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Stefan
Ya sabía que la muerte es una mierda, pero ver morir a un potro tan joven e inocente es distinto, está mal. Me revuelve el estómago. Todos los preparativos, todo el dinero invertido, todos los conocimientos: nada de eso importa cuando el universo te la juega.
Me levanto y acaricio a la yegua; se le cierran los ojos por el cansancio.
—Lo has hecho muy bien, bonita —digo, pasándole la mano por la testuz—. Lo has hecho muy bien.
Voy al baño para intentar limpiarme la sangre. Estoy hecho un desastre: parezco Carrie en el baile de graduación y, por mucho que odie admitirlo, estoy al borde del llanto.
Hace años que no lloro: me he encerrado demasiado en mí mismo para eso. Y, desde luego, no pienso llorar delante de la doctora Thorne; eso solo serviría para que sus molestos amiguitos tuvieran algo con lo que burlarse de mí.
No soy tonto, sé que piensan que soy lo peor, y soy muy consciente de que en el Gold Rush Ranch se burlan de mí a mis espaldas.
¿Recurrí a tácticas cuestionables para intentar comprarles el semental que había ganado el campeonato?
Sí. ¿Contraté a un jockey que intentó hacerles daño a ese caballo y a su jinete, y que además resultó ser un depredador sexual?
Sí, pero yo no lo sabía. Y jamás le habría ordenado que hiciera algo así.
Tal vez no pueda describírseme como «un buen hombre», pero mi esquema de valores no está tan deteriorado como para hacerle daño a alguien.
Y no he terminado con ese tipo: voy a darle su merecido aunque sea lo último que haga.
Hay un lugar especial en el infierno para los que maltratan a las mujeres, y pienso asegurarme de que le reservan una plaza.
En cualquier caso, lo último que quiero es darles más munición para que acaben conmigo cuando lo único que deseo es triunfar en este negocio.
Alcanzar la cima ha sido mi único objetivo durante años.
He hecho todo lo necesario para salir adelante y consolidar mi posición.
Le prometí a mi madre en su lecho de muerte que iba a hacer realidad sus sueños frustrados, así que aquí estoy, esforzándome todo lo que puedo y sin molestarme en hacer amigos por el camino.
Espero a que el agua de color rosa oscuro que se desliza por el desagüe salga limpia, me seco y regreso al establo.
La doctora Thorne está atendiendo a Farrah, la yegua que acaba de perder a su potro.
La ha conectado a bolsas de suero y a quién sabe qué más.
Mira la ha tapado con una manta y la ha sacado del establo.
—¿Va a ponerse bien? —pregunto, apoyándome en el marco de la puerta.
Mira vuelve sus ojos oscuros e insondables hacia mí.
Está seria y parece cansada, y unas bolsas oscuras bajo sus ojos deslucen su bello rostro.
Mira Thorne es una mujer muy seductora, y yo no soy inmune a sus encantos: tiene el pelo negro, los ojos oscuros y almendrados, y siempre luce una ligera sonrisa en los labios, como si supiera que es más lista que todos los que la rodean.
Y quizá tenga razón, aunque estoy seguro de que podría demostrarle que estoy a su altura. Pero no voy a hacerlo: en Ruby Creek hay pocos veterinarios, y la doctora Mira Thorne es una de las mejores en su trabajo.
—Sí. Voy a encargarme de que esté bien hidratada y a darle unos antibióticos por si acaso, y hay que tenerla controlada durante unos días.
Me limito a asentir. La pena por el potro perdido es como una losa sobre mi conciencia: me siento responsable, como si no hubiera hecho lo suficiente.
Debería haber contratado a gente más capacitada, debería haber llamado antes a Mira, debería haber tenido mi propio veterinario… Debería haber hecho algo.
Como si pudiera leer mi confusión, Mira me estudia con sinceridad, sin rastro de la sonrisa burlona que suele dedicarme.
—Oye, has hecho todo lo que has podido. Has hecho más de lo que habría hecho la mayoría de la gente. No ha sido culpa tuya.
En momentos como este me siento fuera de lugar.
No me crie en un rancho ni tengo experiencia en el sector: llegué a él a golpe de talonario y dotado tan solo con una mente despierta y ganas de aprender, así como de contratar y comprar lo mejor.
Tal vez Mira solo intenta ser amable. Podría haber hecho algo más.
Mira trabaja con tranquilidad y delicadeza junto a la yegua, murmurándole unas palabras que no alcanzo a oír.
Admiro cómo trata a los animales. A veces no me vendría mal un poco de esa dulzura; mi forma de actuar suele molestar a los demás, aunque su opinión me trae sin cuidado.
En lugar de eso, pienso en mi madre, a la que se cargó el gilipollas con el que se casó, al que le ponía cachondo maltratarla.
Pienso en ella, conectada a tubos y cables después del accidente de avión, diciéndome que nunca debería haber dejado Ruby Creek, un lugar del que yo jamás había oído hablar; diciéndome que debería haberse quedado entrenando caballos de carreras, una parte de su vida que no llegué a conocer.
Pienso en ella dejando caer la bomba que me cambió la vida.
Y después, murió.
Él también murió y se llevó a mi madre con él, en su estúpido avioncito privado, uno de esos en los que los ricos tienen la mala costumbre de morir.
Su último acto de desprecio hacia el hijo que nunca había querido tener.
Ella no fue capaz de dejarlo, así que el accidente de avión acabó con la vida de los dos, de un modo amargo y dulce a la vez.
Y yo perdí años de estar con ella porque me enviaba a colegios privados para mantenerme a salvo, alejado de él, de mi supuesto padre.
Maltrecha, magullada, malherida como estaba, deslizó la mano entre las mías y exhaló su último aliento, y yo hice la promesa de llevarla de regreso a Ruby Creek, un pueblito al otro lado del mundo.
Y después, con la enorme cantidad de dinero que heredé de ese imbécil, me dispuse a hacer realidad sus últimas voluntades.
La vida no es justa, pero yo tampoco, y menos cuando tengo que cumplir una promesa.
Atravieso el establo, cojo una pala y salgo. Está oscuro, hace frío y llueve de nuevo, pero me da igual: ya estoy hecho un desastre.
Con la pala en la mano, voy hasta el pequeño lago que hay en mi propiedad, el que separa mi casa de los establos, en el que esparcí las cenizas de mi madre. Y bajo el gran sauce llorón, al este del lago, cavo un hoyo.
Este lugar está a punto de convertirse en un cementerio para todos aquellos a quienes no consigo salvar.
—Stefan, siéntate.
Apenas oigo su voz dulce bajo el estruendo de la lluvia al caer.
Sacudo la cabeza y sigo cavando. Cuando cojo el cuerpo del potro, Mira me contempla con tristeza.
No quiero que me mire así, no deseo su compasión.
Solo quiero enterrar al potro y seguir con mi vida como si esta puta noche nunca hubiera pasado.
Me quedo congelado cuando siento cómo su mano se posa en mi espalda y sus delicados dedos se pasean entre mis hombros, templándome la piel a través de la camisa empapada.
—Siéntate. Ahora. —Su tacto es cálido, pero su voz no.
—No puedo. Tengo que terminar de rellenar el hoyo.
Levanta la otra mano y coge el mango de madera de la pala.
—No. Es mi turno.
Me yergo y la miro desde arriba.
—No te pago para eso.
Pone los ojos en blanco y tira de la pala.
—Ya lo sé, pero aun así voy a hacerlo, así que quítate de en medio.
—Pareces cansada —digo, mirándola de arriba abajo: su rostro severo asoma bajo la capucha de la gabardina.
Me echa un vistazo y esa sonrisa tan suya aparece en sus labios.
—Supongo que hacemos buena pareja.
Me distraigo con su boca el tiempo suficiente para que me arranque la pala de las manos. Espero algún comentario desvergonzado, pero se limita a dar media vuelta y a echar paladas de tierra pesada y húmeda al enorme hoyo.
Clavo los pies en el suelo y miro cómo trabaja, con la llovizna y la niebla a nuestro alrededor y el sol asomando por encima de las Cascades y proyectando un resplandor azulado sobre el valle. Es sobrecogedor y hermoso a la vez, y de pronto me siento tan cansado como Mira me ha acusado de parecer.
Me siento en el suelo justo donde estoy, sin preocuparme de mojarme o de llenarme de barro. Puedo soportarlo. Estoy tan agotado y aturdido que me siento como si estuviera viviendo una experiencia extracorpórea.
—¿Por qué me estás ayudando? —le digo a la mujer que tengo delante, a la que habría jurado que le era totalmente indiferente, pero que en este momento se está desviviendo por echarme una mano. Sus amigos me detestan; para ellos, que me preste ayuda debería ser ilegal.
No alza la vista. La pala repiquetea contra los guijarros que se esconden entre el montón de barro. Huele a tierra mojada por culpa del lago y de la lluvia.
—Porque necesitabas ayuda —dice por fin.
—¿Y qué van a pensar tus amigos?
Se detiene, clava la pala en el suelo y pone el pie en el borde sin apartar de mí esa mirada sagaz. Tiene las mejillas sonrojadas y su pecho sube y baja por el esfuerzo de cavar.
—No lo sé. No tengo por costumbre pedirles permiso para hacer lo que considero correcto.
Suelto un resoplido; una gota se desliza por la punta de su nariz respingona. Entiendo que esa mujer que se gana la vida salvando otras se sienta moralmente superior a mí y a mi moral situacional. Me pregunto qué pensará en realidad de mí.
—Ya sabes lo que dicen de juzgar por las apariencias, Dalca. Y, desde luego, no deberías juzgarme a mí. —Me fulmina con la mirada de tal forma que aparto la vista.
Ahora mismo no estoy de humor para enfrentarme a nadie, así que sigo ahí sentado, ensimismado y calado hasta los huesos, mientras mi veterinaria termina de rellenar la tumba. Ni siquiera me molesto en pedirle que me devuelva la pala: no me parece la clase de mujer que necesita ayuda.
Además, seguro que no espera que sea un caballero.
Cuando termina, deja la pala en el suelo y vuelve a mi lado. El vapor de su aliento revolotea frente a ella cuando habla.
—Volveré más tarde para ver cómo está Farrah. Deberías dormir un rato.
—¿Son órdenes del médico? —Mi tono es condescendiente: mi actitud por defecto. A veces se me escapa y sueno como un niñato rico y malcriado discutiendo con su madre, aunque tengo treinta y cuatro años. Adorable.
Pone los brazos en jarras y arquea una de sus bien dibujadas cejas en mi dirección a modo de silenciosa regañina.
—Nunca he pensado que seas tan imbécil como te pintan, pero cuando te pones así tengo mis dudas.
Aprieto la mandíbula y rechino los dientes, reprendiéndome para mis adentros. Cuando por fin levanto la vista para ofrecerle una disculpa, ya va hacia su camioneta del Gold Rush Ranch, y sus caderas se contonean con una forma de andar que desafía lo agotada que debe de estar.
Debería haberle dado las gracias por haberme ayudado esta noche, bajo la lluvia. Pero no: he actuado como un capullo malhumorado.
Sus amigos me llaman «Dalca el capullo», y esta es la primera vez que me siento como si lo fuera.