Ganar nunca fue el plan 4
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Estrellitas consentidas

Jordan

—¡¿Quieres un café?! —grito.

Elly se gira antes de cruzar la calle y me mira. Señalo el Starbucks que hay junto a su edificio. No tengo claro por qué lo he hecho, si ella ya se iba.

—Nos acabamos de tomar uno —me recuerda con un tono que quiere decir «de verdad que no eres muy listo», mientras da dos pasos hacia mí.

—Tú te has tomado uno; yo estaba recién levantado y no lo he tocado.

Me observa durante unos segundos, no sé muy bien qué espera encontrar, luego se encoge de hombros y acepta:

—Ok, siempre que me invites también a algo de desayunar.

Le abro la puerta y entramos. Esto me recuerda a cuando nos conocimos, cuando se convirtió en mi agente.

—Busca una mesa y yo voy pidiendo. ¿Qué te apetece comer?

—Una cookie de chocolate blanco y un café con...

—Todavía recuerdo cómo tomas el café —la interrumpo.

Elly parece sorprendida pero no dice nada más. Se dirige a unos sillones libres al lado de un ventanal. Sabía que iba a elegir ese sitio.

Una vez que consigo pedir, me acerco hasta ella con una bandeja con nuestras bebidas, su cookie y un trozo de tarta para mí.

—Tu café con mucha leche, poco café, muy caliente y un terrón de azúcar.

—Gracias.

Y ahí está otra vez esa sonrisa preciosa.

—¡Elly, Elly!

Una cría que no tendrá más de ocho o diez años aparece y le da un abrazo.

—¡Hola, pequeña! —dice ella en un tono que no le había oído nunca—. ¿Qué haces aquí?

—Nataly me ha traído a comprar un batido. Está pidiéndolo.

Elly mira al mostrador para comprobarlo.

—¿Y quién es este? —pregunta la niña, mirándome—. ¿Es tu novio?

Elly se ríe.

—No.

—¿Por qué no? —le pregunta, y luego añade bajito—Es muy guapo.

Elly se acerca y baja la voz también:

—No me había fijado. ¿Es guapo?

La niña asiente con timidez.

—¿Quieres que te lo presente? Jordan, esta es Sarah, mi mejor amiga.

—Hola, Sarah, encantado de conocerte.

Le tiendo la mano, la niña la mira durante un rato demasiado largo y, cuando pienso que no va a atreverse, pone su manita en la mía, aunque la aparta en seguida, se pone roja y se esconde en el cuello de Elly.

—Nos vemos esta noche, preciosa —le dice Elly dándole un abrazo.

La niña le da un beso y sale corriendo.

La miro un poco alucinando.

—Así que tu mejor amiga tiene… ¿Cuántos? ¿Ocho años?

—Nueve —me corrige—. Es mi vecina, sus padres viajan mucho y a veces la cuido.

—¿Como esta noche?

—Sí, los viernes cenamos pizza, hacemos palomitas y vemos una película.

La miro más alucinado todavía. Elly pone los ojos en blanco.

—¿Qué?

—No he dicho nada.

—Con pensarlo basta. Venga, suéltalo.

—Que nadie que te haya visto dándonos órdenes en el equipo pensaría que eres la misma que acaba de hablar con esa niña.

—Claro, porque ella es adorable, y vosotros, una panda de estrellitas consentidas. No confundas lo que ves cuando estoy en el trabajo con lo que soy.

Me quedo mirándola, pensando en lo que ha dicho.

—No todos somos unos consentidos —termino diciendo un poco a la defensiva. Nunca intento aprovecharme de la fama para conseguir nada y no le causo problemas a nadie, en especial a ella.

—Pero sí unas estrellitas —replica.

Supongo que eso no se lo puedo negar. Nos quedamos callados unos segundos, hasta que Elly vuelve a hablar:

—Entonces ¿vas a estar bien yendo solo con tus amigos?

—Sí —respondo todavía más serio de lo habitual.

—Ok…

Volvemos a quedarnos callados.

—Además, nadie se lo creería. —No sé por qué lo digo.

—¿Por qué? —Elly me mira con curiosidad.

—Porque es muy posible que esta sea la conversación más larga que hemos tenido desde que estuvimos en otro Starbucks hace casi dos años.

—Te apuesto lo que quieras a que nadie sospecharía —dice muy segura de sí misma mientras se mete en la boca el último bocado de su galleta.

Su móvil empieza a sonar, lo coge y vuelve a ser la Elly que conozco.

—¿Qué has hecho?...De verdad, ¿cuántas veces hemos tenido esta conversación?... Sí, yo me encargo.

Termina la llamada y empieza a teclear en el móvil, alguien descuelga al otro lado de la línea, intento escuchar lo que dicen sin conseguir entender nada, solo lo que ella responde:

—Jason, te necesito... Sí, otra vez. Estos chicos, que son idiotas... Gracias, te debo una. Pásanos la factura... Quizá otro día... Algún día. ¡Ciao!

La miro alzando una ceja.

—Una de las estrellitas consentidas...—Es toda su respuesta.

—¿Qué ha pasado?

—No quieras saberlo... —contesta ella, suspirando—. Tengo que irme.

Elly se levanta y yo la sigo, la acompaño hasta la puerta de su edificio. Bueno, tampoco es que la acompañe, es que son, literalmente, dos pasos. Me quedo mirándola sin saber muy bien qué decir, pero a Elly esto se le da mucho mejor que a mí:

—El próximo día no me dejes ganar, ¿vale?

Le sonrío sin añadir nada, así que se da la vuelta y enfila hacia su edificio.

Me quedo en la calle parado, viéndola alejarse otra vez; y otra vez siento la necesidad de detenerla.

—Elle. —Ella se da la vuelta—. Gracias por venir.

—Gracias por el desayuno —dice, con otra de esas sonrisas que he visto tan pocas veces mientras desaparece tras las puertas de su edificio.