Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 13
40%

13

Stefan

Suena la campana, se abren las puertas y la nueva potra gris sale volando con las orejas tiesas. Tiene cara de ángel, pero corre como un demonio.

Baja la cabeza y se pone en marcha sin dudarlo. La temporada aún no ha empezado, pero, para cuando lo haga, estará lista. José se alza en los estribos, cabalgando sobre ella, dejando que lleve la iniciativa y sin sobredirigirla, como hacía Patrick cuando corría.

Tampoco solía venir a los entrenamientos: si no era el día de la carrera, no aparecía por Bell Point Park.

Puedo imaginármelo en su mansión, con uno de esos batines de terciopelo rojo que se ven en las películas, fumando un puro.

Ese tío es un auténtico imbécil, y no veo la hora de acabar con él de una vez.

José y Silver pasan junto a mí a toda máquina, apartando mi atención de los planes que tengo para Patrick.

Haciendo honor a su nombre, la yegua parece un rayo plateado.

Apenas veo un borrón cuando pasa al galope, con su pelaje oscuro brillando bajo el sol.

Es una yegua preciosa, aunque la última vez que hablé con José me dijo que era «una auténtica cabrona», pero que «esa actitud le hará ganar carreras».

Sus ancas musculosas la impulsan en la curva, y no puedo evitar sonreír.

Deberíamos llamarla «Buscavidas»: es una ganadora.

Y, además, algún día será una estupenda yegua de cría.

Satisfecho con lo que acabo de ver, doy media vuelta y regreso a los establos para charlar un poco con los empleados del hipódromo.

Paso por el círculo de ganadores —un lugar en el que me gustaría estar más a menudo— y voy hacia los establos.

Esto está muy tranquilo en esta época del año porque no hay espectadores, solo el personal, que trabaja con rapidez y eficiencia.

Por eso me sorprende escuchar la voz de Patrick Cassel a la entrada del primer pasillo.

—Estarías mucho más guapa si sonrieras, ¿sabes?

Pongo los ojos en blanco y me detengo a la vuelta de la esquina, fuera de su vista.

—Sonreiré cuando me enseñes qué escondes en el bolsillo.

Se me hiela la sangre: reconocería esa voz en cualquier parte.

Y eso hace que me ponga en marcha, porque de ninguna manera voy a dejar a Mira sola con Patrick, aunque, a decir verdad, intervendría aunque fuera cualquier otra persona, porque el mero hecho de que esté en las instalaciones cuando no hay carrera ya es sospechoso.

Con las manos en los bolsillos y la barbilla levantada, voy hacia la entrada, me apoyo en el marco de la puerta y cruzo despreocupadamente un tobillo sobre el otro.

Mira me ve al momento, pero Patrick no se da ni cuenta de que estoy detrás de él. Su falta de instinto de autopreservación es impresionante.

—Creo que la doctora Thorne está especialmente encantadora cuando frunce el ceño —digo con lo que casi parece un gruñido. Y es lógico: ver a Patrick con Mira en el establo, a solas, me hace sentirme un poco agresivo.

Se da media vuelta con las mejillas enrojecidas y los labios curvados en una sonrisa maliciosa que no me ofrece ni la más mínima confianza.

—Stefan, me alegro de verte.

Su tono dice que no se alegra en absoluto.

—¿Has encontrado tu ética laboral perdida, Patrick, y estás haciendo horas extra? Creo que jamás te he visto por aquí en un día libre.

Me mira con desprecio; tras él, Mira se muerde la lengua, con los ojos clavados en los bolsillos de la cazadora de Patrick, donde tiene las manos. Está claro que esconde algo, pero eso ya lo imaginaba.

—Vete a la mierda, Dalca. Me despediste, ¿recuerdas? Lo que haga ahora no es asunto tuyo.

Aprieto los puños dentro de los bolsillos. El problema con los tíos como Patrick es que se creen mucho más listos de lo que son. Piensa que es la persona más lista de este lugar solo porque no lo hemos pillado. Aún.

—Como responsable de la salud y el bienestar de los caballos —interviene Mira—, que intentes entrar en los boxes es asunto mío.

Resopla y se vuelve en su dirección.

—No pretendía tal cosa. Solo he tomado un atajo a través de los establos.

Miente fatal, y sé que Mira también opina lo mismo por el modo en que arquea una ceja.

—Sí, claro. —Si las miradas matasen, Patrick se habría desplomado ahí mismo.

—Vale, Mira, pues consigue una orden de detención. —Se ríe, condescendiente—. Nadie va a creer a una pueblerina que se comporta como una zo…

Ah, no, hasta ahí.

Alargo la mano y le rodeo la nuca con los dedos con la fuerza suficiente para hacerle daño.

—Es «doctora Thorne». Y es hora de que te vayas. Ya. —Tenso los dedos, que me palpitan con fuerza.

Como es una rata cobarde, intenta marcharse de inmediato, pero lo retengo, me acerco a su oído y dejo escapar una risita tenebrosa.

—Un caballero como tú no se iría sin disculparse antes con la doctora Thorne, ¿verdad?

—Por supuesto —dice con un hilo de voz, aunque la rabia contenida burbujea bajo esas palabras perfectamente pronunciadas. Claro, que tampoco es lo bastante valiente como para hacer algo al respecto—. Mis disculpas, doctora Thorne. Y ahora quítame las manos de encima, Dalca.

Se retuerce como un pez para escapar de mis garras. Ojalá tuviera un bate para acabar con su sufrimiento, aunque es lo bastante patético como para hacerme sonreír cuando lo suelto y se marcha con la cabeza más alta de lo que debería alguien que está huyendo de una batalla perdida.

—Estaba tramando algo. —Mira escruta mi cara como si quisiera leerme la mente.

—Sin duda. —Vuelvo a meterme las manos en los bolsillos para reprimir el impulso de abrazarla y asegurarme de que todo va bien—. Pero tiene razón: no podemos demostrarlo sin que lo detengan y lo cacheen.

Suelta un gruñido de insatisfacción y levanta la barbilla en un gesto de despedida.

—Gracias por intervenir —dice; baja la mirada y se da media vuelta hacia la oscuridad de los establos.

—De nada. —Mis ojos se clavan en su culo firme: nadie debería estar tan irresistible vestido con pantalones cargo —. ¿Mira?

—¿Sí?

Se vuelve en mi dirección sin dejar de caminar hacia atrás para aumentar la distancia entre nosotros, aunque con eso solo consigue que la atracción sea más poderosa que nunca.

—Sonríe solo cuando te apetezca.

Frunce los labios, y estoy seguro de que intenta ocultar una sonrisa, y de nuevo clava en mí una mirada repleta de preguntas y confusión.

Se marcha por fin como si no pudiera alejarse lo bastante rápido. Desde que le dije que la deseaba, se muestra muy incómoda en mi compañía.

Sacudo la cabeza: me maravilla que, cuanto más confundida está conmigo, menos lo estoy yo con ella.

Hace tiempo intenté evitar a Mira y no funcionó.

Ahora, al parecer, es ella quien intenta evitarme.

Se supone que mañana tengo que acompañarla a ver a su familia, pero no le he visto el pelo desde nuestro encontronazo con Patrick.

Sé que ha venido a ver a Loki porque sus notas y sus iniciales están en la historia clínica que cuelga de la puerta del box, pero no tengo ni idea de cuándo volverá porque no responde a mis mensajes.

Y llamar a la clínica no sirve de nada porque quien atiende el teléfono ahora es mi hermana, que no para de hablar.

Así que pienso sentarme en el suelo del establo y esperar a que aparezca.

Quizá fui demasiado atrevido la otra noche, pero no me arrepiento.

Me niego a permitir que una mujer como Mira vaya por ahí pensando que no es una auténtica diosa.

No es un instrumento ni mucho menos un peón.

Sus amigos no me importan tanto como piensa.

¿Quería comprar ese caballo? Sí. ¿Mi oferta fue un poco deshonesta? Sí, también.

Pero solo son negocios. Soy consciente de que Billie me odia, es lo que hay, y me da igual: no tiene nada que ver en lo que siento por Mira.

Estoy decidido a demostrarle que no soy el imbécil que cree y que, definitivamente, no estoy jugando con ella. Y que la deseo.

Lo que empezó como atracción se convirtió en curiosidad y, después, en una tímida amistad cuando me dejó ver a la mujer que hay debajo de esa sonrisa arrogante y esas miradas sarcásticas. Quiero una oportunidad con esa mujer, pero antes tengo que ablandarla un poco.

Primer paso: hablar con ella.

Segundo paso: cortejarla.

Tercer paso: conquistarla.

Mira es introvertida y mucho más tímida de lo que pensaba. Asustadiza, incluso. Parece una sirena tentadora y segura de sí misma, pero en cuanto le presiono un poco es como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche.

Pienso tomármelo con calma porque soy un hombre paciente y sé que la espera va a merecer la pena.

Así que me quedo en los establos por la noche y hasta ceno ahí. Pasan dos horas hasta que aparece, cierra la puerta con cuidado a su espalda, me ve y se frena en seco.

—Hola —saludo en voz baja en la intimidad de los establos.

—Hola —responde con brusquedad. Pone los brazos en jarras y separa las piernas. Lleva esa mirada y esa actitud como si fueran su armadura—. ¿Estabas esperando por mí?

—Sí. —No tiene sentido mentir—. Me has estado evitando.

—¡Ja! —ríe—. ¿Por qué será?

—¿Tan malo soy? —Esbozo una sonrisilla, pero una parte de mí no quiere que responda. Si ella supiera…

—No, Stefan, no eres tú, soy yo. No me siento bien mintiéndoles a mis amigos sobre nuestro acuerdo o escondiéndome para pasar el rato contigo. Y ya estaba pasándolo lo bastante mal cuando tuviste que decir lo que dijiste y ponerme las cosas más difíciles.

—¿Ponerte las cosas difíciles? ¿Eso significa que estás dándoles vueltas?

Bien. Hay una parte muy mezquina de mí que quiere que esté tan confusa como yo.

—Uf. —Aprieta los puños y va hacia el box—. Ahora también tengo que lidiar contigo dejando claro que quieres que follemos.

—Esa boca, doctora Thorne —la riño.

—Ay, qué suerte tengo: el Señor Educado va a sermonearme para que no diga tacos.

—Yo digo tacos.

Me mira con incredulidad.

—Jamás te he oído decir ni uno.

Me pongo de pie; ella se acerca y deja caer el maletín en el pasillo de cemento con gran estrépito. Loki se sobresalta tras la puerta del box.

—Lo hago cuando las circunstancias lo merecen.