Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 23
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Mira

Me siento dolorida y culpable.

Me duele todo el cuerpo, pero de una forma deliciosa. Es algo que había visto en las series o que había leído en algunos libros un tanto obscenos: alguien hablando de que le duele todo después de haber follado toda la noche hasta perder el sentido, y pensaba que era una exageración.

Pues va a ser que no.

Stefan está tumbado a mi lado en su enorme cama, con cara de agotamiento después de que hayamos follado una y otra vez hasta quedarnos sin condones.

Ser un maestro del sexo debe de ser agotador, y este tío es un auténtico dios.

Yo solo soy una mujer que vive rodeada de libros de texto de veterinaria y artículos de expertos, y que usa un gran vibrador morado de tarde en tarde porque la verdad es que no piensa en el sexo muy a menudo.

Hasta él.

Hasta sus susurros y sus miradas ardientes. Ahora solo puedo pensar en sexo. Y esa es una enfermedad que no puedo curar con un condón.

Es una obsesión.

Contemplo su rostro, sus pómulos y su nariz rota; su pelo rubio oscuro revuelto por mis manos, que han pasado horas hundidas en él. Tiene los labios hinchados de tanto pegarme a su cara como un súcubo, o quizá estén hinchados por todas las palabrotas que han salido de ellos.

Menuda boquita tiene… Su acento se vuelve más marcado, más sensual, cuando deja caer sus muros.

Estoy segura de que, si lo intentara, podría llevarme al orgasmo solo mirándome como lo hace.

Sí, estoy segura de que podría correrme en el acto solo con eso.

O si jugara con mis pezones. La forma en que los pellizca…

No tenía ni idea de que le gustaran tanto mis tetas ni de que le volviera loco que yo lleve siempre tanta ropa, como me confesó anoche.

Suspira y me pega a su pecho. Stefan no es lo que parece: es complicado y fascinante y, Dios, en absoluto aburrido.

Siempre he pensado que era un hombre muy guapo, con ese acento, esa sonrisa y el aura de misterio que lo rodea, pero no estaba preparada para darme cuenta de que era igualmente seductor y hermoso por dentro.

Es adictivo.

Me acurruco contra él y me envuelve el aroma del jabón mentolado que usamos en la ducha de anoche.

Intento no sentirme culpable. No por haberme acostado con él, porque no me arrepiento lo más mínimo, aunque no me apetece nada que se sepa por ahora.

Voy a esperar un tiempo para contarlo porque quiero saber adónde va todo esto.

El vello de su pecho me acaricia la mejilla, y cierro los ojos. Ante mí aparecen las imágenes de él moviéndose sobre mí anoche, dándome más placer del que jamás había experimentado.

En ese momento no podía pensarlo, pero me atormenta pensar en esos ojos verdes y saber que está buscando a su padre biológico, que yo tengo una corazonada y no se lo he revelado aún.

Eso me revuelve el estómago. Tengo que solucionarlo, y rápido, porque es muy difícil guardar el secreto, pero no quiero destrozar la vida de un montón de gente si me equivoco.

Debo ceñirme a mi plan, investigar con cuidado mi hipótesis para no hacer el ridículo.

No me lo perdonaría si me equivocara: le ha fallado demasiada gente, le han mentido demasiado.

Habla de cuidar a los que lo rodean, pero me da la impresión de que nadie ha cuidado nunca de él.

No quiero hacerle daño: quiero estar segura cuando se lo diga.

Llevo una hora aquí tumbada, dándole vueltas, y no voy a arriesgarme antes de saberlo con seguridad.

No se merece menos.

Debo ir a lo seguro con Stefan Dalca porque no quiero perder lo que sea que acabamos de encontrar.

—Deja de moverte así o vamos a follar otra vez. —La voz de Stefan suena soñolienta contra mi coronilla, y enlaza las piernas con las mías, aprisionándome contra el colchón de viscolátex.

Suelto una risita. Mueve las caderas y su erección me roza el estómago.

—Nos hemos quedado sin condones, ¿recuerdas?

—Cuidado, no me retes. Tengo un montón de ideas que no necesitan un condón. Así no vas a disuadirme. —Me acaricia el brazo y me derrito bajo su contacto—. Háblame de este tatuaje. —Siento un cosquilleo en el vientre por culpa de esa voz ronca y adormilada—. ¿Qué significa?

Vuelvo a reírme en silencio, mirando cómo sus dedos trazan el contorno del diseño floral en el interior de mi antebrazo.

—No significa nada. Mis padres me prohibieron hacerme un tatuaje cuando se lo pedí, así que busqué a alguien que me lo hiciera sin su permiso.

Me levanta la mano, me da un rápido beso en la palma y la apoya contra su mejilla.

—Es fascinante que sigas pensando que no significa nada —murmura.

—¿Qué quieres decir? —Sus ojos brillan intensamente y su belleza me deja cautivada, me roba el aliento cuando lo miro tan de cerca, tan íntimamente.

Una sonrisa maliciosa se dibuja en su rostro cuando besa la tinta de mi brazo. Sus labios y su lengua la recorren de un modo que me hace apretar los muslos.

—Esta es la prueba de que eres tu propia dueña. Nadie le dice a la doctora Thorne lo que tiene que hacer.

Intento cambiar de tema: me pone muy nerviosa saber que estoy en presencia de alguien que puede convertirme en arcilla entre sus manos y que, además, me lee el pensamiento con tanta facilidad.

Alguien que puede atravesar todas los muros que he construido a mi alrededor como si su mirada fuera un láser.

Alguien que valora mi vena rebelde e incluso la alienta.

—¿Por qué siempre me besas la palma de la mano?

Encuentra mi mirada y su sonrisa es frágil y vulnerable, como si no se hubiera percatado de mi nerviosismo. En lugar de responder al momento, me acaricia los dedos, contemplando el roce de su piel contra la mía con una serena expresión fascinada.

—Tienes unas manos preciosas. Casi tan bonitas como tu mente y tu corazón, elegantes y fuertes a la vez. A veces me quedo mirándolas cuando trabajas. Son manos que curan, que salvan vidas —baja la voz—, y su lugar está entre las mías.

Se me acelera el corazón y se me enciende el cuerpo.

Es como si hubiera descubierto un interruptor en mi interior y supiera muy bien cómo activarlo: me hace sentir valorada.

Y me deja ver un lado benevolente que no muestra a nadie más, como si fuera nuestro secreto; uno que quiero guardarme para mí, para deleitarme con él.

—Veo que te gusta esa idea —murmura—. Lo sé por ese suspiro que acabas de soltar. —Levanta otra vez la palma de mi mano para darle un beso reverente en el centro con los ojos cerrados.

Ni me he dado cuenta de que he suspirado. Debo de parecer una cría enamorada.

—Es verdad. Me has prometido que no me aburriría, y no me he aburrido ni un segundo.

Abre un ojo para mirarme.

—¿De verdad pensabas que el sexo es aburrido?

—Bueno, hasta ahora siempre ha sido… ¿bueno?

No sé, algo que está… ¿bien? Pero no algo de lo que me pareciera que no podía prescindir.

Siempre tenía la cabeza en otra parte: en un diagnóstico complicado, en lo que iba a pasar en la siguiente temporada de Anatomía de Grey…

No sé, no era una prioridad. Estaba demasiado ocupada como para obsesionarme con el sexo. Aún estoy demasiado ocupada…

—Claro que sí, doctora Thorne. —Se ríe como si no me creyera.

—¿Qué? —me enervo—. Lo estoy. Que el sexo haya sido mejor no hace que esté menos ocupada.

—¿Solo mejor? —Se incorpora, apoya la cabeza en la palma de la mano y me sonríe.

Si llevara bragas, se me habrían caído al suelo por culpa de su sonrisa.

Pero estamos los dos abrazados, completamente desnudos, y me doy cuenta de la tontería que he dicho.

Nada puede evitar que su mano se deslice por mi piel, que me toque el culo y deslice un dedo por mi centro húmedo—.

Estás muy mojada para alguien que piensa que apenas es un poco mejor que «aburrido».

—No digo ni una palabra, y sus dedos continúan explorándome, extendiendo la humedad por mis labios como prueba de lo mentirosa que soy—.

¿Sueles estar así de mojada por hombres que no son tu tipo, doctora Thorne?

Me vuelvo hacia él.

—Deja de decir eso. —No me gusta. Solo lo he dicho para alejarlo, pero está muy lejos de ser verdad; y ya me he cansado de alejar a este hombre hermoso y complejo.

—¿Por qué? —Sus ojos verdes brillan, cómplices, cuando se encuentran con los míos.

—Ya sabes por qué. —Pongo los ojos en blanco, con todo el cuerpo en tensión.

Stefan me tumba boca arriba.

—Todavía no. Eres como una caja fuerte, pero estoy muy cerca de averiguar la combinación. Así que no te preocupes, Mira: voy a abrirla y a descubrir todos tus secretos, pero los mantendré a buen recaudo. Sobre todo, el de que soy exactamente tu tipo.

Y tras eso, me guiña un ojo y desaparece bajo las sábanas.

Mis paseos de la vergüenza, por lo general, solo tienen que ver con las borracheras, el maquillaje corrido y, quizá, un tacón roto por culpa de esa borrachera.

Pero esta vez, con un elegante vestido sin espalda y sin bragas, la cosa es un poco diferente, y rezo para que nadie me vea mientras subo corriendo las escaleras de mi apartamento encima del establo, con los zapatos de tacón de aguja en la mano.

Stefan me ha ofrecido dejarme algo de ropa o pedírsela prestada a Nadia, pero cualquiera de las dos opciones me parecía aún más evidente con mi nuevo cerebro adicto al sexo.

Tanteo con las llaves y maldigo en voz baja cuando se caen al suelo del rellano.

—Joder…

Ni siquiera me arriesgo a echar un vistazo a mi alrededor: cojo las llaves, atravieso la puerta, la cierro a mis espaldas y me apoyo contra ella. Mi pecho se estremece con un profundo suspiro y echo la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.