Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 18 #2
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—Estoy genial, haciendo realidad mis sueños y montando caballos mejores que los tuyos.

La gente como nosotros siempre cae de pie.

¿Te estás tirando a la veterinaria? —Hace un gesto hacia Mira y me sonríe, como si me estuviera suplicando que le diera un puñetazo y le dejara un buen chichón con mis propias manos.

Mira aparece a mi lado, con el rostro sereno y la cabeza ladeada, como si estuviera evaluándolo y pensara que no da la talla. Rezuma condescendencia.

—¿Sabes que puedo castrar a un cerdo con la misma facilidad con la que castro a un caballo, Patrick? Aunque sea tan pequeño como tú.

Me encantaría verlo .

Echo un vistazo por encima de mi hombro para localizar a Jules donde la vi por última vez, charlando con alguien. Se gira en mi dirección y asiente. En esta ocasión, mi sonrisa es auténtica. Voy a disfrutar con esto.

—¿Qué quieres decir con «la gente como nosotros», Patrick?

—Se ríe como si yo estuviera siendo obtuso a propósito, pero la verdad es que pensar que pueden meterme en el mismo saco que él me pone la carne de gallina.

Yergo los hombros, me ajusto los gemelos y lo miro con altivez—.

Siempre he creído que la mejor forma de juzgar a un hombre es por sus actos y no por sus palabras.

—Patrick frunce el ceño y la gente que nos rodea empieza a prestarnos atención—.

Hablas como si fueras el rey del mundo, pero la verdad es que acosas a las mujeres con insinuaciones no deseadas y drogas a los caballos para ganar.

Palidece, y Mira se vuelve en mi dirección. A nuestro alrededor crecen los murmullos. A la gente le encanta el drama, y yo estoy a punto de darles algo de lo que hablar.

—Contrólate, Dalca —dice en tono gélido; entrecierra los ojos acuosos y su expresión se vuelve despiadada.

—Eres como la peste, Patrick. Una plaga. Y yo tengo toda la documentación que necesito para probarlo. —Un par de oficiales aparecen por el pasillo, tal y como Jules y yo planeamos—. Si drogas a mis caballos, te atienes a las consecuencias.

Balbuce, pero un agente lo interrumpe.

—¿Patrick Cassel?

El agente le explica los cargos, le lee sus derechos y le sugiere que llame a un abogado. Y debería hacerlo, porque me encantará malgastar el dinero de mi padrastro para enterrar a esa víbora.

Patrick tiene un aspecto sombrío y está blanco como la leche.

—Esto no ha terminado, Dalca —escupe con rabia, mirándome a los ojos.

—Eso espero. —Me meto las manos en los bolsillos y sonrío—. Apenas he empezado a destruirte.

Patrick está rojo como un tomate cuando los agentes se lo llevan. Le sienta bien.

—Increíble —murmura Mira, boquiabierta—. ¿Tenía razón?

Deja la bebida en una mesa alta y va tras él por el pasillo oscuro al fondo del salón de baile. Una señal de emergencia ilumina la puerta. Parece tan atónita como fascinada.

—¿Lo vas a acompañar a comisaría? —bromeo—. No pensaba que fueras tan morbosa.

—¿Estás de broma? —Sigue por el pasillo, con la cabeza ladeada para escuchar las excusas que desgrana la lengua viperina de Patrick—.

¿Crees que me habría metido en toda la sangre y el gore de las carreras de caballos sin ser morbosa?

Esto es genial. No te imaginas lo que me cuesta no sacar el móvil y ponerme a grabarlo todo.

Esto es oro puro. Quiero recordar esta noche el resto de mi vida. Es la mejor cita que he tenido jamás.

Cuando la puerta se cierra tras ellos, ella se apoya en la pared con un suspiro de satisfacción. Y no se me escapa que no ha dicho «cita falsa ».

—¿Cómo lo has conseguido?

Sonrío e hincho el pecho, muy orgulloso de mí mismo por lo bien que ha salido todo.

—El día que me contaste tus sospechas hice que otro veterinario realizara análisis de sangre a todos los caballos de Bell Point Park. Cuando dieron positivo en esteroides, contraté a un investigador privado para que me ayudara a encontrar pruebas.

—¿Por qué no me lo pediste a mí? ¡Podría haber ayudado!

—Porque quería que los análisis los hiciera un tercero imparcial. Tú tenías demasiada relación con Patrick como para poder comparecer ante un tribunal. Y de ninguna manera iba a permitir que te involucraras en esto.

—Qué honrado. —Pone los ojos en blanco.

Doy un paso hacia ella, muy consciente de que estamos ocultos por la oscuridad del pasillo.

—Sabes que tengo razón.

Los ojos claros de Mira muestran asombro.

—Creo que estaba equivocada contigo. Creo que todos lo están.

Echa la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual cuando doy otro paso y nuestros pies quedan a tan solo un par de centímetros.

—Creo que estabas equivocada conmigo en muchas cosas, doctora Thorne. —Pongo las manos sobre la pared, a ambos lados de su cabeza—. La única razón por la que mi abogada vino a casa es porque me ha ayudado a organizar todo este espectáculo.

—Oh —susurra.

—Sí, oh. Pero he disfrutado mucho de tus celos. ¿En serio crees que llevo meses pidiéndote que salgas conmigo para ir detrás de otra mujer cuando por fin consigo probar tus labios? ¿Pensabas que iba a rendirme tan fácilmente?

—No, pensé que me tomabas el pelo, que no era más que una broma. Un juego.

Me agacho para susurrarle al oído.

—Lo que siento por ti no es ninguna broma. Y seguiré diciéndotelo hasta que te lo creas.

Se le acelera la respiración y la piel aterciopelada de sus pechos se estremece cuando jadea.

Levanto el dedo índice y lo paseo por el tirante que reposa sobre su clavícula.

—Soy un hombre muy muy paciente. Sé lo que quiero y estoy dispuesto a esperar.

No me importa seguir esperando hasta que estés en el mismo punto que yo.

—Deslizo el dedo hasta su hombro y siento su cálido aliento sobre mi mandíbula cuando baja la barbilla para ver el movimiento.

No aparta la vista de mis dedos—. Es una lástima que ya no me dejes que te bese, porque ahora mismo podría devorarte, Mira.

De pronto, me agarra de la camisa y me pega a ella. Me rodea la nuca con la otra mano, acerca mi cara a la suya y me besa con tanta ansia que me da un vuelco el corazón.

El beso no es frenético: es duro, y su boca se ciñe contra la mía como si quisiera absorberme el alma. Casi parece una disculpa.

Disculpas aceptadas.

Recorro el borde de sus labios con la lengua y ella gime; abre la boca y nuestras lenguas se encuentran al instante.

Me estrecha aún más contra sí y yo me deleito con el contacto.

Los ruidos del evento resuenan al otro lado del pasillo, pero aquí, envueltos en las sombras, estamos en nuestro universo privado.

Solos los dos.

Sus suaves pechos se pegan a mí e imagino cómo sería deslizar mi polla entre ellos, contemplando sus ojos bien abiertos entre sus tetas brillantes.

Mis manos descienden hasta ellas, suaves como plumas.

Son una tentación. Sus pezones se endurecen contra la fina seda y sus labios suaves se mueven contra los míos.

Nada de esto es falso: nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestros corazones. Es lo más auténtico que he tenido en mi vida, y no pienso permitir que se me escape entre los dedos.

En lugar de eso, voy a hacer que se corra con ellos.

Me aparto un poco para pellizcarle el lóbulo de la oreja con los dientes y ella gime a modo de protesta.

—¿Recuerdas lo que te dije que iba a hacer si te tenía entre la espada y la pared, doctora Thorne?

—¿Qué? —Su voz ronca es pura lujuria.

—Te dije que tú ibas a ser la cena.