Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 24
76%

24

Mira

Cuando vuelvo a mi apartamento sobre los establos me siento como si me hubiera quitado un peso de encima.

De hecho, estoy casi mareada, en parte por culpa del vino y, en parte, por el alivio de haberme deshecho de uno de los secretos que más me pesaban.

No me gusta mentirles a mis amigas y no me gusta tratar al hombre que se ha portado conmigo de maravilla como si me avergonzara de él.

Porque no me avergüenzo de Stefan Dalca. Ni lo más mínimo.

Por suerte, Billie lo ha dejado correr después de que soltara la bomba en nuestra noche de chicas.

—Bueno, ya sabes lo que dicen: el amor es ciego —bromeó, y luego dejó el tema. Debe de querer consultarlo con la almohada.

La conversación fluyó sin problemas después de eso, aunque no me pasaron desapercibidas las sonrisitas que me dedicaba Violet ni la forma en que Nadia se rio y sacudió la cabeza cuando se despidió de mí con un abrazo.

Todas tenían algo que decir, pero ninguna ha dicho nada.

Y ahora estoy de regreso en mi apartamento, sola, excitada y sin poder pensar en nada que no sea lo mucho que quiero ver a Stefan.

Antes de pensarlo, saco el móvil y le envío un mensaje.

Estoy harta de reprimirme.

Mira: ¿Qué haces?

Los puntos suspensivos aparecen en la pantalla casi al instante.

Stefan: Trazando malvados planes para acabar con tus amigos. ¿Y tú?

Resoplo.

Mira: Payaso. ¿Por qué no vienes a verme?

Stefan: ¿A tu casa?

Miro a mi alrededor. Ya ha saltado la liebre entre mis amigas, así que ¿por qué no?

Mira: Sí.

Stefan: ¿Por qué?

¿Por qué? Esa no es precisamente la respuesta que estaba esperando. Ahora me siento insegura, fuera de mi elemento.

Mira: Vale, no vengas. Iré a ver a Loki mañana.

Tiro el teléfono sobre la cama, un poco enfadada.

Se me da fatal reafirmarme con Stefan: soy demasiado inexperta y me tomo todo demasiado a pecho.

Me encantaría que captara todas mis insinuaciones para no tener que admitir en voz alta que lo deseo más de lo que me gustaría admitir.

Como una tonta, cojo el teléfono para ver si ha respondido.

Stefan: ¿Me echas de menos, doctora Thorne?

Suelto un gemido y me paso la mano por la cara.

¿Lo echo de menos? Hace unas doce horas que no lo veo; echarlo de menos ya sería la hostia.

Abro los ojos de golpe. Soy patética, joder .

Me tambaleo al darme cuenta. He pasado tanto tiempo con él en el rancho y en nuestras citas falsas que se ha convertido en parte de mi rutina diaria sin que me diera cuenta.

Suspiro con nerviosismo cuando tecleo una respuesta.

Mira: Sí.

Y entonces me siento y miro fijamente la pantalla. La pantalla en blanco. No aparecen los puntos suspensivos ni llega ningún mensaje. Me quema la garganta y me rodeo el cuello con la mano para contener la vergüenza. No debería haber sido tan directa. Debe de pensar que estoy como una cabra.

Me levanto y voy por el pasillo hasta el pequeño cuarto de baño, donde me lavo los dientes con gestos agresivos.

Sí . ¿Por qué he tenido que decir que sí? Soy como esas psicópatas que se acuestan con un tío una vez y se pegan a él como lapas. No me extraña que no haya respondido.

Mientras me estoy lavando la cara, me doy cuenta de que yo tampoco habría respondido. Si un tío me dijera algo así después de una sola noche, saldría corriendo en dirección contraria, aferrándome a mi carrera y mi independencia. Así que no puedo culparlo.

Un fuerte golpe en la puerta me sobresalta y al instante me siento aterrada al pensar que Billie ha venido para echarme la bronca por dormir con el enemigo.

Pero cuando abro la puerta, quien está ahí es Stefan.

—Ho…

Sus labios caen sobre los míos e interrumpen lo que estaba a punto de decir. Me roba el aliento y se hace con el control de mi cuerpo. Sus brazos musculosos me rodean tal y como deseaba, y su barba de un día me rasca la cara cuando me devora.

Baja las manos hasta mi culo y me levanta en el aire; lo rodeo con las piernas cuando da un par de pasos hacia el interior y cierra de una patada.

Se da la vuelta y me empotra contra la puerta.

Le rodeo el cuello con los brazos y le devuelvo el beso; todas mis preocupaciones de hace unos instantes se esfuman al ver cómo me abraza, cómo se adueña de mí.

Gimo cuando aparta sus labios pecaminosos y apoya la frente sobre la mía.

—Hola.

Su aliento me cosquillea en los labios húmedos, y solo quiero que se calle y siga besándome.

—Hola —respondo; mis dedos recorren el suave vello de su nuca.

—¿Me has echado de menos? —Sus ojos muy abiertos me contemplan con una inseguridad impropia de él. Y esa mirada consigue que me derrita.

—Sí —murmuro; estamos de nuevo en nuestro propio universo privado.

Cuando sus brazos me rodean, todo desaparece a nuestro alrededor. Todo lo que era importante hace unos minutos se esfuma porque él me mira como si yo fuera todo su mundo.

Sonríe de medio lado y me dedica una cálida mirada.

—Yo también te he echado de menos.

El corazón me da un vuelco en el pecho y se desboca contra mis costillas. El soltero de oro, el del pasado misterioso y la sonrisa impenetrable, me ha echado de menos. Que él, precisamente él, reconozca algo así, lo hace mucho más importante.

Lo beso en la mejilla y siento el roce de su barba incipiente. Lo beso en la nariz, justo en esa protuberancia que tanto me gusta. Lo beso en esa ceja que siempre arquea cuando dice algo inapropiado.

Deslizo los dedos por sus mechones dorados, y sé exactamente lo que quiero de él en este preciso instante.

—Llévame a la cama, Stefan.

Me dedica una sonrisa arrogante y siento un cosquilleo entre las piernas.

—Lo que tú quieras, gatita.

Un segundo después me tumba en la cama y me aprisiona con su cuerpo. Solo nos ilumina la luz del pasillo; sus brazos me enmarcan el rostro cuando se detiene para contemplarme como yo lo contemplo a él. Nuestras miradas se encuentran y ni siquiera se me pasa por la cabeza apartarla.

Este hombre. Esa mirada. Solo quiero hundirme más y más en esa conexión, ahogarme en ella y no salir jamás a la superficie.

Jamás me había sentido tan deseada.

Y Stefan no lo estropea con palabras. En lugar de eso, me acaricia el lóbulo de la oreja con el pulgar y sus rasgos severos se suavizan.

Me encanta cómo me toca: una mano aquí, un pulgar allá; es como si no pudiera contenerse cuando se trata de mí; como si no pudiera quitarme las manos de encima aunque quisiera.

Sus labios encuentran los míos con una reverencia que me calienta el corazón.

No sé qué ha cambiado esta noche entre nosotros, pero lo que anoche parecía solo un polvo, dos personas que se divierten, hoy es más profundo, casi reflexivo.

El ambiente ha cambiado, hay algo en sus ojos, en la forma en que saltan chispas cuando me acaricia.

Arrodillado sobre mí, me desnuda y sus suaves manos me recorren el cuero entero.

No hablamos, no nos soltamos guarradas, solo nos miramos, perdidos el uno en el otro.

Sus iris tienen mil facetas —motas doradas, verde musgo y el verde oscuro de un bosque— y yo quiero explorarlas todas, incluso las más oscuras, las más cuestionables.

Stefan no me da miedo, no lo veo como una amenaza, no es mi enemigo.

Y él me mira igual: como si fuera un sueño hecho realidad.

Las palabras no hacen falta cuando un hombre te mira así.

Su ropa cae amontonada a su alrededor: camiseta, pantalones de deporte grises…

No lleva ropa interior. Está claro que lo he arrancado de su descaso, pero al ver esa polla balanceándose ante mí, ya completamente erecta, y las líneas que bajan desde sus musculosos abdominales hasta las caderas, como flechas que me señalaran la dirección en la que quiero ir, no me siento ni un poquito mal.

—Eres maravilloso —jadeo, desesperada—. Por dentro y por fuera. Todo tú.

Se echa sobre mí, piel contra piel, y las yemas de mis dedos dibujan las formas de sus músculos: cada curva, cada plano, como un mapa que trazara el camino sinuoso que nos ha unido.

¿Quién iba a decirlo?

—Nadie me había dicho algo así antes —responde, acariciándome el pelo y embebiéndose de mis rasgos.

Se me encoge el corazón y saboreo sus labios. Me besa hasta robarme el sentido y nuestras manos recorren el cuerpo desnudo del otro, aprendiendo sus caminos, cada hueco, cada curva. Quiero memorizarlo por entero. Hay algo inocente en esa exploración, más indagadora que precipitada.

Y aviva el fuego que ha nacido en mi interior, volviéndome loca.

—Condón. En la mesilla de noche —suspiro entre besos.

No tengo que insistir: Stefan se incorpora, pasa la mano sobre mi cabeza y rebusca en el cajón. Pero se detiene en lugar de coger un condón, y sus labios dibujan una sonrisa pícara y juguetona. Y saca la mano, que sostiene…

—Mira a quién he encontrado.

El Señor Púrpura.

—Oh. —Al verlo ahí, sosteniendo mi enorme vibrador, se me acelera el corazón.

—Me pregunto quién puede hacer que te corras más fuerte —reflexiona Stefan—. Es mi mayor competidor, ¿no? —Ladea la cabeza, retador.

No puedo reprimir una sonrisa.

—Lo es.

—Reto aceptado, doctora Thorne. —Con una sonrisa arrogante, enciende la lámpara de la mesilla de noche y se desliza por mi cuerpo hasta situarse entre mis muslos abiertos—. No quiero perder detalle.

Me muerdo el labio para reprimir un gemido.

Fracaso miserablemente.

Arqueo la espalda cuando el zumbido bajo inunda la silenciosa habitación. Pasea el vibrador por mis pliegues con un gruñido satisfecho. Puede ver de sobra lo empapada que estoy.

Cuando el vibrador llega a mi clítoris, cierro los ojos y contoneo las caderas. Voy a correrme muy rápido jugando a esto con Stefan.

—¿Siempre estás así de mojada con él? ¿O soy yo? —Su voz suena profunda y enronquecida al jugar con mi cuerpo.

—Eres tú. —Las palabras se escapan de mis labios como una plegaria.

—Claro que sí, joder.

Me mete un centímetro muy despacio y abro más las piernas. Me encanta ese lado vulgar que muestra en privado. Aviva mi fuego de un modo que no había conocido antes.

—Ay, Dios. —Un centímetro más; me ciño a su alrededor, disfrutando de la vibración. Es muy diferente cuando hay otra persona controlando el ritmo y la intensidad.

—Incorpórate, Mira. Quiero que veas lo guapa que estás ahora mismo.

Suelto un gemido. No sé por qué algo tan sencillo puede sonar tan sucio, y eso hace que la excitación cabalgue por mis venas. La mayor parte de mis relaciones sexuales han sido a oscuras, como una protección más, con los ojos cerrados e imaginando cosas para hacerlas más excitantes.

Pero aquí estoy: volviéndome loca con Stefan Dalca, completamente desnuda y con la luz encendida.

Me apoyo en los codos y miro el valle entre mis pechos turgentes.

Stefan está concentrado en mi sexo, metiéndome el vibrador, y casi me desmayo al mirarlo: su pelo revuelto, sus mejillas sonrosadas, comiéndome con los ojos… Es demasiado.

—Por Dios —jadeo cuando me lo mete hasta el fondo. La vibración me sacude por dentro y me tiemblan las piernas. Verlo ahí, absorto y concentrado entre mis muslos, es más de lo que puedo soportar.

—No, Mira, solo soy yo. —Sonríe, saca el vibrador y vuelve a metérmelo.

—Stefan. —Su nombre es una oración en mis labios. Es mi nueva religión. Mi piel estalla en llamas que me abrasan.

—Eres increíble, joder. —Me lo mete y lo saca despacio, con la mirada cada vez más ardiente. Podría prenderme fuego con ella—. ¿Sabes lo irresistible que eres?

Mi cuerpo se estremece de arriba abajo con sus caricias. Me aferro a las sábanas como si me fuera la vida en ello, y siento la humedad en mis labios. Me está dejando hecha polvo.

—Yo…

Me quedo muda de pronto cuando saca el vibrador y lo pone sobre mi clítoris. Al instante, estallan los fuegos artificiales, crepitando sobre mi piel, desde el interior de mis muslos hasta los dedos de los pies, que se me acalambran. Se me nubla la vista.

No me había corrido así en mi vida. Pero apenas tengo tiempo de pensarlo antes de que se deshaga del vibrador y el sonido del envoltorio de un condón al desgarrarse cale en mi confusa consciencia.

Me tumbo de espaldas, Stefan me besa el hombro, me da la vuelta y, desde atrás, mete su polla dura como una roca entre mis piernas y me estrecha contra su cuerpo.

—Ya veo por qué te gusta tanto. —Su voz ronca suena en mi oreja cuando se alinea conmigo, con la mano aferrada posesivamente a mi muslo—. Pero creo que esto te gustará todavía más. —Se mete en mí hasta el fondo, llenándome deliciosamente—. Aunque podría trabajar con el Señor Púrpura más a menudo.

—Sí.

—¿Te gusta?

—Me encanta.

Eso es todo lo que necesita para abalanzarse sobre mí; la punta de su erección llega a un punto sensible que yo solo he podido alcanzar con el juguete. Nuestra piel está húmeda y resbaladiza, y me aferro a su culo.

—Más. —Follamos con fuerza y sus gemidos corean los míos—. Más fuerte —ruego al sentir esa reveladora espiral de sensaciones en la base de mi columna, que se arremolina en mi bajo vientre y despierta todas mis terminaciones nerviosas.

—Mira, ¿ves lo bien que estamos juntos? —La sensación crece con esas palabras. Me vuelve la cabeza para reclamar mi boca, sin dejar de penetrarme—. ¿Con quién follas mejor?

No tengo ni que pensarlo.

—Contigo. Siempre contigo.

Sus caderas se estrellan contra mi culo y estallo, perdida en el clímax.

—¡Stefan! —grito.

Se estremece y derrama su liberación en mi interior.

Tiemblo de la cabeza a los pies. Nos besamos y nos aferramos el uno al otro, desesperados, como si nuestros cuerpos, anclados el uno al otro, flotaran en un mar tempestuoso.

Nuestro sudor se entremezcla, nuestros miembros se entrelazan, estamos unidos de todas las formas imaginables.

Y yo estoy tan fuera de mi cuerpo que apenas me reconozco a mí misma.