6 #2
La voz de Mira llega hasta mi mente consciente, y está claro que no ayuda a solucionar el problema de mi erección matutina.
—Arriba, bella durmiente. Te he hecho café.
Está en la entrada del box, un poco despeinada, justo como estaría después de pasar la noche en mi cama: dócil y sin la sonrisa sarcástica que siempre adorna su rostro.
Me rasco la barba intentando despejarme. El pequeño potro castaño aparece en mi visión periférica y me mira como si yo fuera algo absolutamente fascinante. Farrah me ignora: solo soy el tío raro que ha dormido en el suelo de su establo.
Mira se acerca y se agacha un poco para darme la taza de café humeante que lleva en la mano. Miro la taza.
—¿Con leche?
Aparta la vista con timidez.
—Me ha parecido que no te gustaba el café solo, así que… ¿Cómo lo tomas?
No quería que pensaras que mi alma es negra.
Lo había dicho de broma, pero de todos modos me había molestado. Es inexplicable que me preocupe lo que esta mujer piense de mí.
—Así está bien —contesto con brusquedad; cojo el café y ruego por que desaparezca el bulto en mis pantalones. Hola, erección matutina.
—Vale, levántate. Tengo que revisar a estos dos.
Le doy un sorbo al café, pensativo.
—Ahora mismo no puedo levantarme —digo tranquilamente.
—Claro que puedes —resopla.
Le sonrío y, al cabo de un confuso instante, baja la vista hacia mi regazo y abre los ojos de par en par cuando ata cabos.
—Ah. —Se aclara la garganta—. Voy a buscar unas cosas a mi camioneta.
Y sale corriendo del establo.
No puedo evitar reírme, y me golpeo la cabeza contra la pared varias veces. No es la reacción que esperaba. Se comporta como una sirena tentadora, pero solo con mencionar una erección matutina sale corriendo tan rápido como pueden llevarla sus piernas.
Tras un par de minutos, me pongo de pie y me apoyo en la pared del establo.
Doy otro sorbo al café caliente y echo un vistazo a la yegua y al potro.
Él se acerca, mostrando curiosidad por la persona que ha pasado la noche durmiendo a su lado.
Sus ollares suaves me rozan los vaqueros y sus fosas nasales se dilatan cuando intenta captar mi olor.
Los enormes ojos negros, rodeados de un abanico de pestañas castañas, se abren de par en par mientras mueve los ollares contra mi hombro, intrigado.
Maldita sea. Es muy mono. Estiro la mano libre y le rasco la pelusa absurda de sus crines con el pulgar y el índice; deslizo la palma de la mano por la franja blanca de su testuz, él cierra los ojos como si disfrutara de la sensación, y no puedo evitar sonreír al ver lo dulce y confiado que es.
Lo despreocupado que se muestra ante el mundo, ante la vida…
—Es muy dulce, ¿verdad?
La voz de Mira interrumpe el curso de mis pensamientos. Está junto a la puerta, con un estetoscopio alrededor del cuello y peinada con una coleta tirante.
—¿Ya le habéis puesto nombre?
Da un sorbo al café y niega con la cabeza.
—No. Creo que Billie ha fingido que le costaba dar con uno como excusa para no encariñarse con él. Ya sabes, por si no sale adelante.
Es la oportunidad perfecta para cargar contra la otra mujer, pero no me atrevo.
—¿Cuál es su linaje? —pregunto; siento curiosidad por su ascendencia.
Mira da otro sorbo al café sin apartar la mirada de mí, que revolotea un segundo hasta mi entrepierna. Juraría que se ha sonrojado un poco, pero no tengo tiempo de considerarlo porque me ofrece una respuesta.
—Es el primer potro del semental negro.
Parpadeo.
—¿El que intenté comprar?
—Sí.
—Madre mía. ¿Has tenido que drogar a Billie para traerlo?
—No seas idiota. Lo ha pasado fatal por culpa de este potro, y te detesta, pero quiere que sobreviva.
Sintiéndome debidamente regañado, me refugio tras la taza de café antes de cambiar de tema.
—Necesita un nombre. Es importante.
—¿Por qué? —pregunta con tono inquisitivo; se aproxima a nosotros y pone el estetoscopio sobre las costillas del potro.
—Porque va a salir adelante y un nombre lo mantendrá atado a este mundo. Le dará una identidad. Significa que reconocemos su existencia.
Veo la mirada escrutadora que me dirige: ha sido rápida, pero ahí estaba, cargada de curiosidad.
Cuando era niño, siempre que me escapaba terminaba con alguno de los habitantes del pueblo.
Me escondía en sus casas y escuchaba sus historias, sus enseñanzas, sentía su conexión.
Ese inmenso sentimiento de comunidad se me quedó grabado y, en lugar de crecer como un hombre que temía seguir los pasos de sus padres, decidí que mi objetivo iba a ser demostrar que no lo haría.
Iba a tener una esposa, una familia e iba a cuidar de ellas como si fueran un tesoro.
Frunce el ceño, pero no levanta la vista y sigue auscultando al potro. Sus labios se mueven en silencio cuando cuenta los latidos de su corazón.
—Pues ponle nombre. Toda ayuda es bienvenida —dice, y se aparta—.
Volveré más tarde para ver cómo está y para sacarle sangre.
Ahora tengo que abrir la clínica. ¿Puedes asegurarte de que se alimenta?
Cuando vuelva, seguramente Billie vendrá conmigo, porque necesita saber que todo va bien, así que ¿podrías esfumarte o, al menos, mantener la boca cerrada?
Asiento, intentando disimular mi diversión: me hace mucha gracia que crea que puede dictar cómo debo comportarme o dónde debo estar en mi propiedad.
Miro sus movimientos decididos mientras recoge el equipo y, cuando se marcha —y aunque no debería—, contemplo las redondeadas formas de su culo con ese par de Levi’s oscuros que lleva puestos. Joder, le quedan genial.
Da una palmadita al marco de la puerta del box y se echa hacia atrás, pasándose la lengua por el labio inferior.
—Y gracias por la manta que me dejaste anoche.
—La próxima vez me acuesto a tu lado. —Le guiño un ojo y ella pone los suyos en blanco.
Debería ser más profesional y no permitir que mi curiosidad por la doctora Mira Thorne me atonte el cerebro. No debería pensar con la cabeza que no es.
Pero cuanto más tiempo paso con ella, más me parece un desafío, y me gustan los retos. Aunque mantener las manos lejos de Mira no es un reto que me apetezca asumir. Y eso que no es mi mayor fan, lo tengo claro.
Aunque tengo tres citas para conseguir que quiera que le ponga las manos encima.