Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 7
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Mira

La versión amable de Stefan me está volviendo loca. Me he pasado casi toda la consulta intentando averiguar qué pienso de él en realidad.

Mientras espero a que se revelen unas radiografías, miro a través de los grandes ventanales de la clínica; contemplo las colinas que rodean el Gold Rush Ranch y reflexiono sobre las treinta y seis últimas horas.

Había etiquetado a Stefan como la clase de persona que me resulta indiferente: había hecho un montón de gilipolleces, pero también se había comportado como un ser humano decente, así que, moralmente, lo clasificaba como «neutral». Unas acciones compensaban a las otras.

Pero eso era en el pasado, porque ahora… Ni idea. Estos dos últimos días han echado por tierra todas mis ideas preconcebidas.

¿Es un capullo arrogante? Sí. ¿Es encantador y sensible? Pues también.

¿Debería estar enfadada con él por haberme obligado a que salgamos juntos? Probablemente, pero no lo estoy y no me apetece analizar el porqué. Sobre todo, porque no quiero pensar en que esté utilizándome para llegar a mis amigos.

Creía que iba a preocuparme dejar al potro allí con él, pero la verdad es que no me preocupa en absoluto; si hasta ha dormido a su lado, por el amor de Dios. Lo he visto cuando pasaba sus hábiles dedos por la testuz del potro: su expresión maravillada ha sido como un puñetazo en el estómago.

No, no me preocupa en absoluto dejar al potro con él. Sé de sobra que Stefan le pondrá un nombre y lo querrá como se merece. Había algo en su mirada, en la dulzura de sus caricias, como si estuviera decidido a protegerlo.

Y en un momento de locura, me he preguntado cómo sería que Stefan me tocara así, a pesar de que es la peor idea del mundo. Sería de lo más contraproducente, sobre todo si tenemos en cuenta a mis amigos; si no fuera por ellos, quizá habría sido divertido probarlo aunque solo fuera una vez.

La puerta se abre de golpe y me arranca de mis ensoñaciones.

—¿Cómo está la cría? —sonríe Hank.

Su enorme figura ocupa la puerta principal; tiene las orejas y las mejillas enrojecidas por el aire frío del exterior, y no puedo evitar maravillarme al ver el bronceado que sigue luciendo en pleno invierno, imagino que por todos los años que ha pasado al sol.

Alguna gente pagaría una fortuna por tener ese aspecto.

Le devuelvo la sonrisa a ese hombre que ayudó a Vaughn a dirigir el rancho cuando estalló el escándalo de las carreras amañadas. Ese hombre que ha sido un pilar en la vida de Billie desde su adolescencia y un amigo íntimo de Dermot Harding, el fundador del Gold Rush Ranch.

—Está bien. La yegua lo aceptó enseguida. Fue increíble.

Se limpia los pies en el felpudo antes de entrar en la recepción.

—Bueno, ya sabes cómo son las cosas. A veces tardan unos minutos, a veces horas y a veces no lo aceptan. Deberías estar orgullosa.

Me doy una palmadita en la espalda por encima del hombro con un gesto teatral y una gran sonrisa.

Debo confesar que, sí, estoy orgullosa de haber solucionado este asunto.

Ni siquiera me importan las tres citas que he acordado con Stefan porque puedo desenvolverme sin problemas y, quizá, consiga comer de maravilla.

Me ruge el estómago solo de pensarlo, y decido en este preciso instante que voy a asegurarme de que Stefan me lleve a un restaurante de lujo.

Así pagará por sus maquinaciones y yo disfrutaré de una comida deliciosa.

—Lo has hecho muy bien. —Hank sonríe y las comisuras de sus ojos se llenan de arruguitas cuando se apoya sobre el mostrador.

Es muy dulce, un auténtico padrazo para casi todos los habitantes del rancho. Debe de estar muy cerca de la edad de jubilación, pero algo me dice que Billie va a tener que sacarlo a rastras de la propiedad, y eso no va a suceder jamás.

—Gracias. ¿Cómo está Trixie?

Intenta contener una sonrisa cuando menciono a la nueva mujer de su vida. Se conocieron en la boda de Cole y Violet, y congeniaron al momento. Ella vive en Vancouver, a noventa minutos por carretera, y se turnan para visitarse cuando sus obligaciones se lo permiten.

Es adorable.

—Es maravillosa, y muy distinta a cualquier otra que haya conocido o con la que me hubiera planteado estar. Me mantiene alerta.

No puedo evitar reírme, porque esa mujer es todo un personaje.

—Me alegro mucho por ti. Estar alerta es bueno.

—A veces. —Chasca la lengua y sacude la cabeza—. Nunca te conformes, Mira. En ocasiones lo que quieres no es lo que necesitas.

—¿Me estás dando consejos sobre relaciones, Hank? —Esbozo una sonrisa ante esa idea.

—Sí. Una mujer de tu edad no debería pasar tanto tiempo trabajando.

Reprimo un escalofrío. Ese es un tema delicado.

Sabía que quería ser veterinaria desde que era una niña, y fue mi único objetivo en el colegio y en la universidad.

Mis pasos siempre se han encaminado única y exclusivamente a la facultad de Veterinaria.

¿Me he perdido algunas cosas para llegar donde estoy? Sí, pero ha valido la pena.

A menos que le preguntes a mi familia por parte de padre, que no dejan de insistir en que tengo que formar una familia.

Tienen buena intención, y sé que es algo cultural, pero me agota.

Y aunque mis padres jamás me insistirían, tampoco los hacen callar.

Es como si nadie valorara lo mucho que he trabajado para doctorarme, ni que me gradué la primera de mi promoción ni que me he dejado la piel para lograrlo.

A los veintisiete años tengo más estudios y he alcanzado más metas profesionales que cualquier otra persona de mi familia, pero, sin embargo, nadie parece dispuesto a celebrar mis logros.

Mi vida amorosa gira en torno al novio de goma morada que vive en mi mesilla de noche y a las fotos sexys que busco en TikTok para aliviar mi frustración sexual.

Aunque la quisiera, no tengo tiempo para una relación, así que mi amigo de silicona es perfecto: no me necesita, no me molesta y no le debo nada salvo cargarlo de vez en cuando.

Y ese es todo el compromiso que puedo tolerar ahora mismo.

—Oye, no lo he dicho en el mal sentido. —Hank frunce el ceño, preocupado.

—Ah, no pasa nada. —Hago un gesto para desechar la idea—. Solo estoy distraída. ¿Querías algo? Estoy pensando en cerrar temprano.

Soy consciente de que a veces parezco un poco fría.

Me gustaría decir que no es intencionado, pero creo que sí.

No me gusta que la gente se meta en mis asuntos y no soy de las que van por ahí contando sus problemas personales.

Me han dicho que soy demasiado reservada, pero yo creo que solo soy independiente y que sé definir muy bien mis límites.

Hank se endereza, y le dedico una sonrisa amable para demostrarle que todo va bien sin tener que ponerlo en voz alta. Odio dar explicaciones cuando no hace falta. Eso es algo que me gusta de los animales: te juzgan por tus actos.

—He quedado aquí con Billie para llevarla a casa de Stefan. Considérame su guardaespaldas. O el de Dalca, teniendo en cuenta que lo más probable es que tenga que intentar evitar que lo mate. Ah, y también soy su vehículo de fugas si lo consigue.

Suelto una carcajada y apago el monitor de la recepción.

—Billie debería comportarse. Su ayuda va a salvar al potro.

Hank esboza una sonrisa torcida y me mira con expresión curiosa.

—Yo en tu lugar no le diría eso a ella.

—Ni en broma. —Le guiño un ojo.

La puerta se abre de golpe justo en ese instante.

—¿Ni en broma qué? —pregunta Billie; da unos pisotones en el felpudo y se sacude la gruesa trenza castaña que lleva bajo la capucha.

—Vaya, está diluviando —digo para cambiar de tema.

—Sí, ha empezado ahora mismo. —Levanta la vista con una sonrisa—. ¿Estáis listos para ir a ver a la cría?

—¿Y tú? —pregunta Hank.

—¿Por qué no iba a estarlo? —gruñe Billie, echándose hacia atrás como si la pregunta le hubiera ofendido.

—Creo que lo que Hank intentaba decir es si estás dispuesta a comportarte como una persona civilizada —intervengo.

Entrecierra los ojos color ámbar.

—Sí. —Hank y yo soltamos una carcajada—. ¿Qué pasa? Voy a ser tan educada como Dalca el Capullo. —Sus labios dibujan una mueca cómplice—. Y no te preocupes: Violet acaba de leerme la cartilla y hasta me ha dicho que no es tan malo como creo.

Se estremece y sus hombros se sacuden en un gesto dramático. Hank busca mi mirada como si me hubiera leído la mente, pero yo la evito y cojo las llaves, agradeciendo que, en realidad, no pueda hacerlo.

Cuando subo al coche saco el móvil y abro un chat con Stefan.

Hasta ahora, él solo me ha llamado, pero los mensajes me parecen más personales.

Hay una cierta familiaridad en ellos que no estoy segura de que sea apropiada con un cliente, pero tengo que asegurarme de que no se va a comportar como un niñato cuando lleguemos.

Mira: Hola, estamos en camino. ¿Puedes echarme un cable y mantenerte alejado?

Me contesta al instante.

Stefan: A lo mejor si me lo suplicas…

Ja, ni lo sueñes.

Mira: Sí, claro, eso es lo que tú quisieras.

Stefan: Sin duda.

Pervertido.

Mira: Que te jodan.

Stefan: No deberías hablar así. Es muy inapropiado.

Tiene razón. Debe de ser que he pasado demasiado tiempo con Billie. Pero, en serio, ¿tan difícil le resulta complacerme por una vez?

Mira: De acuerdo. Que te jodan, por favor.

Stefan: Nada me gustaría más. :)

Sacudo la cabeza, entre divertida y excitada. ¿No va a darme una respuesta directa? Típico de él. Entre él y Billie voy a tener que rezar para que se me conceda una paciencia sobrehumana los próximos meses.

Vamos por separado hasta Cascade Acres. En mi camioneta no hay espacio suficiente con todo el equipo que debo transportar, y Hank está en lo cierto: es mejor tener un vehículo de huida.

Dios, espero que Stefan se mantenga alejado. Billie y él son como el agua y el aceite. O como la gasolina y las cerillas.