17 #2
Pero me ha comprado los zapatos. Unos zapatos como los que llevaba la mujer que salió de su casa. Los suyos eran de un color nude, a juego con su precioso pelo dorado, pero los míos son negros y combinan a la perfección con mi propio cabello.
Me encantan las hebillas: son doradas y anchas, y da gusto sentirlas contra la piel. A la adolescente que llevo en mi interior, y que usa un lápiz de ojos de un negro intenso, le encanta el estilo punk con clase. No tengo ni idea de cómo sabe mi número, pero me quedan perfectos.
En la caja había una nota:
«Doctora Thorne:
La limusina te recogerá el sábado a las cinco de la tarde para asistir a la recaudación de fondos de Next Chapter Thoroughbred Rescue. Nuestra última cita falsa. Es un evento de etiqueta, así que ponte los zapatos.
S.».
El duendecillo desafiante que habita en mí me dice que se los devuelva.
Pero no puedo.
Voy a disfrutar de estos zapatos porque a la única a la que castigo deshaciéndome de ellos es a mí misma.
Pero si me los quedo, no voy a seguir sus instrucciones y no voy a esperar a que me recoja como si fuéramos una pareja de enamorados, porque nuestras citas son falsas.
Soy más que capaz de acercarme a su casa yo solita.
Así que eso es lo que hago: me subo a la camioneta y conduzco hasta Cascade Acres.
¿Me siento fuera de lugar conduciendo la camioneta sucia de mi trabajo llevando unos zapatos de tacón caros y un vestido de noche?
Sí, pero me hace sonreír. De algún modo, me siento yo misma: una mujer llena de contradicciones.
Cuando llego a Cascade Acres, mis tacones repiquetean suavemente en el pasillo de hormigón y los empleados me miran sorprendidos, pero siguen a lo suyo. Es casi la hora de salir y yo vengo mucho por aquí, así que se limitan a saludarme y a acabar con sus tareas.
—Hola, señorito Loki. —Abro la puerta del box donde están los dos alazanes—. Y tú, mami, ¿cómo estás?
Farrah mueve la cabeza cuando le paso la mano por la testuz. Es un animal muy dulce. La verdad es que no hace falta que venga a ver cómo está Loki porque ya se encuentra fuera de peligro, pero se ha convertido en parte de mi rutina diaria.
Lo que me niego a admitir es que me gusta venir porque me he vuelto adicta a la emoción que me provoca encontrarme con Stefan. Le pedí que se mantuviera alejado de mí, y ahora soy yo la que merodea en su busca.
Stefan se ha mantenido alejado de mi camino toda la semana.
No lo he visto desde ese día, en la puerta de su casa, cuando le dije que no íbamos a volver a besarnos aunque podíamos seguir siendo amigos.
A juzgar por la tensión en su mandíbula y por el modo en que se cruzó de brazos, no le hizo ninguna gracia.
Aunque tampoco daba la impresión de que lo había desalentado.
No se ha rendido desde el primer día que me pidió que saliéramos, así que no sé por qué pensé que esto iba a ser distinto.
Bromeaba con que saliéramos juntos siempre que tenía la ocasión y yo me reía y lo rechazaba, como si fuera una broma privada.
Pero el fin de semana pasado no me pareció una broma: fue como el principio de algo capaz de apartarme de mi camino.
De ese que recorro con mis nuevos zapatos de tacón.
Es mejor así, aunque siempre estoy pendiente de sus pasos en el establo y mi mirada se desvía siempre hasta la casa cuando me voy. Debería alegrarme de se mantenga alejado de mí, como le he pedido, pero la verdad es que me gustaría que volviera a ser implacable.
Creo que lo echo de menos.
Por eso se me acelera el corazón cuando escucho el sonido de unos zapatos de vestir en el pasillo del establo. No suena como unas botas de trabajo o unas deportivas: suena como han sonado mis tacones. Y estoy, al mismo tiempo, temiendo y anhelando encontrarme con él por fin.
Pero me escondo tras mi mejor cara de póquer. Tengo que ser profesional y controlar lo que Stefan Dalca me hace sentir.
Me pongo a examinar a Loki de espaldas a la puerta del box para no tener que enfrentarme a él cuando llegue, pero oigo perfectamente la puerta cuando la abre a pesar de que tengo el estetoscopio en los oídos.
No dice ni una palabra, pero soy muy consciente de su mirada, como si pudiera sentir sus ojos recorriendo mi piel. Me desconcierta saber que sigue ahí, contemplándome, y su presencia me oprime el pecho y amenaza con robarme el aliento.
Y el corazón.
Cuento los segundos guiándome por los latidos de mi corazón a pesar de que sigue ahí, distrayéndome, pero cuando me doy media vuelta, se me queda la mente en blanco.
Está apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su esmoquin azul marino hecho a medida, pasándose la lengua por el interior de la mejilla.
Lleva el pelo peinado hacia atrás, sin un solo mechón fuera de su sitio.
Pero sus ojos son tormentosos, caóticos, y parecen más oscuros que su habitual tono brillante.
—Te has puesto los zapatos.
Su voz es profunda y autoritaria, y me encanta.
Con Stefan no tengo que ser dura e independiente todo el tiempo, porque no piensa mal de mí si no muestro fortaleza, y el fin de semana pasado bajo la lluvia fue buena prueba de ello.
Primero me besó hasta hacerme perder la consciencia y luego volvió a tratarme como si fuera perfectamente capaz de conducirme sola y no necesitara que me mimaran.
—¿Cómo no? Son preciosos. Gracias.
—Bueno, has venido hasta aquí sola y te has metido entre el serrín sucio y el estiércol, pero no estoy decepcionado.
Esperaba que te calzaras un par de deportivas solo para ponerme en mi lugar.
Aun así, he pensado que quizá te animarías a usarlos algún día.
—Sus labios dibujan una sonrisa sugerente.
—Ah, sí, claro. En cualquiera de los muchos eventos lujosos a los que asisto como veterinaria de un pueblito.
—Yo no estaba hablando de ningún evento… —sonríe, y me guiña un ojo.
¿Está insinuando lo que creo que está insinuando?
Loki elige ese momento para pasar junto a mí y meter la cabeza en el hueco del brazo de Stefan con un pequeño relincho.
—¿Se está acurrucando en tu brazo?
Stefan sonríe y saca la otra mano del bolsillo para acariciar el cuello del joven potro.
—Los caballos son muy buenos juzgando el carácter, ¿no lo sabías?
—Loki se acurruca aún más. La escena es absolutamente adorable, y más ahora, que sé lo del caballo que Stefan tenía de niño—.
Nos hemos hecho amigos estas últimas semanas.
A veces lo acompaño al prado y me siento ahí con el portátil para trabajar un rato.
Es tan inocente… Mi primera incursión en esto de la cría no fue demasiado bien, así que quiero aprovechar el tiempo mientras esté aquí.
Trago saliva. Stefan es un puñetero incomprendido, y me inunda la rabia al pensar en lo crueles que son mis amigos con él. Si pudieran ver esta faceta suya, la que salta en mi defensa y abraza potrillos, lo verían de otra manera. ¿Cómo no iban a hacerlo?
Levanta la vista justo a tiempo para pillarme boquiabierta, y sus ojos muestran un brillo cautivador.
—Estás preciosa, Mira.
Casi ronroneo ante el cumplido. La forma en que me contempla hace que se me acelere el pulso, pero es que este vestido rojo burdeos me queda genial.
Es de seda y me llega hasta la mitad de las pantorrillas, y el escote de pico tapa lo imprescindible: las tetas, porque no puedo llevar sujetador con él.
Me llevo las manos al estómago para calmar el hormigueo.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal. —¿Nada mal? Está para comérselo. El Señor Púrpura va a tener muchísimo trabajo esta noche—. Para ser una cita falsa, digo.
Aprieta los labios y tensa la mandíbula; sale del establo y mantiene la puerta abierta para mí. Le doy unas palmaditas a los caballos y salgo del box a la tranquilidad del pasillo. El personal ya se ha marchado y solo quedamos los dos, uno frente al otro.
Los ojos de Stefan recorren mi cuerpo y se detienen en mis pies.
—Llevas una hebilla desabrochada.
Miro los preciosos zapatos nuevos, agradecida por la excusa que me acaba de ofrecer para apartar la vista y recuperar el aliento.
—Ay, gracias —suspiro.
No debería quedarme sin aliento por un hombre que pasó la noche con otra mujer después de besarme a mí como lo hizo.
—Déjame a mí.
Stefan da un par de pasos, se arrodilla a mis pies y coge la correa. Verlo de rodillas ante mí sí que me deja sin aliento.
Su cálida mano me rodea el tobillo y reprimo un escalofrío.
Se frena un instante, pero mantiene la cabeza baja.
Sus dedos se mueven con destreza y pasan la correa por la hebilla dorada.
Cuando termina, no me suelta el tobillo, como si se hubiera quedado hipnotizado por el esmalte rojo de mis uñas.
Pero entonces desliza la mano por mi pantorrilla y alza la vista para clavar sus ojos verdes en los míos, hablándome sin palabras, mirándome como si fuera la cosa más increíble que ha visto, desbordado de emoción.
Se me encoge el pecho, y ni siquiera intento no perderme en su mirada esmeralda.
Los segundos pasan y sus dedos siguen acariciando mi pantorrilla.
La caricia es suave, pero yo la siento con tanta intensidad…
Un calambre cálido me recorre el interior del muslo y aprieto los labios para que no se escape de ellos un gemido.
Carraspea, se levanta y deja a mi cuerpo suplicando que vuelva a poner sus manos sobre mi piel desnuda. Sus dedos me rodean la muñeca como una pulsera, me besa la palma de la mano y el estómago me da un vuelco.
Como siempre me ocurre con él.
—Deberíamos irnos —dice; me suelta y va hacia la puerta sin parecer alterado en absoluto, aunque yo todavía necesito un par de segundos para volver a sentir el suelo bajo mis pies.
Algo ha cambiado, y no podría decir lo que ha sido o lo que significa ni aunque mi vida dependiera de ello. Lo único que sé es que habría dado cualquier cosa por que su mano siguiera avanzando.
Quiero sentir sus labios sobre mi piel.