5
Hasta las pestañas
Jordan
Al día siguiente, cuando llegamos al calentamiento antes del partido, veo a Elly con Jake. No es que me sorprenda porque siempre viene, pero después de estar con ella ayer en mi casa es como si algo hubiera cambiado entre nosotros, aunque Elly no parece prestarme el más mínimo interés.
He estado tentado de contárselo a Mike, pero en el último momento me lo he pensado mejor y no le he dicho nada porque solo me faltaba que se montara historias raras.
Me cambio de ropa y salgo al campo intentando dejar fuera todo lo que no sea ganar.
Acabamos el calentamiento, el entrenador nos da la típica charla motivacional antes de comenzar y todos salimos al campo con la adrenalina por las nubes.
Sin embargo, no llevamos ni diez minutos de partido y ya vamos perdiendo, lo que hace que los ánimos decaigan y que nos desmoronemos un poco. Aun así, al final no sé muy bien cómo, conseguimos dar la vuelta al marcador y, aunque un poco justos, nos hacemos con la victoria.
Me he llevado un par de placajes la hostia de fuertes y sé que voy a estar dolorido durante días. No pasa nada, me digo a mí mismo, hemos ganado, eso es lo único importante.
Entramos en el vestuario y yo solo puedo pensar en tomarme un calmante y en ponerme hielo en el hombro.
Me quito el casco, las protecciones y la camiseta como puedo y me dejó caer en uno de los bancos.
Todos dentro del vestuario están gritando y cantando; no creo que sea para tanto con lo justo que hemos ganado, pero bueno, al fin y al cabo, una victoria siempre es una victoria.
Aunque yo no estoy para celebraciones. Estoy hecho polvo, así que me contento con quedarme donde estoy, cierro los ojos e intento ponerme en una postura en la que mi hombro izquierdo y mis costillas dejen de arder.
A los pocos minutos alguien me tiende una bolsa de hielo y, con cuidado, me la planto en el hombro sin molestarme en abrir los ojos. Joder, cómo duele.
—No has hecho un partido de mierda, pero tampoco de los mejores...
La voz de Elly me llega amortiguada por todo el ruido que hay en el vestuario. La miro y creo ver preocupación en sus ojos. Debo de tener un aspecto horrible.
—¿Te duele mucho? —me pregunta.
—Muchísimo.
Elly sonríe.
—Pensaba que te ibas a hacer el duro e ibas a decirme que no.
—Me duelen hasta las pestañas.
Se ríe y me doy cuenta de que me gusta ese sonido; debería hacerlo más a menudo. Busco algo más que decirle para que no se vaya todavía.
—¿Qué tal tu cita con Sarah? ¿Qué película visteis?
—«Aladdin».
Me río y me duele todo el cuerpo.
—¿Enseñándole a Sarah que su amor ideal debería ser un ladrón sin blanca?
Elly me dedica una sonrisa que no le he visto nunca antes:
—Cualquier cosa mejor que estrellitas consentidas.
—¡Ja, ja! —intento reírme, pero el dolor en las costillas se intensifica.
—Mejórate, estrellita.
Elly se levanta y se aleja para llegar hasta Jake.
¿De verdad hablaba en serio cuando se ofreció a venir conmigo? ¿Por qué haría algo así? Me quedo mirándola demasiado tiempo y luego recuesto de nuevo la cabeza en la pared. Vuelvo a cerrar los ojos y me concentro en el efecto del hielo en mi hombro.
Me paso el domingo entre el sofá y los antiinflamatorios. Nervioso. Pensando, sin poder evitarlo, en que el jueves cojo un avión y voy a volver a encontrarme con Maya.
Maya y yo empezamos a salir el último año del instituto.
Yo llevaba colado por ella desde mucho antes, pero no me atrevía a acercarme.
Hasta que, como en el argumento de una novela romántica, la profesora de Filosofía nos emparejó a principio de curso para hacer un trabajo y me dio la oportunidad de acercarme a ella. ..
Y fue simplemente perfecto. Pasamos un tiempo increíble entre violines y corazones. Luego nos fuimos a la universidad a puntos opuestos del país y empezamos una relación a distancia por la que ni siquiera estábamos preocupados. Así de inocentes éramos.
Al principio las cosas fueron bien, yo conseguí una beca gracias al fútbol y me iba bien en el equipo de la universidad. Maya también había conseguido entrar donde quería.
La vida nos sonreía, cada vez que podíamos sacábamos tiempo para vernos, aunque fuera solo un fin de semana, disfrutábamos por los días y noches que pasábamos separados.
Luego las cosas empezaron a cambiar, poco a poco la situación fue empeorando, hasta el punto de que lo único que hacíamos era discutir.
Rompíamos y volvíamos, y llegó un punto en el que ya no sé qué era más horrible, cuando estábamos juntos o separados.
Entramos en una espiral que nos hacía cada vez más infelices.
Nos hicimos mucho daño y, cuando estábamos a punto de terminar la universidad y por fin íbamos a poder dejar atrás la distancia, Maya me dejó, me dijo que ya no podía más y que, aunque la universidad ya no fuera un problema, nuestros futuros trabajos nos seguirían manteniendo alejados.
Y ya no hubo más llamadas ni más oportunidades, ya no hubo absolutamente nada más.
Pero yo no quería aceptarlo. Es que no podía. Seguía pensando que volveríamos, como siempre hacíamos; sin embargo, casi dos años después, aún sigo esperando.Solo que ya, la verdad, no sé a qué, porque ella tiene a alguien nuevo…
Tampoco es que yo haya pasado los dos últimos años solo. He estado con otras chicas, claro, pero nunca nada serio ni duradero porque nunca he sentido nada que se acerque ni siquiera un poco a lo que sentía con Maya.
A la hora de la cena, estoy que me subo por las paredes. ¿Por qué tuve que apuntarme al viaje a la casa del lago? Soy idiota.
Decido ir a correr un rato para relajarme, sin embargo, cuando me quiero dar cuenta, estoy frente al edificio de Elly.
Muy posiblemente aquí era donde quería venir desde el principio, no sé por qué me engaño.
Me dirijo a la entrada con paso decidido, pero antes miro al Starbucks; mejor no llegar con las manos vacías cuando vas a pedir un favor.
Compro un par de cookies de chocolate blanco y entro después en su edificio.
No sé en qué planta vive, quizá debería llamarla como haría una persona normal y preguntarle si puedo subir, pero ¿qué pasa si no me coge el teléfono o, peor aún, si me dice que no vaya? Necesito hablar con ella sí o sí.
Me acerco al portero y le cuento que estoy buscando a Elly. Este me mira con cara de «ni de coña, colega». Le explico que no soy ningún pirado, que trabajamos juntos, pero el tío no se baja del burro, así que no me queda más remedio que rendirme.
Me digo que es lo mejor y que no debería haberme presentado en su casa sin avisar, menos aún de noche.
Sin embargo, las puertas de entrada se abren y Sarah entra corriendo con su niñera. ¿De dónde vendrán a estas horas? El caso es que Sarah me reconoce y me ofrece subir con ellas. Bendita niña.
Me dan ganas de mirar al portero con cara de «chúpate esa», pero me contengo porque soy un adulto y mi madre me ha educado bien.
La niñera también me mira un poco regular, como si estuviera compinchada con él.
La ignoro también y centro mi atención en Sarah, que es la que me ha salvado la vida, aunque ella no lo sepa:
—¿Te gustó «Aladdin»? —le pregunto cuando estamos en el ascensor.
—Sííí. ¿Te cuento un secreto? —me dice bajando la voz.
—Claro.
—No se lo puedes decir a Elly.
—Prometido.
—Me dijo que sí que se había dado cuenta de que eres muy guapo.
—¿Ah, sí? —me río, y Sarah asiente con solemnidad.
En este punto la niñera también sonríe.
Así que Elly piensa que soy guapo… Estamos en paz porque yo pienso que ella también lo es.
—Pero no le digas que te lo he dicho, ¿vale? —se apresura a decirme, preocupada.
—Tranquila, no lo haré.
Las puertas del ascensor se abren a un recibidor bastante más amplio que el de mi edificio. Sarah me señala la puerta de Elly y me despido de ella y de su niñera, que me desea suerte. No sé muy bien por qué, quizá llevo escrito en la cara que necesito ayuda.
Me dirijo a la puerta y mi confianza se esfuma; de nuevo me asaltan las dudas. Debería llamarla por teléfono como hace la gente normal, no presentarme en su casa de noche y sin avisar.
Aun así, llamo.