17
Mira
—Oye. —El tono de Nadia es tan condescendiente que me estremezco.
Estoy muy nerviosa y las dos últimas noches apenas he pegado ojo. Ni todo el café del mundo podría ayudarme. De hecho, creo que el que he tomado no ha hecho más que empeorar las cosas.
—No hablo el lenguaje de las caras raras —dice—. Vas a tener que hablar conmigo. O, espera, déjame que coja mi bola de cristal.
Empujo la puerta batiente de la sala trasera para frenarla.
La primera semana de Nadia ha sido excelente: es muy trabajadora, aprende rápido y tiene bastante carácter como para no dejarse avasallar por los granjeros y rancheros de la zona.
Aunque tampoco estaría de más que no intentaran impresionarla.
La chica es una auténtica belleza, aunque Griff parece no haberse percatado de sus encantos y se limita a mirarla bajo su típica gorra negra.
Al tío le sientan los vaqueros como a nadie, pero es cualquier cosa menos hablador.
Es un hombre un poco raro. Viene de vez en cuando a traer sus caballos a la clínica, pasa unos días aquí y luego regresa a su cabaña en el bosque. Es un auténtico ermitaño.
—Griff, me alegro de verte. ¿Has traído las muestras de las que hablamos?
Asiente, deja una bolsa de papel sobre el mostrador y sale por la puerta principal como si el lugar fuera suyo.
—Menudo idiota… —murmura Nadia, poniendo los ojos marrones en blanco.
Marrones.
Es lo único en lo que puedo concentrarme. Stefan tiene los ojos de un verde muy vivo, como las esmeraldas o la brillante hierba primaveral. O como los de Hank.
Vamos, no me jodas.
Ahora que ya lo he visto, no puedo apartar mi mente de esa idea. Cada vez que cierro los ojos, la imagen de los dos hombres se proyecta tras mis párpados, y no puedo evitar compararlos. Si no fuera por la nariz, Stefan sería idéntico a Hank cuando era más joven.
Tienen que ser imaginaciones mías. En Ruby Creek ha debido de haber un montón de camareros. Pero ¿que tengan relación con las carreras de caballos? No sé, sería mucha coincidencia.
—¿Tengo algo en la cara? —Nadia se limpia las comisuras de los labios, cohibida.
—No, no, lo siento. Solo estoy cansada. Me he desconectado por un momento.
—¿Qué le pasa a ese tío? Ha entrado aquí como si fuera famoso y yo tuviera que reconocerlo. Y no me ha dirigido la palabra. Sus modales dejan mucho que desear —resopla, ofendida.
—¿Griff? Antes vivía por aquí.
Corren muchas historias sobre Griff, pero ninguna me parece lo bastante verídica como para compartirla. Los rumores en los pueblos pueden ser innecesariamente crueles.
—Sigue siendo gilipollas —murmura Nadia, tensa, y vuelve a concentrarse en el ordenador.
Me ha ayudado muchísimo a organizar la agenda y a mantener las cuentas al día. Me facilita mucho la vida y, la verdad, disfruto de su compañía. A veces debo recordarme que solo tiene diecinueve años.
Que es la hermanastra de diecinueve años de Stefan. ¿Lo sabrá ella? Y yo que pensaba que mi familia era complicada… Pero mis dramas son una nimiedad en comparación con la bomba que Stefan me soltó la otra noche.
Y el beso…
Por eso soy reservada y no salgo con nadie. Estoy acostumbrada a quedarme en lo superficial y, de pronto, me he visto nadando en aguas profundas y no tengo ni idea de cómo gestionar esta situación. Lo que sé, lo que siento… El recuerdo de Stefan en mi cuerpo.
Estoy jodida.
—Tengo que ir a ver a Loki —anuncio. Nadia me mira como si no entendiera por qué la pongo al tanto de mi agenda—. Yo… No voy a volver hoy. ¿Puedes cerrar?
—Por supuesto. —Sus pálidos rizos dorados se mueven al ritmo de su asentimiento, como si le hubiera pedido la cosa más normal del mundo.
—Gracias.
Cojo mi abrigo marrón favorito del perchero que hay junto a la puerta principal y me lo pongo mientras salgo.
De camino a Cascade Acres, reflexiono sobre la mejor forma de abordar los dos problemas: el beso y lo que creo haber descubierto.
El beso no debe repetirse jamás. Tendré que decírselo, porque no puedo enfrentarme a ello, y no es justo que me involucre con la némesis de mi mejor amiga, lo sepa o no. Stefan y yo podemos ser amigos en secreto y él puede ser mi cliente en público. Eso es lo que voy a plantearle.
El siguiente problema es más complicado.
Puedo averiguar el nombre de su madre y preguntarle a Hank, pero me estaría entrometiendo demasiado.
Stefan me pidió que no fuera por ahí contando su historia y que no traicionase su confianza.
No quiero darle esperanzas, porque quizá me equivoque, y tampoco quiero involucrar a Hank en algo que podría ser solo fruto de mi imaginación.
Creo que debería hacerle más preguntas, tantearle. Tal vez podríamos charlar en los establos. Haré café y nos sentaremos en el suelo. Espero con impaciencia nuestras citas en los establos. ¿O «reuniones»? Nuestras reuniones en el establo.
Cuando atravieso las puertas, desde la colina veo su todoterreno aparcado junto a la casa, así que me dirijo hacia ahí.
Las palmas de las manos me resbalan en el volante y los nervios me atenazan el estómago.
Estoy acostumbrada a mantener conversaciones difíciles a causa de mi trabajo, pero esto de verme obligada a guardar un secreto me está matando.
Y también me está matando mantenerlo a distancia.
Aparco junto a su enorme casa, en lo alto de la colina, y en cuanto salgo de la camioneta se abre la puerta principal y me encuentro ante una rubia alta y bien formada, vestida con una falda ajustada y unos zapatos de tacón caros, que se agacha para darle un beso a Stefan en la mejilla.
Se me revuelve el estómago y la bilis asciende por mi garganta.
Es preciosa y hace una pareja perfecta con Stefan y su ropa carísima. Mi abrigo holgado y mi coleta me hacen parecer una indigente comparada con ellos. Me doy cuenta de que no sé nada sobre el historial de citas de Stefan. Menos que nada, en realidad.
Pero esto me viene genial para mantener las distancias, ¿verdad? Y me niego a ser la clase de mujer a la que algo así le molesta. Soy lo bastante buena para que me bese en un campo, pero en cualquier otro escenario somos incompatibles.
—No me hagas conducir hasta el quinto pino otra vez. Para la próxima, ven a verme tú —dice la mujer con una sonrisa sincera.
Se me hace un nudo en la garganta y se me revuelven las tripas. Vale, soy una ingenua.
—Gracias, Jules. —Stefan ríe entre dientes y se despide de ella con un gesto. Luego, me ve—. Doctora Thorne. —Su voz es dulce y cálida, y me entran ganas de darle un puñetazo por hablarme así después de que otra mujer haya estado en su casa.
Y luego quiero darme un puñetazo a mí misma por preocuparme. A lo mejor esto no es lo que parece. En el fondo, me cuesta creer que Stefan se comporte así, pero no lo conozco lo suficiente como para no sentirme insegura.
—Hola. Solo te robaré un momento. —Voy hacia la entrada y le sonrío a Jules al pasar. Ella me devuelve la sonrisa con amabilidad y baja la barbilla. No me gusta odiar a otras mujeres, así que me limito a decirle lo que estoy pensando—. Llevas unos zapatos increíbles.
Tienen una hebilla ancha en el empeine y otra a juego que rodea su delicado tobillo de una forma muy sensual. Son muy sexis. Si no trabajara en un pueblo pequeño y no me pasara la mayor parte del día cubierta de estiércol, me encantaría llevar unos zapatos así.
Sus dientes perfectamente blancos brillan.
—Gracias. Acabo de recibirlos.
Le respondo levantando el pulgar y sigo mi camino hasta llegar a Stefan mientras ella se dirige a su bmw deportivo aparcado más adelante. Por supuesto, tenía que conducir un bmw .
Cuanto antes acabe con esto y me vaya, mejor.
—¿No entras?
—No, no puedo. Tengo que ir a ver a Loki y luego regresaré a la clínica —miento. Asiente, pero no puede disimular la decepción que se apodera de sus facciones—. Oye, no sé cómo decir esto suavemente, así que voy a soltarlo sin más: no puedes volver a besarme.
Enarca una ceja, se cruza de brazos y se apoya en el marco de la puerta.
—Ah, ¿no?
—Es inapropiado. No debería haberlo permitido. —Tensa la mandíbula, pero no responde. Se limita a clavar en mí sus ojos verdes—. Podemos seguir siendo amigos, pero en secreto. Y cumpliré mi parte del trato. Saldremos una vez más.
—Mmm —dice, y parece cabreado.
—No eres mi tipo y yo no soy el tuyo. Es mejor así.
Dios, estoy divagando como una imbécil.
—¿No eres mi tipo? —Su cuerpo está en tensión, aunque cruza el pie sobre el tobillo con aire indiferente.
—No.
—¿Y yo no soy el tuyo?
—Exacto. —Mi voz suena clara y concisa, aunque por dentro estoy hecha polvo y me siento fatal.
—¿Y no puedo volver a besarte?
—Me alegro de que lo hayamos aclarado. —Sacudo la mano en la que llevo las llaves de la furgoneta y me doy media vuelta para marcharme.
Su voz me alcanza antes de que pueda esconderme en la seguridad de mi camioneta.
—Supongo que entonces tendré que esperar a que seas tú la que me bese.
Stefan Dalca es implacable.
El paquete que Stefan ha hecho llegar a mi apartamento para nuestra cita de esta noche me obligaba a hacer dos cosas, y no me gusta que nadie me diga lo que tengo que hacer. No hay más que preguntarle a mi familia…
Pero cuando he abierto la caja de zapatos, me he visto entre la espada y la pared.
Ya me sentía culpable por haberme dado media vuelta y haber escapado como un auténtica cobarde en lugar de contarle mi corazonada sobre Hank.
Me habían desconcertado tanto la mujer que salía de su casa y su reacción cuando le dije que teníamos que frenar las cosas entre nosotros que me quedé en blanco.
Ha pasado una semana y aún no sé qué pensar.
La culpa me está comiendo viva.
Ya me sentía como si estuviera metiendo las narices donde no me llaman.
En este trabajo oigo de todo y soy buena escuchando, pero no voy por ahí dando palos de ciego, y menos cuando no estoy segura.
Podría hacerle daño a mucha gente con mi corazonada; por ahora no es más que una hipótesis que no he investigado, y eso es lo que debería hacer: buscar más información antes de soltarlo todo.