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Mira
Billie y yo nos derrumbamos juntas en el sofá de la sala de personal del establo y cerramos los ojos mientras esperamos a que el café esté listo.
Estoy tan cansada que me siento como si estuviera borracha, con la clase de agotamiento que te lleva al mareo.
Necesito dormir, pero no puedo. Tenemos una hermosa potra nueva en el rancho, a la que Billie ayudó a nacer anoche después de que Stefan me llamara urgentemente.
Flora tuvo un parto sano y sin complicaciones, y dio a luz a una potra igualita a ella, de color bayo oscuro y largas pestañas.
Ver a esa potranca sana y feliz era justo lo que necesitaba tras haberme marchado del rancho de Dalca esta mañana.
Perder a un potro nunca es fácil, pero ver lo mal que se lo tomaba fue aún peor.
Soy consciente de que no se me da bien ofrecer consuelo: no soy la clásica persona que te sostiene la frente mientras vomitas, no está en mi adn, pero sí sé cómo resultar útil, y esa también es una forma de consolar a alguien.
—Gracias por sustituirme con Flora —murmuro.
—No te preocupes, ha sido divertido. Además, es infalible para quitarte las ganas de tener un bebé. —Resoplo—. En serio, Mira, ver cómo sale algo tan grande de algo tan pequeño es terrorífico.
—Las vaginas son muy elásticas, te recuperarías.
—Ag, ¿por qué tienes que ser tan literal? —gime—. Hablando de otra cosa, ¿qué tal con Dalca el capullo? Te tuvo allí un montón de tiempo.
—Su potro murió —digo sin rodeos. A veces Billie necesita que la pongan en su sitio.
—Bueno, joder. Ahora me siento como el culo.
Sus ojos color ámbar están empañados. Esa pérdida le toca de cerca, con el potro huérfano de DD tumbado solo en un establo a menos de cien metros.
—Deberías. Placenta previa. Ha sido una noche difícil.
Suelta un gruñido y parpadea con rapidez.
—¿La yegua está bien?
—Sí —respondo, en tono intencionado.
Billie se vuelve a mirarme con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué lo dices de ese modo?
—¿Estás siendo obtusa a propósito por la persona de la que hablamos o es que estás tan cansada que no te funcionan todas las neuronas?
Billie es muy inteligente, y es absurdo creer que no ha pensado en nuestro potro huérfano. A solo diez minutos de trayecto por carretera hay una yegua sin potro repleta de leche.
Solo hay que sumar dos más dos.
Parpadea de nuevo y se muerde el labio.
—¿Me creerías si te dijera que estoy supercansada?
Suelto una carcajada y sacudo la cabeza; me levanto y voy hasta la máquina de café.
—Deberías reconsiderar tu actitud, Billie. Dalca el capullo acaba de convertirse en tu mejor opción para salvar a ese potro.
Llego a Cascade Acres con dos cafés. Ahora mismo, soy café: tengo la sangre inundada de cafeína , y es justo lo que necesito para poder pasar el resto del día.
No solo estoy cansada físicamente, sino también mentalmente.
Vaughn, uno de los propietarios del rancho y prometido de Billie, me ha dicho que cerrara la clínica que tengo ahí y que me fuera a dormir.
Aún estoy de guardia, pero al menos no tengo que quedarme dormitando en las nuevas instalaciones con tecnología de última generación mientras finjo que trabajo.
Ni siquiera estoy segura de que pudiera tratar en condiciones a un caballo ahora mismo si hiciera falta.
Esta es la parte del trabajo que nadie ve: algunos días estás completa y absolutamente triste, y es difícil sacudirse ese sentimiento. Pero siempre me quedará el café.
En este caso, el dulce café del soborno, porque soy la única capaz de convencer a Stefan Dalca para que nos preste a su yegua para amamantar al potro huérfano, probablemente porque también soy la única que se lleva bien con él.
He intentado convencer al encantador encargado del rancho, Hank, de que gestionara esto, pero se ha reído en mi cara, de buen humor, y me ha dicho que es demasiado mayor para verse envuelto en «los dramas de los niños».
Ese comentario me ofende: evito el drama a toda costa, pero Hank es demasiado adorable y no he insistido más.
Violet se ha ofrecido a ir, pero el ceño fruncido de Cole —como si fuera capaz de estrangularme si aceptaba— ha hecho que rechazara su oferta; ese cabrón da miedo cuando quiere.
¿Y Billie y Vaughn? Ni pensarlo: ambos detestan a Stefan, y esta situación requiere de cierta delicadeza.
Así que me he rendido y he decidido ayudar al equipo.
Entro por la gran puerta corredera y echo un vistazo. Normalmente, el Gold Rush Ranch bulle de actividad a estas horas, pero esto está bastante tranquilo, quizá porque es mucho más pequeño. Aun así, esperaba encontrar a más gente trabajando.
—¿Stefan? —Mi voz resuena en el pasillo.
Me detengo para aguardar respuesta y, al no recibirla, sigo hasta el tractor que está al final del establo, con un remolque repleto de serrín sucio.
Al pasar junto a las puertas de madera oscura de los boxes, veo cómo los desperdicios salen volando de una pala hasta el remolque; está claro que alguien está limpiando los establos, así que quizá pueda darme indicaciones.
Pero cuando me asomo no veo al empleado al que esperaba encontrar, sino a Stefan Dalca, con unos vaqueros negros ajustados, una camiseta negra y el ceño fruncido. Lleva puestos unos auriculares, y es evidente que no se ha percatado de mi presencia, así que lo contemplo un momento.
Su pelo rubio oscuro y la piel dorada resplandecen; sus largas extremidades musculosas se mueven con una confianza que en la mayoría de los hombres solo es fingida, pero que en él parece natural; su aura de peligro y ese acento misterioso tienen algo de seductor.
Todo el mundo ve a Stefan muy arreglado con el traje caro que lleva al hipódromo y piensa que ese es su aspecto habitual, pero no tienen ni idea de cómo es la versión de él que hace el trabajo sucio del rancho: Stefan lanzando balas de heno desde un camión con una camiseta ajustada y unos vaqueros es un recuerdo que atesorar para los días malos; cómo se mueven sus brazos y cómo se le desliza el sudor por las sienes.
Apartado de ojos ajenos, ese hombre es un ranchero de los pies a la cabeza, con la piel morena por trabajar al sol.
—¿Le está dando un ataque, doctora Thorne?
Levanto la cabeza, sobresaltada por el sonido de su voz. Ha recuperado la sonrisa de suficiencia.
Esta es la versión de Stefan a la que estoy acostumbrada: ingeniosa y sarcástica, y, la verdad, es más fácil de llevar que la triste, que me estaba destrozando.
Sonrío porque me ha pillado. Hay algo en la forma de mirarme de este hombre que me resulta muy atractivo.
—No, pero creo que me he quedado dormida.
Se apoya en la horca que lleva en la mano y yo me reclino sobre la puerta del box. Ladea la cabeza como si me estuviera evaluando. Stefan Dalca es un hombre muy inteligente: se ve en el brillo de sus ojos verdes cuando habla. No tiene nada de cortito, como diría mi abuela.
—¿En qué puedo ayudarte?
Así, apoyado en la horca, parece una especie de granjero salido de una peli porno.
—¿Dónde están tus empleados? —Señalo los establos con uno de los vasos de café.
—Los he mandado a casa. Quería estar solo.
—¿Estás limpiando los establos tú solo?
—Elemental, querido Watson.
—Capullo —murmuro riendo entre dientes, y le tiendo su café.
—¿Es para mí? —Lo coge despacio y me mira con desconfianza.
—Sí.
—¿Está envenenado? —Sus ojos verdes se iluminan con su humor ácido.
Y aquí estoy, riendo y bromeando como una traidora; como cuando me invita a salir y lo rechazo con una risita estúpida.
—No, solo es tan negro como tu alma.
Baja la mirada y sus labios dibujan una sonrisa irónica. Esperaba que se riera, pero es como si mis palabras hubieran tocado fibra sensible. Se hace un silencio sepulcral, y me esfuerzo por encontrar algo que pueda reavivar la charla. No puedo fallar: necesito su ayuda. Ese potro necesita su ayuda.
—¿Quieres que te eche una mano? —Hago un gesto hacia la horca.
Frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Porque soy una buena persona —digo alegremente.
—¿Es porque te sientes mal por mí después de lo de anoche?
—Nooo. —Alargo la vocal para sonar más convincente.
Ladea la cabeza como un felino, como si me tuviera bien calada.
—¿Es porque quieres algo de mí?
Suspiro, frustrada por su capacidad para ver a través de mis artimañas.
—Oye, ¿quieres que te eche una mano o no?
—Hay más horcas colgadas en el almacén de herramientas al final del pasillo. —Señala con la barbilla—. Puedes encargarte del otro lado —dice, y vuelve a revolver el serrín y a echar el sucio en el remolque con habilidad.
Sin decir nada más, cojo una horca y me pongo a trabajar.
Crecí en una granja: mis padres cultivaban arándanos y teníamos ganado.
Gallinas, cabras, esas cosas, así que limpiar el estiércol no es nada nuevo para mí.
Me abstraigo de mi entorno y me dejo llevar por la naturaleza repetitiva del trabajo: raspar, sacudir, lanzar.
Es terapéutico, y estoy tan cansada que mi cerebro se apaga y deja que mi cuerpo y mi memoria muscular tomen el control.
Stefan y yo trabajamos en silencio, de forma eficiente.
Mentiría si dijera que no estoy sorprendida por su ética de trabajo.
Siempre que lo veo va acicalado y arreglado como un pincel: traje caro, perfectamente peinado, siempre controlado, así que estas veinticuatro últimas horas han supuesto una auténtica sorpresa.
Frunzo el ceño al intentar reconciliar las dos versiones tan distintas de este hombre.
Es una contradicción con patas, y no puedo evitar que mi mente se regodee con su estupenda versión centrada en el trabajo físico, que es justo la que me gusta en un hombre y la que me está volviendo loca.
Pensar en Stefan Dalca como cualquier otra cosa que no sea un competidor y un capullo, así, en general, casi suena a traición.
Si mis amigos pudieran leerme la mente, me dirían cuatro cosas.