7 #2
Cuando llegamos, les doy las indicaciones pertinentes y bajo de la camioneta lo que voy a necesitar esta noche.
Estoy haciendo horas extra, pero el contrato con los Harding ofrece un montón de compensaciones muy generosas que incluyen el alojamiento.
Vale, el apartamento está muy lejos de ser lujoso, pero es mucho mejor que vivir con mis padres para poder pagar los préstamos estudiantiles.
Han hecho tanto por mí que me da igual hacer horas extra e ir de aquí para allá.
Cuando doblo la esquina para entrar en el inmaculado pasillo de los establos, mi mente vuela hasta la mañana que pasamos juntos limpiándolos, haciéndonos compañía y compartiendo la tristeza por la pérdida del potro.
La verdad es que no tenía planeado ayudarlo y que podría haberle pedido el favor sin más, pero parecía muy abatido, y siento debilidad por la gente —y los animales— que ha sufrido.
—Mira. ¡Lo has salvado! —Billie aplaude, con los ojos brillantes, cuando entro en el box—. Tiene mucho mejor aspecto.
Hank posa una mano sobre su hombro, y sus ojos verdes relucen con el mismo agradecimiento que muestra ella.
—Vale, no te pases —digo, preparando los tubos para la extracción de sangre.
—No, en serio. Gracias. Sé que eso significa que tienes que pasar tiempo con ese imbécil, pero… Es que no sé cómo voy a poder pagártelo.
Uf. Si supiera lo que me ha costado esa ayuda, a lo mejor no me tenía en tan buen concepto.
Se abraza al cuello del potro y le planta un beso en la cabeza; se vuelve a la brillante yegua castaña, con sus lanosas crines, y le da las gracias con voz entrecortada, acariciándole la testuz.
—Eres la mejor mamá del mundo —dice.
—Es una yegua muy especial, no cabe duda —murmuro, apartándome.
Billie y Hank la miran con tanta adoración que se me encoge el corazón. Si todos se pusieran de acuerdo para no provocarme tantas emociones, sería genial.
—Largaos los dos. Ya habéis visto que está bien y que no ha pasado nada malo, así que vamos a considerarlo una pequeña victoria. Voy a sacarle sangre y a esperar para recoger una muestra fecal fresca.
Billie me da un abrazo. Le encanta abrazar, me di cuenta en cuanto la conocí, cuando DD tuvo un cólico. A mí no me entusiasman los abrazos —las muestras públicas de afecto no son lo mío—, pero se lo permito porque esa es la clase de sacrificio que tienes que hacer con tus amigos.
—Gracias. Soy muy afortunada de tenerte como amiga. —Me estruja de tal modo que me avergüenzo por la traición que supone mi creciente tolerancia hacia Stefan Dalca.
Por un lado, no le debo explicaciones a nadie sobre mis sentimientos o mis elecciones, pero, por otra parte, me siento culpable —y traidora— por haber aceptado esas tres citas con él.
—Tengo que acabar aquí y largarme lo más pronto posible. —Le doy una palmadita en la espalda a Billie, confiando en que eso le indique que el abrazo ha terminado.
Ella se aparta, riendo.
—Te quiero, Reina del Hielo.
Pongo los ojos en blanco por el nuevo apodo que se le ha ocurrido. A Violet la llama «estrella del porno»; a Vaughn, «jefe»; «hermano mayor» a Cole… y «Dalca el Capullo» a Stefan.
Cuando por fin se marchan, me inunda una sensación de alivio. Ya me han dedicado demasiada atención para un solo día. Los cumplidos, los abrazos, el agradecimiento exagerado… Todo eso es agradable, pero me resulta abrumador, y nunca sé cómo reaccionar.
Así que, mientras espero a que el potro me dé la muestra que necesito, saco el móvil para navegar por las redes sociales; encuentro uno de esos absurdos cuestionarios de personalidad y me pongo a responderlo. Desconecto de todo, apoyada en el marco de la puerta del box.
—¿Qué haces?
Esa voz me sobresalta, y doy un respingo. Mi espalda choca con un pecho firme, y dos manos suaves se deslizan bajo mis codos para mantenerme erguida. Stefan . Estoy demasiado sorprendida como para intentar zafarme de su abrazo.
Me llevo la mano al pecho y siento los latidos de mi corazón.
—Me has dado un susto de muerte —jadeo. Ya ha pasado la hora de cenar y los establos están vacíos y en silencio—.
¿Por qué me acechas? —Me doy media vuelta y siento frío donde antes solo estaba la calidez de su cuerpo contra el mío.
Casi me entran ganas de darme la vuelta y seguir disfrutando de su abrazo. Casi— . Ni te he oído.
Sus ojos de color musgo se clavan en mi rostro; el hueso roto de su nariz no hace sino aumentar el atractivo de su rostro. La mayoría de la gente se lo habría arreglado, pero a Stefan le queda bien y realza su aire de misterio. Espero que nunca lo corrija.
Se aprovecha de mi sorpresa y me quita el teléfono de las manos.
—Entonces, está claro que no eres Viuda Negra.
Ella se habría dado cuenta de que me estaba acercando.
—Sonríe, y es, al mismo tiempo, irritante y adorable—.
«¿Qué superhéroe de Marvel eres?». —Lee el nombre del cuestionario en voz alta, e intento evitar mi sonrojo.
Estoy en mi derecho responder a un test absurdo si me da la gana—. Suena muy científico.
Yergo los hombros.
—Hazlo tú. Apuesto a que te saldrá Thanos.
Frunce el ceño y se lleva la mano al pecho en un dramático gesto de ofensa.
—¿El malo enorme y morado?
Le dedico mi sonrisa más dulce y ladeo la cabeza como diciendo «Quien se pica…».
Suelta un gruñido y se dedica a responder el cuestionario.
—Tienes que contestar con sinceridad —le recuerdo.
No levanta la vista, pero puedo ver cómo tensa la mandíbula ante el comentario.
—Siempre soy sincero. Odio las mentiras.
Un chiste desperdiciado.
Me pongo a su lado y miro mi teléfono justo cuando envía las respuestas. Un símbolo de espera aparece en la pantalla, donde parpadea la palabra «Calculando». Como si hubiera un meticuloso proceso para medir las respuestas…
Un Tom Hiddleston con cuernos aparece en la pantalla, y estallo en carcajadas.
—¡Loki!
Sonríe y sus ojos brillan divertidos cuando me devuelve el móvil.
—Voy a tener que hacerme con un sombrero como ese.
—Sí, estarías muy sexy. —Vuelve la cabeza e intento disimular mi desliz—. El dios de las travesuras. —Asiento—. Te queda bien. Quizá no sea tan poco científico como pensábamos.
Me mira por encima del hombro, muy seguro de sí mismo, y no puedo evitar reírme para mis adentros. Se supone que no debería estar riéndome y disfrutando de su compañía en estos establos oscuros.
¿Acabo de decir que es sexy sin querer?
Debería habérmelo pensado dos veces, pero siempre he sido de las que desean lo que no pueden tener.
—Hablando de travesuras —dice, escudriñando mi rostro, y su mirada me calienta las entrañas—. Me debes tres citas.
Le devuelvo la sonrisa y le dedico una mirada arrogante.
—Sí, he pensado en ello. Creo que quiero ir a cenar a un restaurante de lujo. Me parece que deberías darle un buen uso a tu tarjeta black .
—Encantador —replica con una sonrisa irónica.
Le guiño un ojo.
—Eso es muy bonito viniendo del tío que me chantajeó para que saliera con él solo para dejar clara su postura.
Nos sonreímos en la oscuridad de los establos, disfrutando de la lucha de voluntades.
—¿Y qué postura se supone que intento dejar clara?
—Vamos, Stefan. Los dos sabemos que esto solo es un juego de poder. Que solo intentas demostrar que tienes la sartén por el mango y a mí entre la espada y la pared.
Su sonrisa se vuelve felina cuando se aproxima a mí y agacha la cabeza hacia mi oreja, sujetándome el codo. Su proximidad y su aliento contra mi piel hacen que se me ponga la carne de gallina. Rezo desesperadamente para que no se dé cuenta.
—Créeme, doctora Thorne: si de verdad te tuviera entre la espada y la pared, la cena serías tú.
Dejo escapar un jadeo entrecortado y aparto el brazo de un tirón. No tengo ni idea de cómo responder y menos de cómo reaccionar ante esas confianzas. Me falta práctica, no tengo experiencia en estas cosas, así que le dedico una mirada glacial que no le impresiona lo más mínimo.
La risita que suelta es oscura y sensual, como cera caliente sobre la piel desnuda. Quiero odiarlo, pero, en cambio, me humedezco los labios.
Se da la vuelta para marcharse, y es cuando me doy cuenta de que va vestido con un chándal que se ciñe a su cuerpo de una forma deliciosa. Estoy demasiado confundida como para dejar de mirar la perfecta redondez de su culo mientras se aleja con aire indiferente.
Y, como también me he quedado sin habla, no puedo responder al comentario de despedida que suelta por encima del hombro.
—Te recojo el viernes a las seis.
Dios, estoy metida en un lío muy gordo.