17
Abrazo de oso
Jordan
Salgo de la habitación y vuelvo a la cocina. Ya están todos levantados. No se ve a Maya por ningún sitio.
—Jordan, estamos pensando hacer la ruta del río.
—Por mí, perfecto. —De nuevo sueno más borde de lo que pretendo.
Dan se ríe.
—Alguien no mojó ayer.
—Cállate —gruño.
Son y Cat, que creen saber cuál es el verdadero motivo de mi mal humor, vuelven a la conversación de la ruta. Terminamos de desayunar justo cuando Maya y Elle aparecen a la vez, cada una por una puerta de la cocina diferente. Ninguna de las dos me mira.
Me acerco a prepararle un café a Elly y se lo tiendo. Lo coge sin siquiera mirarme. Fenomenal. Son intenta echarme un cable.
—Elly, Jordan me pidió que te comprara cookies de chocolate blanco, están en ese armario.
Elly asiente y va por las galletas, aunque todavía sigue sin mirarme.
—Elly, ¿qué tal has dormido? —le pregunta Cat.
—Cuando dejé de marearme, bien —responde con una sonrisa.
Al menos a ella sí le sonríe.
—Oye, estamos pensando en hacer una ruta. Hay un río cerca y el camino es superbonito. ¿Qué os parece Elly, Maya?
—La verdad es que la naturaleza no es lo mío.
—Yo creo que voy a pasar.
Ambas responden negando y se hace un silencio en la habitación. Mi peor pesadilla —que no sabía que lo era— es que Elly y Maya se queden solas y juntas.
—Lo siento, tenemos que ir todos —dice Lisa, y por una vez estoy de acuerdo con ella.
Maya asiente, Elly no es tan fácil de convencer.
—En serio, hará menos mil grados y yo estoy de resaca gracias a estos cabrones —dice señalándonos—. Creo que me he ganado el derecho a quedarme en el sofá con la chimenea y la mantita.
Y hace literalmente eso: ir hasta el salón, sentarse en el sofá y arroparse.
Todos se quedan callados y me miran, imagino que esperando a que yo la convenza. No conocen a Elly, y menos a una Elly cabreada, aun así, lo intento. No por lo que piensen mis amigos, sino porque me siento fatal por haber sido un idiota con ella.
—Elle, por favor, vente. La ruta es preciosa y seguro que el aire fresco te va bien para la resaca.
Elly me mira muy seria, nunca me había tocado ser el receptor de su ira, aunque en este caso me lo merezco.
Sigo esperando que responda y, cuando creo que va a mandarme a la mierda, suspira y se quita la manta de encima.
—Voy a vestirme, a ponerme toda la ropa que he traído encima.
—Joder, qué mala hostia tiene. Me ha puesto muy cachondo —dice Dan.
Elly le enseña el dedo corazón mientras se aleja, y yo voy detrás de ella.
—Elle, lo siento, soy idiota.
—Sí que lo eres —responde mientras se quita la sudadera que llevaba puesta y empieza a ponerse camisetas una encima de otra—. No te entiendo, es el momento perfecto para estar con Maya a solas... si se me permite decirlo sin que me ladres.
Veo que hace esfuerzos por mantener un tono de voz calmado. Y lleva razón, ni siquiera lo había pensado, pero no quiero que se quede aquí sola, con resaca y enfadada conmigo.
—Ya habrá otro momento.
Decidimos ir en coche hasta el inicio del camino. En el nuestro vienen Cat y Son.
—Vaya cochazo. ¿Te han vuelto a subir el sueldo? —me pregunta Son.
—Elly consiguió que nos cambiasen a un coche mejor. También que nos pasaran a primera en el vuelo.
—¡Qué guay! —dice Cat.
Miro a Elly de reojo y esta se apiada de mí y se pone a hablar con mis amigos; les cuenta un montón de cosas sobre nuestra vida en Miami y lo hace de forma que parece que todo lo que cuenta lo hacemos juntos.
Les habla de cuando salimos a correr, como si lo hiciéramos todas las semanas… La verdad es que suena genial.
Al bajarnos del coche, me acerco a ella y, cuando veo que nadie nos mira, le doy las gracias.
—Tus amigos no tienen la culpa de que seas un gilipollas —me contesta muy seria.
Voy a tener que darle la razón a Dan: joder con Elly, qué mala hostia tiene; aunque, de nuevo, no es que yo no me lo merezca.
Empezamos la ruta y tardamos algo menos de dos horas en llegar al nacimiento del río. Es un sitio muy bonito, no hay nieve nada más que en las cumbres y hace sol, con lo que no hace demasiado frío, aunque no sé si Elly pensará lo mismo. Me acerco a ella.
—¿Qué tal vas?
—Estaría mejor con un mojito y unas palmeras —responde sin mirarme.
—¿Me vas a odiar para siempre?
Se digna a mirarme y suspira.
—No.
—Perdona por pagar mi cabreo contigo, de verdad lo siento.
Elly no dice nada.
—¿Cómo va tu resaca?
—Bastante bien, resulta que el estar congelada hace que no puedas pensar en otra cosa.
Me río.
—¿Quieres un abrazo de oso?
—Todavía estoy enfadada contigo, así que, en cualquier otro momento te diría que no, pero empiezo a pensar que voy a morir congelada.
Me acerco a ella y la abrazo. Qué bien huele, es como una mezcla de frutas. Froto mis manos por sus brazos y su espalda.
—¿Mejor?
—Sí.
Su voz suena a través de mi pecho, ha escondido la cabeza ahí.
—¿Quieres que te suelte ya?
—No, por favor.
Pasamos unos minutos así, hasta que mis amigos nos llaman. La suelto y tiro de su mano para que me siga.
—Venga, que ya volvemos al calorcito del coche.
Ella suspira y me sigue. Ninguno de los dos nos soltamos la mano.
Paramos a comer en un restaurante que hay en la carretera de camino de vuelta.
Es un sitio al que hemos ido muchas veces.
Un grupito de chicos y chicas me reconocen y me piden que me haga unas fotos con ellos.
No acabo de acostumbrarme a esa parte de mi trabajo.
Me da un poco de vergüenza, pero accedo y charlo con ellos durante unos minutos.
Veo que Elly no nos quita ojo y luego se pasa toda la comida muy atenta a los chicos, imagino que por si deciden grabarnos.
Tampoco pasaría nada, no estamos haciendo nada raro, aunque la verdad es que no me gustaría que mis amigos tuvieran que aparecer en internet solo por estar sentados conmigo.
Sin embargo, no nos prestan demasiada atención.
Una vez más me doy cuenta de todas las cosas que hace Elly por nosotros. Y nosotros, las estrellitas consentidas, ni siquiera reparamos en ellas.