21
Mira
Estoy flipando.
¿En serio ha llamado «cita falsa» a lo que ha pasado esta noche entre nosotros y se ha largado tan tranquilo? ¿Después de que yo le dijera que había sido la mejor cita de mi vida? Que le den.
Lo que ha hecho con su cabeza entre mis piernas no me ha parecido falso en absoluto. Hemos cruzado una línea. De hecho, han desaparecido todas las líneas, y va él y me suelta eso.
Me ha molestado mucho más de lo que debería.
Cierro la puerta de la camioneta de golpe y arranco. Tengo que salir de aquí antes de que me entren ganas de matar a alguien. Hay demasiadas cosas en la camioneta con las que podría cometer un crimen y Stefan está demasiado cerca y demasiado desprevenido como para escapar.
No me enfado con facilidad, pero cuando por fin lo hago, me cuesta calmarme. Las manos me tiemblan cuando rodeo el volante con los dedos.
A través de la ventanilla puedo ver su oscura silueta pavoneándose por el camino de entrada a su supermansión.
Y tan campante, debo añadir. Gilipollas.
Yo apenas puedo controlar mi furia y él va por ahí, todo tranquilo y controlado. Lo odio. Y me siento tonta, y no hay nada que deteste más.
Piso el acelerador y salgo a la carretera, echando un último vistazo, y veo que relaja los hombros y agacha la cabeza. No sé si esperaba que yo viera ese cambio en su lenguaje corporal o la sonrisa que dibujan sus labios, pero lo he hecho.
De camino a casa no puedo dejar de pensar en Stefan en el camino de entrada, en cómo ha encorvado los hombros, en cómo se ha tensado a mi lado cuando le he dicho que no podíamos ir a mi casa. Cómo me ha preguntado si me avergonzaba de él.
Al llegar a la rotonda que lleva al rancho, me doy cuenta: le he hecho daño.
Por eso se ha puesto a la defensiva y, al intentar protegerse, me ha cabreado. Y todo porque los dos vamos con demasiado cuidado, intentando mantener la idea de que todo es falso cuando está claro que ya no lo es.
Para ser dos personas bastante inteligentes, estamos actuando como dos imbéciles.
Desde luego, él puede portarse como un imbécil. Y es demasiado educado. Demasiado paciente. Demasiado perfecto, joder. Es irritante.
Doy la vuelta a la rotonda y regreso a la oscuridad.
Las carreteras secundarias entre Cascade Acres y el Gold Rush Ranch no están bien iluminadas, pero he hecho este camino tantas veces el último mes que podría recorrerlo con los ojos cerrados.
Hundo el pie derecho en el acelerador y el corazón me retumba contra las costillas cuando atravieso las puertas delanteras.
Esta vez paso de largo ante los establos y voy directamente a su casa.
Me bajo de un salto y llamo con fuerza a su majestuosa puerta.
Hace frío, pero estoy tan repleta de adrenalina que ni lo noto.
La puerta no se abre lo bastante rápido, así que vuelvo a golpearla.
Estoy a punto de emprenderla a puñetazos con ella, impaciente, pero de pronto me encuentro solo con aire.
La puerta se ha abierto y Stefan está en el umbral, con el ceño fruncido.
Está tan bueno que casi no puedo soportarlo.
Tiene las mejillas sonrojadas y la camisa desabrochada.
Estoy a punto de abalanzarme sobre él, pero antes tengo que desahogarme.
Abre la boca para decir algo, pero lo interrumpo.
—¿Sabes qué? Que te jodan. —Enarca las cejas y da un paso atrás—.
La cita no ha sido falsa y los dos lo sabemos, así que puedes irte a la mierda.
—Estoy muy nerviosa y mi pecho sube y baja con fuerza—.
Y que te jodan también por ser un perfecto caballero.
Llevas semanas soltándome indirectas sexuales…
¿y ahora te vas? Deberías haberme tirado sobre el capó de mi camioneta para que folláramos ahí mismo.
—Sus brillantes ojos verdes se oscurecen—.
Deja de tratarme como si fuera de porcelana.
Si quisiera a alguien que me cortejara y me matara de aburrimiento, no estaría perdiendo todo mi tiempo libre contigo.
—Doy un pisotón con uno de mis pies enfundados en los zapatos de tacón y me siento como una cría—.
Deja de marear la perdiz y dame de una vez lo que me has estado prometiendo.
Pasea la vista por mi cuerpo de arriba abajo, lamiéndome con las llamas de su mirada. Y ya no parece confuso: no, ahora parece como si fuera a devorarme.
Se cruza de brazos.
—¿Esa es tu idea de suplicar, doctora Thorne? ¿Y por qué iba yo a querer ser tu sucio secretito?
Me humedezco los labios.
—No lo serás.
—Pues yo creo que sí. —Ladea la cabeza—. Y, además, pensaba que no era tu tipo —suelta, dejando caer su máscara imperturbable.
—Vale, estás enfadado.
Su mirada se pasea entre mis ojos y mi boca.
—No estoy enfadado. Estoy harto de ser el único que pone todo de su parte.
Esas palabras se me clavan en el pecho como un puñal.
—Lo siento.
—Deja de disculparte. —Sacude la cabeza—. No hace ninguna falta.
Doy un paso adelante.
—Siento haberte hecho sentir así.
Tensa la mandíbula, pero no se mueve. Sigue ahí, plantado en la puerta como un centinela.
—Siento haber tardado tanto en darme cuenta.
Doy otro paso, incapaz de resistirme a la atracción. Todo este tiempo he estado acercándome a él; desde la primera vez que vi a Stefan, he estado orbitando a su alrededor.
Y, de pronto, no puedo resistirme más.
Está demasiado cerca y yo soy demasiado débil.
—Siento que estés harto.
Deja escapar un gruñido cuando entro. Nos separan tan solo unos centímetros, y me muerdo el labio inferior, sopesando mis próximas palabras.
Me arden los dedos por tocarlo, y meto la mano bajo el faldón de su camisa de vestir hasta llegar a sus pantalones abrochados a toda prisa.
Tiene la cremallera abierta, y no me cabe la menor duda de lo que he interrumpido.
Abro el botón y deslizo la mano por su vientre firme hasta la parte delantera de sus bóxers ajustados, donde noto el bulto de su erección dura como una roca.
—Pero no tanto. —Aprieto y se me encienden las mejillas cuando respinga.
Lo miro a los ojos, pero no dice una palabra.
Se ha arriesgado y yo le he dado la espalda, así que supongo que ahora es mi turno—.
Yo también quiero poner todo de mi parte.
—Me arrodillo sobre la madera y siento la caricia de la seda de mi vestido—. Deja que te lo demuestre.
Le bajo los pantalones y los calzoncillos y su miembro se balancea ante mí.
—Mira, levántate —rezonga.
—No. —Envuelvo su longitud en la palma de mi mano, disfrutando de la caricia de su suave piel—. Aún no he acabado de disculparme.
—Te he dicho que dejes de hacerlo.
Lo miro sin levantar la cabeza, sintiéndome poderosa ahí arrodillada frente a él. ¿Es así como se ha sentido él de rodillas delante de mí? Porque lo único que quiero es que me la meta en la boca y susurre mi nombre.
Pongo las manos sobre sus muslos y lamo la gota que brilla en la punta de su miembro.
Gime y echa la cabeza hacia atrás.
—¿Tengo que parar? —pregunto con fingida inocencia.
Me acaricia la cabeza sin apartar la vista de mí. El aire de la noche me refresca la espalda desnuda, pero entre nosotros crepita el fuego de la pasión.
—No. —Su voz es tan ronca que apenas puedo oír esa sencilla respuesta.
Pero esa palabra es suficiente: me abalanzo sobre él y abro bien la boca para acoger su erección entera.
La rodeo con la lengua y ahueco las mejillas cuando chupo.
Stefan me acaricia el pelo con suavidad mientras yo continúo, intentando demostrarle con mi boca lo auténtico que es esto.
Cuánto deseo esto. Cuánto lo deseo a él.
Mis manos recorren su cuerpo y trazo con los dedos las líneas bien definidas de sus abdominales antes de ir hacia su espalda y agarrarle ese culo que he mirado demasiado.
Cuando acelero, enreda los dedos en mi pelo y lo sujeta en su puño.
—Es difícil ver cómo te disculpas con todo ese pelo por medio, Mira. —Tensa los dedos, da un suave tirón y un estremecimiento recorre mi centro.
Tiemblo de placer al oír cómo gime. Echo la cabeza hacia atrás y lo miro con los ojos entrecerrados; su longitud choca con la parte posterior de mi garganta y siento una ligera arcada. Sus iris verdosos se inundan de calidez; apoyo las palmas en sus muslos y me derrito entre sus manos.
Debe de notar el cambio, porque toma las riendas y me tira del pelo para moverme la cabeza al ritmo que necesita.
El hormigueo de mi cuerpo y la sensación de que el vestido me aprieta demasiado son excitantes. Me excita que la puerta esté abierta, la idea de que cualquiera podría venir y pillarme de rodillas con su pene en mi boca.
Jamás había estado tan excitada antes de esta noche.
Su estómago y la tela suelta de su camisa me rozan la nariz cuando se mueve en mi interior, y el dolor de mi mandíbula es de lo más placentero.
—Estás guapísima, Mira, ahí de rodillas, con esos labios rojos alrededor de mi polla.
Dejo escapar un gemido, rendida ante él, prácticamente ronroneando por el cumplido y por lo enronquecido que ha sonado. Sus dedos me echan la cabeza hacia atrás para que lo mire a los ojos.
—Pero esto no es una disculpa. —Su mirada revolotea entre mis ojos y mi boca, y me acaricia la mejilla con el pulgar—.
Ni siquiera es una súplica. Eres tú, yendo a por lo que quieres.
—Se echa hacia delante—. Esto es instintivo.
Es real. Y me deseas. —Parpadeo, pero no me aparto.
Lo deseo con todas mis fuerzas—. Y es tu día de suerte, porque yo también te deseo. Desde la primera vez que te vi.
Y entonces se mueve. Empuja las caderas hacia mis labios y sus hábiles dedos me acarician la nuca. Rodeo con una mano la base de su miembro y, con la otra, le acaricio los testículos con suavidad mientras nos movemos al compás.
Me echo hacia él: quiero sentirlo más profundamente, aunque es demasiado abrumador, como casi todo lo relacionado con Stefan Dalca.
Sus movimientos se vuelven frenéticos.
—Mira, voy a correrme —anuncia enseguida.
Intenta apartarse, pero le sujeto el culo y lo pego a mí.
Ya no puede separarse—. Por Dios —jadea.
Echa la cabeza hacia atrás y se derrama en mi boca.
Siento cada estremecimiento, oigo cada uno de sus gemidos y, cuando me acerca la cabeza a su cuerpo, me excito todavía más.
¿Es así como se ha sentido él después de lo que ha pasado en el pasillo?
Porque esto es adictivo. Siempre he pensado que las mamadas eran como una imposición, pero esto ha sido droga dura.
Me aparto y le miro la polla, enloquecida por la lujuria.
—Quiero hacerlo otra vez —digo sin siquiera pararme a pensarlo. Necesito hacerlo otra vez.
El familiar sonido de la risa de Stefan me hace sentir un cosquilleo en el pecho, y alzo la vista para mirar su rostro.
Con un movimiento suave, se arrodilla ante mí y me agarra la mandíbula con un gesto cargado de afecto.
—No. Ahora es mi turno de ir a por lo que quiero.
Cierra la puerta de golpe y el clic del pestillo me provoca un escalofrío.
Es el sonido que dice que voy a meterme de cabeza en lo que quiera que haya entre nosotros.