Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 20
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Stefan

Los dedos de Mira en mi pierna me están volviendo loco.

La oscuridad rodea los campos que pasan a toda velocidad por la ventanilla del coche, y, si no tuviéramos compañía, estoy seguro de que el hombre de las cavernas que habita en mi interior saldría a la luz y ya estaríamos follando.

Pero le prometí que no íbamos a acostarnos a menos que me lo suplicara, y es una promesa que pienso cumplir.

—¿En mi casa o en la tuya? —murmuro contra su pelo. No puedo dejar de tocarlo: es tan espeso y suave…

—¿Y Nadia?

—Me ha comentado que pasará la noche fuera, así que no va a oírte gritar mientras cabalgas sobre mí. —Sus dedos se tensan al escuchar mis palabras. Me encanta lo nerviosa que se pone cuando digo cosas así.

—¿Y si vuelve? Es mi empleada.

—De acuerdo. Pues vamos a tu casa.

—No podemos ir a mi casa.

Me pongo tenso.

—¿Por qué no?

Se remueve en su asiento y yergue los hombros para apartarse un poco de mí.

—No es buena idea. ¿Y si nos ve alguien?

Entrecierro los ojos.

—¿Te avergüenzas de mí?

Sus ojos color chocolate se clavan en mí y hace una mueca.

—No sé si estoy preparada para que lo sepan.

La parte lógica de mi mente sabe que lo que está diciendo tiene sentido y que no voy a obligarla a que se acueste conmigo, pero el niño perdido en mi interior no lo ve de esa manera: se siente como si ella se avergonzara de mí, como si fuera un secretito sucio, y no me gusta.

Siguiendo su ejemplo, me enderezo y me reclino hacia el otro lado.

—Claro. Por supuesto.

—Lo siento —susurra, nerviosa.

Le sonrío y entrelazo nuestros dedos como lo hizo ella aquella noche en el suelo sucio del establo.

—Nunca pidas perdón por trazar tus propios límites.

Ella asiente y apoya la cabeza en mi hombro.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por la mejor cita de mi vida.

Una sensación cálida me inunda el pecho y me acerco de nuevo a ella para darle un beso en la coronilla cuando nos detenemos ante las grandes puertas de Cascade Acres.

—Pare junto a esa camioneta. Iremos andando hasta la casa.

El conductor asiente y obedece.

—Sí, señor.

Salgo antes que él para abrirle la puerta a Mira.

Me siento como un idiota por dar la vuelta al coche a toda prisa, pero no pienso permitir que ese tío le ponga los ojos encima otra vez.

Lo he pillado demasiadas veces mirándola furtivamente por el espejo retrovisor, y no soy idiota: sé de sobra lo que está pasando por su cabeza.

He estado a punto de decirle que mantuviera los putos ojos en la carretera.

La oleada de posesividad que me invade es un claro síntoma de lo jodido que estoy por culpa de Mira Thorne.

Mira desliza su mano entre las mías para salir de la limusina negra y, sin soltarla, la acompaño a su camioneta. Parece demasiado delicada y va demasiado arreglada como para subirse a semejante monstruo, pero Mira está llena de contradicciones.

No quiero que acabe la noche, es como si algo quedara pendiente.

Pero sé que no necesita a un hombre que esté pegado a ella todo el día.

Escucho el crujido de los neumáticos sobre la grava detrás de nosotros cuando la limusina se pierde en la oscuridad.

Es casi medianoche, y la única luz proviene de los focos del establo.

El alumbrado público no ha llegado a Ruby Creek.

Contemplo el cielo mientras Mira rebusca en su pequeño bolso hasta localizar las llaves, las estrellas relucen en la negrura y las constelaciones aparecen tan claras que casi parece que podría tocarlas.

Cuando Mira levanta la cabeza, mira hacia arriba como yo, y vislumbro las sombras etéreas que dibujan sus rasgos.

—Es precioso —murmura.

—Mucho —respondo, pero no estoy contemplando el cielo, sino la elegante curva de su cuello, sus labios carnosos, sus ojos profundos y su piel tersa.

Es maravillosa. Pero al pasar tanto tiempo con ella y con Loki me siento como si me adentrara en unas aguas profundas que no vi venir.

Con ella, voy a la deriva a y a punto de ahogarme, y no estoy seguro de tener el instinto de supervivencia necesario como para salvarme. No estoy seguro de querer salvarme.

Es como si me hubiera embrujado.

Se me pone dura y sacudo la cabeza. Voy a tener una cita con mi mano en menos de cinco minutos.

Me sonríe. Solía pensar que era la sonrisa de alguien que se lo tiene muy creído, pero ahora sé que es un escudo, una fachada.

Me agacho y la beso en la mejilla.

—Gracias por la mejor cita falsa de toda mi vida. —Le guiño el ojo y me meto las manos ansiosas en los bolsillos. Doy media vuelta y camino tranquilamente hasta mi enorme casa vacía antes de ser yo quien le suplique que me dé una oportunidad.

Aun así, no voy a rendirme. Puedo soportar que hieran mis sentimientos, pero no me desanimo fácilmente.

Sé que merece la pena.