Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 12
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Mira

Miro cómo Hank hace trotar a Brite Lite en línea recta alejándose de mí, pero estoy pensando en Stefan.

Se supone que debería estar observando a esa bonita yegua gris para ver de dónde viene el temblor de sus patas, pero en lugar de eso estoy recreando en mi mente la sensación de su mano cuando me rodeó el muslo con ella. Me estoy distrayendo.

Me está distrayendo.

Y es justo lo que siempre me he prometido que no le permitiría a un hombre, y mucho menos a un hombre como Stefan.

Es muy complicado: toda su personalidad se sostiene en límites poco definidos, y no quiero perderme en ese limbo.

Cuando hoy he ido con Billie a ver a Loki, me he encontrado mirando a mi alrededor una y otra vez por si podía vislumbrarlo.

Tengo complejo de salvadora. No te haces veterinario o profesional de la medicina sin esa faceta de tu personalidad, y todo lo que ha compartido estos días sobre sus padres, sobre su educación… es un canto de sirena para mi complejo de salvadora.

Es una auténtica rata herida que asquea a todo el mundo, pero a mí me atrae. Quiero abalanzarme sobre él, sanar sus heridas y ver cómo se curan.

Curar a los animales y a la gente es pura droga para mí. Es un auténtica adicción. Lo he visto con mis amigos los dos últimos años, y siempre me arranca una sonrisa.

Pero no debería querer que Stefan fuera mi droga.

Pero quiero.

Y sé que me estoy implicando demasiado con un hombre que solo me utiliza como peón para ganar a mi mejor amiga. Pero al menos soy lo bastante inteligente como para darme cuenta.

—¿Y bien? ¿Qué te parece? —La voz de Hank resuena por encima del repiqueteo de las herraduras sobre el suelo pavimentado de la entrada.

Me ha pillado . Estoy haciendo trabajar al viejo para nada mientras sueño despierta con el enemigo público número uno.

—Recupera el aliento y luego da una vuelta más. Creo que debe de ser la babilla. —Sí, estaba mirando, más o menos, pero no por ello me siento menos estúpida—. ¿Vamos a tomar algo después?

Trixie trabaja en la ciudad, así que Hank se siente solo a veces. Me doy cuenta por cómo merodea por los alrededores y aparece en la clínica solo para charlar un rato.

Me dedica una de sus enormes sonrisas y un guiño de uno de sus ojos verdes. Tiene un aire a Robert Redford que me encantaría si fuera mayor. Y es un buen tío, de eso no hay duda.

—Voy a necesitar un trago después de este entrenamiento, doctora Thorne. —Hace que la yegua se dé la vuelta y se aleja trotando de nuevo—. ¡Pero intenta no soñar despierta esta vez! —grita alegremente.

Sí, me ha pillado.

Me ofrezco a ser la conductora hasta el mejor bar de Ruby Creek, el Neighbor’s Pub, y hasta conseguimos sentarnos en mi mesa favorita, al fondo, junto a la chimenea.

La primavera ha llegado al valle, pero el día es fresco y húmedo.

El tiempo parece no saber a qué atenerse en esta época del año, y bandea entre el cálido verano y el gélido invierno.

Hoy es un día más invernal, y me alegro de estar sentada junto al fuego crepitante mientras espero a que me traigan una cerveza.

Suelo venir aquí con Billie y Violet, y en ocasiones se nos unen Vaughn y Cole. Los dos me gustan mucho, pero me siento como la amiga solterona a la que obligan a ir con ellos, así que es agradable estar aquí en la hora feliz con Hank.

Hank se acomoda en el asiento frente a mí y mira a su alrededor con una sonrisa feliz.

—Me encanta este sitio —murmura.

—A mí también —apruebo. Cojo la carta plastificada para decidir qué quiero y, justo en ese momento, la camarera se acerca con nuestras pintas.

Este pub es el lugar de reunión por excelencia del pequeño pueblo. Hay lámparas de cristal emplomado, sillas de madera desparejadas en las mesas barnizadas en tono oscuro y anticuadas alfombras de color burdeos en el suelo. Incluso tienen una gramola en un rincón.

—¿Vas a pedir algo para comer? —pregunta.

—Me parece que sí —respondo—. Cocinar todas las noches para uno solo es un rollo. —Lo digo antes de darme cuenta de que Hank lleva haciendo eso toda su vida—. Lo siento —digo con una mueca.

—No lo sientas. Es la verdad. Mentiría si dijera que no me paso los días deseando que llegue el domingo para cenar con todos vosotros, aunque una cita en mi pub favorito con la doctora Thorne tampoco está nada mal.

—Deberíamos convertirlo en una tradición —ríe—. Un club formado por las dos únicas personas que no viven en el rancho.

La camarera pasa para tomarnos nota: dos hamburguesas.

—¿No tienes a ningún hombre en tu vida? —pregunta Hank con suavidad.

Doy un sorbo a la burbujeante cerveza dorada y chasco la lengua.

—No. —Lo digo con mucha seguridad, pero me revuelvo un poco por dentro. Quizá mi acuerdo con Stefan no sea real, pero no me hace gracia sentir que le miento a Hank—. El trabajo me ocupa demasiado tiempo.

—Sé lo que es eso. —Asiente y le da un sorbo a la cerveza—. Me alegro de tener a Trixie. Es lo mejor que me ha pasado últimamente. A ti también te llegará por sorpresa en algún momento.

—No me gustan las sorpresas, la verdad —gruño—. Me gusta tener un plan y seguir el camino trazado.

Ese hombre mayor se ríe con amabilidad, como si lo que acabo de decir fuera terriblemente ingenuo.

—Ay, Mira. Las mejores cosas de la vida llegan por sorpresa.

No esperaba que una chica de dieciocho años se presentara en mi puerta para pedirme trabajo, pero me alegro de habérselo dado porque Billie es como la hija que nunca llegué a tener.

No esperaba que mi mejor amigo montara un escándalo en el mundillo de las carreras y luego muriera de un ataque al corazón, pero aquí estoy, ayudando a sus nietos a llevar el rancho.

—Sacude la cabeza, pensativo—. Quiero decir, joder, ni siquiera esperaba dedicarme a esto. Era camarero aquí, ¿sabes?

Sonrío y me echo un poco hacia atrás.

—No lo sabía, pero puedo imaginármelo perfectamente. Apuesto a que eras el rompecorazones de Ruby Creek.

—Si el abuelo de Cole y Vaughn, Dermot, no hubiera entrado aquí para buscar a su chica, no lo habría conocido y jamás habría trabajado para Ada y él; nunca habría ido al este a conocer a Billie y no habría conocido a Trixie en la boda de Cole en Chestnut Springs.

—Hank da otro trago a la cerveza—. A veces, las sorpresas cambian nuestra vida de forma irrevocable de la mejor manera posible.

La vida es una gran aventura, Mira: no dejes que se te escape mientras te quedas atrapada en el camino aburrido de siempre.

Dejo escapar una risa en absoluto alegre: lo que acaba de decir ha dado en el clavo.

No ha intentado convencerme de que estaría mejor descalza en la cocina con un bebé apoyado en la cadera, solo que esté abierta a nuevas oportunidades, que me quite las anteojeras.

Pero esas anteojeras me mantienen centrada y me permiten alcanzar los objetivos que me fijé cuando era más joven.

—Gracias por compartir tus sabios consejos conmigo, Hank —digo cuando la camarera llega con nuestras hamburguesas—. ¿Quieres que te dé una buena sorpresa?

Asiente y me guiña un ojo, sonriente.

—Siempre.

—He contratado a la hermana pequeña de Stefan Dalca para trabajar en la clínica.

—Abre los ojos de par en par y la cerveza se le va por mal sitio.

Tose y se golpea el pecho con el puño. Me siento mal por haber hecho que se atragante, así que sigo hablando para llenar el vacío—.

Se llama Nadia. Lo ha pasado muy mal, pero creo que se adaptará.

Me recuerda a Billie. Bueno, a una versión más joven de Billie.

—Que el Señor se apiade de nosotros —suelta entre risas a las que no tardo en unirme—. Mira, si ella te gusta, estoy seguro de que también nos gustará a los demás. Sabes juzgar a la gente.

¿En serio?

Comemos y la conversación sobre los caballos del rancho fluye con facilidad, aunque mentiría si dijera que mis pensamientos no se desvían constantemente hacia un rumbo que no deseo.

—No seas crío. —Stefan está abrazado al cuello de Loki y lo mira como si fuera un peluche en lugar de un futuro caballo de carreras que necesita retozar y correr en un espacio abierto—.

En serio —le pico—, pensaba que eras un tío grande y duro, pero resulta que eres demasiado gallina como para dejar que este pequeñín salga a jugar.

—Mira, no soy un tío grande y duro. Soy un capullo, ¿recuerdas?

—Sí, sí. —Hago un gesto despectivo con la mano.

Stefan puede ser muchas cosas, pero cuanto más lo conozco, más me parece que no tiene nada de capullo—.

Venga. Fuera. El aire fresco nos vendrá bien a todos.

—Deslizo el ronzal de cuero por la cabeza de Farrah y se lo abrocho junto a la oreja.

Está excitada, deseando salir del establo.

—¿Y si se hace daño?

—No se puede vivir así, Stefan. A veces pasan cosas malas, es lo que hay. Venga, ánimo.

Saco a Farrah al pasillo del establo con paso firme y voy hacia la enorme puerta corredera, que está abierta de par en par.

Hoy hace un día precioso, seco y soleado, y ahora mismo, bajo el sereno encanto del atardecer, es el momento perfecto para sacarlos al aire libre por primera vez, sin tractores, sin gente pululando por ahí…

Solo calma y tranquilidad para este potro y la yegua que lo ha acogido bajo su ala.

Al cabo de unos instantes escucho el repiqueteo de los cascos de Loki sobre el cemento y el murmullo de las botas de Stefan, y sonrío para mis adentros. Al parecer, el lobo feroz siente debilidad por Loki.

Bajo el ocaso, nos dirigimos a campo abierto, al gran prado de hierba junto al lago, en la orilla opuesta a la que Stefan y yo enterramos al otro potro hace unas semanas. Le quito el ronzal a Farrah y atraviesa la puerta, y Loki la sigue como el dulce potrillo que es… hasta que Stefan lo suelta.