6
Stefan
El corazón me martillea en el pecho mientras llevamos al potrillo por el pasillo de cemento; sus cascos repiquetean con suavidad en el establo.
Me siento como un imbécil. Yo ahí, bromeando y coqueteando con Mira, todo orgulloso de mí mismo por haberle arrancado la promesa de tres citas, y mientras la vida de un caballo estaba en juego.
Y quizá todo esto no funcione.
Normalmente estoy cómodo tomando decisiones empresariales que se mueven en el territorio de lo moralmente dudoso, pero en esta ocasión me siento como un capullo.
El trabajo de Mira es salvar vidas, y yo me he aprovechado de eso para mi propio beneficio.
Pedirle las tres citas fue un tiro a ciegas, como la primera vez que lo hice y todas las demás desde entonces, pero es que su rechazo me tiene obsesionado.
Quiero conocer a Mira Thorne de formas que ni siquiera se imagina.
La verdad es que debería sentirme aún peor, pero verla trabajar de un modo tan seguro y concentrado solo hace que me atraiga aún más.
Me he partido el culo estudiando desde que empecé con esta aventura para aprender todo lo posible sobre el negocio.
Mi mejor amigo, Griffin, al que le compré este lugar, es mi fuente de información sobre cualquier cosa que tenga que ver con los caballos, pero aún no hemos llegado al tema de los potros huérfanos.
Mira abre la puerta del establo e inspira hondo. Cruza la mirada conmigo por encima del lomo del potro y me hace un gesto de ánimo con la cabeza antes de entrar en el establo.
No es propio de mí estar tan nervioso, pero, Dios, en serio quiero que esto funcione.
Ni siquiera me importa quién es el dueño del potro, y lo habría hecho aunque ella no hubiera aceptado salir conmigo.
Además, Billie Black o la familia Harding no me desagradan tanto como para desearles algo así.
Ver morir a mi potro fue desgarrador. He aprendido a amar a estos animales, y verlos sufrir es el peor de los infiernos.
—Hola, mamá. Te presento al bebé. Es una criaturita muy dulce. —La voz de Mira es profunda y suave. No usa esa voz aguda que se suele emplear para hablar con los niños. Es como si pudiera hipnotizar a los caballos con ese tono. O a mí. Me encanta esa voz sensual.
Me hace un gesto con la cabeza para que me aparte, sujeta al potrillo rojo y deja que la yegua vaya hacia él.
Regreso a la puerta y la contemplo, embelesado.
No soy un hombre supersticioso, pero esta noche no quiero dejar nada al azar, así que me meto las manos en los bolsillos y cruzo los dedos.
Y cruzaría hasta los de los pies si pudiera.
Los ojos oscuros de la yegua se clavan en el potro, y mueve las orejas, confusa, mientras lo olfatea.
El potro está muy débil, pero no le falla el olfato, así que acerca la cabeza hacia la ubre, con las orejas apuntando en esa dirección y vacilando sobre sus patitas enjutas.
El lomo queda justo bajo las fosas nasales de la yegua, brillantes por el Vicks VapoRub que Mira le ha untado, pero aun así debe de captar algún rastro del olor a estiércol, porque le da al potro un pequeño golpecito con los ollares en la columna huesuda.
Mira suelta un gritito ahogado que no me pasa desapercibido, aparta las manos del potro como si quemara y retrocede muy despacio, con cuidado, como si intentara no romper la conexión que han establecido los dos caballos.
Me duelen los dedos de tanto apretarlos. No muevo ni un músculo cuando el cuerpo de Mira se detiene a escasos centímetros del mío.
Poco después, el potro mete la cabeza bajo el vientre de la yegua y tantea la ubre rebosante como si intentara descubrir cómo hacer algo que todavía no ha aprendido.
Miro el cuerpo tenso de Mira: tiene los hombros rígidos y las manos entrelazadas frente a su pecho, y su calor se desliza por la parte delantera de mi cuerpo. Lo único que mueve es el pecho al respirar.
El box está en absoluto silencio hasta que llega hasta nosotros el ruido del potro al mamar, seguido por un suspiro entrecortado de la mujer que está frente a mí.
Contemplo con asombro cómo la yegua, satisfecha, vuelve a prestarle atención al heno que tiene frente a ella.
La espesa coleta negra de Mira cae hacia delante cuando esconde la cara entre las manos.
Me dejo contagiar por su alivio, saco una mano del bolsillo y la poso en su esbelta nuca para darle un apretón tranquilizador.
—Lo has conseguido.
Se limita a asentir, pero no me aparta la mano. Deja que la mantenga ahí, sobre su suave piel, mientras mira cómo la yegua y el potro se aceptan, como si su destino fuera estar juntos a pesar de las trágicas circunstancias.
—Joder, qué alivio. —Tiene la voz ronca, pero no alcanzo a ver su rostro para confirmar lo emocionada que está. Le acaricio la base del cráneo con el pulgar con un gesto distraído y, al cabo de un rato, carraspea y se aparta—. Vamos a dejarlos tranquilos un rato.
Se da la vuelta para salir del box, pero no me mira a los ojos.
Normalmente esconde su vulnerabilidad tras una sonrisa, pero hoy no.
No debería haberla tocado así, como si estuviera jugando al ratón y el gato, pero solo quiero que se dé cuenta de que no soy un mal tipo. No siempre sigo las reglas, pero no soy un mal tipo. Crecí con uno, y me niego a ser como él.
Me aparto para dejarla pasar, añorando el tacto de mis manos sobre ella.
No sé por qué me embriaga de esa manera.
Sus ojos, sus labios, esa fachada de frialdad, el tono sensual de su voz…
, todo me ha desconcentrado desde la primera vez que la vi en el hipódromo.
El contraste entre su forma de tratarme, sin pelos en la lengua, y la dulzura y delicadeza que muestra siempre con los caballos me fascinó en su momento y me sigue fascinando ahora.
Es un misterio que me encantaría desentrañar.
O quizá el niño perdido que se esconde en mi interior solo quiere que me trate como trata a los caballos: con cariño. Sacudo la cabeza y doy media vuelta para seguirla. La idea de que se ablande ante mí es demasiado tentadora: lo único que quiero es ver cómo se derrite.
No estoy enamorado de la doctora Mia Thorne; apenas la conozco. Pero me embelesa y me siento inexplicablemente atraído por ella, y estoy demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiero como para dejarlo pasar.
—¿Y ahora qué? —le pregunto cuando vamos hacia la sala de estar, con sus cómodos sofás de cuero marrón, su mesa de billar y su bar bien surtido. Me ignora unos segundos y se deja caer en el sofá con un sonoro suspiro.
—Ahora vamos a esperar un poco a ver qué pasa.
La imito y me dejo caer en el sofá que está frente a ella; apoyo los pies en la mesa y las manos sobre el estómago.
—Pareces cansada.
Me dedica una mirada sarcástica.
—Qué encantador eres, Stefan.
—¿Por qué no duermes un poco mientras yo me quedo de guardia?
—No.
Echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.
Si está la mitad de agotada que yo, debe de estar hecha polvo, pero no discuto. Mira no da la sensación de ser la típica persona que admite que la mimen, así que, si quiere aguantar, perfecto: yo me limitaré a apoyarla.
—¿De dónde es tu acento? —pregunta sin abrir los ojos.
—Rumano. —Yo, en cambio, tengo los ojos bien abiertos. A decir verdad, es que no puedo apartar la vista de ella.
—¿Eres rumano?
—Me crie ahí.
—Pues pareces…, no sé…, ¿no rumano?
Sí, vale. No sé cómo no me he dado cuenta antes. Estoy a punto de preguntarle por sus orígenes, pero sus dedos se separan y abre los labios: se ha apagado como una llama.
Parece más joven y más dulce cuando está dormida; más inocente. Esa visión despierta en mí un instinto olvidado y solo quiero cuidarla, asegurarme de que esté cómoda y descansa un rato.
Me acerco a la enorme cesta de mimbre que hay junto a sofá, saco una manta de lana con dibujos de inspiración azteca y la tapo con delicadeza. Se remueve un poco, pero solo para apoyar la mejilla en el sofá.
Parece agotada.
Mañana yo podré dormir, mientras que ella tendrá que trabajar.
Le echo un último vistazo y salgo al pasillo del establo para ver a la yegua y al potro.
Abro el pestillo del box y entro sigilosamente.
Una cálida sensación me recorre el pecho al ver a la yegua de pie y dormitando, con la cría despatarrada, durmiendo feliz a su lado.
Hacen una pareja perfecta, los dos pelirrojos. Cualquiera diría que son parientes.
Entro en el box, cierro la puerta y me deslizo por el suelo hasta la cabeza del potro. Apoyo la espalda en la pared y recorro con la mirada su cuerpo enjuto y cálido bajo el resplandor de la lámpara roja que cuelga sobre nosotros. Parece débil, pero está tranquilo.
Por un momento, viajo en el tiempo para recordar al caballo que tuve de niño, del mismo color que este potro, pero sin esas llamativas patas blancas y la mancha blanca en la testuz. Era un caballo muy distinto, pero era mío, mi remanso de paz en el infierno que era la casa de mi infancia.
Me echo hacia delante y acaricio la pata del potro dormido hasta la babilla, donde la media blanca se funde con el marrón cobrizo de su pelaje.
Mi cuerpo se mueve por sí solo y me arrodillo junto al pequeño caballo.
Apoyo la palma de la mano sobre su caja torácica y noto el ritmo constante de su respiración.
Quizá no esté fuera de peligro, pero su respiración es fuerte. Es un animal fuerte. Un luchador.
Cuando le acaricio la cabeza, mama en sueños y su dulce ruidito de succión me hace sonreír. Este chico sabe lo que hay y aún no se ha rendido, y yo voy a asegurarme de que salga adelante.
Me recuesto contra la pared y apoyo los codos sobre las rodillas, prometiéndome que este va a ser el potro más sano del mundo.
—Despierta, despierta.
Alguien me da una patadita en el pie y parpadeo para abrir los ojos. Lo primero que siento, desorientado, es rigidez: rigidez en las articulaciones… y dentro de mis pantalones.