Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 2
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En la actualidad

Mira

Cuando bajo las empinadas escaleras de mi apartamento el aliento se me escapa en bocanadas que se recortan en blanco contra el cielo nocturno. Estaba calentita y alejada del mundo, flotando en un profundo sueño , hasta que ha sonado la alarma.

Solo he tenido que echar un vistazo a la cámara web instalada junto a mi cama para darme cuenta de que vamos a tener un nuevo habitante en el Gold Rush Ranch. El último de la temporada, gracias a Dios.

Así han sido todas las noches de esta semana: estamos a finales de febrero, la temporada de partos, al menos para los caballos de carreras, que tienen que nacer a principios de año, y parece como si todas las yeguas del Gold Rush Ranch se hubieran sentado alrededor de un fardo de heno y hubieran quedado en sincronizar sus partos solo para fastidiarme.

Me las imagino como mujeres, sentadas en círculo y saboreando un batido vegetal, planeando lo bonito que sería tener todas sus crías al mismo tiempo: cómo podrían jugar todas juntas, ir juntas a la escuela…

«Ja, ja, ja. Imagínate que un día salieran juntos. Qué maravilla».

Queríamos que este año los potros nacieran lo antes posible para darles ventaja en las pistas, pero ¿uno detrás de otro? Esto es una tortura.

Es una noche serena y húmeda, y la lluvia incesante cala los huesos y se cuela en todas las capas de ropa que llevo para protegerme de ella.

La primavera en Ruby Creek es muy diferente a la de la ciudad por culpa del cambio de altitud, y los inviernos canadienses no son famosos precisamente por su suavidad, lo que significa que hace mucho frío incluso aunque no nieve: frío en invierno y calor abrasador en verano.

Agarro la puerta de acero con mis manos protegidas por guantes de cuero y las ruedas chirrían al abrirla con fuerza. Un relincho quedo me saluda cuando voy al último box. Está iluminado por una cálida luz infrarroja que espanta las sombras con su tono anaranjado.

Teníamos siete yeguas en el rancho que salían de cuentas este año, y seis ya han parido, cuatro de ellas esta semana. Y en medio de la noche, para más señas.

Por desgracia, la yegua que parió anoche no ha sobrevivido. Todo iba bien, la cría estaba despierta y mamando, y ella se desplomó sin más. No ocurre a menudo, pero sí pasa. Y siempre es una mierda.

He querido ser veterinaria desde que tengo memoria, y soy muy consciente de que no todo son arcoíris y unicornios, pero eso no evita que me escuezan los ojos cuando pienso en ello.

Así que ahora tenemos a este precioso potro rojizo, con llamativas patas blancas y una gran llama en la testuz, que no tiene madre.

Lo peor es que es el primer —y único— potro engendrado por DD, el famoso semental del rancho, dos veces ganador del Denman Derby: el potro especial que todos estábamos esperando.

Llevamos veinticuatro horas turnándonos para darle el biberón, y todos en el rancho están buscando a una yegua que haya perdido a su cría, porque lo que necesita este pequeño huérfano es que lo adopten.

Necesita una nodriza, y, sin ella, sus posibilidades de supervivencia son muy reducidas porque precisa de leche materna.

Me asomo a su box conteniendo las lágrimas al ver su diminuta forma dormida, y paso al siguiente. Una cosa a la vez, Mira. No puedes salvarlos a todos.

—Hola, mamá —saludo a la oscura yegua alazana que está en el suelo con el cuello bañado en sudor—. ¿Qué tal vamos?

Le paso los dedos por las crines y ella ladea la cabeza y cierra los párpados bajo mi suave caricia. Esta no es la primera vez para Flora: hasta donde yo sé, ha parido varios potros para el rancho y es la bisnieta del primer caballo de carreras del Gold Rush, Lucky Penny.

Es casi empalagoso cómo está todo interconectado: los dos nietos de la pareja que fundó este lugar lo dirigen con sus parejas y acaparan los titulares de la prensa internacional, y siguen criando caballos de carreras a partir de esa primera línea de sangre.

No soy una mujer dada al sentimentalismo, pero hasta yo tengo que admitir que es adorable.

Me agacho detrás de Flora y le levanto la espesa cola negra; le paso las manos por el anca para ver si tiene contracciones y miro el reloj para cronometrarlas. Llega la segunda, pero no tan rápido como para tener que quedarme aquí atosigándola.

Esa es mi filosofía con los animales a los que trato: ¿cómo me gustaría que actuara un médico en esta situación?

No he tenido hijos, pero creo que soportar a alguien rondándome y controlándome debe de ser estresante, así que le ofrezco la misma cortesía a Flora y voy a la sala de personal anexa a los establos para prepararme un café. Otro café, quiero decir.

Enciendo las luces, pongo una monodosis en la cafetera y, cuando me dejo caer en el mullido sillón, el agotamiento cae sobre mí como si mis huesos se hubieran convertido en plomo.

Me pesa todo el cuerpo. Pero esto es lo que siempre he deseado, y he trabajado demasiado duro toda mi vida como para quejarme ahora que por fin lo he conseguido.

La gente sobrevive a cosas peores, Mira.

Saco el teléfono del bolsillo para enviarle un mensaje a Billie, como había prometido, mientras espero a que el agua caliente pase por el circuito y prepare mi bebida cargada de cafeína.

Billie es la entrenadora jefa del rancho y la prometida del dueño, pero también se ha convertido en una de mis mejores amigas desde hace un par de años.

Nos unió una llamada de urgencia con su semental, DD, pero luego se ha convertido en una especie de mosca que no he sido capaz de espantar: no dejaba de abrazarme ni de invitarme a noches de chicas, y me hablaba como si nos conociéramos de toda la vida.

Es una de esas personas que quieres tener a tu lado: su energía es tan adictiva como pintoresco es su lenguaje.

Mira: Ginger está pariendo. Estoy en el establo.

Ha estado durmiendo con el sonido activado, esperando por este último potro. Billie suele actuar con calma bajo presión, pero lo de anoche la ha puesto nerviosa, como si le hubiera recordado que las cosas pueden salir mal, y no la culpo por ello.

Responde enseguida a pesar de que son más de las dos de la madrugada.

Billie: Tienes que contratar a un ayudante.

No estoy muy segura de eso: soy un poco solitaria. Soy hija única, y disfruto de la soledad. Hay muy poca gente con la que pueda pasar largos períodos de tiempo sin ponerme nerviosa, así que le ofrezco la única respuesta posible:

Mira: ¿Me lo dices o me lo cuentas?

Vuelvo a guardarme el teléfono en el bolsillo, cojo la humeante taza de café y regreso al establo.

La respiración agitada y los suaves gruñidos de Ginger son normales; me asomo y noto otra contracción.

El tiempo entre ellas se está reduciendo y pronto acabará todo: si las cosas van como deben, los potros no tardan demasiado en nacer.

Le doy un sorbo al café y me acerco de nuevo al box del potrillo huérfano acurrucado en la paja para ver cómo asciende y desciende su caja torácica.

Estoy muy preocupada por él. Soy una mujer de ciencia, así que me gusta considerarme racional, pero por mucho que me haya preparado para ver lo que les ocurre a los animales en este trabajo como el ciclo natural de la vida, de vez en cuando, sin venir a cuento, lo siento como una patada en el estómago: es tan injusto que me deja con el corazón en un puño, y eso es lo que me pasa con este pequeño sin nombre.

Me siento impotente porque no puedo ayudarlo, y lo detesto.

Me entran ganas de despertarlo y darle de comer otra vez, aunque en el gráfico que hemos colgado en su caseta veo que Hank ha estado aquí hace tan solo unas horas para darle el biberón.

Necesita descansar, y debo reconocer que solo quiero hacerlo para hallar algo de consuelo y convencerme de que de verdad va a volver a abrir los ojos y a ponerse de pie sobre esas patitas temblorosas y desgarbadas.

No es así como se suponía que iba a venir al mundo la primera cría de DD; este debería ser un momento de celebración, no de tristeza.

Cuando suena el teléfono en mi bolsillo ni siquiera me molesto en mirar el número antes de pulsar el icono para responder.

—Duérmete, histérica. Ya te llamaré si necesito tu ayuda.

Pero no es la voz de Billie la que responde.

—¿Doctora Thorne? Soy Stefan Dalca.

Todo el mundo detesta a Stefan Dalca: es el enemigo público número uno para la mayoría del personal del rancho por su arrogancia de mierda y por los arrogantes de mierda de sus empleados.

Aunque, para ser sincera, a mí me cae bien.

Es un buen cliente, es muy meticuloso con el cuidado de sus caballos, paga las facturas a tiempo y jamás falta a una cita. En muchos aspectos, es un buen tío.

—Si me has llamado en mitad de la noche para pedirme una cita otra vez, la respuesta sigue siendo no.

Stefan también es incansable, y debo reconocer que eso me divierte.

Hace seis meses me invitó a salir en broma, y ahora se ha convertido en una especie de chiste privado: sonríe y me ofrece una cita como pago de una factura; me guiña un ojo y me ofrece una cita a cambio de amañar una carrera…

Una mujer con más sentido común le habría dicho que lo dejara, pero, en contra de mi buen juicio, me resulta atractivo, así que suelo contestarle con un asentimiento, una mirada de soslayo y un «Ni en sueños», aunque no puedo evitar que los acompañe una pequeña sonrisa.

—He llamado a la clínica, pero…

—Eso es porque está cerrada. No puedes llamarme a altas horas de la noche, Stefan. Ni siquiera sé cómo has conseguido mi número privado, y no estoy de guardia. Abro a las nueve.

—Es una emergencia. Tienes que venir al rancho lo antes posible —me interrumpe con la voz quebrada.

Me dirijo a las puertas del establo principal de Cascade Acres. Mis pisadas resuenan en el silencioso lugar cuando corro hacia las luces de la parte trasera.

—¿Stefan? —lo llamo sin aliento—, ya he llegado.

—¡Estoy aquí! —dice, unos cuantos boxes más adelante.

Veo a Leo, el encargado del establo, salir con los ojos abiertos de par en par; frunce los labios y sacude la cabeza, y voy hasta el enorme box.

Stefan se implica mucho con los caballos, y es irritante que Leo, que se supone que sabe todo lo que hay que saber sobre este negocio, se haya quedado como una estatua mientras yo me he pasado todo el trayecto hablando con su jefe para ayudarlo a solucionar esta peligrosa situación.

Stefan está en el suelo del establo, arrodillado junto a un potro inmóvil, con las manos en las rodillas y la cabeza agachada.

—He intentado reanimarlo como me has explicado, pero creo que está muerto —dice, con voz serena y un ligero acento.

Me acerco y examino con rapidez a la yegua castaña que está de pie junto al cuerpo del potro. Parece agotada, pero no sangra demasiado. Por suerte, no hace falta atenderla con urgencia: es el potro lo que me preocupa.

—La madre está bien por ahora.

—He roto la bolsa, como me has dicho. —Su voz suena enronquecida y la sangre le cubre los brazos bronceados y la camiseta blanca.

Los partos con placenta previa son peligrosos, complicados y rara vez terminan bien: la placenta se separa y el potro nace prematuro.

Inspiro hondo y me arrodillo junto a Stefan.

—Lo has hecho muy bien. Has hecho lo que has podido.

Cuando me mira, sus ojos verdes tienen el color del musgo bajo la tenue luz. Parece muy abatido.

Aparto la mirada, saco el estetoscopio y ausculto el corazón del potro. No encuentro el latido, y pongo la mano con cautela sobre las de Stefan.

—Lo siento, Stefan.

Asiente sin mirarme a los ojos. Odio esta parte de mi trabajo como veterinaria: tratar con la gente, con las emociones.

Los animales viven el presente, son los eternos optimistas porque no conocen nada mejor.

Las personas son complejas, y no se me da bien enfrentarme a sus emociones.

No soy de las que hablan de sus sentimientos.

Le acaricio la espalda con torpeza. Soy consciente de que mi forma de tratar a los clientes deja mucho que desear, pero soy buena con los animales y, en mi opinión, eso es lo que importa.

En momentos como este se me traba la lengua y mi coeficiente intelectual, por lo general bastante excepcional, entra en cortocircuito.

—¿Qué he hecho mal? —pregunta, con la voz tan tomada que parpadeo para evitar las lágrimas.

Me siento sobre los talones y dejo escapar un suspiro.

—No has hecho nada mal. Es ley de vida, y a veces es triste y dura. Lo que sí has hecho es salvar a la yegua. En la naturaleza o sin supervisión, habrían muerto los dos.

Asiente, pero sigue esquivando mi mirada, así que me siento a su lado en silencio para velar al potro perdido.

¿Qué puedo decir? La vida a veces es dura.