18
Stefan
Durante el largo trayecto hasta el Vancouver Club, un lujoso local privado, la tensión entre nosotros se palpa en el ambiente.
Me siento tan atraído por Mira, y me pone tan nervioso que califique esta cita como «falsa», que apenas puedo resistir la tentación de levantarle el vestido hasta la cintura y enterrar mi cara entre sus piernas sin importarme lo más mínimo que el conductor pueda vernos.
Me encantaría preguntarle si sigue pensando que esto es algo falso después de hacer que se corra con tanta fuerza como para dejarla muda.
Pero no pienso hacer nada: le he dicho que quería que me suplicara; le he dicho que no iba a besarla, y, a pesar de lo que piense de mí, soy un hombre de palabra. Un hombre honrado.
Así que viajamos en silencio, cada uno en un extremo del asiento de cuero negro.
En un momento dado, el conductor sube el volumen de la música para llenar el silencio.
Debe de pensar que somos una pareja que acaba de discutir y que ahora mismo se detesta con todo su ser.
No sabe que la tensión entre nosotros se debe a que lo que en realidad queremos es arrancarnos la ropa, por mucho que Mira finja que no se da cuenta de la química que tenemos.
Es lo bastante lista como para haberlo notado, pero también para ignorarlo.
Quizá después de esta noche se dé cuenta de la clase de hombre que soy en realidad.
Le doy una propina al conductor cuando nos detenemos frente al antiguo edificio de piedra, y él va hasta la puerta de Mira para abrirla; le sonríe y a mí me frunce el ceño como si me hubiera comportado como un imbécil, y supongo que así ha sido.
La verdad es que me he pasado todo el camino jugando al Mario Kart en el móvil en lugar de intentar entablar conversación.
Ella se lo ha pasado mirando por la ventanilla.
Me encantaría que me dijera qué está pensando, pero sé que no es la clase de mujer que habla de sus sentimientos o de sus pensamientos más profundos a las primeras de cambio, y eso es parte de lo que me gusta de ella. Es como una cámara acorazada que me muero por abrir para ver lo que esconde.
Yo podría guardar sus secretos; ella podría ablandarse, dejarse llevar, y yo seguiría permitiéndole ser la mujer ferozmente independiente que es. No quiero domesticarla: solo quiero un asiento en primera fila para ver cómo triunfa.
Sale del coche y le da las gracias al conductor con una leve sonrisa, y los celos me inundan al instante.
Quiero que me sonría así, que no me ignore.
Quiero que me mire como lo ha hecho cuando le he acariciado la pierna.
Pero me conformo con posar la mano en la parte baja de su espalda cuando subimos las escalinatas del opulento club y, cuando mis dedos rozan su piel, reprime un gritito ahogado.
Estoy acostumbrado a este gesto cuando lleva una camisa, no un vestido sin espalda y, sin nada entre nosotros, un cosquilleo me recorre la mano y mi pulgar se mueve por sí solo para acariciar la suave curva de su columna.
No puedo controlarme cuando la tengo cerca.
Debe de hacer demasiado frío para lo que lleva puesto, porque se acerca más a mi costado. La estrecho contra mí y deslizo la mano hasta sus caderas. El vestido es tan fino que puedo sentir el encaje de las bragas que lleva debajo.
Entramos por la puerta principal del edificio histórico y subimos otro tramo de escaleras hasta el salón de baile.
Las molduras de las paredes son de color crema y dorado, las ventanas lucen cortinas de terciopelo rojo y de las lámparas de araña cuelgan multitud de cristales y cuentas. Todo el lugar dice a gritos «Dinero».
Nos detenemos en la puerta y me mira con los ojos muy abiertos. Esta noche va más maquillada que de costumbre y lleva el pelo sedoso y brillante, como ónice pulido. No sé si se da cuenta de que es, con diferencia, la mujer más hermosa de la estancia.
—Vamos. Será mejor que disfrutemos de nuestra última cita falsa. Habrá muchas caras conocidas. —Esas palabras me saben amargas, pero intento que no se refleje en mi rostro.
Mira asiente y escudriña el salón.
—Entonces, vamos a tener que mantener una distancia profesional.
Reprimo una protesta porque me importa un bledo lo que piense la gente. Quiero que se mantenga a mi lado para que todos la vean.
Pero antes de que pueda decir nada, se aleja hacia el bar, y todas las cabezas se vuelven en su dirección.
Contemplo el contoneo de sus caderas, el movimiento de su culo, los delicados tobillos con esos tacones. Quiero que los apoye en mis hombros mientras la devoro.
Yergo los hombros e intento controlar mi creciente erección, algo que ya empieza a ser costumbre cuando la doctora Mira Thorne está cerca.
Me pongo a su lado en la barra del bar, junto al rincón, y nos envuelve el murmullo constante de la conversación, el tintineo de las copas, el sonido de alguna que otra carcajada.
Aquí la gente solo intenta aparentar, no como en casa de Mira, en donde todos se mostraban tal y como son, aunque fuera de forma entrometida y prepotente.
Estos eventos me recuerdan por qué dejé atrás este estilo de vida.
Sí, me visto de traje en las carreras o en las reuniones con los patrocinadores del refugio, pero me paso la vida con vaqueros y jerséis para trastear por la granja: ahí me siento seguro y soy la versión de mí mismo que quiero ser.
Aquí me siento de nuevo como cuando era joven: los tejemanejes, los toma y daca, la charla de «yo te rasco si tú me rascas». A alguna gente le impresiona la riqueza, lo sé de sobra.
Pero yo he venido para una cosa muy concreta.
Y puedo verlo al otro lado de la sala, contando una historia y gesticulando animadamente ante un grupo de gente que finge interés.
Un metro más bajo que todos ellos y mucho más detestable.
Una auténtica víbora, y justo la clase de hombre que hace que se me acabe la paciencia.
El tío se toma la vida como una partida de damas, pero yo soy jugador de ajedrez.
Y Patrick Cassel está a punto de descubrirlo por las malas.
Mira se acerca a la barra cuando los que estaban delante de ella se van con sus bebidas.
—Una cerveza en copa de champán, por favor.
El camarero, con el ceño fruncido, la mira como si acabara de salirle otra cabeza.
Ella lo mira con altivez.
—¿No me he expresado con claridad?
El hombre se pone en marcha, negando como si su petición fuera una ofensa. Cuando se oye el chasquido de una botella al abrirse, Mira coge el vaso con una sonrisa falsa.
El camarero se vuelve en mi dirección. Me rasco la barba incipiente, estudiando el bar bien abastecido.
—Tomaré lo mismo que la señora.
El hombre pone los ojos en blanco y Mira suelta una risita. ¿A quién le importa lo que piense un camarero cuando ella se ríe así? Su cara refleja pura diversión.
—Muy elegante, señor Dalca.
—Ya somos dos, doctora Thorne.
Le guiño un ojo y ella sonríe y se vuelve para contemplar la sala abarrotada, repleta de mujeres elegantes y hombres con esmoquin. No se pierde detalle.
—Aquí hay un montón de gente conocida.
—Ya lo suponía. —Cojo la copa de la barra y dejo una propina antes de darle un sorbo a la cerveza.
—Qué gracia —dice, aunque no parece en absoluto divertida—.
Aquí hay gente que no trata demasiado bien a sus caballos.
De hecho, yo diría que son parte del problema de esta industria y la razón por la que tantos purasangres jóvenes acaban dañados e inútiles.
Y, sin embargo, aquí están, firmando cheques como si eso los eximiera de responsabilidad.
Suena muy agresiva, pero tiene razón: en esta industria hay un montón de gente poco recomendable.
—Debes de estar harta de ver esas cosas.
Da un rápido sorbo a su bebida y sus ojos color chocolate brillan con inteligencia.
—No te haces una idea —dice, y mira hacia donde está Patrick, al otro lado del salón. Para ser tan pequeño, sabe proyectar la voz.
Vuelvo a pasarle la mano por la espalda y la guío entre la multitud, deseando palpar otra vez el encaje de sus bragas. Mi dedo índice se desliza por la fina tira. Dios mío, estas bragas deben de ser minúsculas. Cuando vuelvo a dibujar esa línea, incapaz de contenerme, ella se acerca a mi oído.
—No me toques. No tengo ganas de formar parte del turno.
Parece muy satisfecha consigo misma, pero yo no tengo ni idea de lo que habla.
—¿De qué turno?
Resopla.
—Ya sabes. Mi turno es los sábados por la noche, y los domingos por la noche, el de la rubia sexy.
—¿Rubia sexy? —Me freno en seco y, con un tirón, hago que se dé la vuelta para mirarme.
Pone los ojos en blanco.
—La de los zapatos. —Señala sus pies—. La que se marchaba el lunes por la mañana cuando yo llegué.
Echa un vistazo sobre mi hombro y señala: Juliette Monroe. La suposición es tan absurda que me dan ganas de echarme a reír a carcajadas. Me vuelvo de nuevo hacia su rostro furioso.
—Jules es mi abogada.
—Tu… abogada. —Da un largo trago y sacude la cabeza, mirando a otro lado—. Serás idiota… —murmura para sí, y sus mejillas se incendian con el mismo tono del vestido. Una parte de mí quiere reírse, pero, sobre todo, quiero hacerla entrar en razón.
Me acerco para dejarle bien claro lo que hay entre nosotros y cuáles son mis intenciones para con ella, pero me interrumpe una de las voces más molestas sobre la faz de la tierra.
—Vaya, vaya, vaya. Mira qué tenemos aquí. ¿Cómo llevas el descanso de la temporada, Dalca?
Inspiro hondo y le echo un vistazo a Mira. Parece insegura, pero ha llegado el momento. Doy un paso adelante para mantenerla lo más alejada posible de Patrick.
La sonrisa no me llega a los ojos. Aprendí a dominar esa expresión cuando era joven.
—Patrick, qué alegría verte. ¿Cómo estás?
Patrick sonríe. Sus dientes son demasiado blancos y su pelo, demasiado grasiento. No tengo ni idea de por qué lo contraté; supongo que por su historial de victorias. Demasiadas victorias . Ya me he machacado bastante por ello.
Ahora que sé qué clase de hombre es Patrick, no voy a permitir que se salga con la suya.