Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 12 #2
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Bajo el cielo pintado de rosas y naranjas, el potrillo se vuelve loco: mete la cabeza entre las patas e intenta corcovear; sus patas larguiruchas salen volando en todas direcciones mientras Farrah emprende un trote tranquilo siguiendo la valla.

Loki va con ella sin dejar de hacer el tonto.

Cierro la puerta y me apoyo en la valla, riendo entre dientes.

Stefan se pone a mi lado y también apoya los codos.

—Es como ver a alguien patinando por primera vez sobre hielo .

Suelto una carcajada porque eso es exactamente lo que parece.

—Sí, pero es feliz —respondo.

Stefan asiente.

—Lo es.

—Has hecho un gran trabajo con él, Stefan.

—Quiero que entienda lo que ha supuesto para este caballito; que sepa que, aunque todos lo ven de la misma forma, yo creo que se equivocan.

Pienso que es algo que debería saber. Sigue destrozado por lo de su madre y se esfuerza mucho por proteger a la única familia que le queda.

Esquiva mi mirada.

—Todo ha sido gracias a ti. Yo me he limitado a hacer que tu trabajo sea más difícil.

—Ah, te refieres a lo de utilizarme como peón en la guerra contra mis amigos, ¿no?

Vuelve la cabeza hacia mí, despacio pero con firmeza, como un depredador que acaba de olisquear a su presa en el bosque.

—¿Peón?

Pongo los ojos en blanco.

—No te hagas el tonto conmigo, Stefan. No tiene gracia.

Hacer que trajeran a Loki aquí en lugar de llevar a Farrah al Gold Rush Ranch, lo de las tres citas…

Estoy segura de que te mueres por que Billie se entere para sembrar la discordia entre nosotras.

Sé que todo es parte de tu complot para humillarlos.

Separa los dedos muy despacio y se vuelve para mirarme. Mi cuerpo responde como si fuéramos polos opuestos de un imán, imitando su movimiento, y quedamos frente a frente bajo el resplandor dorado del anochecer.

—¿Crees que te utilizo como peón en mi juego?

Dejo escapar un resoplido y pongo los ojos en blanco.

¿Se piensa que soy una ingenua?

Se mueve con rapidez y seguridad, levanta una mano y la desliza entre el abrigo y mi fina camisa.

Me acaricia las costillas y me empuja contra la valla.

En teoría, deberíamos estar controlando a los caballos, pero de pronto solo tenemos ojos el uno para el otro.

Levanto las manos para empujarlo, pero mi determinación flaquea en cuanto noto las duras líneas de sus pectorales bajo la camisa.

—Voy a decirte algo, Mira. —Su voz retumba bajo las palmas de mis manos, que siguen sobre su pecho, y no puedo apartar la vista de ellas.

Se supone que no debo tocar a Stefan Dalca, pero mi cuerpo no se ha enterado porque los pezones me rozan el sujetador y siento un dolor sordo entre las piernas con cada inspiración—.

Y quiero que me escuches muy atentamente.

—Me pasa la yema del dedo por la clavícula, y se me corta el aliento.

Estoy demasiado conmocionada como para moverme, y hemos llegado demasiado lejos como para frenarlo.

Está tan cerca que puedo oler el aroma de su jabón y el toque a pino de su colonia—. Estás muy equivocada.

Su dedo se desliza hasta el centro de mi pecho y él lo sigue con la mirada, comprobando cómo se me pone la piel de gallina a su paso.

Cuando llega al hombro, junto al escote de la camisa, lo mete bajo el tirante de mi sujetador y, con un movimiento suave, me lo baja.

Me sujeta por las costillas y se acerca aún más, obligándome a levantar la vista y sostenerle la mirada.

Reprimo un grito ahogado cuando veo la expresión de su rostro: es primitiva, no como si me estuviera admirando, sino como si quisiera devorarme.

Ningún hombre me ha mirado así antes.

Sus labios dibujan una sonrisa pecaminosa cuando se agacha hacia mí. Su mano libre me acaricia la nuca, y su pulgar me roza la parte más sensible del cuello. Su aliento es cálido y sedoso.

—¿He captado tu atención? —Trago saliva y asiento con un escalofrío.

Todo mi cuerpo está concentrado en el hombre que me mantiene contra la valla—.

Bien, porque quiero que te queden las cosas muy claras.

—Estamos demasiado cerca. Siento todo su cuerpo pegado al mío, y sus labios me tientan al rozar con suavidad mi oreja—.

No eres un peón, Mira. Eres la recompensa —murmura, manteniéndome cautiva.

Me retuerzo contra él y siento el calor de sus labios contra mi piel cuando me da un leve beso en el lugar en el que me estaba acariciando con el pulgar. Se me acelera el pulso y solo puedo oír el rugido de la sangre que corre por mis venas. El aire crepita entre nosotros.

Ningún hombre me ha hablado así antes.

Debería poner fin a esto y, sin embargo, no desearía estar en ningún otro lugar. Mi cuerpo se despierta para él de un modo muy inapropiado.

Se aleja y me siento abandonada, como si me muriera por tenerlo de nuevo entre mis brazos. Como si deseara más. Soy la peor traidora del mundo, porque quiero que siga adelante, que me susurre más secretos prohibidos contra mi piel.

Se humedece y se muerde el labio inferior de forma intencionada, y me recorre el cuerpo con la vista.

Su mirada se posa sobre la mano que tengo en el pecho en un intento de frenar los latidos acelerados de mi corazón.

Con la otra me agarro al poste de la valla que tengo detrás, que debe de ser lo único que me mantiene erguida en este momento.

—Y me encanta ganar siempre —termina con una sonrisa absurdamente sexy.

Después, se da la vuelta y se va, dejándome con la visión de su culo perfecto y un revoltijo de emociones confusas.