Ganar siempre (Gold Rush Ranch 4) 1 #2
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En este deporte no hay ninguna seguridad.

Algunos caballos tienen largas y fructíferas carreras, pero no son mayoría.

Se resienten, se lesionan, y no voy a forzar mis caballos más allá del límite.

No voy a echar a perder a un animal solo para ganar una carrera, y algo me dice que este está a punto de retirarse.

Está sano, es feliz y ha llevado una trayectoria estupenda, así que puedo conservarlo como semental para que pase el resto de sus días comiendo hierba y teniendo crías.

Lo respeto lo suficiente como para permitir que deje este deporte mientras todavía esté en forma.

¿Podría explotarlo otra temporada y ganar algo de dinero?

Puede ser, pero me niego a hacerle eso a un animal que se ha dejado la piel por mí y por mi negocio; se merece algo mejor.

A pesar de lo que Billie Black —que me aborrece— va diciéndole a todo el mundo, no soy tan capullo. Bueno, al menos no con mis caballos.

—Ya sabes lo que tienes que hacer.

Miro los ojos color caoba de Nadia. Me dedica una mueca porque sabe cuánto temo lo que toca ahora.

—Sí. —Dejo escapar un suspiro tan hondo que me tiemblan los hombros.

Le doy un rápido apretón en el delicado hombro y me abro paso entre la multitud hacia el círculo de ganadores.

Odio ver la carrera desde el palco de los propietarios, rodeado de gente a la que no soporto, de todo aquello de lo que pretendía escapar cuando me fui de Europa: el dinero, los excesos, la falta de sentido común, la gente obsesionada con su imagen…

Aborrezco todo eso.

Así que asisto a las carreras a pie de pista, entre la gente normal y corriente. Desde ahí, todo parece más auténtico, más alejado del modo en que crecí y del que haría cualquier cosa por distanciarme.

Paseo entre un mar de sombreros enormes y ropa elegante. El día del derby está lleno de encanto, la emoción se palpa en el ambiente y es difícil no dejarse llevar. Pero ahora mismo, mientras me acerco al círculo de ganadores, estoy aterrorizado.

Tengo que felicitar a mis competidores, el equipo del Gold Rush Ranch: los hermanos Harding y la pequeña jockey rubia que siempre me mira como si le diera lástima, lo que es todavía peor que el absoluto desagrado de su fogosa entrenadora.

Vacilo antes de entrar en el círculo. La doctora Mira Thorne también está ahí, con una sonrisa sensual en los labios y un brillo especial en sus grandes ojos oscuros.

Al verla, siento un cosquilleo en el estómago, como siempre.

Debo de ser masoquista, porque que me rechace se ha convertido en mi pasatiempo favorito.

Hay una gran multitud agolpada en el círculo: periodistas, cámaras, propietarios y jinetes, todos esperando para darles la enhorabuena o hacerles alguna pregunta.

Esto es lo que dicta la buena educación y no pienso seguirles el juego con lo que piensan de mí. Soy muy consciente de que me odian, mucho más de lo que los deportistas normales suelen odiar a sus competidores, pero no tengo por qué darles más motivos para ello.

Mátalos suavemente .

Me acerco con una sonrisa forzada e intento no mirar fijamente a Mira. Tengo muy claro cómo va a acabar todo esto, pero aun así debo hacerlo, así que me detengo frente a Billie, que es la que más me odia y la cabecilla de la campaña en mi contra; lo sé de sobra, y una parte de mí no puede culparla.

Para ella, no todo vale en el amor y en la guerra, y no ha sido capaz de superar el resentimiento.

—Señorita Black. —Le tiendo la mano—. Felicidades por su victoria en la Northern Crown. Ha sido increíble.

Lo digo en serio: dos victorias consecutivas es lo nunca visto. Una hazaña excepcional. Pero sus bien dibujadas cejas se enarcan con puro desdén.

—¿En serio crees que voy a darte la mano?

Tendría que haberme imaginado que iba a montarla.

Mi sonrisa falsa se convierte en una mueca de suficiencia.

—He pensado que valoraría la deportividad.

Se acerca y mira a su alrededor con una sonrisa fingida.

—¿Tú me hablas de deportividad? —susurra.

—Me alegro de ver que hemos dejado atrás el pasado.

Me mira fijamente, boquiabierta.

Si las miradas mataran…

—Yo no hago pactos con el diablo, Dalca. Quizá todos estén dispuestos a hacer la vista gorda, pero yo no.

—Billie. —Vaughn, su prometido, se acerca a su espalda y le rodea la cintura con el brazo. Se inclina hasta su oído, y juraría que le dice algo así como «Si no tienes nada bueno que decir, no digas nada».

Ella se vuelve para mirarlo, asiente y se aparta de mí, pero él no.

Si las miradas mataran…

—Supongo que tú tampoco quieres estrecharme la mano. —No he debido decirlo, pero son todos tan infantiles que es difícil no rebajarse a su nivel.

Sacude la cabeza y me da la espalda con un suspiro de desaprobación. Me siento un poco avergonzado e intento no mirar a mi alrededor: me reconcome que algunos de los hombres más importantes de este negocio me ignoren, pero no estoy dispuesto a dejarlo ver.

Yergo los hombros y me vuelvo hacia Violet, que está radiante a lomos del caballo negro.

—Una victoria magnífica, señora Harding.

Me mira con una leve sonrisa y me estrecha la mano. Ella nunca me ha tratado con rudeza, sino más bien con lástima, lo que, desde luego, es mucho peor.

—Muchas gracias, señor Dalca. Su semental también ha hecho una gran carrera.

Tras Violet, veo cómo su marido se abre paso entre la multitud como si estuviera dispuesto a arrancarme la cabeza. Es un tío enorme y aterrador, y podría darme una paliza sin despeinarse.

—Stefan. —Mira se acerca a mí y me agarra del codo—. Es hora de que te vayas.

Ladeo la cabeza y hago una mueca.

—Pero ¿por qué, doctora Thorne? Me lo estoy pasando genial.

Frunce los labios como si estuviera intentando reprimir una sonrisa.

—Porque Cole Harding está a punto de matarte por venir aquí a montar follón.

—No pretendo montar follón. Solo he venido a felicitar a la ganadora, como haría cualquier competidor educado.

Deja escapar un suspiro y me dedica una mirada severa.

—Ya lo sé, pero ellos no. —Señala con el dedo a sus amigos—.

Me temo que ellos no lo ven de ese modo, así que mejor envía una tarjeta si quieres felicitarlos, y, por favor, no hagas una escena.

Déjalos disfrutar de la victoria. —La miro con incredulidad.

Billie Black será su mejor amiga, pero los dos sabemos que no soy yo el que va a montar una escena—. Ya lo sé. Lo sé. Por favor.

—¿Por favor qué? —Esa palabra suena genial viniendo de ella.

—Por favor, vete. —Sus ojos se abren de par en par, suplicantes, y no puedo apartar la mirada de ellos.

Me doy unos golpecitos con el dedo en los labios, como si estuviera considerando su petición.

—¿Y yo qué gano?

—Stefan… —me regaña.

—Dime que saldrás conmigo y lo haré.

Sacude la cabeza, y esta vez no puede reprimir una sonrisa.

—Estás loco, ¿sabes?

No puede culparme por intentarlo.

Le guiño un ojo y doy media vuelta, pero antes de irme la miro por encima del hombro.

—Sí, pero eso es lo que te gusta de mí.

Ella suelta un gemido y yo me marcho, riendo entre dientes.

Sí, estoy lo bastante loco como para seguir intentándolo.