Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 19
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Mira

El aire escapa de mis pulmones y el sonido de mi jadeo me inunda los oídos, acallando el ruido de las conversaciones educadas y la música clásica que suena en el salón de baile.

Stefan me sonríe como si supiera algo de lo que yo no tengo ni idea y, por primera vez en mi vida, creo que puede ser cierto.

Me devano los sesos intentando recordar la primera vez que me pidió que saliera con él. Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera me acuerdo. Se ha convertido en una constante en nuestra relación, un toque cómico para la incómoda tensión que me supone trabajar para el enemigo de mi mejor amiga.

¿Es poco profesional? Quizá. ¿Imprescindible para romper el hielo? Sin duda.

No sé por qué jamás se me ha pasado por la cabeza que pudiera ser real. Cómo me toca, cómo me defiende y todas las interacciones entre nosotros, de repente, me golpean en la cabeza como si fuera una adolescente torpe que no ha visto venir el balón prisionero.

He estado fintando y esquivando la pelota durante años solo para descubrir que todo este tiempo he estado practicando el juego equivocado.

Los labios cálidos de Stefan me acarician el cuello. Se me pone la carne de gallina y aprieto los muslos.

—¿Qué me dices, Mira? ¿Vas a dejar que te pruebe? ¿Te gustaría?

Su boca desciende por mi esternón y me da un rápido mordisco en el pecho antes de seguir su camino descendente.

Se me seca la boca al ver a ese hombre perfecto bajando por mi cuerpo.

Siempre tengo una frase ocurrente o un comentario sarcástico a punto, pero en este momento la sangre ha escapado de mi cerebro y ha ido a anidar entre mis piernas.

A todas las razones que podría tener para negarme les han salido alas y se han escapado volando por el pasillo.

—Sí —digo, deshaciéndome de toda cautela.

Sus dientes encuentran uno de mis pezones a través de la fina tela del vestido y me muerde con suavidad antes de chuparlo. De mi garganta se escapa un gemido.

—Silencio, gatita —murmura, arrodillándose—. No quiero que nos interrumpan.

Bajo la cabeza justo cuando posa las dos rodillas en el suelo.

—¿Aquí?

Me da un beso en el estómago y pasea los dientes por el hueso de mis caderas.

—Ya he esperado bastante, ¿no crees?

Me palpita el clítoris y muevo las caderas hacia él.

Stefan Dalca está arrodillado ante mí, con las manos en mis muslos, orgulloso y elegante, aunque un poco descolocado.

Me desea. Puedo verlo con claridad en sus ojos, y no hace nada por ocultarlo.

Y ese sentimiento debe de ser contagioso o, quizá, ver a ese hombre de rodillas ante mí dos veces en un día es más de lo que puedo soportar.

—¿Y si viene alguien?

Me desabrocha la hebilla del tobillo con gesto juguetón.

—Ay, vaya. Necesitas que te abroche el zapato. Otra vez.

Me muerdo el labio y echo un último vistazo al pasillo. Aquí estamos bastante escondidos y no soy yo misma esta noche, así que mando al diablo las consecuencias.

—Sí, a la mierda. Espera. —Agarro la tela y me subo el vestido lo más rápido que puedo.

Pero no debe de ser lo bastante rápido para Stefan, porque levanta lo que queda y desaparece bajo la cortina de seda roja.

Se pone una de mis piernas por encima de su hombro y me rodea con uno de sus fuertes brazos para inmovilizarme contra la pared.

Su cara está tan cerca de mi coño que siento la humedad de su aliento en mis bragas; sus dientes se deslizan por la cara interna de mi muslo y me da un mordisco que casi duele, aunque hace que mis caderas se acerquen más a él.

—Eso por hacerme esperar tanto.

—Lo siento —susurro, y ni siquiera me importa lo raras que son esas palabras saliendo de mi boca. Solo quiero que no se detenga.

Me acaricia el muslo y siento la vibración de su risa en mis entrañas.

—No, soy yo quien lo siente.

—¿Por qué? —jadeo.

—Por esto. —Agarra mi tanga de encaje y tira con fuerza.

El sonido que hace al rasgarse resuena en el pasillo, coreando mi grito ahogado.

—Pero qué coj…

Mi intención de regañarlo muere en mis labios entreabiertos porque Stefan no pierde el tiempo y posa su boca sobre mí. Echo la cabeza hacia atrás contra la pared y el techo se llena de pintitas brillantes.

Es oficial: estoy teniendo una experiencia extracorpórea.

Empieza despacio, lamiéndome. No puedo hacer nada con una pierna colgada de su hombro.

Tengo los nervios de punta y un ruido gemido se escapa de mis labios; me tapo la boca con una mano y dejo caer la otra sobre su nunca.

Hasta el tacto de la seda del vestido me parece sensual, como su lengua deslizándose por mi sexo.

—Deliciosa —murmura antes de mordisquearme con suavidad.

—Dios mío. —La palma de mi mano me amortigua la voz y cierro los ojos al sentir sus labios, su lengua y sus dientes entre mis piernas.

Es todo un maestro, y yo estoy tan excitada que mis caderas se contonean con lascivia y cabalgo sobre su cara. Solo puedo pensar en lo bueno que es esto y en que no quiero que se detenga.

Se aparta un poco, me recorre la abertura con el pulgar, gimiendo, hasta llegar a mi clítoris.

Lo acaricia con firmeza y, de pronto, lo único que quiero es verle la cara.

Me subo la falda y la sujeto contra mis caderas, y veo los ojos verdes de Stefan contemplándome con avidez.

Sus dedos se hincan en mis muslos con tanta fuerza que van a dejarme marcas, y con su otra mano juega con mi sexo como si le perteneciera y pudiera usarlo a su antojo.

El calor que inunda mis mejillas desciende por mi cuello hasta mi pecho.

Tiene el pelo revuelto y le brillan los labios.

—¿Siempre estás tan mojada por mí, Mira?

Dios mío . Creo que jamás me he enrollado con nadie que hablara tanto. A lo mejor por eso el resto de mis encuentros fueron una mierda. A lo mejor por eso estoy empapada.

—Creo que jamás me he mojado tanto por nadie —susurro.

Stefan esboza una seductora sonrisa ladeada y su pulgar se desliza por mi abertura. Le ha gustado la respuesta.

Una parte de mí quiere desmoronarse porque nadie me ha mirado nunca como Stefan, tan cerca, pero la otra solo quiere abrir más las piernas y dejar que haga lo que quiera. No me da tiempo siquiera a considerar la idea: su cabeza desciende y dos dedos se deslizan en mi interior.

—Joder. —Ni siquiera suena como mi voz.

Con los labios de Stefan sobre mí me siento una mujer diferente: la mujer que quiero ser, libre de nervios y timidez. Con sus manos sobre mí, florezco, como si me alimentara de la energía que crepita entre nosotros.

Y ahora mismo, mientras cabalgo sobre sus dedos y él me tortura con la lengua, saltan chispas.

Siento una presión familiar en la base de la columna y me tiemblan las piernas. Sus dedos entran y salen de mí rítmicamente mientras su lengua dibuja círculos contra mi clítoris.

—Stefan —jadeo—. Stefan…, voy a…

Levanta la cabeza de golpe y presiona con el pulgar el manojo de nervios donde estaba su lengua.

—Córrete para mí, Mira.

Un rápido círculo de su pulgar más y me corro. La tensión llega a su clímax cuando el orgasmo me invade como una ola que se abate sobre mi cuerpo. Stefan no aparta la vista de mí: sus dedos siguen torturándome y sus ojos recorren mi cara, mi cuerpo, todos mis movimientos.

Es increíble el placer que hay en su mirada. Es como si hubiera disfrutado de mi orgasmo tanto como yo.

Me invade la timidez y me tapo la cara con el brazo. El otro cuelga flácido a mi costado, con el vestido aún estrujado entre mis dedos.

—Deja de mirarme —digo, a mitad de camino entre una risa y un jadeo.

—No puedo —gruñe. Siento un cosquilleo en las entrañas cuando se echa hacia delante y me da un suave beso en el pubis que me estremece todo el cuerpo.

Va a acabar conmigo.

Sus dedos revolotean sobre mi muslo y lo acarician suavemente antes de apartarlo de su hombro. Me coge la mano y me separa los dedos para que la tela caiga sobre mis muslos desnudos y mis bragas rotas.

—Me debes unas bragas.

—Te compraré un almacén entero si con eso puedo seguir rompiéndolas.

Pongo los ojos en blanco y suelto una risita infantil por culpa de los nervios y la tensión. Estoy segura de que ese sonido jamás había salido antes de mis labios.

—Puede ser…

—¿Puede ser? —Estira la seda sobre mis muslos y me coloca el vestido sin levantarse.

—Puede ser que ahora entienda a qué venía tanto alboroto…

Se pone de pie, cerniéndose sobre mí con cara de preocupación.

—¿Ningún hombre te había hecho esto?

Se me crispan los labios y se me encienden las mejillas. Acaba de poner la boca en la parte más íntima de mi cuerpo y no puedo hablar con él de sexo como cualquier ser humano normal.

—No, no. Sí que lo han hecho. Y siempre ha estado… ¿bien? No sé, siempre ha sido un poco raro. Hasta el sexo. Nunca ha sido… No sé, siempre he intentado que me gustara y estaba bien, quizá un poco mecánico, pero nunca ha sido tan… emocionante. A veces, incluso ha sido un poco aburrido.

Joder, estoy desvariando. Estaba convencida de que iba a acabar con mis neuronas y eso es justo lo que acaba de pasar.

Su rostro serio se transforma lentamente en una sonrisa de chulería que me arranca un escalofrío y las palabras mueren en mis labios cuando abro los ojos de par en par.

Es una sonrisa depredadora. Se agacha hacia mí y me besa despacio, con suavidad, haciendo gala de toda su experiencia; y yo me derrito.

Puedo saborearme en sus labios, y eso despierta un instinto dormido en mi interior.

Cuando se separa, intento tirar de él de nuevo hacia mí, y él suelta una risita y me pellizca el lóbulo de la oreja con los labios.

—¿Aburrido? Doctora Thorne, ¿todavía no te has dado cuenta de que me encantan los retos?

No, está claro que nunca había sido así.

—Vámonos de aquí. —Lo cojo de la mano y tiro de él hacia la salida de emergencia.

—¿Qué pasa? ¿No quieres hacer algunos contactos? —Su voz está cargada de diversión… y de algo muy seductor.

—¿Y tú?

—No. —Se pone a mi lado y posa su mano sobre mi espalda, como hace siempre. Me acerco más a él al sentirlo. Antes me ponía nerviosa, pero ahora me vuelve loca.

—¿Te he dicho ya lo bien que te queda esto? —Se ríe entre dientes y le da un tirón al elástico de mis bragas rotas, que se estampa contra mi piel.

Pervertido.

Sonrío de todos modos, disfrutando de su admiración.

—Solo te he traído aquí esta noche para que vieras cómo Patrick se caía de su pedestal.

Suelto una risita mientras bajamos las escaleras con una urgencia inexplicable.

—Qué considerado por tu parte incluirme en tus planes…

—Ya te lo he dicho: no soy el villano que crees que soy.

—O tal vez eres justo quien creo que eres, y me gusta.

Le brillan los ojos y su sonrisa se vuelve lobuna cuando llegamos al rellano y salimos al aire fresco de la noche.

—Tal vez…

Vamos a buscar la limusina al aparcamiento con los dedos entrelazados.

A decir verdad, eso es algo que no había hecho jamás.

¿Pedir un taxi o un Uber? Claro. Pero ¿tener chófer?

Es bastante raro, y más cuando lo encontramos y nos subimos al vehículo.

Las cosas entre nosotros estaban tan tensas antes que el tipo me dedica miraditas escépticas a través del retrovisor, como si estuviera preocupado por mí…

o por mi cordura. Supongo que no puedo culparlo: hemos salido demasiado pronto del evento y ahora estoy acurrucada contra Stefan en lugar de apoyada en la puerta, mirando por la ventanilla mientras él jugaba al Mario Kart .

Sí, lo vi. Y se le daba fatal, así que estaba claro que tenía que practicar, y dejé que lo hiciera para perderme en mis pensamientos durante un rato.

Atravesamos a toda velocidad la ciudad en sombras; las luces son apenas una mancha borrosa en la ventanilla.

Pasamos por curvas y puentes, pero solo soy consciente de los dedos de Stefan acariciándome el pelo, de su muslo fuerte y cálido contra el mío.

Estoy acurrucada contra la chaqueta de su traje y puedo sentir entre mis piernas los restos pegajosos de la tórrida escena que ha tenido lugar en el pasillo.

El viaje de regreso a Ruby Creek se me hace demasiado largo. Creía que iba a apagar el fuego que hierve en mis venas, que me haría cambiar de opinión sobre la cordura de enrollarme con el enemigo de mi mejor amiga, pero cuanto más nos acercamos a casa, más pierdo el control.

Pongo la mano sobre su rodilla y la acaricio con dedos temblorosos. Lo único que deseo ahora mismo es que desaparezca toda la ropa que hay entre nosotros: quiero sentir su piel sobre la mía, tener sus hombros sobre mí, sus manos en mis caderas. Nadie me había excitado tanto, jamás.

Sin siquiera pensarlo, deslizo la mano por el interior de su muslo.

Mi cuerpo sabe exactamente dónde quiere ir, dónde quiero estar.

La punta de mis dedos recorre la costura de su pantalón.

Noto el dobladillo de sus calzoncillos bajo la tela carísima y comprendo perfectamente por qué me ha roto las bragas.

¿Cómo no me he dado cuenta antes de que lo nuestro no eran solo negocios?

Estoy tan centrada en mí misma, en mi trabajo y en los libros y cuidando de todo el mundo que ni se me había pasado por la imaginación.

Pero se acabó. Yo también necesito divertirme.

—Mira. —La voz de Stefan es grave cuando sus labios se mueven contra mi pelo—. Si no vigilas lo que estás haciendo con la mano, voy a subirte a mi regazo y vamos a follar aquí mismo, en este coche.

Separo los labios e inspiro hondo. Creo que jamás le había oído decir una palabra vulgar, y no esperaba mojarme tanto cuando lo hiciera. Miro hacia abajo y me topo con la impresionante silueta de su erección empujando contra la cremallera de su pantalón.

Está claro que no me voy a aburrir cuando folle con Stefan Dalca.