Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 5
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Mira

—No. De ninguna puta manera, Mira. No.

Violet pasea la mirada entre Billie y yo, con los ojos azules muy abiertos, intentando averiguar cómo suavizar las cosas.

Acabo de contarles lo de Stefan Dalca, aunque he omitido lo de las citas por razones obvias. Hay cosas que la gente a la que quieres no debe saber. Me sacrificaré en secreto. Más que nada, porque no quiero ver cómo Billie entra en ebullición.

—Le he dicho que me parecía bien.

Billie está furiosa: tiene sus ojos color ámbar entrecerrados y mueve la cabeza con vehemencia en un gesto de negación.

—De ninguna manera voy a mandar a la primera cría de DD a la boca del lobo. Por encima de mi puto cadáver.

—Bueno, será tu cadáver o el del potro.

—Dios, Mira, qué macabra —dice Violet, pasándose las manos por el pelo.

Billie me fulmina con la mirada; no le hace ninguna gracia lo que he dicho, pero tampoco puede negar la evidencia.

—Ese tío es un capullo, y lo detesto —dice con un suspiro entrecortado.

Sus sentimientos hacia Stefan son bien conocidos. Sus tácticas le parecen mal a casi todo el mundo, pero casi echaron a perder su relación con Vaughn, y eso le resulta imperdonable.

—No es tan malo. —Violet es mucho más indulgente.

—Es igual. Es lo que hay. ¿Vamos a salvar a ese potro o no?

Porque, tal y como yo lo veo, nos tiene cogidas por las pelotas.

Está a cinco minutos de trayecto por carretera, así que puedo ir a ver al potro todos los días y ponerte al tanto de su estado.

En otoño lo destetaremos y nos olvidaremos de todo esto.

Y entonces todos podremos volver a odiar a Stefan Dalca sin disimulos.

Billie suspira.

Violet asiente.

Y como estoy convencida de que esto es lo más cerca que voy a estar de conseguir un consenso, me doy una palmada en las rodillas y me pongo de pie.

—¿Quién me ayuda a cargar el remolque?

Las dos me miran, frustradas y con expresiones resignadas, pero se levantan y me siguen para echarme una mano. No tardamos mucho en levantar al potro y ponerlo en el remolque. Aún está muy débil e inestable, y transportarlo no es lo mejor, pero el camino es tan corto que compensa el riesgo.

—Voy contigo. —La mandíbula de Billie está tensa, pero también se tambalea un poco.

Está intentando ser fuerte, pero esto la está destrozando. Siente y ama muy profundamente. Por fuera parece pura alegría, pero es muy sensible.

Le pongo una mano en el hombro y la miro a los ojos.

—Esta vez no, B. Déjame hacer esto por ti. Déjame hacer mi trabajo. —Lo que no le digo es que cabe la posibilidad de que la yegua no acepte al potro, y no quiero que esté ahí si eso ocurre—. Mañana podemos ir juntas a ver cómo están, pero hoy es mejor que todo sea lo más tranquilo e íntimo posible.

Acepta con un breve asentimiento. Estamos hablando de animales asustadizos; ella sabe que lo que queremos para ellos no es siempre lo mejor y está dispuesta a sacrificarse. Es parte de lo que la convierte en una entrenadora excepcional.

Violet se acurruca contra ella como una pieza de puzle: son tan monas cuando están juntas que casi me dan arcadas, y pronto serán cuñadas porque cada una está con uno de los dos hermanos dueños del Gold Rush Ranch.

Todos somos amigos, pero a veces me siento como si fuera la tercera en discordia, y no es culpa de ellas, sino mía.

Nunca me ha gustado eso de los grupitos de chicas, pero estas dos no me sueltan, y no voy a quejarme: Billie y Violet son las mejores amigas que he tenido, aunque me resulta raro tener que rendirle cuentas a alguien cuando siempre he sido una solitaria.

Me subo a la camioneta, me abrocho el cinturón, bajo la ventanilla y salgo lentamente del camino que se abre en círculo frente al edificio principal.

—¡Deseadme suerte! —digo, despidiéndome con un gesto. Dios sabe que la voy a necesitar.

—¿Quién es usted?

La chica de la puerta me mira como si fuera una mendiga: hasta ella sabe que no debería estar aquí.

Lleva unos auriculares y una camiseta demasiado grande con unos pantalones cortos que apenas asoman bajo el dobladillo.

Puedo ver el chicle que está masticando cada vez que abre la boca, y se sujeta el pelo rubio con un coletero rosa.

Todo en ella grita «Problema con patas».

La casa en sí es preciosa, como si se integrara en el paisaje que la rodea: es pura piedra de río y vigas de madera natural, con una puerta en forma de arco con un ventanuco de hierro forjado en la parte superior. Es grande, pero no ostentosa. Tiene clase, como Stefan.

—Soy Mira, la veterinaria. —Señalo por encima del hombro hacia los establos, donde he dejado al potro sin nombre en su remolque porque no encuentro a Stefan por ninguna parte y necesito ayuda—. Estoy buscando a Stefan.

Me mira de arriba abajo, sin dejar de masticar el chicle, como una vaca pastando. No sabría decir cuántos años tiene, pero parece muy joven. Demasiado joven para Stefan.

O eso espero.

Por Dios. Espero que no sea tan baboso como para salir conmigo tres veces cuando tiene novia.

Me sobresalto cuando se da la vuelta y da un grito hacia la escalera curva que está tras ella.

—¡Stefan!

Al cabo de un momento baja las escaleras vestido con unos vaqueros rotos que se ciñen a sus piernas de un modo alucinante.

—Nadia, ¿tanto te cuesta moverte e ir a buscarme?

Nadia pone los ojos en blanco y se va. Stefan me dedica una sonrisa tensa y se agacha para calzarse unas botas de trabajo desgastadas.

Desde este ángulo puedo ver a la perfección cómo se tensan los músculos de su espalda, y pienso que, si voy a tener que pasar por tres citas falsas con este hombre, bien puedo disfrutar de las vistas.

Soy humana, al fin y al cabo.

Una humana sobrecargada de trabajo y que ha disfrutado muy poco del sexo últimamente.

—Disculpa lo de Nadia. Acoger a mi hermana pequeña no es tan fácil como pensaba.

Suspiro aliviada. Hermana . Aleluya.

Mete la mano en el armario y saca un chaquetón marrón forrado con borreguillo.

Hay algo delicioso e hipnótico en la forma en que Stefan se mueve, tan seguro de sí mismo.

No puedo apartar la vista de su cuerpo, de las venas que recorren el dorso de su mano cuando sus largos y hábiles dedos abotonan el chaquetón.

—La vista al frente, doctora Thorne —murmura con una sonrisa de complicidad.

Me gusta esta versión juguetona de Stefan Dalca; mucho más que la estirada y excesivamente tranquila que muestra en las pistas, así que decido seguirle la corriente.

—¿Por qué?

—Porque podrías enamorarte de mí si me miras de ese modo durante demasiado tiempo.

Hasta su acento es más marcado en la intimidad de su rancho, como si no se esforzara tanto por mantener una imagen y se permitiera mostrarse relajado y bromista.

Es raro. Y lo peor es que esas bromas suyas me dan la vida.

—Pfff, no te preocupes —resoplo—. No eres mi tipo.

Extiende un brazo y me hace un gesto para que baje la escalinata de su casa, situada en lo alto de la colina.

La propiedad no es tan extensa como el Gold Rush Ranch, pero sí más pintoresca, con sus vistas al valle y a un pequeño lago.

Los establos están en la ladera opuesta y hay un enorme sauce llorón junto al camino de grava que une los dos edificios. Me gusta el conjunto: es muy acogedor.

Nuestros pasos se acompasan cuando bajamos hacia los establos por el camino de grava.

—¿Y por qué no soy tu tipo?

Lo miro de reojo: lleva las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros con aire despreocupado. Su porte, con la espalda recta y la cabeza alta, es casi regio. Si alguien parece de la realeza, debe de ser Stefan Dalca, así que no entiendo por qué le preocupa no ser mi tipo.

—Eres rubio. —Me río, y mi aliento forma una nubecilla blanca frente a mí.

No me apetece nada reconocer que en realidad no es tan rubio. Bajo cierta luz se ven hebras de un dorado brillante, y seguro que de niño tenía el pelo mucho más claro, pero ahora es de un color más desvaído. Sea como sea, no es el tono oscuro que suele atraerme.

Se encoge de hombros.

—Siempre puedo teñirme.

No puedo evitar que mis labios dibujen una sonrisa boba. Es como si me moviera en el limbo. ¿Qué demonios estamos haciendo? ¿Somos amigos? ¿Flirteamos?

—Vale, pero es que además eres un arrogante.

Me mira de reojo con expresión pícara y esboza una sonrisa torcida… y arrogante.

—Te acostumbrarás.

Sacudo la cabeza.

—Me estás dando la razón. —No responde, pero veo que se tensa cuando pasamos junto a la tumba que cavamos anoche. Clava la vista en los establos—. ¿Y tus conexiones con la mafia? Todo el mundo sabe que estás relacionado con la mafia.

Los chismorreos de los pueblos pueden ser bastante crueles, y no sé cómo o dónde empezó ese rumor, pero ha corrido como la pólvora. Probablemente por culpa del acento, el pasado misterioso y su inexplicable fortuna.

Como hija de un granjero de la India y su esposa hippie blanca, los prejuicios rurales no me son ajenos y sé lo que es tener que esforzarse más que los demás para encajar o triunfar.

Se detiene ante la pregunta y se vuelve lentamente hacia mí; el ambiente pasa de relajado a algo más ominoso.

—¿Y tú qué opinas?

Nos retamos con la mirada, y juraría que puedo ver cómo se esfuma el buen humor de sus ojos.

—Perro ladrador, poco mordedor.

Suelta una carcajada y reanuda la marcha, meneando la cabeza.

—Eres de lo que no hay, doctora Thorne.

Doy un par de zancadas para ponerme a su altura.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Deberías —responde con absoluta sinceridad. Nos acercamos al remolque del Gold Rush Ranch que he dejado en el aparcamiento que tenemos enfrente. Antes de que pueda darle vueltas a ese comentario, continúa—: De acuerdo, ¿y ahora qué, doc?

Me aparto un mechón de pelo de la cara.

—Voy a necesitar tu ayuda para llevarlo al establo porque está muy débil. Al principio vamos a meterlo en un box a él solo. Me van a hacer falta un poco de estiércol del box de la yegua y Vicks VapoRub.

Frunce el ceño.

—¿Para qué?

—Tenemos que untar el estiércol en el potro. El Vicks VapoRub es para esconderlo a su olfato. Ojalá sea suficiente. ¿La yegua es tranquila? Si no, podemos ponerle un sedante suave.

—Siempre ha sido muy tranquila. No creo que haga falta serenarla más.

Abro la puerta del remolque y le echo una mirada.

—Podría reaccionar mal y rechazar al potro. No hay ninguna garantía de que esto vaya a funcionar.

Stefan yergue los hombros con un gesto tenso, y sus labios se fruncen en una línea sombría.

—No sabía que eso podía pasar.

—A veces me pregunto cómo te has metido en este negocio —murmuro, y subo al remolque. Él se acerca a mi espalda, pero no responde—. Hola, amiguito. —Acaricio al potro, encantada al ver que sigue de pie—. Vamos a salir, Stefan. Encárgate de sostenerlo si tropiezo.

Entre los dos sacamos al pequeño potro del remolque y lo metemos en un box calefactado.

Stefan se queda de pie junto a la puerta, mirándolo con cara de tristeza mientras yo le pongo Vicks VapoRub en las fosas nasales a la yegua que está un par de puertas más adelante.

Después, con una mano enguantada, cojo un puñado de estiércol de su establo y lo froto contra el lomo del potro, más o menos donde podría olfatearlo cuando mame. O eso espero.

En honor a Stefan, debo decir que ni se inmuta. Y cuando todo está listo me vuelvo en su dirección: la expresión sombría de su rostro y sus ojos enrojecidos son un perfecto reflejo de los míos.

—¿Listo?

Asiente.

—Sí, vamos.

Las líneas angulosas de su mandíbula están tensas y parece nervioso: ya no hay lugar para bromas.

—De acuerdo, vamos a levantarlo.

No suelo rezar, pero murmuro una pequeña plegaria. Estoy dispuesta a aceptar toda la ayuda posible para que esto funcione.