14
Mira
Llegamos a la puerta principal de la casa blanca de dos pisos de mis padres.
Está rodeada por un extenso jardín que linda con los campos llenos de arbustos de arándanos; la mantienen bien cuidada, pero está anticuada.
Jamás me había acomplejado, pero ahora, con Stefan aquí, se me revuelve el estómago.
En comparación, su casa es pura opulencia, de un lujo increíble comparada con la granja en la que me crie.
Es demasiado elegante al lado de la propiedad de mi familia.
Le dije que se vistiera con ropa informal, así que lleva una camisa blanca y un pantalón chino azul marino, y ni aun así parece poco arreglado.
Se ha doblado los bajos del pantalón y se ha puesto unos mocasines sin calcetines.
Supongo que para él esa es la definición de «vestimenta informal», pero algo en él rezuma pura clase, y parece salido de una revista de moda.
Y, además, me desconcierta: ¿cómo puede estar tan tranquilo sabiendo que va a fingir que estamos juntos delante de un montón de desconocidos?
Estoy flipando.
Y sé que nos van a pillar.
Agarro el pomo de la puerta y me quedo quieta. En cuanto lo gire, no habrá vuelta atrás. ¿Estoy en uno de esos momentos de los que hablaba Hank, de los que pueden cambiar el rumbo de tu vida para siempre? Un simple giro a un pomo desgastado de latón.
—¿Estás instalando una actualización importante? —se burla Stefan detrás de mí.
¿Cómo puede bromear en un momento así?
Se acerca, posa una mano en la parte baja de mi espalda y con la otra me agarra la mano que tengo libre. Me besa en la palma, como la otra vez, y mi cuerpo se estremece…, como la otra vez.
Ojalá dejara de tocarme. Y no porque no quiera que me toque, sino porque sí quiero. Y no debería. Todavía puedo sentir la huella invisible que su mano ha dejado en mi muslo desnudo, y espero que permanezca ahí para siempre.
Estoy jodida.
—Vamos, Mirandroide, todo va a salir bien. Yo te guardo las espaldas. —Su cuerpo se estrecha contra el mío y me reprendo por haberme echado hacia él.
No tengo ni idea de cuándo Dalca el capullo se ha convertido en mi apoyo, pero ahora mismo estoy demasiado estresada como para luchar contra ese sentimiento. Es un muro de músculos a mi espalda: alto, firme y tranquilizador.
Giro el pomo por fin y abro la puerta.
Al cabo de unos segundos me llega el olor a comino y el grito de mi madre.
—¡Mira! ¡Ya estás aquí!
Está en lo alto de la escalera, con su pelo castaño surcado de hebras grises, un vestido holgado de algodón, pendientes de plumas y un par de sandalias destrozadas.
Mi madre es una hippie de corazón y, aunque somos muy diferentes, no puedo evitar sonreír al verla.
Antes de mudarme al Gold Rush Ranch, vivía en esta casa y, por muy patético que fuera para una mujer de veintitantos años, mentiría si dijera que no echo de menos a mis padres y a mi nana, que también vive aquí.
Es difícil pasar de ver a tu familia todos los días a encontrarte con ellos un par de veces al mes.
—Hola, mamá.
Baja las escaleras a toda prisa y me estrecha en un fuerte abrazo.
—Ay, mi niña. Me alegro mucho de verte.
Me está estrangulando. O a lo mejor es que no puedo respirar con Stefan tan cerca. Finalmente se aparta un poco sin soltarme y mira por encima de mi hombro.
—¿Y a quién tenemos aquí?
Se me hace un nudo en la garganta y sé que estoy a punto de echarlo todo a perder.
—Señora Thorne, soy Stefan. Es un placer conocerla. —Stefan me rodea y tiende una mano para estrechar la de mi madre, mientras que la otra sigue en la parte baja de mi espalda. Me reconforta tenerla ahí, como un apoyo silencioso. Mi cuerpo jamás dejará de reaccionar a él.
—Ay, por favor. —Mi madre se sonroja—. Llámame Sylvia.
Desliza la vista hasta la mano que reposa sobre mi espalda y sus labios dibujan una sonrisa.
—¡Sunny! ¡Ven a conocer a Stefan! ¡Es el novio de Mira!
Novio.
La palabra cae como una losa sobre nosotros y me tenso al oírla. A modo de respuesta, Stefan me acaricia la espalda y me estremezco por entero; incluso tengo que ahogar un gemido: la tela de mi vestido es demasiado fina.
Juro que mi cerebro está a punto cortocircuitar.
Me he convertido oficialmente en una de «esas» chicas.
Mi padre aparece en lo alto de la escalera con su barba bien recortada y cruzado de brazos. Su espeso cabello negro y sus ojos son idénticos a los míos. Mira a Stefan con el ceño fruncido y eso me hace sonreír.
Sunny es parco en palabras, pero por sus acciones sé que soy la niña de sus ojos.
Cuando me dejó en la universidad no soltó ni una lágrima ni prometió visitarme.
Me ayudó a deshacer las maletas y dejó un sobre con mil dólares en efectivo bajo la almohada para que lo encontrara más tarde.
Jamás me ha mimado ni me ha tratado como si fuera menos capaz de lo que soy.
Jamás me ha dado la charla tipo «Si te toca, es hombre muerto».
Es un hombre moderno que adoptó el apellido de mi madre cuando se casaron.
Pero al verlo ahora mismo no puedo reprimir una risita: baja las escaleras con los ojos entrecerrados, y voy a arriesgarme a decir que no le ha hecho ninguna gracia que su hijita haya traído a un hombre a casa.
—Señor Thorne, muchas gracias por invitarme. —Stefan se acerca a las escaleras y le tiende la mano.
—Ha sido Mira la que te ha invitado —gruñe, y le estrecha la mano con fuerza.
Bueno, esto sí que ha sido un gran comienzo.
—Y yo me alegro de que lo haya hecho. —Stefan, imperturbable, le sonríe a mi padre.
Nos quitamos los zapatos y entramos juntos en casa para encontrarnos con la bulliciosa familia de mi padre, todos bajo el mismo techo.
Es canadiense de segunda generación y sus hermanos están desperdigados por todo el país, y por eso celebramos esta reunión anual.
Aunque la mayoría vienen para ver a mi nana.
Mi abuela está ante la mesa de la cocina, doblando samosas con cara de aburrimiento. Podría hacerlo con los ojos cerrados.
—Hola, nana. ¿Voy a poder llevarme unas cuantas a casa?
Ella sacude la cabeza.
—¿Crees que soy tan vieja que me he olvidado de que acaparas comida como si fueras una ardilla preparándose para el invierno?
Me río porque tiene razón: siempre tengo samosas almacenadas en el congelador.
—Nana, este es Stefan. —Stefan está de pie al otro lado de la mesa, mirándose las manos—. Es mi… —No creo que pueda mentirle.
—Soy su novio —dice, como si no le importara lo más mínimo fingir.
Mi nana lo mira y sonríe.
—Es rubio.
Ay, Dios. Se ha dado cuenta.
—No es tan rubio —respondo, repitiendo las palabras de Stefan e intentando aparentar despreocupación, aunque la miro con los ojos desorbitados.
Stefan se ríe y sacude la cabeza como si me hubiera vuelto loca.
—¿Puedo ayudar? —Coge una silla y se sienta frente a mi abuela con absoluta naturalidad.
Ella se encoge de hombros, pero le acerca una pila de hojas de masa y deja el cuenco con el relleno en el centro. No le da ninguna instrucción: se limita a esperar a que él se haga cargo de todo.
Los agudos ojos de Stefan se clavan en ella y estudian sus movimientos.
Después de ver cómo envuelve un par, lleva la mano al cuenco y coge una cucharada de relleno para hacer su primera samosa .
Su mirada va de la masa a mi nana para imitar sus movimientos.
Ha aceptado el desafío y ha hecho una samosa perfecta.
Mi nana lo evalúa con la mirada cuando va a hacer el siguiente. No se molesta en elogiarlo, y, en cambio, se dirige a mí.
—Está bien, Mira, puedes irte.
Stefan ni siquiera levanta la vista hacia mí, absorto en la fabricación de la siguiente. Parece tan entusiasmado por aprender a hacerlas que se me encoge el corazón. El modo en que desliza la punta de la lengua por sus labios y su gesto concentrado me provocan un hormigueo en las tripas.
Pero me han echado, así que cojo dos cervezas de la nevera y dejo una delante de Stefan antes de marcharme, deslizando la mano libre por sus hombros.
No sé por qué lo he hecho. Quizá porque he sentido la abrumadora necesidad de devolverle el favor y agradecerle lo que está haciendo por mí.
Y aún no entiendo por qué está haciendo esto por mí.
«No eres un peón, Mira. Eres la recompensa».
No consigo borrar esa frase de mi mente por mucho que lo intente. Es como si la hubiera grabado en mi cerebro como los adolescentes graban sus iniciales en una mesa de pícnic. No se puede borrar: sigue ahí, y yo estoy atrapada.
Cuando entro en el salón me recibe un coro de saludos, abrazos y palmaditas en la espalda. Mis primos, mis tíos, mis tías… Es muy agradable verlos, pero también abrumador. Prefiero socializar de uno en uno o en grupos pequeños: es más relajante, más íntimo; menos caótico.
La marea de gente me rodea y, apoyada en la pared, charlo cuando es necesario, aunque mi mirada se desliza una y otra vez hacia Stefan, que sigue encorvado sobre la mesa, trabajando en silencio con mi abuela.
Siento una extraña punzada en el pecho y abandono cualquier pretensión de mirar hacia otra parte que hubiera esperado albergar.
Me permito contemplar sus manos moviéndose con destreza, los músculos de sus antebrazos flexionándose bajo la camisa de vestir que se ha remangado.
Está muy concentrado, y yo, absolutamente embelesada.
Es como verle besar a Loki en la nariz o acariciar la testuz de Farrah con amor y respeto.
¿Y si todo este tiempo he estado equivocada sobre él?
—Cariño, no dejas de mirarlo. —El codazo de mi madre me arranca de mi ensoñación.
—Ay, mierda, lo siento. —Me sonrojo al instante.
—No lo sientas. Es digno de mirar.
Pongo los ojos en blanco, bebo un sorbo de cerveza y echo otro vistazo a la mesa.
En ese preciso instante, Stefan levanta la mirada y me pilla de lleno.
Una lenta sonrisa se dibuja en su rostro y desliza la vista por mi cuerpo.
El calor me llega a la médula de los huesos, y creo que podría derretirme solo con que me mire así, como si me desnudara con los ojos y quisiera devorarme.
Termina con un guiño socarrón y se me caen las bragas. Un guiño y, plaf, al suelo.
Aparto la vista, parpadeo y doy un trago absurdo a la cerveza ya vacía.
—La química entre vosotros es brutal. Apuesto a que el sexo es increíble.
Y aquí viene el espíritu libre. El lado Kama Sutra de mi madre, que siempre aparece cuando se toma un par de copas de vino.
—Mamá, por favor…
Stefan, al que mi nana acaba de despedir con un gesto, se está acercando a nosotras justo cuando mi madre sigue hablando.
—Mira, tu padre también me miraba así. ¿Y sabes qué? El sexo era sensacional, y todavía lo es. El matrimonio a veces es duro, pero el buen sexo lo hace más fácil.
Que alguien me mate y me entierre ahora mismo…
—Sabias palabras —dice Stefan al llegar a mi lado; me rodea la cintura con aire posesivo y me da un beso distraído en la sien, como si fuera lo más normal del mundo. Como si esto fuera de verdad.
Y ahora mismo parece de verdad, aquí, en la casa de mi familia, y con él comportándose de forma amable, educada y encantadora.
Es desconcertante.
Mi madre sonríe y nos deja para unirse a otro grupo, sin inmutarse lo más mínimo. Estoy segura de que se está imaginando a Stefan prometiéndole que va a tener nietos.
—¿Qué estás haciendo? —digo entre dientes, con un susurro que tiene alma de grito.
Me lleva hacia él y susurra contra mi pelo.
—Finjo que soy tu novio, como querías. Sabes que la gente que sale junta se toca, ¿verdad?
—No sabría decirte —resoplo.
Le echo un vistazo y me encuentro con su cara de confusión.
—¿Perdona?
—Lo que has oído.
—¿Estás insinuando que nunca has salido con nadie?
Vuelvo a intentar beber de la botella vacía, como si fuera un bebé nervioso que usa el chupete para calmarse. Me pregunto distraídamente si las botellas de cerveza son el equivalente en adultos.
—Poner esos bonitos labios alrededor del cuello de la botella no es una respuesta, Mira.
Inhalo lo que sea que hubiera quedado en la botella y acabo tosiendo; él me acaricia la espalda con suavidad.
—No puedes decir esas cosas.
—Responde a la pregunta. —Me pasa el pulgar por la mejilla y me limpia una lágrima que me ha provocado el ataque de tos.
Inspiro hondo.
—No estaba insinuando nada. Decía que nunca he salido en serio con nadie.
—¿Por qué?
—Porque no he querido.
—¿Por qué? —insiste con una risita grave y oscura.
—Porque la idea de depender de un hombre me saca de quicio. No quiero tener que dar explicaciones sobre lo que hago o sobre dónde estoy. No me gusta sentir que no puedo hacer lo que me dé la gana sin comentarlo con otra persona, y esa expectativa siempre está ahí.
—¿Y qué más? —Su aliento cálido me recorre el cuello. Si girara la cabeza, podría besarlo y acabar de una vez con todo esto.
Dios, ¿por qué estamos hablando de esto en el medio de la sala de estar de mi familia?
—Porque puedo follar mejor con el Señor Púrpura que con cualquier otro hombre —susurro para despistarlo.
No sé por qué he llegado a pensar que eso lo despistaría. Este tío es como un perro con un hueso: implacable.
Se pasa la lengua por el interior del carrillo y eso sí me distrae a mí. Giro la cabeza para ver si alguien se ha dado cuenta de lo que está pasando, pero nadie nos mira. Todos están tan contentos y relajados en sus respectivas charlas.
No como yo. Se me encoge el estómago cuando Stefan me susurra al oído.
—Reto aceptado. Pero no vamos a follar hasta que me lo supliques.
Y luego se va a unirse a otra conversación como si no acabara de poner mi mundo patas arriba.