16
Mira
Lo único que quiero en este mundo es poner las manos sobre su culo.
No sé cómo he pasado de querer alejarme de él a estar aquí, empapada, en medio del campo, deseando agarrar del culo al malote del pueblo.
Pero es que es un culo estupendo y yo ya estoy hundida hasta el cuello en malas decisiones, así que por qué no.
Deslizo un par de dedos entre los botones de su camisa para tirar de él más hacia mí.
Mi otra mano ha estado dibujando la línea de sus calzoncillos, pero ahora dejo que el cerebro reptiliano tome el control y meto los dedos entre la parte trasera de sus pantalones y la suave tela de sus calzoncillos.
Cuando aprieto, él me agarra del pelo y tira de él.
Su risa es oscura, aterciopelada y cargada de diversión, como si supiera que he ido demasiado lejos.
Siento su vibración en mis labios, y me estremece las entrañas.
Se apoya en mi frente y respiramos el mismo aire, suspendidos en el tiempo.
Un escalofrío me recorre la espalda y él me estrecha con sus musculosos brazos, que me rodean como un escudo.
—Tienes frío. Vamos a por tu chaqueta para largarnos de aquí.
—Dios, de verdad que no quiero volver a entrar. —La idea de enfrentarme a todo el mundo después de montar en cólera y salir corriendo de casa me supera. Además, estoy genial como estoy, aunque sé que cuando el frío se filtre entre nuestros cuerpos también lo hará la realidad.
Y no quiero enfrentarme a la realidad de haberme liado con Stefan Dalca ahora mismo.
Me acaricia la espalda en círculos para relajarme, y me entran ganas de ronronear. Supongo que porque ahora mismo soy como una gata en celo.
—Yo iré a buscarla. Vamos al coche.
Cuando se aparta, siento el frío, como sospechaba. El aire húmedo y la lluvia me calan en los huesos y me abrazo a mí misma para conservar el calor que me ha dado el cuerpo firme de Stefan.
Quiero que vuelva a estrecharme entre sus brazos, pero es una mala idea.
Los dos lo sabemos, y por eso andamos en silencio por la hierba empapada.
Abre la puerta del copiloto de su todoterreno plateado y yo me dejo caer en el asiento.
Ni siquiera me pone la mano en la espalda, y soy consciente de que no debería hacerlo, pero mi gata interior se muere por que lo haga.
Me encanta cómo me toca, de ese modo tan despreocupado; cómo me recorre el cuerpo como si fuera una obra de arte que debiera adorar.
Antes de entrar en casa, va hasta el lado del conductor y arranca el motor.
Pone la calefacción y me dedica una sonrisa que hace que se me caigan las bragas; va hasta la casa blanca y rectangular de mis padres, se agarra a la barandilla de hierro forjado y sube los peldaños de dos en dos.
Tiene los pantalones húmedos y se le pegan al culo.
Al culo que he tenido entre mis manos.
Es un culo fabuloso, y la parte superior de su cuerpo tampoco está nada mal, sobre todo con la camisa mojada que resalta cada músculo y se ciñe a sus anchos hombros de una forma de lo más seductora. Me encantaría ser esa camisa.
Me paso las manos por la cara.
¿Qué estoy haciendo?
Cuando aparto las manos, echo un vistazo a mi cuerpo en el interior del silencioso todoterreno.
La ropa de Stefan deja poco a la imaginación, pero mi vestido blanco parece un tul translúcido.
Se me ha pegado tanto al cuerpo que creo que puedo ver los pezones a través de la tela, y no solo porque todavía estén duros como guijarros por el modo en que me ha devorado.
Creía que no me hacía falta ponerme un sujetador con esta ropa, pero no he tenido en cuenta nuestro concurso de camisetas mojadas.
Levanto la cabeza cuando se abre la puerta.
—Toma.
Cojo la cazadora al momento y me tapo las tetas con ella. Me dedica una sonrisa cómplice y me guiña un ojo.
—Capullo —murmuro volviéndome hacia la ventanilla.
—¿Qué? Soy humano. ¿Se supone que tengo que protestar porque mi cita falsa lleva un vestido blanco mojado? Porque me niego.
—Sí, sí, sí, guárdatelo para tus fantasías, Stefan.
Pone la mano sobre el respaldo de mi asiento para dar marcha atrás.
—No te quepa duda. —Cambia la marcha y sonríe—. Supongo que el Señor Púrpura y tú os divertiréis mucho esta noche.
Capullo .
Desearía no sonrojarme. Estoy acostumbrada a hablar de sexo con mis amigas, pero hacerlo descaradamente y con un hombre es nuevo para mí.
Hay un montón de cosas que me gustaría hacer, que quiero probar, pero mis relaciones sexuales han sido tan escasas y mediocres que no he encontrado a nadie con quien me sintiera lo bastante cómoda como para experimentar.
Mi fachada de frialdad y seguridad en mí misma es una auténtica farsa cuando se trata de este tema.
Si estudio algo lo suficiente, consigo dominarlo, y eso es justo lo que intento hacer, pero me preocupa que Stefan no se lo trague.
—¿Vamos a hablar del beso?
—No.
—La doctora Mira Thorne besando al enemigo público número uno en medio del monte… —bromea—. ¿Qué van a decir las chicas?
Lo miro mal porque no quiero entrar en eso. Ya me castigaré por ello más tarde.
—¿Qué tal en casa? —pregunto cuando tomamos la carretera para regresar a Ruby Creek.
—Bien.
—Sí, y yo voy y me lo creo.
—Es verdad. Todo estaba como se merecían que estuviera después de lo que ha pasado.
—Ay, siento haberte hecho pasar por eso.
Se encoge de hombros sin apartar la vista de la oscura carretera.
—No te preocupes. Me lo he pasado bien.
—Ja, no es cierto.
—Lo es. Tus padres son muy hospitalarios, y adoro a tu nana. La comida ha sido excelente. Y el postre, todavía mejor.
No puedo evitar una carcajada: parece muy satisfecho consigo mismo.
—Tienes que entenderlo, Mira —continúa—.
En la casa en la que me crie no había risas ni reuniones familiares ni parientes que se metieran en mi vida.
¿Los tuyos se meten en todo? Sí. ¿Está fuera de lugar?
Por supuesto. Pero se preocupan por ti o no dirían nada. Lo sé porque es lo que me pasaba a mí.
Mierda… Cuando habla de ese modo…
—Lo siento. Mis problemas familiares deben de parecerte una tontería.
Sus ojos cargados de inteligencia brillan como esmeraldas.
—Claro que no. Cualquiera que crea que puede hablarte de ese modo delante de mí va a saber lo que es bueno.
Trago saliva. Por alguna razón, esa frase ha sonado a algo a largo plazo, como si en el futuro fuera a haber oportunidades de que alguien se pasara de la raya conmigo delante de él.
—Sé que mi madre me quería —continúa en voz baja—.
Se colaba en mi habitación a altas horas de la noche y me despertaba para charlar conmigo, quizá porque estaba demasiado borracha como para ser consciente de lo que hacía o porque estaba demasiado dormida como para que le importara.
Y porque al amparo de la oscuridad no podía ver los hematomas.
Siento una punzada en el corazón cuando me lo cuenta: esa sensación de que se te desgarra el pecho.
¿Cómo habrá sido? No puedo imaginarme no tener a mi madre riéndose y haciendo bromas con doble sentido mientras mira a mi padre como si quisiera bajarle la luna.
Cuando era más joven pensaba que era repugnante, pero ahora creo que es inspirador.
Quiero tener a alguien a quien mirar como si quisiera bajarle la luna después de treinta años de matrimonio.
—Era nuestro momento especial, en el que podía contarle cualquier cosa mientras estábamos ahí, acurrucados bajo el edredón. Esas noches me sentía a salvo, como si no hubiera secretos entre nosotros. En ese momento era la madre que siempre quise tener.
Parpadeo para alejar las lágrimas. Stefan se está abriendo a mí, y me ha tocado la fibra.
—Es un recuerdo de algo hermoso y, a la vez, terriblemente triste.
Su risa es amarga.
—Sí, lo era. —Sacude la cabeza y frunce los labios—. Hasta que ella lo echó todo a perder.
Una parte de mí sabe que no debería presionarle: esto es demasiado personal. Pero mi mente científica está orientada a la resolución de problemas y Stefan se está convirtiendo con rapidez en el más desafiante de mi vida.
—¿Qué ocurrió? —Una expresión de vulnerabilidad inunda su rostro. Parece más joven, más humano, con ese mechón de pelo dorado sobre la frente y el rubor rosado en sus altos pómulos—. No tienes por qué responderme si…
—No, no pasa nada. Confío en ti y sé que no vas a airear mi historia por todo Ruby Creek.
—Asiento, firme, y su pecho se estremece con un suspiro desgarrador—.
Él nos ignoraba casi siempre, a Nadia y a mí.
Recuerdo pensar que, en ocasiones, era amable con nosotros o, al menos, todo lo amable que podía ser alguien como él, pero un día se volvió contra mí.
Debió de ser el día en que todo salió a la luz.
No recuerdo cuándo empezó, pero sí la última vez que ocurrió.
Mi madre me defendió cuando salí corriendo a los establos y me escondí en la cuadra de mi caballo con los ojos cerrados, pero no antes de que él me rompiera la nariz.
Y cuando me encontró ahí encogido juró que iba a vender mi caballo.
Y ese mismo día los mozos de cuadra montaron en un remolque lo único que era mío de verdad y se lo llevaron.
—Stefan se aclara la garganta y desvía un segundo la mirada hacia la ventanilla del conductor—.
Al día siguiente hice las maletas y me fui a estudiar a Suiza. Tenía trece años.
—Dios mío. —Me tapo la boca con la mano—. No sabía que tenías un caballo.
—Era más como una mascota, pero era mío; mi mejor amigo.
Mi caballo del alma, mi refugio. Podía pasarme todo el día en el campo con él fingiendo que yo era cualquier otra persona: un caballero, un aventurero…
Las opciones eran infinitas. Cualquier cosa menos un niño atrapado en un hogar violento.
En las noches malas, me acurrucaba a dormir en el suelo de su cuadra, en el pequeño establo que teníamos.
Cuando Constantin lo vendió para darme una lección…
, bueno, lo único que aprendí es que un corazón roto no se cura jamás.
El silencio nos envuelve mientras asimilo lo que acaba de contarme.
Intento imaginarme a un niño rubio durmiendo en el suelo de un box y, en mi mente, ese niño se transforma en el hombre que he conocido estas dos últimas semanas: el que sigue durmiendo en el suelo de un box; el que me coge de la mano en el suelo de un box.
Stefan vuelve a hablar.
—Así que, a instancias de mi madre, me fui de casa y, con la nariz vendada y una maleta en la mano, dejé a mi hermanita ahí.
En ese momento me pareció un castigo. Me pareció que no me querían, y, en cierto sentido, supongo que era así.
Pero ahora puedo verlo como un acto de bondad.
Ella solo intentaba protegerme. —Se le mueve la nuez cuando traga sin apartar la mirada del parabrisas.
Contemplo su perfil, la pequeña imperfección de su nariz e intento imaginarlo sin ella, pero no soy capaz—.
Lo conoció cuando era joven y vulnerable.
Era una ingenua y le faltaba experiencia.
Él era rico y seductor, e imagino que se montó una fachada perfecta para atraerla.
Se casaron enseguida: fue un noviazgo muy breve.
En sus últimas horas, ella me contó que todo había sido maravilloso hasta que firmaron los papeles.
Me dijo… —Se aclara la garganta y sus dedos se ciñen al volante hasta que sus nudillos se ponen blancos—.
Me dijo que ya estaba embarazada de mí cuando lo conoció.
—Ay, joder…
Sonríe, apesadumbrado.
—Sí, joder. Él necesitaba una esposa joven y guapa para guardar las apariencias y ella necesitaba a alguien que la cuidara.
Estaba embarazada, no tenía estudios y era de un pueblo diminuto al otro lado del mundo.
Hizo lo que tenía que hacer, supongo, pero le salió el tiro por la culata cuando él descubrió que no era el padre.
Dios mío, es tan desgarrador que parece increíble. Es como una de esas telenovelas que me sentaba a ver con mi madre cuando volvía del instituto. Stefan se refugiaba en un establo y yo, mientras, veía telebasura y me reía con mi madre.
La vida a veces es muy cruel.
—No me lo confesó hasta que estuvo en su lecho de muerte, conectada a cables y máquinas. Y esa es una de las razones por las que vine.
Ladeo la cabeza.
—¿A qué te refieres? —pregunto cuando pasamos por los pastos oscuros. Ya casi hemos llegado.
—Me dijo que desearía no haber dejado jamás este pueblo.
Que debería haberse quedado a entrenar caballos de carreras.
No sé, al final era un poco incoherente, hablaba con susurros y frases entrecortadas.
A lo mejor todo esto es no es más que una búsqueda del tesoro inútil.
—Suspira con incredulidad—. Justo antes de morir, me dijo que mi padre biológico era camarero en Ruby Creek.