Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 22
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Stefan

Estar solos en la quietud de esa casa, sin ninguna excusa profesional, es muy íntimo. Mira abre un poco los ojos cuando cierro la puerta. Estamos arrodillados uno frente al otro , y es como si acabara de darse cuenta de que le espera una noche muy larga.

¿Cree que el sexo es aburrido?

Reto aceptado, joder.

Poso mi boca sobre sus labios hinchados. Me saboreo en ella y me da igual. Eso me hace sentir que es mía. Quiero que huela a mí, que sepa a mí y que me mire con los ojos abiertos de par en par mientras me muevo en su interior. Quiero que sea mía. Punto.

Me excita muchísimo cómo se siente fascinada por la química que hay entre nosotros. Espero que nunca deje de mirarme así, conmocionada por el asombro, con los labios entreabiertos y las mejillas teñidas de rosa.

Sus labios se mueven contra los míos y nuestras lenguas se entrelazan; deslizo una mano por sus costillas hasta la fina cremallera que cierra su vestido.

Me encantó romperle las bragas, pero este vestido va a convertirse en una constante en nuestras vidas.

Buscaré sitios elegantes a los que llevarla solo para que pueda lucirlo porque…

¿esto?, ¿ella y yo? Esto solo acaba de empezar.

Los dedos de Mira tantean los botones de mi camisa cuando nos desnudamos el uno al otro. Le quito el vestido y me aparto un poco para verla mejor. Siempre he pensado que sus tetas eran increíbles, pero verlas al aire frente a mí es un regalo.

—Joder —murmuro, recorriendo la femenina curva de sus pechos y los tensos pezones oscuros que apuntan hacia mí.

—Sí —dice sin aliento, mirándome el torso con un gesto idéntico al mío.

Alzo la mano y aprieto suavemente uno de sus pezones con el pulgar.

—Algún día voy a follármelos.

—¿Qué?

Ahí está la chica tímida que he llegado a conocer.

Me agacho hacia ella, la beso en el cuello y cubro sus pechos con las manos.

—Vas a untártelos de aceite… —un gemido desgarrado escapa de sus labios mientras sigo besándole la mandíbula— y luego voy a deslizar mi polla entre ellos.

Y a ver cómo se abren tus preciosos ojos cuando lo haga.

—Ella gime, y sus dedos tiemblan al recorrer mi pecho y arañarme con suavidad—.

Y luego me correré sobre ellos antes de acomodarme para saborear otra vez lo que hay entre estos muslos.

Nunca te aburrirás conmigo, Mira, te lo prometo.

—Dios… —suspira con voz temblorosa.

—Me da igual cómo me llames mientras lo hago, cariño, siempre que abras las piernas y me dejes adorarte.

Se echa hacia atrás, hundiendo los dedos en mi pelo.

—Stefan, por favor… Si no te callas y te desnudas ahora mismo, voy a volverme loca.

—¿Estás impaciente, gatita? Me gusta cuando sacas las garras —digo con una risita socarrona.

Se baja el vestido por las caderas, se mueve lo justo para quitárselo y se sienta sobre los talones. Está arrodillada en mi vestíbulo bien iluminado sin más ropa que unas bragas rotas alrededor de la cintura.

—Pensaba que me gustaba cómo te quedaba el vestido —digo, embebeciéndome de la visión del pelo oscuro que se derrama sobre sus hombros y de sus ojos desorbitados llenos de deseo—, pero ahora creo que me gusta más en el suelo.

—Desnúdate, Stefan. —Hay tensión en su voz; urgencia.

Me quito la camisa con calma y la dejo caer detrás de mí.

—¿Es esa tu forma de suplicar, Mira?

Se lame los labios y baja la mirada hasta sus pezones duros, el rubor en el pecho, la carne de gallina en los brazos.

—Sí —dice tímidamente con voz serena.

Me deshago de los pantalones de un tirón; estoy demasiado ansioso como para abandonar el suelo de madera de la entrada. ¿Se merece algo mejor que un polvo en el suelo? Claro que sí. Pero ya se lo compensaré más tarde.

La siento sobre mí y su humedad se desliza por mi erección. Contonea las caderas y gemimos al unísono. Mis labios se aferran a su pezón, y se lo chupo.

—Hay un condón en mi cartera, en el bolsillo del pantalón —digo, y voy a por el otro pezón; chupo con fuerza, lo acaricio con la lengua y muerdo.

Ella forcejea con mis pantalones, rebusca en la cartera, tirando tarjetas y dinero por el suelo en una carrera para encontrar el sobrecito de aluminio, mientras yo me doy un festín con sus pechos.

—Son deliciosos —murmuro, estrechándole la cintura.

El sonido del envoltorio al romperse resuena en la estancia.

—Ya está —suspira, y saca el condón con un gesto triunfal.

Me apoyo en las manos para contemplarla. Es de lo más erótico: sus labios en forma de corazón están hinchados, el rímel, un poco corrido, y lo único que quiero es abalanzarme sobre ella. Es como una hoja en blanco que me muero por rellenar.

—Pónmelo.

—¿Yo? —Le tiemblan las manos y mira a su alrededor, aunque no creo que sea por los nervios. No es una mujer nerviosa.

—¿Quién más va a ser?

La punta de la lengua se asoma entre sus labios cuando asiente. Sus manos son firmes cuando me rodea con ellas y se echa un poco hacia atrás, desenrollando el condón sobre mi polla. Sus manos parecen delicadas, pero trabaja con ellas y las mueve con confianza.

Cuando levanta la vista, su larga melena cae en cascada junto a su rostro.

—¿Y ahora qué?

Ese contraste entre confianza y vulnerabilidad es tan excitante que apenas puedo controlarme.

La estrecho por la cintura y la subo a mi regazo; mi polla está pegada a su vientre para que pueda ver todo el espacio que va a ocupar en su interior.

Y miramos los dos; como si ninguno pudiera apartar la vista.

La levanto un poco y clava las uñas en mis hombros desnudos; alineo la cabeza de mi polla con su entrada resbaladiza y alzo la mirada hasta su rostro.

—Ahora siéntate sobre mí.

Sus labios dibujan una sonrisita y se relaja.

Lo que antes había sido frenético ahora se desarrolla a cámara lenta.

Va centímetro a centímetro, jadeando. No he visto nada más sexy que esa expresión de lujuria en estado puro cuando la penetro.

Al principio, miro cómo su sexo se estira a mi alrededor, pero ahora solo puedo fijarme en su cara y cómo se concentra en el punto en que nuestros cuerpos se unen.

Tiene los labios entreabiertos, los ojos vidriosos por el placer, y parece fascinada. No voy a durar mucho si sigue mirando ese punto así.

Cuando me acoge por completo, gemimos al unísono y siento cómo palpita a mi alrededor. Echo la cabeza hacia atrás y ella, hacia delante; me recorre el pecho un sentimiento de reverencia.

Contonea las caderas y deja escapar un gemido.

—Stefan… —Su aliento me acaricia el pezón, sus manos ascienden hasta mi nuca y no puedo mantener las mías alejadas de ella ni un segundo más.

Me incorporo un poco, la rodeo con los brazos y acaricio su boca con un suave beso. Mira vuelve a mover las caderas y se me nubla la vista. Lo único que sé es que el sexo —el modo en que dos personas se unen— nunca me había parecido tan imprescindible.

Hace tiempo que sé que me siento atraído por Mira, pero no puedo dejar de pensar en que esto es algo muy distinto: sus labios sobre los míos, sus manos ciñéndome tanto como su sexo… Nuestros alientos se mezclan y ella acelera el ritmo de sus caderas. Se levanta y se deja caer sobre mí con abandono.

—Stefan, esto es… —Se interrumpe, echa la cabeza hacia atrás y se aferra a mi nuca mientras sigue cabalgándome.

Por una vez, me quedo sin palabras.

Me enloquece la sensual curva de su cuello, me fascina el ligero brillo de sudor en su pecho, y el modo en que sus tetas botan mientras follamos es mi perdición. De un tirón, la arrimo a mí y la tumbo boca arriba para ponerme encima.

—¿Qué es, Mira? —Le acaricio el pecho con veneración—. Dímelo. —Presiento que va a tomarse tiempo para pensarlo, que va a resistirse a darme una respuesta, pero su voz me llega empapada de lujuria.

—Es lo que tenía que ser.

Dejo caer la cabeza sobre la curva de su pecho e inhalo el aroma de su perfume: es embriagador, como a regaliz y miel. Lamo su piel y me muevo en su interior.

—Eres deliciosa, joder. Y tienes razón: mi polla tenía que estar dentro de ti.

Suelta una risita suave.

—Tanto reñirme por mi forma de hablar y mírate cuando te quitas la ropa.

Sonrío contra su clavícula y le pellizco la suave piel con los labios.

—Te encanta. Y Mira…

—¿Sí? —jadea, retorciéndose impaciente contra mí.

Me pongo de rodillas, con sus muslos alrededor de la cintura, con esos zapatos de tacón de aguja tan sexis arañándome la espalda, y siento el roce de la madera en mis piernas.

—Yo también creo que es lo que tenía que ser.

Ella asiente y frunce los labios, y su cuerpo tiembla de la cabeza a los pies cuando embisto contra ella con fuerza. Apoyo un codo junto a la cabeza para contemplarla mientras la penetro. Con la otra mano busco su clítoris y lo acaricio con suaves círculos.

—¡Ay, Dios! —grita, mientras sigo tocándola con movimientos lentos y fuertes. Su sexo se ciñe a mi alrededor y le tiemblan las piernas. Está a punto.

Me estrecha entre sus muslos para pegarme más a ella y yo llevo una de sus piernas sobre mi hombro para sentirla más profundamente. Le rodeo el tobillo, justo donde está la hebilla de sus zapatos. Vuelvo la cabeza y la beso en el delicado hueso.

—Sabía que estos tacones iban a quedar genial sobre mis hombros.

Se muerde el labio inferior y yo sigo embistiendo: sus tetas rebotan con fuerza.

—Eso es, Mira. Córrete en mi polla. —Le pellizco el clítoris y ella se tensa bajo mi cuerpo antes de deshacerse en una maraña de miembros temblorosos y palabras incoherentes. Puedo distinguir un «Joder» y un «Qué bien», y eso me hace sonreír mientras busco mi propia liberación.

Sus caderas van al encuentro de las mías, aunque se relaja debajo de mí.

Está muy mojada y cálida, y se lo digo.

—Eres el paraíso —murmuro, deslizándome en su interior una última vez.

Y entonces me sacude el clímax y dejo caer la cabeza sobre su pecho agitado mientras me derramo dentro de ella.

Los dos estamos sudorosos y jadeantes, y sus manos me rodean la nuca.

—¿Para ti el sexo siempre es así?

Y como presumo de ser sincero, confieso la verdad.

—No. En mi puta vida ha sido así. Ni remotamente.