Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 9
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Mira

Stefan rezuma seguridad en sí mismo en la cocina, y no esperaba encontrar eso tan atractivo.

Al verle picar y revolver la comida y moverse por ese espacio de estilo industrial con tanta facilidad, no puedo dejar de preguntarme si habrá sido chef en una vida anterior.

El vino está delicioso, tal como prometió, y parece caro.

Claro , que yo bebo vino directamente de la botella en las noches de chicas, así que a lo mejor no soy la más indicada para opinar .

Está más callado y se muestra menos jovial desde la conversación sobre su hermana y el cerdo machista del director.

Está concentrado en cocinar, y, tras mi segunda copa de vino, me rindo y dejo de intentar no mirarlo.

Vamos a dejar lo del porno: se parece más a mis fantasías insatisfechas con mi profesor.

La montura negra de sus gafas contrasta a la perfección con su pelo de color bronce; el cuello alto le da un aire estirado y formal, pero yo sé que no es así, y eso no hace sino aumentar su atractivo.

No debería mirarlo así, pero soy una rebelde; es un defecto de carácter: cuando alguien me dice que no haga algo, me entran más ganas de hacerlo.

Soy como Eva, cogiendo la manzana solo para ver qué pasa.

¿Quieres que siente la cabeza y tenga hijos?

Pues creo que voy a centrarme en los estudios y el trabajo.

¿Quieres que odie a Stefan Dalca? Pues creo que voy a empezar a fantasear con él.

Esto no puede ser sano. Y todavía nos faltan dos citas…

En este momento está de pie junto a los fogones, batiendo algo que huele increíblemente bien; su cuerpo se balancea un poco con el movimiento y los vaqueros oscuros realzan su culo de un modo que me deja boquiabierta. Doy un sorbo al vino.

—Qué asco —resopla Nadia, deslizándose en el taburete que hay junto a mí.

—¿Qué? —pregunto, fingiendo que lo que me ha llamado la atención ha sido algo interesantísimo en los armarios y no el culo de su hermano.

No se lo traga. Arquea una ceja y me dedica una mirada sarcástica. Vale, ella tampoco es cortita.

—Los hombres son una mierda —dice, y por el rabillo del ojo veo cómo Stefan se tensa—. Ten cuidado.

Me echo hacia delante y clavo la vista en mi copa, contemplando cómo el líquido rojizo chapotea contra las paredes de cristal cuando lo hago girar sobre la encimera de mármol blanco.

—Algunos sí, pero no todos son malos. Aunque el director Cooper es un mierda.

—En eso estamos de acuerdo —resopla, y una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios rosados—. Es un auténtico cerdo.

—¿Has pensado en terminar tus estudios online ? Ahora es muy fácil. Yo lo hice en la universidad con un par de materias.

—¿De verdad? —Su voz suena esperanzada; tiene los codos apoyados en el borde de la encimera y mueve los dedos en un gesto nervioso.

—Claro. Coge el portátil. Podemos mirarlo mientras termina de cocinar.

Sale de la cocina al momento, con una sonrisa esperanzada en el rostro y los rizos rubios revoloteando.

Cuando Stefan se da la vuelta, encuentra mi mirada, pero no tengo ni idea de lo que opina y no sé si me he pasado de la raya.

Se apoya en la encimera, con las palmas de las manos sobre el mármol, y me mira como si fuera la primera vez que me ve.

—¿Qué? —pregunto sin aliento.

Sus ojos verdes centellean mientras estudia mi rostro como si jamás lo hubiera visto. Sacude la cabeza y vuelve a los fogones.

—La cena estará lista en quince minutos.

Cuando Nadia regresa, estudiamos sus opciones en internet mientras yo me bebo una tercera copa de vino. Por un lado, me siento como si estuviera ignorando a Stefan; por el otro, no me importa demasiado: me divierte ayudar a Nadia.

Después de todo, la cita no está saliendo tan mal.

Cuando Stefan termina de cocinar, Nadia y yo nos sentamos a la mesa y seguimos charlando sobre sus puntos fuertes y sus asignaturas favoritas.

Matemáticas y Ciencias le parecen pan comido, pero le matan las clases de Lengua y Literatura.

Domina el francés y el rumano, así que el inglés es su tercera lengua.

Yo apenas hablo dos idiomas, y, según mi familia, mi punjabí es «una vergüenza», así que es comprensible que no pueda dominar un tercero.

El pato que ha preparado Stefan es una maravilla: la piel está crujiente y lo ha servido sobre un lecho de polenta cremosa, acompañado con una ensalada fresca de hojas de lechuga amarga con queso azul y nueces.

—Madre mía —gimo. El vino me ha soltado un poco y, aunque en el fondo de mi mente sé que ha sonado sexual, no me importa—. Lo único que le falta a este plato es una reducción de arándanos.

—¿Sí? —pregunta Stefan; se sirve un vaso de la segunda botella de vino.

—Sí. Mis padres tienen una granja de arándanos. Te traeré unos cuantos cuando llegue la temporada.

—¿Puedo ir contigo a recoger arándanos? —pregunta Nadia, entusiasmada.

Resoplo. La gente les paga a mis padres para que recojan las bayas por ellos, lo que no deja de tener su gracia, pero para mí hace mucho que ha perdido su encanto, aunque me niego a reprimir su entusiasmo.

—Por supuesto.

La cena sigue sin más, aunque Stefan no deja de mirarme por encima de la vela encendida en el centro de la mesa; la luz de la llama resalta la mezcla de colores de sus iris: verdes y dorados. Tiene unos ojos preciosos, y me paso toda la cena recordándome que no debo perderme en ellos. Ni en él.

—Ha estado increíble. —Me reclino en la silla y tiro la servilleta sobre la mesa, junto a mi plato completamente vacío—. Gracias. —Le sonrío, y es una sonrisa sincera.

Ha sido una noche muy agradable —relajante, incluso—, y todos los muros que había levantado con tanto cuidado se han ido derrumbando poco a poco, aunque en este momento no voy a machacarme por ello. Ha habido algo muy íntimo y dulce en esta velada que no tengo ganas de analizar demasiado.

Pero eso no significa que no deba irme antes de hacer algo de lo que podría arrepentirme.

—Nadia, ¿tienes carnet de conducir? —pregunto, mirando el vaso de agua con gas que tiene delante.

—Por supuesto que sí —resopla, con un gesto que la hace parecer una auténtica adolescente.

Esta noche no ha probado el vino. A sus diecinueve años ya es mayor de edad, pero no lo ha pedido y Stefan no se lo ha ofrecido.

—¿Podrías llevarme a casa y recogerme mañana por la mañana?

Se encoge de hombros.

—Claro.

Stefan me mira por encima de la llama, rodeando la base de la copa con el dedo índice en un movimiento hipnótico.

No se ofrece a llevarme él, pero es mejor así: sus ojos están un poco vidriosos y sonríe más a menudo. Ambos hemos disfrutado de las dos botellas de vino.

—Te ayudo a limpiar —anuncio, rompiendo el hechizo.

—De eso nada. Eres la invitada —responde con tono suave, reclinándose en su asiento.

Exuda clase y autocontrol. Parece un profesor de cuento de hadas, que ha salido a tomar una copa de vino a un lugar elegante tras un largo día esquivando las insinuaciones de sus ansiosas alumnas.

No puedo reprimir una risita por el rumbo que han tomado mis pensamientos después de beberme una botella entera de vino.

—En ese caso, Stefan —ladea la cabeza y un hoyuelo aparece en su mejilla; está pendiente de mis palabras de un modo que no he visto en mucha gente—, gracias por esta velada excepcional. Ha sido una noche encantadora.

—Sí, ha estado bien —comenta Nadia, distraída, con la vista fija en el teléfono.

Intento contener una carcajada tapándome la boca con la mano.

—Nadia, ve a guardar el portátil y coge lo que necesites para llevar a casa a la doctora Thorne.

—Señor, sí, señor —responde con un saludo militar, y va hacia las escaleras despacio, sin levantar la vista de su móvil.

Me levanto y Stefan me guía hacia la puerta principal; pone la mano en mi espalda mientras me acompaña por el pasillo, y siento su calidez a través del jersey como si acabara de marcarme.

Se me entrecorta la respiración y pierdo el paso por la familiaridad de ese gesto.

Deja un rastro de calor y tengo la sensación de que, si alguien mirara, sería capaz de distinguir los remolinos de sus huellas dactilares en mi piel lechosa.

Me quedo sin palabras cuando sujeta ante mí el abrigo de cuadros para que me lo ponga.

El vino me hace imaginar cosas que no debería y su cuerpo firme tras de mí me embriaga.

Ni siquiera me toca, pero juro que puedo sentir el peso de su cuerpo entre mis omóplatos, robándome el aire de los pulmones.

Su mera presencia se adhiere a mi piel como si estuviera cargado de estática.

—Gracias por esta noche —susurra; su voz es infinitamente profunda y su acento más marcado.

Me hace girar hacia él y me coloca las solapas del abrigo como si hubiéramos hecho esto mil veces.

Me coge de la muñeca y me da un beso rápido y ligero en la palma de la mano, y, por algún motivo, ese gesto resulta intensamente íntimo.

Me humedezco el labio inferior y contemplo su porte orgulloso y el brillo travieso de sus ojos.

—Gracias por invitarme.

Sonrío, pero es una sonrisa temblorosa e insegura. Este hombre me desequilibra por completo y me acelera el pulso. El Stefan simpático me había dejado perpleja, pero este Stefan cariñoso, que cocina, limpia y adora a su hermana pequeña está a punto de reventarme los ovarios.

«Te parecería atractivo cualquier hombre que se comportara así», me asegura mi vocecita mental.

Pero entonces él se agacha y me da un beso justo en el punto sensible bajo la oreja, y la mente se me queda en blanco.

Se me pone la carne de gallina cuando se cierne sobre mí y el roce de su barba contra mi mejilla espanta cualquier pensamiento coherente que hubiera esperado albergar y me roba todo el aire de los pulmones.

El sonido de los pasos de Nadia al bajar las escaleras rompe el encantamiento. Doy un paso atrás e intento controlar mi respiración y ser lo bastante fuerte como para seguir mirándolo a los ojos.

—Un segundo —susurro con la voz quebrada—. Enseguida vuelvo.

Voy corriendo a la cocina mientras Nadia se ata los cordones. Siento la mirada de Stefan como un peso en mi espalda, y mi cuerpo se estremece al recordar el roce de su barba incipiente y la calidez de su mano.

Tengo que largarme de aquí.

Me despido con un gesto despreocupado por encima del hombro, salgo al porche y echo a andar hacia mi camioneta, inhalando el aire fresco. Unos instantes después, Nadia me alcanza y se desliza en el asiento del conductor.

Frunce el ceño, desconfiada.

—¿Va todo bien? —pregunta.

Saco el cartón de huevos que he escondido bajo mi abrigo y le dedico una sonrisa llena de dientes. La distracción perfecta.

—Sí. ¿He mencionado que sé dónde vive el director Cooper?

—Buenos días, doctora Thorne.

Antes la voz de Stefan me hacía poner los ojos en blanco, pero ahora es como si se deslizara como un cordón de seda alrededor de mi cuello.

Probablemente, para servirme de soga, porque una sentencia de muerte es justo lo que voy a conseguir si sigo pensando en Stefan de este modo; al menos, por parte de mis amigos.

—Hola, Stefan —respondo, tensa, mientras examino a la yegua y al potro. Nadia me ha recogido y me ha traído a Cascade Acres, así que es el momento perfecto para llevar a cabo mi revisión diaria a los caballos.

—¿Cómo está Loki hoy?

Suelto un bufido. Me hizo mucha gracia la placa con el nombre, y me entraron ganas de enviarle un mensaje preguntándole por qué le había puesto su nombre a un caballo, pero me resistí para no traspasar los límites profesionales.

—Con las pilas cargadas. —Me doy la vuelta sonriendo, pero la sonrisa desaparece de mi rostro al verlo con ese traje a medida verde oscuro. Este tío lleva trajes caros como si hubiera nacido con ellos; como si lo hubieran usado como inspiración para inventar los trajes.

Debería ser ilegal.

Lleva desabrochados un par de botones abiertos de la almidonada camisa blanca que dejan ver la perfecta uve de piel morena en la parte superior del pecho, justo bajo el lugar donde resalta su nuez. No es que debiera ser ilegal, es que lo es. Y es aún peor que no pueda dejar de babear.

Y esta mañana ya no puedo echarle la culpa al vino.

—¿Adónde vas tan elegante?

—Primero a la comisaría y después a la ciudad —responde, divertido, mirándome a los ojos.

Controlo mis reacciones. Esta es una de esas ocasiones en las que es mejor no decir nada.

—Ah, ¿sí? —digo, y me doy media vuelta para acariciar a Farrah.

—Mmm, sí. Quieren hablar conmigo. Al parecer, alguien le lanzó huevos al coche del director Cooper anoche. Por supuesto, todos estábamos en mi casa, cenando, así que solo tengo que aclarárselo. ¿Puedo dar tu nombre como testigo?

Debería decir que no porque, en realidad, no me apetece que se sepa que ayer cené en casa de Stefan Dalca, pero tampoco quiero parecer culpable.

—Por supuesto —acepto, y mis labios dibujan una mueca por la mentira piadosa. Él se limita a mirarme fijamente y eso me desconcierta mucho. Solo espero no sonrojarme. Como no puedo arriesgarme a decir nada, parpadeo y mi sonrisa se vuelve más amplia. Muestra entusiasmo, Mira—. ¿Va todo bien?

—Todo va de maravilla —dice con voz suave, y su mirada me calienta el rostro.

No parece enfadado.

Joder, qué incómodo. No es posible que lo sepa.

—Bueno, pues buena suerte. —Mi voz suena patética incluso a mis propios oídos—.

Volveré mañana para ver cómo están. —Sonrío alegremente y cojo mi maletín—.

Perdona… —digo cuando paso a su lado, forzándome a caminar con calma por el pasillo del establo en dirección al aparcamiento en lugar de salir corriendo, que es lo que me gustaría.

—Eh, Mira —me llama cuando llego a la puerta.

—¿Sí? —Mi voz resuena en el establo y sigo avanzando.

—Me debes un cartón de huevos.

Mierda.