11
Necesito descansar. Estoy a punto de quedarme bizco de tanto mirar hojas de cálculo. Aprieto los puños contra los ojos hasta que veo puntitos blancos.
El viernes por la noche me quedé en el box de Farrah y Loki porque temía romper la frágil tregua a la que Mira y yo habíamos llegado.
Me quedé ahí sentado tanto tiempo, con sus dedos entre los míos y el calor de su cuerpo cerca de mí, que nos quedamos dormidos.
Ladeó la cabeza y se apoyó en mi hombro, y no supe qué más hacer.
No quería molestarla y tampoco quería que se acabara ese momento. Intenté mantenerme despierto el mayor tiempo posible, pero me venció el sueño y me desperté al sentir el frío en mi costado y el sonido de los pies de Mira arrastrándose por el box.
No dijo ni palabra: parecía aturdida y evitaba mirarme.
Quería que volviera a mi lado y me cogiera la mano de nuevo para acurrucarse otra vez contra mí, pero sabía que era mucho pedir. Ella también debió de pensar que era ir demasiado lejos, porque recogió y se marchó con un simple: «Hasta luego. Volveré por la mañana».
Ni siquiera me molesté en volver a casa. Entré en el salón de los establos y me eché en el sofá de cuero. Y ahí es donde he pasado las dos últimas noches para tener controlado a Loki.
La buena noticia es que el potro sigue mejorando. La mala es que apenas me tengo en pie. Si no fuera por el tiempo a solas con Mira, me sentiría como si estuviera haciéndole un favor a Billie Black.
Desecho ese pensamiento: lo hago para salvarle la vida al potro que vive en mis establos, que merece una oportunidad sin importar quién sea su dueño.
Con un hondo suspiro, voy a la puerta principal, cojo mi abrigo favorito de borreguillo y me calzo un par de botas con la esperanza de que el aire fresco de la primavera me revitalice.
Recorro el sinuoso sendero que separa la casa del lago donde están esparcidas las cenizas de mi madre en profundo conflicto interior, algo habitual últimamente.
Es muy raro echar tanto de menos a alguien y, al mismo tiempo, estar tan terriblemente enfadado con esa persona.
Aunque ya hayan pasado cuatro años, todavía no sé cómo manejarlo.
Cuando los establos aparecen ante mi vista tras el enorme sauce llorón, veo la camioneta negra de Mira, con el logotipo dorado y el remolque, aparcada en el prado.
Nadia está apoyada en la valla con la vista clavada en el suelo, donde Mira se agacha sobre un caballo que está tumbado de costado.
¿Qué demonios están haciendo?
Se me acelera el corazón. Últimamente, siempre que Mira está aquí es porque algo va mal. Acelero, pisoteando la hierba, para llegar lo antes posible.
—¿Eso es todo? —La voz incrédula de Nadia es lo primero que oigo—. ¿Incisión, tirón y tijeretazo?
—Sí —dice Mira, sonriente—. Eso.
—Uh. —Los rizos rubios de Nadia se mecen cuando mueve la cabeza.
—Así que la próxima vez que esos pichaflojas se burlen de ti, puedes explicarles con todo detalle cómo vas a castrarlos.
¿Pero qué…?
Llego junto a Nadia y veo a Mira deshaciéndose de lo que parece… Ay, Dios… No quiero verlo. No soy muy aprensivo, pero no me hace ninguna gracia ver cómo castran a otro macho. Vale, solo es un caballo, pero no puedo evitar empatizar.
—Stefan, ¿sabías lo sencillo que es este procedimiento? —pregunta Nadia, demasiado excitada para mi gusto—. ¡Hasta yo podría hacerlo!
Mira me dedica una sonrisa cómplice, se pone de pie y lanza los guantes al mismo cubo en el que ha arrojado las joyas de la familia del pobre caballo. Esa mujer es aterradora.
—La próxima vez puedes ayudarme, Nadia.
—Joder. —Me paso la mano por el pelo y sacudo la cabeza—. ¿Qué demonios estabais haciendo?
—Convirtiendo a un semental en un castrado. Y enseñarle a Nadia cómo bregar con una panda de adolescentes inmaduros que creen que la mejor forma de meterse entre sus piernas es aterrorizándola. —Mira da una palmada con una sonrisa satisfecha—. Ojalá pudiera verles las caras…
—¿Qué ha pasado ahora? —le pregunto a mi hermana, preocupado al instante por lo que quiera que haya pasado en su vida. No me involucro lo suficiente porque no tengo claro cómo hacerlo, y, cuando lo hago, me da la impresión de que no es lo que ella quería.
Hace un gesto para desechar esa idea, y parece más contenta de lo que ha estado en mucho tiempo.
—No te preocupes. A partir de mañana ya no tendré que tratar con ellos.
—¿Por qué?
—Porque mañana vaciaré mi taquilla y cogeré los papeles para estudiar a distancia. Y al día siguiente empezaré un nuevo trabajo.
Mierda. ¿Quién ha sido el pobre imbécil que ha contratado a Nadia?
Opto por apoyarla, al menos de cara a la galería. Quizá le venga bien un poco de responsabilidad. Tener un objetivo puede ayudarla a superar el trauma, y quiero que mi hermana triunfe en la vida. Aunque sea un terremoto que arrasa con todo a su alrededor, quiero que sea feliz.
—Eso es estupendo. ¿Cuál es el trabajo?
Los labios carnosos de Nadia dibujan una enorme sonrisa: parece muy emocionada.
—¡Soy la nueva ayudante de Mira en la clínica!
Parpadeo en un intento de asimilar la información y me vuelvo hacia Mira, que se encoge de hombros y se pone a recoger las cosas que ha dejado en el suelo junto a sus pies.
—Llevo tiempo pensando en contratar a alguien —dice sin más, como si Nadia estuviera cualificada para el puesto y fuera una elección perfectamente lógica.
No actúa como si se estuviera desviviendo por ayudar a mi hermana o por ayudarme a mí. No se pavonea como si nos estuviera haciendo un favor o una buena obra.
Pero lo es.
Y después de todo lo que compartí con ella el viernes por la noche, esto parece… algo más. Alguien se preocupa por nosotros, y eso es algo que no ha sucedido desde hace mucho tiempo.
—Te he traído los huevos —dice Mira cuando entra en los establos al día siguiente.
Ha venido a ver a Loki todas las noches y todos los días a primera hora de la mañana, antes de abrir la clínica. Ha estado aquí dos veces al día porque soy un capullo avaricioso que pretendía llevar ventaja en la guerra imaginaria contra sus jefes.
—Mira, lo dije en broma.
Estoy sentado en el suelo de cemento fuera del box, sintiéndome como un perfecto imbécil por utilizar a esa mujer que está haciendo un gran esfuerzo por ayudar a mi hermana pequeña.
—Confía en mí: quieres estos huevos. Son de la granja de mis padres. Los he recogido yo misma.
Ahora me siento todavía peor, si es que eso es posible. Pero aun así cojo los huevos de sus manos.
—También te he traído un café. —Me tiende el vaso de papel con una sonrisa ladeada en sus labios carnosos.
Voy a ir derechito al infierno.
—Mira, de verdad, no tienes por qué hacerlo.
—Lo sé, pero me divierte ver tu cara cuando intento descubrir cómo te gusta el café. Hace que los pocos dólares que me ha costado valgan la pena.
Me lo acerca, instándome a que lo coja. Cuando por fin lo hago, pasa a mi lado y entra en el box para ver a Loki.
—Buenos días, pequeñín —lo arrulla—. Y tú, mami, ¿cómo estás? —Oigo el murmullo de un beso y sé que ha acercado los labios a los suaves belfos de la yegua. Es algo que ya le he visto hacer, y siempre me provoca un pinchazo en el corazón.
He manipulado para que salga conmigo a un ángel que salva vidas, ayuda a hermanas y besa a caballos. Solo porque podía hacerlo.
Una parte de mí se pregunta por qué he tardado tanto en sentirme como una mierda.
Cuando sale por fin del box y cierra la puerta tras de sí, deja el maletín de trabajo en el suelo y se acerca a mí.
Miro sus botas mientras se desliza por la pared para sentarse a tan solo unos centímetros de mí.
No tengo ni idea de por qué se sienta conmigo cuando podría marcharse sin más y seguir con su jornada laboral.
—Parece que sentarnos en el suelo de los establos es lo que nos va.
Se ríe con suavidad. Quiero embotellar ese sonido y saborearlo. Quiero comérmela entera, devorarla. No me la merezco, pero, maldita sea, creo que jamás he deseado tanto a una mujer.
—¿Cómo está el café? —pregunta, enarcando una ceja cuando bebo el primer sorbo.
—¿Qué demonios es esto?
Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada que me calienta las entrañas. Cruza un brazo y el gesto hace que la camiseta gris lisa que lleva debajo del abrigo abierto se tense sobre sus pechos.
—Sí, ha valido cada centavo.
Sabe a una especie de magdalena con caramelo mezclada con café. Es atroz. Pero lo ha comprado para mí, y eso hace que quiera beberlo.
—Voy a tomármelo, pero te sacaré de dudas: tomo el café solo.
—¿Ha sido tan difícil? ¿Por qué no me lo habías dicho? —Sacude la cabeza, divertida.
Porque soy un capullo egoísta al que le gusta que lo atiendan.
—Porque me da igual cómo es el café si estoy en tu compañía. —Quería decirlo en tono burlón, pero no me sale porque es la verdad.
Bebo otro sorbo y el silencio se extiende sobre nosotros como un pesado manto. Puedo oír el zumbido de la calefacción y cómo Farrah mastica con suavidad. El olor del serrín se mezcla con el aroma dulzón de mi café.
—Quiero poner fin a nuestro acuerdo. No hace falta que salgamos otras dos veces. Estoy encantado de ayudar a Loki pase lo que pase. Nunca debí ponerte en esa tesitura.
Mira resopla y hace un gesto para rechazar el comentario.
—No pasa nada. Me lo pasé bien en nuestra primera cita falsa —reconoce con una risita y un leve movimiento con la cabeza.
La palabra «falsa» escuece. Quizá es la más adecuada, pero lo que siento por Mira no es falso en absoluto. Asiento y el silencio nos envuelve de nuevo.
—Gracias por contratar a Nadia.
Ladea la cabeza.
—Me gusta. Tiene agallas. Y me vendrá bien su ayuda. Al parecer, se le dan bien las matemáticas y las ciencias, y es justo lo que necesito. En la clínica podrá hacer los deberes y también socializar. A las chicas les va a caer genial.
—Claro —rezongo—. A Billie le va a encantar tener a alguien de mi familia rondando por ahí.
—Billie es una buena persona y no la tomará con tu hermana. Además, debe de ser la última persona sobre la faz de la tierra que juzgaría a alguien por su familia.
—Puede —refunfuño. Conociendo el pasado de Billie, es probable.
—Va a ser genial, ya lo verás.
Asiento con un nudo en la garganta.
—¿Dónde estudiaste Veterinaria? —pregunto por fin, intentando llenar el silencio. No tengo ni idea de por qué no se ha marchado todavía.
—En Calgary. —Sonríe con nostalgia—. Me encantó: las noches estudiando hasta tarde, las clases, el estrés… Fue donde maduré.
Yo también sonrío al imaginármelo perfectamente.
Mira es un poco empollona, pero en el buen sentido. Hay algo en una mujer que usa su cerebro como un arma y su lengua como un látigo que me hace caer rendido a sus pies.
La química en el aspecto físico me importa menos que la química intelectual.
Acostarme con cualquier cara bonita ha ido perdiendo su atractivo a medida que me hago mayor.
Y sé que el sexo con Mira sería una batalla de voluntades en la que los dos nos mantendríamos alerta.
Y entonces sería ella la que caería a mis pies.
Sacudo la cabeza para aclararme esa mente tan sucia que tengo.
—¿Siempre has querido ser veterinaria?
—Sí —suspira—. Siempre estaba cuidando a los animales en la granja de mis padres o rescatando a animales heridos. Pájaros. —Resopla—. Ratas…
—¿Ratas?
—Eh, tío, hasta las ratas son dignas de amor. —Me guiña un ojo, y estoy seguro de que acaba de llamarme «rata» de forma indirecta.
—Tienes un gran corazón. Tu familia debe de estar muy orgullosa de ti. —Mi tono es burlón, pero lo digo en serio.
—Sí. Aunque creo que serían más felices si encontrara a un buen hombre y me dedicara a tener hijos.
—¿En serio? Pero si aún eres muy joven.
—Es complicado. Soy la persona con más estudios de mi familia.
Mi padre es hijo de emigrantes indios que solo han trabajado en la granja familiar.
Mi madre es un espíritu libre, una hippie que un día fue a recoger arándanos, encontró a un hombre y se quedó.
Los quiero mucho, pero tenemos objetivos vitales muy distintos.
Y creo que les pone nerviosos que siga soltera.
—¿Y qué hay de ti?
—¿Me preguntas si me pone nerviosa seguir soltera?
—No. Si no hay nadie en tu vida. —Intento que mi voz no suene enronquecida. Ni siquiera había considerado la posibilidad de que Mira tuviera una relación y, de pronto, me devoran los celos injustificados.
—Sí. —Rechino los dientes y el corazón me late con fuerza contra las costillas—. Tengo una relación seria con el Señor Púrpura.
—Qué apellido más raro —digo, frunciendo el ceño.
—Funciona con pilas y es de silicona. Creo que iba a ser un poco raro que se lo presentara a mis padres.
Suelto una carcajada sin poder evitarlo. Lo ha dicho de forma directa y sin un ápice de vergüenza. Además, estaba celoso de un vibrador. Maravilloso .
—Si lo haces, por favor, quiero estar presente.
No se ríe de la broma.
—Sí. —Parece nerviosa, y frunce los labios—. Me preguntaba si podría pedirte un favor.
Ah, ahí está: la razón por la que parecía tan incómoda. Doy un sorbo a ese café dulzón y me doy cuenta de que le estoy cogiendo el gusto. O tal vez solo disfruto de tener su atención.
—Suéltalo. —Me muero de curiosidad por saber qué favor quiere pedirme.
Retuerce los dedos sobre el regazo.
—¿Estarías dispuesto a que una de las citas que nos quedan sea para ir a una reunión familiar conmigo?
Mis labios dibujan una sonrisa.
—¿Quieres presentarme a tu familia?
—Ag. —Mira hacia el techo buscando paciencia—. No. Pero no quiero pasar otro año más como la solterona que no puede acostarse con nada más que con su educación.
—¿Me estás diciendo que prefieres llevarme a mí a tu reunión familiar antes que a tu vibrador?
Se ríe y sacude la cabeza.
—Sé que sabrás ganar siempre.
—¿Cuándo es?
—Dentro de dos semanas. Este sábado no, el siguiente. —Se muerde el labio, nerviosa, como si pensara que voy a negarme.
—Será un placer. —Dejo caer la mano sobre su muslo y le doy un apretón.
Ella me da una palmadita suave en esa mano y se levanta.
—Gracias.
Y es el momento en el que huye: cuando las cosas se vuelven demasiado íntimas, sale corriendo.
—Seré mejor compañía que un vibrador, te lo prometo.
Niega con la cabeza y recoge el equipo del suelo.
—Lo dudo —dice antes de alejarse.
No puedo evitar echarle un vistazo a la forma en que esos pantalones cargo se ciñen a sus redondeadas nalgas.
La de cosas que haría con ese culo…
—Apuesto a que también puedo hacer que te corras más fuerte.
Se ríe. Es una risa infantil, no su carraspeo habitual.
—Me gustaría ver cómo lo intentas.
Reto aceptado.