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Sobre todo cuando se sube al tractor, gira la llave de contacto y pasa la lengua por su labio inferior cuando el motor ruge bajo él.
Lo conduce con despreocupación, avanza por el pasillo y alinea el remolque con el box en el que está trabajando.
Los músculos de su antebrazo se mueven sobre el enorme volante.
Está claro que el agotamiento tiene la culpa de todo lo que estoy pensando sobre Stefan. Si estuviera en pleno uso de mis facultades, no estaría devorándolo con la mirada.
Se vuelve hacia mí y yo agacho la cabeza y me pongo a rastrillar el serrín ya limpio como si hubiera perdido algo ahí, con la esperanza de que no se haya dado cuenta de cómo lo miraba. Otra vez.
Terminamos de limpiar los establos, llenamos los pesebres de heno y volvemos a meter los caballos. No hablamos, solo trabajamos. Debe de estar tan cansado como yo, y estoy segura de que me he ganado un montón de buen karma por ayudarlo.
Bueno, quizá para Billie no me merezca buen karma, pero no tiene por qué saber cómo voy a conseguir ablandarlo, solo alegrarse de que sea así.
Cierra las puertas del establo con un tintineo metálico y por fin se vuelve para mirarme. Una ligera capa de polvo de serrín cubre su pelo dorado, y me arden los dedos por el deseo de sacudírselo.
—¿Vas a decirme ya lo que quieres?
En lugar de eso, me sacudo el serrín de mi abrigo de lana, meditando la mejor forma de responder, y me doy cuenta de que hacerme la tonta con Stefan no va a servir de nada.
—Sí —sonrío.
Mira al cielo y suelta una carcajada, sacudiendo la cabeza.
—Debe de ser algo que deseas mucho para haber pasado las últimas horas trabajando conmigo.
Desecho su comentario con un gesto.
—No me molesta el trabajo físico. Pero necesito tu ayuda.
Se apoya en la caseta y enarca una ceja para animarme a continuar.
Inspiro hondo y parpadeo. Sé que suena mal, pero a lo largo de los años he aprendido algunos trucos para llevar a los hombres a mi terreno.
Mis miraditas inocentes han conseguido que muchos viejos y rudos rancheros se rasquen el bolsillo en un procedimiento que podría salvarles la vida a sus caballos.
¿Me convierte eso en una mala persona? No lo sé, pero estoy dispuesta a seguir haciéndolo.
En lo que a mí respecta, se trata de hacer el trabajo lo mejor posible.
Stefan resopla y me dedica una sonrisa burlona.
—No me mires así, Mira, y suéltalo de una vez.
Por el amor de Dios, este tío es lo peor.
—Vale. Tengo un potro que necesita una yegua nodriza o no sobrevivirá. —Clava sus ojos verdes en mí—. Y tú tienes una…
—¿Y a quién pertenece ese potro? —Su voz es tranquila, controlada, sin rastro de sorpresa.
—Al Gold Rush Ranch —suelto sin más.
Frunce los labios, pensativo, y me paso las manos sudorosas por los vaqueros.
Fue lo bastante decente como para despedir a Patrick Cassel el mismo día que le conté lo que le había dicho a Violet: se fue a los establos y largó a esa rata sin pensarlo.
Lo sacó de la carrera en la que estaba a punto de participar y cargó con la cuota de inscripción sin decir palabra.
Ojalá sea lo bastante decente como para acceder a esto.
—De acuerdo —dice. Su respuesta es tan simple que me deja fuera de juego.
—¿De verdad? ¿«De acuerdo» y ya está?
Esboza una sonrisa depredadora, aunque repleta de encanto infantil; las bolsas oscuras bajo sus ojos no le restan ni un ápice de atractivo.
—Sí. —Hace una pausa—. Bueno, tengo un par de condiciones…
Ahí está. Cabrón tramposo.
Pongo los ojos en blanco sin poder evitarlo y le hago un gesto para que vaya al grano.
—Primero, quiero que estén en mi rancho.
Por Dios, eso va a ser complicado.
—Tiene más sentido que estén en el Gold Rush Ranch porque tengo ahí la clínica.
Stefan rechaza esa propuesta alzando la mano.
—Es un trayecto de cinco minutos. Todo irá bien.
El modo en que se ha deshecho de mis objeciones me hace rechinar los dientes, pero controlo mi genio y me concentro en lo mucho que ese potro necesita una madre.
—De acuerdo —acepto.
—Y segundo —está disfrutando con esto—, tendremos una cita.
Cabrón.
Se rasca la barbilla, pensativo.
—En realidad, serán tres citas.
Ca-brón.
—Venga ya —susurro; sus ojos tienen un brillo extraño. Creo que en el fondo le encanta sacar de quicio a la gente con sus capulladas—. ¿En serio vas a convertir nuestra broma en parte del trato?
Esboza una sonrisa.
—Eso es muy gracioso viniendo de una mujer que me ha traído café, se ha pasado horas ayudándome y ha intentado conquistarme con su mejor cara de damisela en apuros para conseguir lo que quiere.
Sacudo la cabeza con los ojos abiertos de par en par y los brazos en jarras.
—Vale, tengo que reconocer que me has ganado por la mano. ¿Estás dispuesto a utilizar a un potro moribundo para obligarme a aceptar? Me siento como si acabaras de darme una lección.
—Porque lo he hecho. —Sonríe con suficiencia, muy satisfecho consigo mismo. Sabe que no puedo negarme, no solo por salvar a ese potro, sino también porque no voy a defraudar a mis amigos.
—¿Por qué tres citas?
—Porque son más que una.
Taconeo en el suelo.
—¿Por qué no dos?
—¿Porque son menos que tres? —responde con tono interrogativo.
—Vale, entonces, ¿por qué no cinco?
—¿Quieres más, doctora Thorne?
La sonrisa que me dedica es, sin más, devastadora.
—Entonces, ¿te has limitado a poner como condición lo que me pides siempre y a añadirle dos citas más como castigo?
—Para mí no van a ser un castigo —dice con una sonrisita que me muero por borrarle de la cara.
Ojalá no estuviera tan desesperada por salvar a ese potro, o no aceptaría; ojalá no admirara su tenacidad; ojalá no me cosquilleara el estómago al pensar que Stefan Dalca quiere salir conmigo.
Soy una mujer muy lista a punto de hacer algo muy estúpido.
—De acuerdo. Pero tendrán lugar fuera de Ruby Creek, serán puramente platónicas y no puedes decírselo a nadie. —Doy media vuelta y voy hacia la puerta, deseando huir a la seguridad de mi camioneta.
—Como quieras —responde con voz suave—. Y no puedo enamorarme de ti, ¿verdad?
Me rio entre dientes y giro el pomo de la puerta.
—Ay, Stefan, creo que ese barco ya ha zarpado.
Salgo al aire fresco de la tarde y sonrío al escuchar su risa a mis espaldas. Quizá me haya pillado, pero no voy a ponérselo fácil.
No puedo permitir que gane siempre todas las batallas.