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Stefan

Mira: No puedes venir a recogerme, alguien podría verte. Quedamos en tu casa a las seis.

Leo el mensaje un par de veces. Me molesta mucho más de lo que estoy dispuesto a reconocer y, además, me parece muy poco educado no ir a recogerla por muy falsa que sea la cita.

Quizá soy anticuado, pero me gusta ser el que va a buscar a la mujer; no poder mantener la puerta del coche abierta para ella hace que el caballero que hay en mí se estremezca.

Y he sido tan grosero con Mira que creo que le debo esa caballerosidad.

Me he pasado toda la semana evitándola porque lo que le susurré al oído hace unos días supuso traspasar una línea que no debería haber cruzado. Y no me hizo ninguna gracia el modo en que levantó los muros después.

Lo peor es que no tengo ni idea de qué quiero en realidad. ¿Me atrae? Sí, pero no creo que vaya a ir más lejos, aunque una parte de mí lo desee. Y, por supuesto, quiero que siga siendo mi veterinaria: mis caballos la necesitan, y sería una estupidez arriesgar eso.

Así que serán citas platónicas. Como amigos.

Podría intentar entablar amistad con ella para que las citas no se vuelvan demasiado incómodas.

O podría olvidarme de reclamarle esas citas.

Aparto esa idea de mi cabeza. Quiero demostrarle que no soy tan malo como piensa.

¿Y por qué te importa lo que piense de ti?

Y esa es la cuestión, claro.

Estoy convencido de que las cosas se han vuelto incómodas porque me he comportado como el niñato imbécil de colegio privado que era de adolescente.

De hecho, creo que me está evitando. Ha venido a ver a Farrah y al potrillo a horas aleatorias, y no he recibido ni un solo mensaje suyo desde el que me mandó para pedirme que me mantuviera alejado de Billie.

Ni siquiera ha hecho un solo comentario al ver que he llamado Loki al potro.

He puesto un cartel en su box, así que Mira ha debido de verlo, pero no ha dicho ni palabra.

Esperaba algún mensaje sarcástico de su parte, pero no ha sido así.

Ese nombre me hace sonreír y, cuanto más tiempo paso con él, más me parece que le queda genial.

A medida que va fortaleciéndose, se va haciendo más travieso.

Cuando voy por las tardes a cepillarlo y a pasar un rato con él, juguetea con los cordones de mis zapatos: los agarra con sus encías desdentadas y tira de ellos hasta desatarlos, y cuando muevo el pie y se arrastran por el suelo como serpientes, se asusta; da un brinco hacia atrás con los ojos muy abiertos y los orificios nasales dilatados, como si fueran a atacarlo.

Es agradable tener compañía.

Por las mañanas, cuando voy a verlo antes de ir a hacer ejercicio, su relincho chillón de potrillo resuena por todo el establo.

Una mañana pensé que podía dejar la puerta sin trabar mientras iba a buscar heno para Farrah, pero lo abrió de un empujón y salió a la aventura; el muy capullo se lo pasó genial esquivándome y haciendo que lo persiguiera como un aficionado hasta que le até una cuerda al cuello y lo llevé de regreso al box…

con una enorme sonrisa en la cara. Me alegro muchísimo de que nadie haya podido verlo.

Y me alegro mucho más porque los caballos moribundos no hacen esas acrobacias.

Ese ratón vivaracho cada día me gusta más. Es muy agradable que alguien dependa de ti. Y en el mismísimo momento en que formulo ese pensamiento, la pantalla de mi teléfono se ilumina con una llamada del instituto de Ruby Creek y me da un vuelco el estómago.

Nadia llegó hace un año desde Rumanía, cuando sus tíos la echaron a la calle.

Es difícil, eso lo tengo claro, pero es que, además, yo no estoy preparado para ser la figura paterna y el tutor de una joven de diecinueve años que alberga un resentimiento enorme.

A mí me criaron las niñeras y los directores del colegio, y crecí entre un montón de niñatos ricos y maleducados.

Por desgracia, la educación de Nadia no ha sido muy diferente.

Está aquí repitiendo el último curso y, de paso, aterrorizando a todos los profesores y a la dirección.

Este pueblito no está preparado para lidiar con ella.

—Sí —contesto al teléfono con brusquedad.

—¿Señor Dalca? Soy el director Cooper. ¿Puede pasarse por el instituto para charlar con Nadia y conmigo?

Suspiro, frustrado.

—¿Ella está bien?

—Sí —responde con voz entrecortada.

—De acuerdo, voy ahora mismo.

¿Qué habrá hecho esta vez?

Se me seca la boca cuando abro la puerta y veo a Mira en el porche, con un vestido gris de ochos y unos calcetines de color crema hasta los muslos bajo un par de botas altas de ante negro.

Lleva un grueso abrigo de lana de cuadros escoceses, con los enormes botones desabrochados, y parece un regalo al que acaban de desenvolver.

Su aspecto es acogedor y sensual a la vez, y su pelo negro liso cae como una cascada sobre sus hombros.

Está para comérsela.

—¿Qué llevas puesto? —Frunce el ceño, mirándome de arriba abajo.

—¿Qué quieres decir? —Me miro la ropa buscando una mancha o algo así.

Hace un gesto para abarcarme por entero, nerviosa.

—Me refiero a ese cuello alto. Y a las gafas.

Extiendo un brazo para hacerla entrar.

—¿Qué pasa con ellas?

Ignora el gesto y se lame los labios, sacudiendo la cabeza como si intentara despejarse.

—Nada. —Suelta una carcajada seca—. Pareces salido de una peli porno de profesores o algo así.

Le guiño un ojo.

—Puede ser…

Mira pone los ojos en blanco y suelta un gemido echando la cabeza atrás con un gesto dramático.

No me sorprende lo más mínimo que se haya sonrojado con la broma y, aunque debería arrepentirme, no es así.

Me fascina su dicotomía: por un lado es segura de sí misma y serena, y, por otro, tímida y torpe.

Con ella siempre estoy en vilo porque no sé cómo va a reaccionar.

—Acabemos con esto —dice, señalando sobre su hombro con el pulgar.

Ignoro la punzada de irritación que me ha provocado el comentario.

—Hay un pequeño cambio de planes.

Entrecierra esos ojos almendrados y, si las miradas matasen, me habría desplomado en el suelo en ese mismo instante.

—No, nada de cambio de planes.

—Mi conciencia no me permite dejar a mi hermana sola en casa esta noche.

Frunce los labios.

—¿Por qué?

—Ha tenido un mal día y no le vendría mal un poco de compañía. Aun así, te prometo que le he dado un bueno uso a mi tarjeta black en tu nombre: tengo un vino excelente y una comida estupenda y, si entras, podremos disfrutar de una cena en casa perfectamente platónica.

Mira hacia el interior por encima de mi hombro, como si intentara descubrir si miento.

—¡Por el amor de Dios, Mira! —gruño—. Vamos a cenar y después puedes irte a casa. De hecho, puedes irte cuando quieras. No intento secuestrarte ni nada parecido.

Entra en el vestíbulo a regañadientes.

—No, solo grabar porno —masculla.

Cierro la pesada puerta tras nosotros con una risilla; le cojo el abrigo y lo cuelgo, e intento no prestar atención al ruido de la cremallera cuando ella se agacha para quitarse las botas.

—Déjatelas puestas.

Me mira a los ojos.

—¿Dentro de casa?

Me encojo de hombros, intentando parecer indiferente.

—Sí, estás guapa.

Lo que no le digo es que esas botas con esos calcetines me están dando un montón de ideas que no debería tener. Lo que no le digo es que me encantaría verla solo con las botas.

—Por aquí. —La guío hasta la cocina abierta.

—Tienes una casa muy acogedora. Con su tamaño, me esperaba algo distinto.

—Gracias. Creo…

Se ríe mientras entramos en la cocina, mi estancia favorita de toda la casa.

Está rodeada de ventanales con vistas al pequeño lago y se integra en el salón comedor recreando un gran espacio abierto con techos abovedados.

Los cálidos tonos crema contrastan con la madera oscura y la cara piedra vista.

Mira se acerca a la gran isla que hay en el centro, se apoya en uno de los taburetes y me observa, expectante, mientras yo intento no fijarme en la exquisita piel que queda al descubierto entre el dobladillo de su vestido y los calcetines altos.

Ese atisbo de piel desnuda me resulta especialmente excitante en la intimidad de mi hogar.

—¿Y bien? Me has prometido vino, y me vendría genial una copa.

—Y a mí. —Rodeo la isla y le muestro dos botellas de tinto—. ¿Pinot Noir o Cabernet?

Extiende las manos, coge las botellas con sus delicados dedos y las acerca hacia ella. Frunce los labios mientras las estudia.

—Empecemos con el Pinot.

—«Empecemos», ¿eh? —río entre dientes.

—Sería una pena desperdiciarlas —sonríe.

Sacudo la cabeza y, cuando cojo la botella con la etiqueta morada, las yemas de mis dedos rozan los suyos y un hormigueo me recorre la muñeca y me provoca una punzada en el hueco del codo.

Aparto la vista y me doy la vuelta con rapidez para descorchar el vino, intentando evitar la sensación que me provoca tenerla tan cerca.

Detesto lo mucho que me desequilibra.

Cuando me doy la vuelta para servir el vino, Mira echa un vistazo furtivo al sillón de cuero donde Nadia, con su melena rubia ondulada recién lavada y suelta sobre sus hombros; está acurrucada leyendo un libro con los auriculares inhibidores de ruidos puestos.

Bajo la luz de la lámpara de pie, con su cara de muñeca desmaquillada, parece aún más joven.

No otorgo mi afecto con facilidad, pero, cuando lo hago, es con fiereza.

Probablemente por eso me dolió tanto la traición de mi madre.

Quizá le lleve trece años a Nadia, y quizá no la conozca muy bien, pero es la única familia que me queda y la quiero con todo mi corazón.

Llevo años deseando cuidar de ella, y ahora que por fin ha vuelto a mi lado jamás dejaré de hacerlo.

Tal vez no haya podido proteger a mi madre, pero protegeré a Nadia aunque sea lo último que haga.

Dejarla atrás me destrozó, y me encanta tenerla aquí aunque suponga un desafío.

Derrumbaría la ciudad entera hasta los cimientos por ella, y eso es lo que casi he tenido que hacer hoy.

—¿Está bien? —pregunta Mira.

Sirvo el vino en dos grandes copas con forma de campana y deslizo la suya hacia ella.

—No, pero lo estará. Es fuerte. —Doy vueltas al vino y aspiro su aroma a arándanos, deslizando la mirada entre las dos mujeres que tengo delante—.

Cuando la gente ve a alguien tan fuerte intenta derribarlo, y creo que hay hombres capaces de aprovecharse de eso.

Ahora es joven y me tiene a mí para hacer que se arrepientan de comportarse así, pero dentro de unos años no me necesitará para nada.

—Escondo una sonrisa tras la copa y bebo un trago; el sabor a cerezas y menta se desliza por mi lengua—. Me recuerda un poco a ti.

Mira bebe un sorbo, se acomoda en el taburete tapizado y se vuelve hacia mi hermana pequeña con interés renovado.

—¿Puedo preguntar qué ha pasado?

Rechino los dientes sin poder evitarlo.

—El director Cooper me ha llamado para que fuera al instituto.

Ya el año pasado tuvo un montón de problemas, y este año no ha sido distinto.

Ya tiene diecinueve años, pero no le está siendo fácil adaptarse a Canadá.

Y eso por no hablar de lo que ha pasado en nuestra familia en los últimos años.

—Mira abre los ojos, interesada, pero no pregunta, y se lo agradezco—.

El año pasado suspendió algunas asignaturas.

Está recuperándolas, pero parece que le hayan pintado una diana en la espalda.

—Miro la copa de vino, intentando serenarme—.

Al parecer, el director la ha visto y ha pensado que su falda era demasiado corta, así que en los pasillos, delante de todos sus compañeros, ha hecho que Nadia, a la que ya tenía todo el mundo en el punto de mira por suspender, se arrodillara en el suelo para demostrar que la falda no cumplía con el código de vestimenta.

—Frunzo los labios y sacudo la cabeza para alejar el recuerdo.

—¿Perdona? —Mira se echa hacia delante; le brillan los ojos con la misma rabia que deben de mostrar los míos—. ¿Le has dado una paliza?

Rio entre dientes. Me habría encantado hacerlo.

—Reconozco que me he puesto hecho una fiera. No sé si voy a hacer que vuelva ni siquiera si me corresponde a mí tomar esa decisión. Es muy inteligente, pero también orgullosa, y esto ha sido un golpe para su orgullo. —La imagen de su rostro anegado en lágrimas me retuerce las entrañas.

—Ni que lo digas… —rezonga—. Stefan, no puedes permitir que vuelva a ese instituto.

Hay otras opciones, y tampoco es como si a estas alturas de su vida no hubiera disfrutado ya de esa experiencia.

Y hagas lo que hagas, no dejes que piense que esos gilipollas patriarcales pueden salirse con la suya sin más.

Sus palabras caen como una piedra en mi estómago, pero la chispa feroz de sus ojos me acelera el corazón.