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Stefan

Loki hoy no está demasiado bien. Aunque se ha pasado el día haciendo honor al nombre del dios de las travesuras, ahora por la noche parece aletargado y atontado. Estaba perfectamente antes de cenar, pero ahora mismo son las diez de la noche y creo que se encuentra mal .

He estado evitando a Mira toda la semana, y estoy convencido de que ella ha estado haciendo lo mismo.

La tensión entre nosotros podría cortarse con un cuchillo, y no creo que ninguno de los dos sepa qué hacer.

Debería liberarla de las dos citas que nos quedan.

Un hombre mejor que yo lo haría, pero soy demasiado codicioso y quiero demostrarle que no soy el imbécil malvado que dicen.

Aunque no predije que iba a desearla como lo hago.

Quiero que vuelva a mi casa, que se ría, que sonría; quiero verla cálida y relajada. Y la quiero en mi cama, pero eso podría hacer que perdiera a sus amistades y no sería justo.

Pero esta noche tengo que ponerme en contacto con ella por motivos puramente profesionales, así que deslizo el pulgar por la pantalla del móvil, busco su número y pulso en el icono del teléfono.

Loki baja la cabeza y cierra los ojitos.

Parece tan pequeño y vulnerable que no puedo hacer otra cosa que entrar en el box, acuclillarme a su lado y acariciarle el lomo mientras suenan los tonos de llamada.

—¿Hola?

Dondequiera que esté, hay mucho ruido. Debe de estar divirtiéndose, claro, es viernes por la noche.

—Mira, soy Stefan.

—Hola… —Su voz demuestra la confusión que siente al recibir una llamada mía un viernes a las diez de la noche.

—A Loki le pasa algo.

No lo piensa ni un segundo.

—Voy para allá.

Su corazón es mucho más bondadoso de lo que alguien como yo se merece.

Al cabo de veinte minutos irrumpe por la puerta como si fuera una diosa de las cosechas.

—Ya estoy aquí.

El pelo negro oscuro se desliza sobre su cazadora de ante marrón cuando recorre el pasillo con esas largas piernas enfundadas en unos vaqueros ajustados; las ornamentadas botas vaqueras resuenan contra el cemento.

No me acostumbro a verla vestida con algo que no sean sus pantalones cargo y la chaqueta Carhartt.

Deja caer el botiquín y me mira con las mejillas sonrosadas y los ojos entrecerrados.

—¿Qué ha pasado?

No pierde el tiempo rebuscando en busca del material médico, solo coge una pequeña linterna y el estetoscopio.

Su seriedad es alarmante. Esto es lo que ha conseguido el pobre Loki por estar a mi cuidado: soy como el puto ángel de la muerte.

Nadie está a salvo a mi lado.

—Estaba bien cuando he venido a verlo antes de cenar. —Mira se acerca, escucha sus latidos y asiente, instándome a continuar—. He bajado a ver cómo estaba antes de acostarme y parecía aletargado. Es decir, míralo. Siempre se comporta como un diablillo. No es él mismo.

—¿Diarrea?

Pasea la mirada alrededor del box y se endereza, posando los ojos en lo que parece una caca muy licuada.

¿Cómo no me he dado cuenta?

Le pellizca la piel del cuello y, cuando la suelta, no vuelve a su posición, que es lo que habría ocurrido si estuviera bien hidratado.

Le separa los belfos y le presiona las encías con el pulgar para comprobar cuánto tardan en sonrosarse al apartarse.

Sus movimientos son rápidos y eficientes, pero no se deja llevar por el pánico.

—Vale, está deshidratado. Los potros huérfanos son propensos a las infecciones si pierden el calostro, como ha sido su caso. Quédate con él mientras voy a buscar un par de cosas a mi camioneta.

Sale corriendo del establo y yo me quedo acariciando al potrillo castaño.

—Te vas a poner bien, amiguito. Tranquilo, estoy aquí. Y Mira es la mejor veterinaria que he conocido. —Parpadea y ladea la cabeza—. Es la verdad. Es impresionante —digo, y se me quiebra la voz.

Escucho el sonido de sus pasos detrás de mí y siento su delicada mano en mi espalda. Me da un breve apretón, saca una jeringuilla y se pone manos a la obra para preparar la bolsa de goteo.

—Joder —murmura para sí mientras intenta encontrar un lugar adecuado para el catéter.

Mueve los pulgares por el cuello del potro, intentando encontrar la vena.

Cuando halla el lugar preciso, deja escapar un gruñido y mueve la mano con seguridad para deslizar la aguja—.

Buen chico, Loki. Eres un tío duro. Y un luchador, ¿verdad?

Coloca la bolsa junto al cuello de Loki y la conecta. Espero que lo que hay en su interior sea justo lo que necesita, porque no podría soportar que le pasara nada.

—¿Y ahora qué? —susurro, arrodillándome a su lado.

Mira aprieta los labios en una fina línea y suspira con tanta fuerza que sus hombros se elevan y vuelven a descender.

—Ahora esperamos.

—¿Un café? —Mira está de regreso en el box y se asoma entre los barrotes—. Va a ser una noche larga.

—Pensaba que te habías ido —digo en tono hosco; me siento decaído y pensativo, y supongo que por eso, de nuevo, no me he movido del suelo del box. No quiero dejar solo a Loki por si acaso, así que aquí estoy, una vez más, apoyado contra la pared.

—No. Voy a quedarme contigo un rato. —Abre la puerta de una patada y entra con una taza de café humeante en cada mano—. Creo que esta vez he acertado con el café. —Sonríe con picardía y me tiende la taza.

Un aroma conocido se desprende del líquido caliente; ella se sienta a un palmo de mí.

—¿Lleva alcohol?

—Sí. —Sonríe y sopla en la taza—. He encontrado una botella de Bailey’s en la nevera. Me ha parecido que no te vendría mal.

Recorro con la mirada el ángulo de sus pronunciados pómulos hasta la nariz perfectamente recta.

—¿El tuyo no lleva Bailey’s?

—Técnicamente, estoy de guardia, y no creo que esté bien visto ejercer como veterinaria bajo los efectos del alcohol. Otros veterinarios y yo nos turnamos para hacer las guardias nocturnas y así cubrir las emergencias.

—No lo sabía —digo, pensativo.

—Por supuesto que no. Cuando necesitas algo me llamas directamente. —Su risa es ligera y divertida; baja la cabeza para darle un sorbo al café.

—¿Estás tomando café negro?

—Como mi corazón. —Su boca dibuja una mueca cargada de ironía, pero su mirada no se aparta de los caballos.

Farrah tiene la cabeza sobre Loki en un gesto protector. Me maravilla cómo se ha adaptado a él, cómo lo cuida cuando ni siquiera es suyo. O quizá ahora sí sea suyo.

Mientras Mira los contempla, yo me permito contemplarla a ella. Esta noche está preciosa y va demasiado arreglada como para sentarse conmigo en el suelo sucio de los establos.

—¿Qué llevas puesto?

—¿Me estás preguntando si estaba en una cita? —dice, frunciendo el ceño.

—¡No pretenderás decirme que nuestra relación no es exclusiva! —finjo ofenderme, aunque, para ser sincero, la idea de ella con otro hombre me hace ver rojo.

—¿Sales con alguien?

Resoplo.

—Hace tiempo que no.

—Entonces…, ¿tú no…? —Parece sentir auténtica curiosidad.

—Yo no he dicho eso. —Mira tensa los hombros y aparta la vista—. Siempre he mantenido esas cosas en el plano informal desde que me mudé aquí. En Ruby Creek no hay precisamente una cola de mujeres esperando para salir conmigo, y es un poco incómodo con mi hermana aquí.

—Pero ¿y en la ciudad? —Sigue sin mirarme, concentrada en pellizcar briznas de serrín de la alfombrilla de goma que está junto a ella.

—Lo que pasa en la ciudad se queda en la ciudad. Esta granja es mi refugio, y no traería aquí a cualquiera.

Ya está bien de ese tema.

—¿Por qué vas tan arreglada esta noche?

—Noche de chicas en el bar del pueblo. Y yo soy la conductora sobria: superdivertido. —El sarcasmo es evidente en su tono.

—¿Con quién?

Me mira como si acabara de hacer una pregunta estúpida.

—Con Billie y con Violet.

Me limito a soltar un gruñido. ¿Qué más puedo decir? Las dos me odian y me tienen por mucho peor de lo que soy.

—¿Sabes? Creo que en otras circunstancias os habríais llevado bien.

—¿Y eso por qué, doctora Thorne? —pregunto con tono burlón.

—Porque, a fin de cuentas, todos somos buena gente que ama a los caballos.

—No estoy yo tan seguro de ser buena gente.

—Mmm. —Ladea la cabeza como si lo estuviera meditando.

—¿«Mmm» qué?

—No estoy de acuerdo con eso.

—Ah, ¿sí? ¿Y ya se lo has dicho a ellas?

—No —murmura, y vuelve a esconderse tras la taza.

Todo esto me molesta mucho más de lo que debería: una cosa es que se atreva a decirme que no soy mala persona aquí, en la tranquilidad del establo, donde nadie más puede escucharla, y otra muy distinta, que se lo diga a sus amigos.

Quizá piense que no soy tan malo, pero no está dispuesta a compartirlo con nadie.

—¿Cómo está Nadia? —pregunta Mira, cambiando de tema.

El líquido sigue goteando a través de la vía de Loki, y él se acerca a Farrah, buscando su calor.

Me planteo mentirle a Mira, pero opto por decir la verdad.

—No muy bien. —Ella asiente en silencio y yo continúo—: Ha llevado una vida privilegiada, pero muy traumática. He hecho lo que he podido para mantenerla a salvo, pero no sé si ha sido suficiente.

—¿Por qué no?

No me esperaba esa pregunta.

—Porque sigue triste, perdida y necesitada de afecto.

—¿Por qué?

Dios, había olvidado lo directa que puede ser.

—Porque crecimos viendo cómo nuestro padre maltrataba salvajemente a nuestra madre.

Echa la cabeza hacia atrás.

—Joder —suspira.

—Sí. Le dejaba cardenales donde nadie podía verlos, así podía envolverla en un vestido elegante y llevarla a sus fiestas pijas sin que nadie supiera las cosas terribles que le hacía, salvo Nadia y yo.

—En el refugio de este cálido establo, arrullado por los tranquilos sonidos de los caballos, me muero de ganas de soltarlo todo ante esta mujer que poco a poco se ha ido convirtiendo en algo muy parecido a una amiga—.

Hay bastante diferencia de edad ante nosotros, así que ella se quedó en casa mientras que a mí me enviaron a un internado en Suiza.

Era un bebé cuando me fui, aunque pasábamos los veranos juntos.

—Ahora sé por qué a mí me alejaron y a ella no, pero no me apetece pensar en eso—.

Tan pronto como me gradué en ese pozo negro, me fui a Londres, a la universidad.

No quería volver a casa porque me daba miedo matarlo si volvía a vivir con él.

Así que no lo hice: me licencié y fui a la Escuela de Negocios de Londres para hacer un máster en Administración de Empresas.

—Y al final no lo mataste…

No exactamente.

—No.

—Yo lo habría matado. —Hace un breve gesto de asentimiento, como si estuviera satisfecha con esa idea. Mira Thorne es un poco oscura, y eso me gusta.

—Un accidente de avión lo hizo por mí. Aunque, por desgracia, también se llevó a mi madre.

—Dios, es horrible. ¿Cuánto hace de eso?

—Cuatro años.

Mira asiente.

—Justo antes de que vinieras a Ruby Creek.

No se le escapa nada.

—Sí. Mi madre se crio aquí. En ese momento me pareció una buena forma de sentirme cerca de ella.

—¿En ese momento? —Si está sorprendida, no lo demuestra. Se limita a mirarme con esos ojos oscuros que me escudriñan como si pudiera leerme la mente.

—Sí. A veces creo que no tengo ni la menor idea de lo que estoy haciendo.

No puedo sostenerle más la mirada. Apoyo la cabeza en la pared y miro las cálidas luces del techo.

—Todos nos sentimos así alguna vez. —Trago saliva. Tal vez tenga razón—. ¿Y cuándo se mudó Nadia?

—En cuanto pudo legalmente: hace un año.

Estuvo viviendo con su tía hasta que cumplió los dieciocho y entonces la hice subirse a un avión para traerla aquí.

Le está costando adaptarse. No estuve con ella en los años más importantes.

Debería haber vuelto. Ahora carga con un bagaje demasiado pesado a sus espaldas.

—Se me resienten las falanges de los dedos de clavarlos con tantas ganas en la alfombrilla de goma.

Es casi doloroso, pero supongo que me merezco ese dolor.

—Te sientes culpable. —No lo pronuncia como una pregunta: lo afirma. Es difícil que a Mira se le escape algo.

—Sí —suspiro, y me paso la mano libre por el pelo—. Y ni siquiera sé cómo empezar a compensárselo.

Me sobresalto cuando su mano cubre la mía, una manta cálida para mi alma helada. Sus dedos se enlazan con los míos y me los levanta del suelo.

Me da un apretón, pero no me suelta, como si tomarnos de la mano fuera algo habitual entre nosotros.

—¿Qué va a pasar con el instituto?

Da un sorbo al café, pero no puedo apartar la mirada de nuestras manos entrelazadas.

Las suyas son elegantes, con esos dedos largos, pero no son suaves ni están cuidadas.

Lleva las uñas limpias y sin barniz, bien cortadas, y puedo notar las pequeñas callosidades en sus palmas.

Mira trabaja con las manos, y puedo sentirlo.

Puedo sentirlo todo.

—Mmm. —Carraspeo para aclararme la garganta, donde ha ido a parar mi corazón—.

Le he dicho que la apoyaría en lo que decidiera.

Es una mujer de diecinueve años, al fin y al cabo.

Regresó un par de días, pero al parecer tuvo que lidiar con unas cuantas burlas crueles.

—Rechino los dientes al recordarlo—. Por un lado, entiendo que volver al instituto rodeada de críos debe de ser humillante, pero, por otro, no tengo ni idea de qué va a hacer todo el día si se matricula online .

Me preocupa que se sienta sola. O, peor aún, que se aburra.

—Gruño—. Nadia aburrida es un peligro con patas en cien millas a la redonda.

Mira deja escapar una risa profunda y ronca; sensual. Juraría que puedo sentir los latidos de su corazón en la cálida palma de su mano, incitando al mío a acompasarse a él.

—Estará bien —dice con otro suave apretón—. Las mujeres somos más listas y fuertes de lo que pensáis.

Estaba bromeando, pero la tensión que nace entre nosotros cuando nos miramos no es ninguna broma.

Siempre me he sentido atraído por Mira, pero esto es una tortura.

Es como si me hubiera metido la mano en las costillas y me estuviera estrujando los pulmones con sus delicados dedos.

Como si pudiera apretarlos con fuerza y robarme el aliento por completo.

Ese instante se alarga hasta parecer eterno, pero al final se levanta con una brusca inspiración y se sacude los pantalones.

No dice nada, solo vuelve a examinar a Loki; poco después, lo desengancha y lo insta a mamar con un suave empujón en dirección a Farrah.

Al cabo de un instante, Loki se pone a mamar.

Mira suspira y esboza una diminuta sonrisa.

Es una buena señal, y se me acelera el corazón al ver esa expresión de placer en su rostro. Y, de pronto, me encuentro imaginándome esa mirada conmigo entre sus muslos. Me imagino cómo bajaría el tono de voz, cómo sonaría mi nombre en sus labios mientras se corre bajo los míos.

—¿Está mejor? —pregunto, volviendo a la realidad.

Porque eso de meterme entre los muslos de Mira es muy mala idea: jamás querría irme.

—Un poco. Es muy pronto para decirlo —responde, y se desliza por la pared hasta sentarse tan cerca de mí que nuestros hombros se rozan.

Y, tras un par de segundos, vuelve a cogerme de la mano.