23 #2
Cuando consigo tranquilizarme, abro los ojos y miro a mi alrededor.
Es mi casa, pero me parece demasiado tranquila y vacía; incluso solitaria.
Mis amigas tienen a sus maridos y disfrutan viviendo con ellos, y yo acabo de dejar la casa del único hombre que me ha hecho sentir algo solo porque quería un poco de puto tiempo.
Separarme de él después de una noche de sexo alucinante ha sido duro, pero necesitaba tiempo para pensar.
Suena el tono de un mensaje y cojo el teléfono.
Violet: ¡No te olvides de que hoy hay noche de chicas!
Maldita sea. ¿Cómo he podido olvidarlo? ¿Y por qué tiene que ser justo después de pasar la noche follando con un hombre al que todos odian?
Violet: He invitado a Nadia. ¿Te parece bien?
Joder . Eso va a ser incómodo. Mis pulgares vuelan sobre la pantalla.
Mira: Por supuesto que me parece bien. ¿Vamos a ir al Neighbor’s?
Ese pub es nuestro lugar favorito.
Violet: No, a la cuadra. Nadia me ha dicho que no bebe, y he pensado que era un poco más discreto. Estoy cansada, pero necesito distraerme. ¿Quedamos a las siete? No voy a aguantar hasta muy tarde.
No lamento en absoluto que vayamos a nuestro campo para beber y charlar. Es mi punto de encuentro preferido.
Mira: Nos vemos entonces, mamá sexy.
Violet: Gracias por llamarme «sexy» cuando las dos sabemos que lo único que parezco es cansada.
A Violet le encanta este nuevo capítulo en su vida, pero ser jockey y madre de un bebé es demasiado duro.
Tiene suerte de tener a Cole, que debe de ser el marido y padre más atento de todos los tiempos.
Me pregunto distraídamente qué clase de padre sería Stefan mientras dejo caer el vestido al suelo, sacudiendo la cabeza. Patético.
Me meto en la cama, dispuesta a dormir unas cuantas horas antes de hacer acto de presencia e intentar no parecer demasiado culpable ante mis amigas íntimas. Pero cuando cierro los ojos lo único que veo es a Stefan, sus preciosos ojos verdes.
Es mi nuevo color favorito.
Cuando me despierto, estoy bastante ida y no me siento yo misma.
El problema es que no quiero ir a la noche de chicas: quiero ir a casa de Stefan, dejarme caer sobre su cama, que me abrace y perderme en él.
Soy como una cría que acaba de crecer de golpe.
Jamás había sentido algo así por un hombre, sobre todo por uno con el que no debería liarme.
Sobre todo con uno al quien le escondo un secreto. O a quien guardo en secreto.
Es injusto para un hombre que lo único que ha hecho ha sido ayudarme, defenderme y tranquilizarme.
Es una putada, eso es lo que es.
Cierro la puerta tras de mí y bajo corriendo las estrechas escaleras. El rancho está en calma; los caballos han pasado la noche a buen recaudo —los que se preparan para la próxima temporada viven temporalmente en el hipódromo para poder entrenar— y todo el personal se ha ido a casa.
El aire sigue siendo primaveral, pero vivimos cerca de las montañas.
Me ciño el abrigo de loneta y me planteo volver por algo que me abrigue más, pero cuando doblo la esquina del establo y miro el camino de hierba que lleva al prado en el que nos encontramos a veces, veo el brillo del fuego.
Las chicas ya están ahí, y parece que han encendido una hoguera bastante acogedora, y eso es una novedad.
Esta costumbre empezó cuando contrataron a Billie como entrenadora del Gold Rush Ranch. Según ella, pasó su primera noche en el rancho tumbada en una manta junto a la cuadra del nuevo caballo que debía entrenar, con una botella de vino, una barra de pan y un queso.
Y ahora seguimos con la tradición. El lugar es acogedor, y, como alguien que no ha tenido muchos amigos, adoro la simplicidad del plan: buena gente y comida sencilla al aire libre en Ruby Creek. Espero que sigamos viniendo a tumbarnos aquí para beber vino cuando seamos viejas y canosas.
Suponiendo que no me odien cuando sepan que me he tirado al enemigo.
—¿Qué tenemos aquí? —pregunto cuando me acerco al grupo.
Violet sonríe y se pasa los dedos por el pelo.
—Cuando Cole me ha acompañado le he dicho que tenía frío, así que unos minutos más tarde nos ha traído unas sillas de jardín y nos ha encendido una hoguera.
Dios, Cole Harding está acabado.
—¿Ha traído todo esto hasta aquí para nosotras?
Billie se ríe mientras abre una botella de vino.
—¿Pero tú lo has visto? Está muy cachas. Cargar cosas pesadas para divertirse es como su pasatiempo. Y es un corderito…
Violet se ríe a carcajadas y pone los ojos en blanco.
—Vaughn no es mucho mejor. ¿Te importaría compartir con todas lo que va a hacer esta noche?
Me dejo caer en la silla vacía y le guiño un ojo a Nadia, que parece contenta, aunque un poco desorientada.
—Cuéntanos, Billie.
Toma un trago directamente de la botella porque, según ella, sabe mejor así. Me pasa el vino y le doy un sorbo.
—Está planeando la boda —suspira.
Casi se me sale el vino por la nariz.
—Perdona, ¿qué?
Evita el contacto visual, rebusca en la mochila que tiene a los pies y saca una barra de pan francés.
—Lo que has oído. Está planeando la boda porque a mí me da igual como sea, pero a mis padres y a Vaughn no, así que les dije que se encargaran de todo y me informaran de dónde y cuándo debo estar.
Frunzo el ceño.
—Billie, sé de sobra que no eres muy de bodas y bebés, pero no deberías dejar que los demás te digan cómo debe ser tu día.