cosa que pueda decir o hacer. Su atención es como un bálsamo.
—También era fuerte y decidida. Curiosa.
Hacía las maletas y se marchaba unos meses a otro país.
Viajaba con poco dinero, haciendo autostop y desempeñando pequeños trabajos para sacarse algo de pasta extra.
Y cuando el dinero se acababa, regresaba aquí y trabajaba en lo primero que encontraba hasta que volvía a tener fondos para emprender otra aventura.
Hasta que fue a Rumanía y conoció a Constantin.
Entonces dejó de viajar porque estaba embarazada de mí.
Él la encerró y tiró la llave. Debería haberlo odiado por ello, pero lo amó hasta el día de su muerte, en contra de su buen juicio.
—Es muy triste —reflexiona Mira—. Por cómo la describes parecía una mujer fascinante, un espíritu libre. Es una verdadera lástima que la ataran de esa manera. Me pregunto qué habría sido de su vida en otras circunstancias.
Trago saliva. Llevo tanto tiempo enfadado con ella, tan ocupado regodeándome en mi autocompasión, que no me he permitido ver lo triste que es su historia.
—Nunca me lo he planteado así. Sobre todo, pienso en lo mucho que nos jodieron a Nadia y a mí.
—Creo que tus experiencias te han moldeado de una forma de la que ni siquiera te das cuenta.
—Sí, moralmente ambiguo, lo sé. —Pongo los ojos en blanco y suspiro, harto de ser siempre el malo de la película—. Y también me han moldeado la nariz.
—Me gusta tu nariz.
El corazón me da un vuelco en el pecho.
—¿En serio?
Podría haberme arreglado la nariz, pero decidí dejarla así como una especie de recordatorio, para castigarme cada vez que me miro al espejo por no haber podido mantener a salvo a mi madre y a mi hermana.
Mira pone su cuerpo desnudo sobre el mío y me mira a los ojos.
—Sí, en serio —dice, y me besa en el puente de la nariz.
Su dedo sigue esa estela y me siento más cohibido de lo que me he sentido en años—.
Siempre he pensado que eras devastadoramente guapo.
Un seductor. —Vuelve a besarme, esta vez más despacio—.
La nariz, el acento, esa lengua afilada…
Siempre me he sentido atraída por ti, incluso cuando apenas te conocía.
Disfruto de sus mimos, empapándome de esas palabras dulces como la miel. Me encanta que la atracción que siento por ella no sea unilateral. Ladea la cabeza y me da un beso en el pecho.
—No eres moralmente ambiguo, y te mueves a la perfección entre el apoyo y la prepotencia. Mira a Nadia. Mírame a mí. La vida te ha dado unos limones la hostia de agrios y tú has hecho limonada. Amas con ferocidad. Y creo que tu madre estaría tan orgullosa de ti como yo.
Amar .
La palabra me da vueltas en la cabeza. Es una palabra peligrosa. Quiero a Nadia, de eso no hay duda, pero Mira ha entrado en esa lista con absoluta naturalidad. Mi corazón me dice que debe estar en ella, pero mi cabeza me dice que es muy pronto. Que todos a los que quiero acaban mal. O mueren.
¿Podría amar a Mira así, con fiereza? Miro sus elegantes dedos, que siguen acariciándome la piel, y sé que podría.
A lo mejor ya lo hago.
Dejo escapar un gruñido y le acaricio el sedoso cabello, que se desliza bajo mi piel cuando la beso en la coronilla.
La pego más a mí y me riño para mis adentros: para ser un tipo que declara lo importante que es la sinceridad para él, soy un mentiroso estupendo.
No debería amar a Mira porque todo lo que toco se convierte en mierda.
Y cuando amo demasiado a alguien, la vida me lo arrebata.
—Buenos días.
Me aparto de la cafetera y veo a Nadia, que se desliza sobre uno de los taburetes de la isla de la cocina.
Esta es mi estancia favorita de toda la casa: me encanta cocinar.
Y, sobre todo, me encanta cocinar para otras personas.
Es una forma fácil de demostrar afecto sin tener que hablar de mis sentimientos.
Cuando Nadia se vino a vivir conmigo, me miró a los ojos y me pidió que dejara de disculparme con ella. El sentimiento de culpa por haberla abandonado era muy fuerte, y el remordimiento por no haber vuelto ya de adulto es todavía peor.
Así que cocino para ella buena comida casera; es mi forma de decirle lo que siento sin poner las palabras en voz alta. Le pongo delante un plato de huevos Benedict con salmón ahumado y una taza de café bien caliente.
—Joder, sí. —Se le iluminan los ojos, mete el dedo en la salsa holandesa y se lo chupa con un gemido sobreactuado. Mi hermana es una desvergonzada.
—Has quedado demasiadas veces con las chicas del Gold Rush Ranch.
—Tú también. —Ríe.
Ignoro el comentario. Sé que Mira quiere mantener lo nuestro en secreto, y, por mucho que lo aborrezca, respeto esa decisión, aunque me encantaría poder anunciarlo a los cuatro vientos en lugar de escabullirme hasta su casa al amparo de la oscuridad.
Anoche me pidió que me quedara después de nuestra conversación, pero sabía que iba a arrepentirse por la mañana, cuando tuviera que salir a buscar el coche en medio del bullicio del rancho, repleto de amigos y colegas.
La puse a cuatro patas y follamos una vez más, duro, como a ella le gusta, y la besé hasta dejarla sin sentido antes de volver a casa en medio de una nube de recuerdos y sentimientos encontrados.
Esta mañana tengo trabajo que hacer en el rancho. Casi tengo encima la temporada de carreras y hay que empezar a entrenar a algunos caballos jóvenes. No tengo ni idea del tema, pero, por suerte, Griffin sí.
—¿Estás listo? —le pregunto cuando vuelve del baño.
Él levanta la barbilla y suelta un gruñido, escondiéndose bajo la visera de su gorra de beisbol.
Nadia se da la vuelta, sobresaltada por el tío raro que ha aparecido en nuestra casa—.
Lo siento, Nadia. Este es Griffin, el hombre al que le compré este lugar.
Le echa un vistazo y suelta el tenedor.
—¿Este es Griffin?
Meto mi taza y la de Griffin en el lavavajillas, frunciendo el ceño. Ya hemos desayunado, hemos tomado café y estamos listos para irnos. Él se levanta al amanecer, y a mí no me importa que quiera familiarizarse tan temprano con los caballos que va a entrenar.
—Sí.
—¿Griffin, tu mejor amigo? —Los ojos casi se le salen de las órbitas.
—Relájate, Nadia. Los adultos no tenemos «mejores amigos». —Griffin resopla, se rasca la barba y va a la puerta principal para calzarse sus desgastadas botas vaqueras—. Ya te lo había contado: me vendió este lugar y seguimos en contacto.
Aunque quizá eso es restarle importancia, porque me cae bien Griffin y quizá es mi mejor amigo.
No es invasivo ni molesto, y también es la única persona de todo el valle que no me trató como a un apestado cuando llegué.
Cuando yo me hice cargo de todo, él se mudó a las montañas, a una propiedad bastante remota a la que he ido un par de veces.
Es muy reservado, pero me ha invitado a cazar —una experiencia nueva— y lo he ayudado a hacer algunas reparaciones en la cabaña, y por eso está aquí, para devolverme el favor.
Como antiguo jinete de broncos, me ha asegurado que puede encargarse del entrenamiento de los animales más jóvenes, y a caballo regalado…
—Pero… es un capullo —susurra mi hermana, confusa.
Suelto una carcajada y voy hacia la puerta.
—Me alegro de que pienses así. —Le guiño un ojo—. Así no tengo que preocuparme de que lo asustes con tus payasadas.
Juro que casi puedo oír cómo pone los ojos en blanco. Tiene mucho carácter, y es lo que me encanta de ella. Y de Mira.
Joder . Nada de «encantar». Gustar. Es lo que me gusta.
Me pongo el abrigo y me calzo las botas de trabajo; salgo para alcanzar a Griffin, sacudiendo la cabeza.
Pasamos una hora viendo a los tres caballos jóvenes que precisan entrenamiento y, de pronto, el peso de llevar el rancho me abruma.
Necesito aire puro, y salgo al prado donde Loki y Farrah se pasan el día tomando el sol y revolcándose en el barro.
El relincho agudo del pequeño me saluda, y brinca por el corral con las patas más levantadas de lo necesario solo para presumir.
Cuanto más crece, más gracioso se vuelve; es listo, juguetón y travieso.
A menudo lo pillo intentando soltar la cadena de su puerta.
Salta y trota alrededor del corral como si fuera el campeón del mundo de los caballos.
No envidio al pobre incauto que tenga que montarlo por primera vez. Para aquel entonces, este potro ya se las sabrá todas. Sea como sea, estoy más que aliviado de ver lo sano que parece. Al verlo, nadie adivinaría cómo estaba hace un par de meses.
Le he cogido mucho cariño. Tengo un montón de caballos en el rancho y en el hipódromo, pero he tenido que hacerle un hueco en mi corazón al único animal que no puedo comprar con dinero. No había querido así a un caballo desde que vivía en Rumanía.
—Hola, colega. —Le acaricio la franja blanca de la testuz, y él resopla, satisfecho.
A pesar de lo salvaje que es, hemos forjado un lazo muy especial.
Una vez le dije a Billie que DD era su caballo del alma, un caballo al que podía entender como nadie, un término que aprendí de los aldeanos en mi ciudad natal.
Y al ver los grandes ojos negros de Loki y cómo sus belfos juegan con el botón de mi chaqueta —cómo intenta arrancarlo, a decir verdad—, me pregunto si no habré conocido a mi segundo caballo del alma.
La idea de que se marche dentro de unos meses hace que se me encoja el corazón y me ardan los ojos.
Es como un grano en el culo, pero es mi grano en el culo.
Lo único que me tranquiliza es saber que en el Gold Rush Ranch va a poder desarrollar todo su potencial y a recibir los mejores cuidados.
E incluso puede que tire al suelo a Billie Black un par de veces.
Le rasco las orejas, riendo.
—Es muy testaruda, pero creo que tú lo eres más.
Cojo una horca y me pongo a limpiar el prado; echo el estiércol y el heno caído en una carretilla.
Tengo un montón de papeleo que solucionar y cientos de correos por responder, pero prefiero esconderme aquí, con Loki, esquivando sus belfos mientras limpio.
Nunca había pensado que el trabajo físico fuera tan terapéutico.
Jamás había hecho nada parecido hasta que compré este lugar: fue parte de mi «reinvención».
No me he preparado para dedicarme a las tareas del rancho, pero tampoco para dirigir un imperio de caballos de carreras.
Cuando veo a Mira, sé que está decidida a ir a por lo que quiere con todas sus fuerzas y que nadie podrá apartarla de su camino, pero yo voy a la deriva, todo está en el aire.
Y las preguntas sobre mi pasado siguen sin ser respondidas: no hay a quién preguntarle porque no hay nadie que lo sepa.
Me he pasado la vida esforzándome por no convertirme en alguien como Constantin, para no ceder a esa parte de mi acervo genético.
Siempre he pensado que no condenaría a nadie a la maldición de ser mi esposa, y menos a alguien a quien amara, porque…
¿y si a pesar de todo me volvía como él?
Y entonces descubrí que, en realidad, no tenía nada en común con él y un mundo nuevo se abrió ante mí.
Ya no tenía que preocuparme por mi oscuro legado, y era liberador, pero también confuso.
Sin la venganza, no sabía hacia dónde orientar mi vida.
Cuanto mayor me hago, más deseo formar una familia, conectar con alguien de un modo que nunca había creído posible. Soy pura fachada: un niño perdido que basó su vida en una cruzada, en cumplir una promesa que solo se hizo a mí mismo.
¿Y para qué?
Hay días en los que no tengo ni idea de qué demonios estoy haciendo con mi vida, y ni siquiera sé si me importa. Pero, sobre todo, hay días en los que no sé hacia dónde me dirijo porque no sé de dónde vengo.
Lo único que tengo claro es que Mira va a estar conmigo en el camino. Voy a asegurarme de ello.