Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 15
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Stefan

Esto es divertidísimo. Me lo estoy pasando genial picando a Mira , y, además, estar en una casa repleta de gente feliz y cariñosa me hace sentir como si viviera en una serie de televisión o algo así.

Hay un montón de ruido, pero está cuajado de risas y camaradería.

Es el polo opuesto de la casa en la que me crie , y me encanta. Además, la comida huele que alimenta.

Tengo mucha hambre y, a juzgar por las miradas furtivas que me lanza Mira desde el otro lado del salón, ella también.

Ha estado deambulando por toda la casa y manteniendo las distancias desde que le he dicho que iba a hacerle suplicar. Quiero volver a ver cómo sus ojos se abren de par en par, pero cuando esté encima de ella y a punto de deslizarme entre sus piernas.

Tiene las mejillas sonrosadas y no deja de sonreír. Es impresionante y me tiene embelesado. Estoy intentando hablar con su padre de los pormenores de su profesión como agricultor de arándanos, pero no dejo de concentrarme en su hija.

Y en todo lo que quiero hacer con ella.

Si pudiera leerme la mente, me habría echado a patadas. Es brusco y listo, y sus respuestas son cortantes. Sus ojos me recuerdan a los de Mira por el color y por ese brillo de aguda inteligencia. Sería imbécil si lo subestimara, pero intento ablandarlo.

—¡La cena está lista! —grita Sylvia por encima de la música y el murmullo de la conversación, y nos hace un gesto hacia la enorme mesa familiar que han dispuesto para todos.

Sigo a la multitud. Ya me los han presentado a todos, pero mentiría si dijera que recuerdo los nombres o la relación entre ellos. Es abrumador.

El contenido de las salseras, el pan naan recién hecho y las samosas de las que estoy tan orgulloso tienen un aspecto sensacional.

Cuando puedo apartar la vista de la comida, me doy cuenta de que Mira se ha sentado en el extremo opuesto de la mesa, escabulléndose, como suele hacer, dando un paso atrás.

Me gusta cuando se defiende. En el trabajo es muy dura, pero este lado tímido y delicado de su vida personal es una nueva faceta.

Quizá tiene que ver con que no haya tenido nunca una relación seria. Eso justificaría la torpeza con la que se conduce conmigo en ocasiones, aunque es lo bastante madura para aparentar lo contrario. De cualquier forma, estoy encantado de haberme sentado junto a la nana. La vieja me cae bien.

—Mira, ¿de verdad vas a dejar solo a Stefan? —exclama su madre delante de todos. Y ojalá no lo hubiera hecho.

La buena noticia es que, si Mira quiere un hombre al que no le importe que siga teniendo su propia vida, sus propias ideas y objetivos, ese soy yo.

Me da exactamente igual que se haya sentado en el otro extremo de la mesa: he visto cómo me ha estado mirando toda la noche, y no me cabe duda de que donde habría querido acomodarse es sobre mi pene.

—Puede sentarse donde quiera —digo, pero Mira ya viene hacia mí con los dientes apretados. Muevo la silla y ella toma asiento como si no hubiera un solo músculo relajado en todo su cuerpo. Está muy enfadada y parece a punto de estrangular a alguien.

En realidad, me encanta esa faceta suya, esa mirada de fiera enjaulada. Esa fiereza es excitante. No tiene miedo de enseñar los dientes y a mí no me importa lo más mínimo que me muerda.

Acomodo mi silla junto a la de ella, que se acerca a mí.

—Gracias —murmura, escueta, y le doy un pequeño codazo.

La comida continúa y me concentro en saborearla.

Respondo a alguna que otra pregunta. ¿A qué me dedico? A los caballos de carreras. ¿De dónde es mi acento? Rumano. ¿La comida es demasiado picante para mí? No.

Me encanta todo. Y me encantaría que Nadia estuviera aquí para verlo. Quizá podría ayudarla con esa actitud hastiada. Ha crecido demasiado rápido y no sé cómo detenerla, pero ya pensaré en eso en otro momento.

—Mira, ¿vais a casaros pronto? —pregunta una mujer desde el otro lado de la mesa. Su tía, creo. La cuñada de su padre. Sonríe, pero me doy cuenta de que, como ha dicho Mira, hay una pizca de crítica en la pregunta, y eso me hace tensar los hombros y sentarme más erguido.

—¿Me pasas el pan naan, por favor? —intento interrumpir.

La mujer me lo pasa y Mira se echa un poco hacia mí.

— Naan .

—Es lo que acabo de decir. —Cojo la bandeja con una sonrisa amable.

—No, has dicho «pan naan ». Y está claro que es pan. Es como el chai: no hace falta que lo llames «té chai » —susurra, manteniendo la conversación entre nosotros con una divertida sonrisa.

—¿Mira? No me has contestado —interrumpe la mujer sin aceptar la salida que le he ofrecido.

Mira le da un mordisco al naan y mastica con rabia.

—No.

La mujer me echa un vistazo antes de volverse de nuevo hacia Mira. Y sé que lo siguiente que va a salir de su boca va a ser innecesariamente cruel. Deslizo una mano entre nosotros y la dejo sobre su muslo, que es donde debe estar.

—Pues es una pena. Estás demasiado centrada en tu trabajo, y ya no eres tan joven… —Mira se tensa y yo le acaricio el interior del muslo con el pulgar en un intento de calmarla—. En algún momento vas a tener que pensar en los hijos. No vas a sentirte plena hasta que no experimentes la maternidad.

Mira entrecierra los ojos y abre la boca, pero me apresuro a interrumpirla. Esa parte de mí que no ha podido proteger a las mujeres de mi vida sale a la superficie.

—Qué curioso —digo en voz alta para toda la mesa—. Ha sido un placer conoceros a todos, y esta noche he respondido a un montón de preguntas, pero nadie me ha preguntado por mi agenda de planificación familiar ni ha insinuado que se me esté pasando el arroz.

En el silencio que sigue a mis palabras se podría oír caer un alfiler.

¿He ido demasiado lejos? Hay quien diría que sí y quien diría que no lo suficiente.

Sonrío, tomo una cucharada de lentejas y mastico pensativamente, asegurándome de mirarlos a todos a los ojos, uno por uno, sin dejar de acariciar el muslo de Mira con el pulgar.

—Es fascinante que, como hombre, nadie se plantee hacerme esas preguntas, pero que, sin embargo, sea un tema de conversación perfectamente válido para una mujer joven con grandes metas profesionales y un nivel de compromiso envidiable.

—Nadie dice una sola palabra, pero veo que los labios de Sunny se crispan cuando se concentra en su comida.

Miro a la mujer que ha iniciado todo esto.

Parece avergonzada, pero me da igual. Yo también tengo un lado cruel, un lado protector, y que no haya sido capaz de defender a la gente que me importa en el pasado no significa que no pueda hacerlo ahora—.

A lo mejor podrías preguntarle por el potro prematuro al que ha salvado este mes.

Sigo comiendo; la nana me da un apretón delicado en la pierna antes de volver a concentrarse en su comida.

Pero estaba tan ocupado mirando a los demás que no me he fijado en la hermosa mujer que tengo al lado, que en este momento hierve de rabia.

Las lágrimas que anegan sus ojos me pillan por sorpresa.

Echa la silla hacia atrás con un fuerte chirrido.

—Disculpadme —masculla; se aleja de la mesa, furiosa, y se dirige a la puerta principal.

Como se ha ido, ya puedo sacar los dientes. No puedo evitarlo: fui criado por lobos.

Me limpio la boca con la servilleta de tela y la dejo sobre la mesa.

—La próxima persona que la haga llorar va a lamentarlo. —Echo la silla hacia atrás y me vuelvo hacia la nana—. Gracias por esta estupenda comida. Me encantaría volver a verla. —Luego me vuelvo hacia los señores Thorne—. Gracias por invitarme a su casa. Lo he pasado muy bien.

No añado nada más porque estoy furioso y no se me va a ocurrir nada agradable. El padre de Mira se interpone en mi camino y me estrecha la mano con un seco asentimiento. Sylvia parece a punto de echarse a llorar.

Como ha dicho Mira, son gente encantadora, pero temen tanto los enfrentamientos que se quedan sentados y no reaccionan a estas mierdas.

Por suerte, yo no soy tan encantador.

Voy dando zancadas hasta la puerta principal y me calzo los suaves mocasines marrones antes de salir al húmedo aire primaveral. Hace sol y calor, pero está lloviendo a cántaros, y confío en que Mira esté esperándome en el todoterreno, pero no es así.

Escudriño el camino bajo la lluvia que me empapa la fina camisa. El impulso de enfrentarme a alguien es incontrolable. La expresión de Mira cuando esa mujer siguió adelante a pesar de estar molestándola…

La ira inunda mis venas al recordarlo.

Nunca más .

Un destello blanco atrae mi atención al otro lado del patio.

Mira está de pie bajo la lluvia, con la vista perdida tras unos arbustos bajos.

Desde tan lejos parece diminuta, incluso frágil.

Mis pies van hacia ella antes de que mi cerebro sepa lo que están haciendo.

Solo quiero hablar con ella; sentarnos en el suelo del establo y pasar la noche hablando.

Quiero escuchar sus sueños y sus esperanzas. Quiero contarle todas mis cosas.

Quiero mis manos en su cuerpo, mi piel contra su piel.

—Hola —murmuro cuando estoy lo bastante cerca como para que me oiga por encima del repiqueteo de la lluvia. Alzo la vista y contemplo las oscuras nubes que rodean el valle y los brillantes rayos de sol que las atraviesan para bañarnos con su luz.

—Stefan, por favor, ahora no.

—Mira…

—Por favor, no —lloriquea; desde atrás puedo ver cómo se lleva las manos a los ojos. Intenta no llorar.

Es muy fuerte.

Me acerco más y le toco la espalda, donde la columna dibuja una hendidura. No sé por qué esa parte de su cuerpo me parece tan erótica, pero no puedo dejar de tocarla. Le recorro la columna vertebral con los dedos hasta llegar a la piel húmeda desnuda entre sus omóplatos.

—Stefan. —Se le quiebra la voz al pronunciar mi nombre—. No puedes seguir así.

La lluvia cae sobre nosotros y silencia cualquier otro sonido como si nos envolviera con un velo, con una capa que nos protegiera del resto del mundo.

—¿Seguir cómo?

Una gota rueda por su esbelto cuello, dibujando el camino que me gustaría trazar a mí.

—Haciendo que desee algo que no puedo tener.

El corazón me retumba con fuerza contra las costillas. No esperaba esa respuesta.

—No es lo que estoy haciendo.

Me aparta la mano de su espalda, pero no se aleja ni se da la vuelta. En lugar de eso, deja escapar un gemido y levanta la cabeza hacia el cielo, con el pelo húmedo pegándose a su rostro. Cierra los ojos y deja que la lluvia le lave la cara.

—Lo haces. Es todo lo que representas. Vienes aquí, encandilas a todo el mundo y no dudas en defenderme. Eso me hace pensar que podría tenerlo todo: una carrera, una familia… A alguien como tú. Pero no es real. Esto no es real. No es algo que pueda tener.

—Mira, escúchame —me acerco más a ella; huele a miel y a lluvia fresca—, claro que puedes tener todo eso.

—No lo entenderían. No me lo perdonarían. —Agacha la cabeza.

Contemplo la lluvia que brilla sobre su piel desnuda, bajo el manto de pelo negro que se desliza sobre su hombro.

—¿Y qué más da? —Me arden los dedos por el deseo de tocarla, y no me resisto.

Alargo la mano y, desde atrás, la sujeto de las caderas y acerco los labios a su nuca.

Mi lengua recoge las gotas de agua que hay ahí y ella gime.

Me aparto un segundo y veo la carne de gallina que recorre sus brazos: un signo inequívoco—. Dime que esto no es real, Mira.

Se estremece cuando suspira; con la diferencia de altura, por encima de su hombro puedo ver la curva de sus pechos: turgentes, redondeados y cubiertos de gotitas.

No puedo apartar la vista de ella y, cuando se vuelve para mirarme por encima del hombro, sus ojos oscuros brillan con un fuego en el que bailan todos los tonos del ámbar, el burdeos y el negro. Parece una criatura de otro mundo.

Sus labios como pétalos de rosa se entreabren mientras escudriña mi rostro, y me pregunto si mi expresión parece tan hambrienta como la de ella.

—Es real. —Su voz es ronca y sensual; paso la mano por su cintura y la hago volverse hacia mí.

Esos labios carnosos…, el modo en que se han movido mientras pronuncia la palabra «real». El corazón me dice que de verdad lo es, y ya estoy harto de fingir lo contrario.

Le acaricio el cuello y paseo el pulgar por su mandíbula cuando la beso. Abre los labios al instante para mí y se derrite entre mis brazos. Se deshace de sus reticencias como si fueran ropa sucia que ha tirado y ha dejado olvidada en el suelo.

Nos fundimos el uno en el otro, en ese campo verde y exuberante, humedecido con la lluvia fresca de la primavera, y nos rendimos a la atracción que sentimos.

Le acaricio la lengua con la mía y ella, con el mismo fervor, me recorre el cuerpo con las manos. Mete una bajo mi camisa y sus largos dedos recorren la línea de mis abdominales; gime en mi boca y se agarra, frenética, a la tela, como si no pudiera acercarse lo suficiente.

El mundo sigue girando a nuestro alrededor, pero nosotros estamos perdidos el uno en el otro. Y, joder, qué bien sienta. Sabía que podía ser explosivo, pero esto es como una droga que altera la mente.

Es el mejor beso de mi vida.

Nuestros labios desenfrenados se vuelven lánguidos y exploradores. Disfruto del contacto con su piel húmeda y ella se abraza a mi cuello como si no quisiera soltarme jamás.

Y espero que no lo haga.

Le encierro la cara entre las manos y la beso en la mejilla; su cuerpo se ciñe al mío cuando intenta estar más cerca de mí. Recorro con besos suaves un sendero hasta el nacimiento del pelo y no siento ni un ápice de culpa por la escena que acabo de montar en la mesa.

Esta mujer es mi perdición, y voy a hacer lo que esté en mi mano para demostrarle que soy digno de ella. No permitiré que nadie se interponga en mi camino para conseguirlo.

—No deberíamos hacer esto. —Apoya la mejilla en mis labios, anhelante—. Alguien podría pillarnos.

La beso en la frente, deslizo los labios por el puente de su nariz y le sujeto la cara con las dos manos para levantarle la cabeza.

—Pues que nos pillen. —Y me apodero de nuevo de sus labios; me embebo del gemido que deja escapar y memorizo su sonido.

No quiero olvidar jamás este beso: las sensaciones, el olor, el repiqueteo de la lluvia mientras Mira gime en mi boca. Es uno de esos besos que podrían salir en el libro Guinness de los récords.

Pero entonces su mano se desliza por mi espalda y desaparece bajo mi camiseta. Las puntas de sus dedos recorren la parte superior de mis bóxers y se cuelan bajo el elástico.

Esto no solo podría salir en el Guinness.

Esto es el Guinness.