13 #2
—Vale, pues esperaré conteniendo el aliento a que se den esas circunstancias.
Me río. Me gusta que esté a la que salta, que esté nerviosa. Me gusta pensar que está nerviosa por mí.
Está a punto de entrar en el box cuando se vuelve hacia mí.
—Dime la verdad: ¿tienes conexiones con la mafia? La gente va por ahí diciendo que es así, y tú no lo has desmentido. ¿Me vas a llamar un día para que le ponga puntos a alguien en el cuarto trasero?
Suelto una carcajada. Los cotilleos de los pueblos son muy maliciosos… y están muy equivocados.
—No. No tengo ni la menor idea de cómo empezó el rumor. Probablemente porque llegué al pueblo con un pasado misterioso, una actitud despectiva y más dinero del que puedo gastar.
—¿Y de dónde sale todo ese dinero? La mayoría de los multimillonarios de tu edad no se pasan el día sentados en un establo esperando a que aparezca la veterinaria para abordarla con insinuaciones sexuales.
Uf. Está cabreada. Pero ya que hablamos sin tapujos, bien podría sincerarme.
—Cogí la compañía naviera multimillonaria de mi padre y la vendí por partes.
Se pasó la vida levantándola y maltratando a mi madre, y me quitó lo que más quería, así que yo cogí lo que más quería él y lo desmonté.
Deshice la empresa, eché a perder el trabajo de su vida y disfruté haciéndolo.
También firmé su no- rcp con una enorme sonrisa.
Fue lo más parecido a matar yo mismo a ese cabrón.
—Se queda paralizada, y me pregunto si he ido demasiado lejos.
Solo alguien con el corazón emponzoñado podría disfrutar con algo así.
Pero sigo explicándome—. Con parte de ese dinero compré este lugar y fundé un refugio en el centro para víctimas de violencia doméstica.
Lo financio y estoy en la junta. —Alzo las manos y miro a mi alrededor—.
Mi madre me dijo en su lecho de muerte, antes de que sus lesiones acabaran con ella, que habría querido quedarse en Ruby Creek y dirigir unos establos de caballos de carreras, así que eso fue lo que decidí hacer.
Mira traga saliva. Creo que he conseguido aplacarla un poco.
—Bien. —Asiente como si mi respuesta la hubiera complacido y abre la puerta del box, aunque se detiene antes de examinar al potro y me mira por encima del hombro—. ¿Quieres perjudicar a mis amigos o solo son negocios?
Sus ojos oscuros combinan a la perfección con su pelo negro en la penumbra del establo: son como ónice pulido. Sus labios son como pétalos de rosa, e igual de suaves. Podría empotrarla contra la pared y devorarla ahora mismo, pero debo ir despacio para no estropearlo todo.
—No. —Esa palabra queda flotando entre nosotros y le sostengo la mirada, deseando que me crea, que me vea como algo más que la suma de mis errores pasados—. Te lo prometo.
Sus labios se estrechan en una fina línea.
—De acuerdo. Estaré aquí mañana a las tres. No te pongas traje.
Se me calientan las entrañas al pensar que nuestra «falsa» cita de mañana sigue en pie.
—¿Por qué no?
—Nadie va a tragarse que salgo con un tipo que viste de traje. Así que… —me mira de arriba abajo— ponte algo informal o nadie va a creerse que eres mi tipo.
Casi suelto una carcajada. Ya veremos.
—¿Es porque no soy de color púrpura ni estoy hecho de silicona? —pregunto con un murmullo conspirador, y ella se sonroja.
—No van a tragárselo, en serio.
Sé que está hablando, pero solo puedo mirar cómo pone las manos sobre la parte de los muslos que el vestido deja al descubierto. Lleva un vestido blanco de encaje, zapatillas de deporte blancas y una chaqueta vaquera, y debería apartar la vista, pero, maldita sea, es casi pornográfico.
—¿Tragarse el qué? —pregunto, obligándome a mirar el sendero que serpentea entre las colinas.
Después de una primavera lluviosa, hoy hace un día cálido, y parece que todo lo que era marrón se ha convertido en verde brillante. Me alegro de llevar puestas las gafas de sol para el camino… y para contemplar a Mira a placer.
—Mira…
—Soy una mujer muy inteligente. Fui la primera de mi promoción en la facultad de Veterinaria. Tengo un coeficiente intelectual de ciento cuarenta. La gente como yo no hace este tipo de cosas y se sale con la suya.
Está entrando en bucle.
—Mira…
—¿Y contigo? Por favor, ¿en qué estaba pensando? —Se aparta el pelo de la cara—. Eres rubio, por amor de Dios. Se darán cuenta al momento. Nunca me han gustado los rubios. Llevan toda la vida haciendo bromas a mi costa porque tengo un «tipo» muy definido.
Sí, claro…
Alargo la mano y le aprieto el muslo. Su piel es suave y cálida y un escalofrío me recorre el brazo.
—Mira. —Deja de despotricar y se queda mirando la mano que tengo en su pierna—.
Todo va a salir bien. Se me dan bien estas cosas.
Déjamelo a mí. Y, además, no soy tan rubio.
—No dice nada, solo se queda ahí, petrificada, mirando fijamente mi mano.
Podría deslizarla por el muslo y apartarle las bragas: seguro que un orgasmo en condiciones le tranquilizaba.
Se me pone dura solo con pensarlo y me obligo a concentrarme en la carretera—. ¿Confías en mí?
Se reclina en el asiento y mira por la ventanilla. No hace ademán de apartarme la mano, pero no dice ni una palabra en un buen rato.
Y si no hubiera estado tan pendiente de sus palabras, de cada inspiración, a lo mejor no le habría oído decir: «Creo que sí».